La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 7. Veya
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Capítulo 7. Veya

Veya

C on el corazón latiendo al compás de mi castañetear de dientes, me apresuro a recorrer las empinadas calles de Ari­thia azotada por el implacable viento y la nevada, preguntándome si Clode y Rayne están en guerra.

Y maldiciéndolas por ello.

Apenas podría ver más allá de mi propia mano si no fuera por los brillantes orbes que se encuentran sobre mi cabeza a modo de pequeñas lunas, probablemente suspendidos por runas sofisticadas que nunca había visto antes.

Recuerdo vagamente haber oído el rumor de que Tyroth había entregado a un joven protegido al Triconsejo a cambio de su favor eterno, pues era muy apreciado por su habilidad para combinar runas como nadie.

«Supongo que es cierto».

Miro por encima del hombro para asegurarme de que no me siguen y doblo una esquina, donde me golpea una ráfaga de viento helado tan fuerte que siento que se me está pelando la cara.

— Por todos los Cre-creadores —farfullo arrebujándome más en mi capucha. Aún no he visto a nadie por las calles, desafiando la tormenta. Aún no he visto ni un solo signo de vida más allá de las extrañas ventanas iluminadas que parpadean como llamas hambrientas.

Un escalofrío me recorre todo el cuerpo, calándome hasta los huesos.

Este lugar es precioso, hábilmente cantado, pero parece una tumba.

Acelero el paso y bajo corriendo por una escalera encajonada entre unos edificios altos y puntiagudos, maldiciendo cada ráfaga de aire helado que se cuela en mis resecos pulmones.

Maldiciendo el tamaño de este puto sitio; un laberinto ornamental que parece estar a punto de plegarse sobre sí mismo y masticarme, con todas sus estructuras aguzadas convertidas en los dientes afilados de una fiera rabiosa.

No quiero estar aquí, atrapada en medio de ráfagas de nieve.

Quiero estar en casa, en el cálido y húmedo norte, al margen de las conversaciones que voy a verme obligada a mantener próximamente, bebiendo licor fuerte hasta emborracharme en algún tugurio de apuestas, fingiendo que el mundo no está más jodido de lo que pensaba.

Al doblar una esquina, me encuentro con el imponente muro negro que rodea Arithia. Casi me desplomo, con una mezcla de extenuación y alivio.

Estoy a punto de cagarme encima al oír unas plumas erizadas, y la sensación no mejora cuando veo a un enorme fundefauces posado en la pared, con las garras delanteras escondidas.

Me quedo quieta.

Se sacude una capa de nieve acumulada, revelando su pecho, donde lleva abrochadas las correas de una silla de montar, lo cual me proporciona cierto alivio.

«No es salvaje».

Aunque tiene la cabeza agachada en posición de descanso, me mira fijamente con sus ojos rojos, analizándome con una molesta curiosidad.

Observo la pared de piedra situada bajo él, en la que hay clavado un salce llorón muerto, cuyos restos largos y delgados son un pálido centinela de la única salida desprotegida…

, dado que dicha salida es un secreto que solo se revela al activar unas runas hambrientas con predilección por la sangre caliente.

Mirando a la bestia que se alza sobre mí, rebusco en mi bolsillo hasta dar con el frasco de sangre de colk que llevo guardado y, a pesar de que tengo las yemas entumecidas, siento unos pinchazos.

—Maldita sea —murmuro recogiendo los fragmentos de cristal ensangrentados que caen sobre la nieve, restos del frasco roto.

«Qué mala suerte».

Desenvaino mi daga y me la paso por la palma de la mano. Noto calor acumulándose en ella al doblar los dedos sobre la herida.

Sin apartar la mirada del curioso dragón, me acerco a la pared, tratando de ignorar el gruñido que retumba en el ancho pecho del fundefauces, un feroz recordatorio de que acercarse a un dragón vinculado sin su jinete cerca suele considerarse una amenaza.

