Capítulo 8. Raeve
Raeve
M e alejo con pasos airados entre charcos rojos salpicados de trozos de carne y huesos mientras hago girar entre mis dedos ensangrentados una de las dagas de escamas de dragón de Kaan. Me giro de repente, la lanzo y, zas, la observo clavarse en los restos del pecho desollado de Rekk Zharos.
Está ahí colgado inmóvil, con los brazos extendidos atados a las barras del dosel de la cama y la cabeza caída hacia delante. Muerto.
Muy muerto.
Es difícil no estarlo cuando ya no tienes el corazón en el pecho.
Tampoco es que haya sido capaz de dar con dicho corazón, algo en lo que he decidido no volver a pensar nunca más.
A menos que mi Otra lo haya arrojado al fuego, o tirado por la ventana que da al laberinto de calles inmundas que hay debajo —lo dudo—, en cuyo caso no quiero saberlo.
Tampoco quiero pensar en.… ella .
Mi Otra.
No al recordar todo lo que acabo de ver enterrado bajo el hielo, donde debe quedarse y nunca volver a salir a la luz.
Suspiro, ladeando la cabeza. Admiro el estropicio que ha hecho mi Otra con Rekk, al que ha dejado prácticamente irreconocible. Una vez más, busco las partes visibles de su piel, tratando de encontrar una zona que no esté quemada.
Fracaso.
Lo que daría por haberla visto embutirlo en la chimenea. Al menos eso es lo que imagino que hizo para causar tal daño: obligarlo a sentir cómo se le derretía la carne para que viviera la misma tortura que sufrió Líri cuando la hizo volar demasiado cerca del sol.
Paso la vista de una profunda herida abierta a otra, cada una de ellas probablemente causada por las malditas botas de Rekk, que se encuentran en un rincón llenas de sangre, con las espuelas cubiertas de carroña.
Un alarde de creatividad que, a decir verdad, ha superado incluso mis propios planes, por sádicos que fuesen.
«Eso hay que reconocérselo».
Nunca había visto semejante masacre. Ella ha vengado a Líri y Essi tan a conciencia que no queda nada con lo que trabajar. Solo queda mi cólera por las cicatrices que Líri siempre llevará consigo y el dolor constante de la ausencia de Essi.
Por culpa de él .
Me aclaro la garganta y me acerco dando zancadas. Con impaciencia, clavo la punta del dedo bajo la barbilla de Rekk y le echo la cabeza hacia atrás, observando sus cuencas oculares vacías.
Tampoco tengo ni idea de dónde están sus ojos; otra cosa en la que no quiero pensar.
—Al menos ella te hizo sufrir —digo tragándome el nudo de la garganta, bajando la mano.
Se le cae la cabeza hacia delante.
Suspiro y, sacando la daga, doy media vuelta y regreso junto a la puerta, desde donde la lanzo de nuevo.
Zas, justo entre los ojos inexistentes.
Hago crujir mi cuello y vuelvo a acercarme justo cuando alguien llama a la puerta.
—Contraseña —murmuro tratando de recuperar la hoja.
Hay una larga pausa, seguida de un carraspeo y un leve resoplido.
—Rekk Zharos puede comerse un tarro de mierda de guara.
Sonrío y, por fin, logro soltar la daga, que me guardo en la funda que llevo sujeta al muslo. Estoy a punto de abrir la puerta cuando me doy cuenta de que he estado tan absorta en descargar mis frustraciones sobre el cadáver de Rekk que sigo… cubierta de él. Y no llevo mucho más.
—Un momento.
Me dirijo al aseo, donde me descalzo, me desabrocho las fundas y me despojo de las pocas prendas que llevo.
Después, me paso un paño húmedo para limpiarme la mayor parte de la sangre de Rekk.
Me pongo unos pantalones de cuero y una delicada túnica negra ceñida a la cintura, me calzo las botas, enfundo las dagas y me las vuelvo a sujetar al cuerpo.
Después de ponerme la capa, me echo el trapo al hombro y cojo la manija de la puerta que he dejado en el lavabo, pero frunzo el ceño al advertir un brillo plateado alrededor de mi muñeca. Casi… incorpóreo.
«Qué raro».
Sigo examinándolo mientras me dirijo a la puerta, vuelvo a poner la manija en su sitio y la abro.
—Bienvenido —murmuro, y luego saco una daga de su funda y la lanzo hacia atrás. Se oye otro zas sobre la carne.
Se hace un silencio absoluto y mi peregrino se aclara la garganta de nuevo.
—Puedo volver más tarde si quieres.
Aparto la mirada del extraño brillo y miro a Utris, que tiene los brazos cruzados sobre su enorme pecho.
Se frota su espesa barba negra, que combina a la perfección con su vestimenta de cuero oscuro y el tono de su piel, en contraste con sus brillantes ojos azules y las plumas rojizas de fundefauces que lleva sujetas al final de sus numerosas trenzas adornadas con abalorios: rojo y marrón, Ignos y Bulder.
