La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 7. Veya #2
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Capítulo 7. Veya #2

Me llevo las manos a la cabeza, preparándome para el zumbido, pero me detengo al oler la sangre, al notar la humedad de mi palma izquierda.

Agarro el vial de Kaan y lo desplazo sobre el charco rojo brillante que hay en el suelo, levantándome para ver mejor su tamaño.

Es demasiado grande.

—¿Rasha? —Se me quiebra la voz.

Pisando la sangre, me adentro en la guarida. Ahogo un grito cuando veo una enorme silueta ante mis ojos, una visión horrenda y devastadora.

Furn, la fundefauces amarilla y naranja de Rasha, está suspendida en el aire, clavada con fragmentos de obsidiana que la atraviesan por todos lados. Es como si hubiera intentado huir al percibir el peligro, pero le hubiesen atravesado enseguida el pecho.

Las alas.

El abdomen.

El cuello.

Se me desgarra el corazón: las venas, las arterias, la carne se desprenden hasta que siento que no queda nada.

Me da un vahído al contemplar su cabeza, que cuelga en un ángulo antinatural, con los ojos como platos y sus pupilas rojas apagadas. Tiene el pico abierto y, de su lengua bífida, gotea sangre, que cae —plop, plop, plop — al suelo.

La imagen se divide, se vuelve a juntar. Me pregunto si tengo visiones, si la pérdida de sangre me ha afectado demasiado, pero entonces alguien pronuncia una serie de palabras mordaces que me enervan hasta el alma.

— Jisthh et aagh. ¡Et zist fiyah ke!

La llama del vial de Kaan estalla, quemándome la mano.

Lo suelto y retrocedo ante el infierno que comienza a elevarse al cielo, arremetiendo contra el techo como una columna de fuego de dragón. Prende la galería con tal ferocidad que me veo obligada a entrecerrar los ojos y a utilizar mi mano como escudo para proteger mi rostro del intenso calor.

La cegadora luz… lo ilumina absolutamente todo.

Hay numerosos Espinas alineados en las paredes, con su larga espada apuntando al suelo entre sus pies y el rostro protegido por un casco plateado, con unos ojos que brillan como gemas a la luz del fuego. Del lóbulo, les cuelga un solo abalorio, que centellea cual amenaza silenciosa.

Se oye otra orden silbando a través de la galería, esta pronunciada por un hombre corpulento con más condecoraciones que los demás.

Su mirada asesina me desuella mientras el fuego alcanza a la hermosa Furn, que está destrozada. Arde con tal ferocidad que la galería se convierte en un horno y el aire se impregna del olor acre de las plumas carbonizadas y la carne de dragón.

Incapaz de presenciarlo, aparto la vista. Es entonces cuando veo a Rasha atada y amordazada, sujeta por dos corpulentos guerreros que doblan su tamaño, con sus grandes ojos verdes tan abiertos por el dolor y el miedo que un gruñido áspero me araña la garganta.

—Puta traidora —le espeta furioso uno de los Espinas empujándola.

Apenas alcanza a ahogar un grito cuando una espada le atraviesa la garganta por detrás.

— RASHA …

Se ahoga; la sangre tiñe de rojo su mordaza.

Crispo el rostro y retraigo los labios, con los músculos del cuello tensos, mientras concentro toda mi ira en una sola orden.

— Gurn ed akin, ah…

Noto un golpe en el tobillo izquierdo.

Bulder acata mi orden y derrumba parte del techo, aplastando a tres Espinas.

Al mismo tiempo, me desplomo y el canto se desvanece, barrido por la flecha de hierro que por poco me alcanza el talón de Aquiles.

Un dolor que palidece en comparación con el profundo pesar que siento al ver a Rasha tirada en el suelo como una muñeca. Flácida.

Muerta.

Todo a mi alrededor se convierte en un borrón en llamas.

Los Espinas se unen como si fueran uno solo. Una soga plateada que se ciñe sobre mi destino y el del preciado diario que llevo amarrado al abdomen, una reliquia que tiene el poder de cambiarlo… todo.

Aferro la empuñadura de mi daga mientras observo a los soldados, preguntándome cuál de ellos vendrá a por mí primero, quién acabará con mi filo clavado en un ojo.

Prefiero morir antes que encontrarme cara a cara con Tyroth. Prefiero arder con Furn y Rasha para que mi alma pueda enviarle mensajes a Kaan a través del espectro que tiene como mascota.

Se me corta la respiración al vislumbrar una pequeña brecha en la pared que se desvía hacia la derecha, la cual sin duda no estaba ahí hace unos instantes. Probablemente conduzca a las profundidades de la montaña, pero…

«Es mejor que la muerte».

Dándole las gracias en silencio a Bulder, levanto la pierna para pasarla por el agujero y apoyo el pie sano al otro lado mientras rebusco en el bolsillo de mi capa.

Escudriño a mis perseguidores, que se están acercando.

Echo un último vistazo a la pobre Rasha, tirada en el suelo a sus espaldas, con los ojos muy abiertos y desoladoramente vacíos, y al esqueleto de Furn mientras Ignos se alimenta de lo que queda de sus plumas y carne.

—Sois todos unos monstruos —gruño con un nudo en la garganta.

A excepción del impasible comandante, todos ellos estallan en risas arrogantes, una voz burlona que amenaza con tirarme sobre una roca por pensar que podía colarme en el reino de mi hermano sin que me descubrieran.

Agarro el frasco de luz de luna y miro fijamente los penetrantes ojos azules del comandante.

—No puedo esperar al dae en que os veáis obligados a postraros ante la legítima reina y enfrentaros a vuestros atroces crímenes.

Se le forma una arruga entre sus pálidas cejas.

Lanzo el frasco, que se hace añicos, y estalla una luz helada, mientras agarro el vial de Kaan. A continuación me impulso hacia arriba.

Y avanzo a ciegas entre el clamor.