Se me encoge el corazón.
«Igual que Kaan».
—¿Eh? —Parpadeo.
—El hombre… —dice con su marcado acento del norte levantando una ceja—. ¿Has terminado con él o…?
Saco otra daga de la pared, donde mi Otra debió de clavarla, y la lanzo al aire. Se incrusta en el pecho hueco de Rekk, justo donde debería estar su corazón.
—Por desgracia.
Lo único que quería era pasar un ciclo entero descuartizando a Rekk, arrancándole las costillas y destripándolo hasta que me gritara que acabase con él. Al parecer, era pedir demasiado.
—Bien. —Utris inclina la cabeza y entra en la habitación.
Le doy una patada a la puerta, pero una alondra de papel consigue colarse revoloteando por la rendija justo a tiempo. Se sacude, tratando de recuperar el equilibrio, y se dirige hacia mí.
La atrapo al vuelo y me la guardo en el bolsillo de la capa, junto al málmr de Kaan.
—¿Tengo que recordarte que, si le cuentas algo de esto a alguien, te quedas sin la bolsa extra de oro que escondí en Dhomm?
Su paradero se halla escrito en una alondra que llevo ya doblada en mi bolsillo trasero, lista para ser liberada en cuanto nos separemos. Aunque no es algo que él sepa.
—Probablemente te mate a ti también. —Me encojo de hombros—. Para atar cabos sueltos y esas cosas.
—Tu secreto está a salvo conmigo. —Utris echa una mirada de aprobación a la habitación y se saca una daga.
Se acerca a la cama y comienza a cortar una de las cuerdas que mantienen a Rekk suspendido, rebanando la espiral de fibras—.
Fui testigo de cómo este cabrón espoleaba a esa pobre plumaluna por las llanuras —dice con rabia cortando la cuerda.
El lado derecho del cuerpo de Rekk se desploma y queda colgado de su muñeca izquierda—.
Si hubiera sabido lo mucho que se lo ibas a hacer pagar, te habría ofrecido mis servicios gratis.
«Bien».
Utris corta la última cuerda, soltando a Rekk. Su cuerpo mutilado cae al suelo con un golpe seco.
—Lo tendré en cuenta.
Una por una, Utris va extrayendo mis dagas clavadas en el cuerpo de Rekk y las va lanzando al suelo.
Las recojo, las limpio y las guardo a ciegas en mis fundas, centrando de nuevo mi atención en el oscuro hilo brillante que me envuelve la muñeca y se me enreda entre los dedos.
Intento limpiarlo, pero lo único que consigo es mancharme más el brazo de sangre.
—¿Aún quieres echárselo de comer a la anthe?
Levanto la vista y veo que Utris ya ha envuelto a Rekk en una sábana negra y que lo está atando con una cuerda.
—No —digo, permitiendo que mi sed de sangre impregne mi tono—. La verdad es que quiero dejarlo atado en la calle para que todo el mundo lo vea y, luego, recorrer la ciudad con su corazón en mi puño.
Utris abre la boca.
—Pero… —lo interrumpo al tiempo que cojo el trapo que llevo al hombro para limpiarme la sangre de las manos— su corazón no aparece por ninguna parte.
—Con un poco de suerte, estará triturado en el suelo, y no hecho una bola en mis tripas—.
Y, por desgracia, tengo un instinto de supervivencia muy marcado como para hacer algo tan estúpido.
Así pues, vamos a terminar con esto. ¿Has encontrado mortaja?
—Sí. —Utris se limpia las manos ensangrentadas con la sábana. Mete la mano en su bolsa y saca algo que no parece nada especial; al menos hasta que lo sacude, dejando entrever el envés plateado de la mortaja.
Envuelve a Rekk en el material cubierto de runas, haciéndolo invisible, y lo ajusta para que no se suelte.
—Maravilloso. ¿Cuánto te debo?
—El comerciante no estaba interesado en las gemas de rocadragón. —Levanta la vista, con una mirada nostálgica—. Ni en el oro. De hecho, es muy posible que este dae haya conocido al amor de mi vida. O eso o solo quería un polvo rápido contra una estantería.
«Oh».
—Me alegro por ti —respondo con énfasis, sin querer pensar en los «amores de la vida». Ni en los labios de Kaan rozando mi sien en la guarida de Dhomm, ni en las últimas palabras que me dijo.
«Vuelve a mí, Raeve. A nosotros».
Arrugo el trapo y lo lanzo contra la pared, observándolo caer en un charco de sangre.
«Un hombre tan apuesto y magnífico, con un gusto tan cuestionable en cuanto a parejas románticas. Si me viese ahora, estoy segura de que estaría de acuerdo».
La alondra que llevo en el bolsillo se escapa y se lanza a picarme la nariz. Lleva las alas y el cuerpo cubiertos de sangre de cuando la he cogido antes.
Pongo una mueca y la atrapo.
—Lo siento. —Abro el pobre animalito y, al ver la delicada letra, el corazón me da un vuelco. Me resulta familiar.
Es preciosa.
«Es de Kaan».
Rayo de Luna:
Trago saliva y cierro los ojos. Cuando vuelvo a abrirlos, se me corta la respiración al percibir un leve rastro de su untuoso y fuerte aroma impregnando el pergamino.
Sigo leyendo, con los ojos cada vez más abiertos por lo incisivas que resultan sus palabras.
Se avecina una caída lunar.
Nuestra miskunn ha presagiado una catástrofe. Caerán muchas y todas a la vez.
Aunque no sabe con certeza cuándo ocurrirá, cree que aún faltan varios ciclos; quizá entre diecisiete y veinte, según lo que ha visto de las cintas aurorales.
He abierto las puertas de la Fortaleza Imperial para que mi pueblo se refugie en las guaridas que se hallan en las profundidades de la montaña y he enviado un mensaje a los líderes de mi aldea para que hagan los preparativos necesarios.
Voy a pedir que acompañen a Líri a nuestro puesto avanzado más meridional (al oeste de Bothaim) tres de nuestros hombres con abalorios azules más competentes. Si quieres reunirte con ella allí, no encontrarás la aldea en el mapa, pero Utris sabe dónde se halla.
Raeve, lo más prudente es que te refugies bajo tierra cuando caigan las lunas, al menos hasta que las cosas se calmen, lo que llevará un tiempo.
La cabaña que tenía mah en las montañas cuenta con un refugio subterráneo y está repleto de provisiones.
La entrada se encuentra bajo la gran alfombra del salón.
No seas terca. Por favor, ve allí.
Otros no tardarán en presagiar las caídas lunares. Una vez que se corra la voz, la gente entrará en pánico y las cosas se complicarán. No se lo cuentes a nadie y, por favor, ten cuidado.
Estoy aquí en B
Devuélveme la alondra si me necesitas.
Soy tuyo.
Durante unos segundos, lo único que soy capaz de hacer es mirarla, conteniendo la respiración, con la sangre helada mientras leo una y otra vez la misma línea.
Caerán muchas y todas a la vez.
«Por todos los Creadores».
—¿Va todo bien?
Alzo la mirada de súbito y cierro la mano como la concha de un molusco, ocultando el inquietante mensaje de la alondra.
«No se lo cuentes a nadie».
Respiro lenta y profundamente para calmar los latidos acelerados de mi corazón y olvidarme de todo lo relacionado con el mensaje hasta que se convierta en una bruma sobre un lago helado.
Levanto la barbilla y enderezo los hombros.
—Perfectamente —miento volviendo a doblar el pergamino manchado de sangre, excepto el último pliegue, el que le permite volar, para que no se me escape del bolsillo otra vez—.
Es la cuenta por alquilar todas las habitaciones en El Beso Casto.
Es más de lo que pensaba. —Me subo la capucha y me dirijo a la puerta, que abro de un tirón—. ¿Nos vamos?
Utris gruñe al cargar con Rekk, echándoselo sobre los hombros de tal modo que apenas soy capaz de distinguir que lleva un cadáver invisible.
—Después de ti.
Me estoy limpiando los tacones de las botas en el felpudo, a mitad del solitario pasillo empedrado, cuando oigo el clic de un vial abriéndose.
Acelero el paso para ir al ritmo de mi corazón, que ahora late con fuerza.
Utris pronuncia una serie de palabras que conozco bien, las cuales me abrasan el alma y me dan ganas de vomitar, convirtiendo su llamita en un furioso infierno destinado a devorar hasta la última prueba de la habitación, tal y como habíamos acordado antes de esta carnicería cuyo mérito me gustaría poder atribuirme.
A pesar de que el calor se nota en el pasillo, un escalofrío me recorre la espalda.
Aprieto el paso y doblo la esquina.
Alejándome.
Aunque resulta tentador dejar que Ignos se dé un festín con Rekk para poder terminar esto de forma rápida y oportuna, un fuego corriente no lo consume…
todo. Devora la carne, pero escupe los huesos y el alma, que chilla y se retuerce; unos restos incomibles para casi cualquier ser que no sea una trogg desesperada.
Lo que me encanta de Bothaim es que se asienta sobre muchos secretos, incluida una serie de túneles subterráneos horadados hace mucho tiempo, los cuales ahora son el hogar de una anthe adulta, una criatura que se pone hasta arriba de carne, sí, pero que también se traga las almas, haciéndolas desaparecer.
Rekk Zharos no se merece más que eso.
En cuanto se lo haya tragado…, bueno, entonces me centraré en la dichosa alondra que llevo en el bolsillo.