Hasta donde puedo ver, estoy sangrando, y cuando alguien sangra es menos amenazador. Al menos, eso es lo que me digo mientras froto la mano que me he cortado contra la piedra.

Mi sangre se coagula, revelando las runas, que comienzan a chisporrotear y desprender humo.

Aprieto los dientes y me apoyo contra la pared, esperando que las runas grabadas no estén tan sedientas como para tirarme de culo y hacerme parecer apetecible.

Los restos de sangre se disuelven a la vez que voy perdiendo el equilibrio…

«Tres».

«Dos».

«Uno…».

Parte de la pared se desvanece, dejando un arco para salir de esta hermosa tumba sin alma.

Un marco perfecto que da al extenso abismo y al bosque de los Salces Llorones que hay al otro lado, enclavado en la empinada ladera de la montaña, con unos árboles enjutos que se ven sacudidos por la tormenta como algas atrapadas en una corriente.

Atravieso la abertura a trompicones.

La piedra vuelve a encajar en su sitio tan rápido que me hace salir disparada, como si intentase tirarme por la escarpada cumbre que engendró Arithia.

— ¡Hugth aht, Bulder!

Echo el brazo hacia atrás y agarro la rígida mano de piedra que sobresale de la pared, deteniéndome bruscamente, aunque siento que el corazón se me va a salir del pecho y va a caer en picado a través del cegador vórtice de viento y nieve hasta acabar clavado en una roca en algún lugar muy por debajo.

La suave mano se solidifica alrededor de mis dedos mientras resuello, tratando de que el corazón retome su lugar dentro de mi maldito pecho.

«Por poco».

Aún medio colgando del precipicio, miro hacia arriba y no me sorprende ver al fundefauces examinándome por encima de su ala cubierta de nieve, todavía gruñendo. Probablemente está esperando que Bulder me deje caer al abismo para atraparme al vuelo.

Aunque no sea su más fiel servidora, al dios de la Tierra le caigo lo bastante bien como para no convertirme en el aperitivo de un dragón.

—Gurn huk atúin, Bulder…

Lentamente, tira de mí hacia atrás hasta que quedo pegada a la pared, todavía con la sensación de que el mundo se mueve bajo mis pies.

«Malditas runas parásitas».

Corto un trozo de tela de mi capa para vendarme la mano, lo cual me resulta difícil debido a que veo doble y a que no siento las yemas de los dedos por el frío.

—Llé-llévame de vuelta a…, a las abrasadoras llanuras de mi hogar —mascullo, y luego envaino la daga y me dirijo hacia la sombría escalera que serpentea por la cumbre, atraviesa la escarpada ladera de la montaña y rodea el bosque. Todo se difumina tras una batalla de nieve y viento.

El mundo se divide, se junta, se divide…

Suspiro.

«Será un milagro que no me caiga y me rompa el cuello».

Con cautela, comienzo la arriesgada travesía por la ladera del acantilado cuando el fundefauces suelta tal alarido que rivaliza con el aullido del viento.

Me vuelvo, entrecerrando los ojos.

A través del remolino de nieve, veo a la bestia extendiendo sus enormes alas emplumadas. Con unas cuantas sacudidas bruscas, se eleva de la pared y se propulsa hacia la enorme silueta puntiaguda que corona la ciudad, donde unas ventanas iluminadas contrastan con la tenebrosa penumbra.

El palacio.

Me da un vuelco el corazón.

El suelo se sacude, haciéndome tambalear, como si me hubieran golpeado desde abajo. Un movimiento rápido, aislado. El tipo de sacudida que solo siento cuando Bulder intenta decirme algo.

Frunciendo el ceño, me abro a…

Su canción irrumpe en mis tímpanos. Una nana grave, una melodía melancólica que me recuerda a…

«La que le cantaba a Slátra cuando ella estaba en la guarida de Dhomm».

«Quemada».

«Destrozada».

Me doy la vuelta y miro a través de la intensa tormenta hacia las cimas de las montañas, donde se encuentra un grupo de guaridas abandonadas. En una de ellas se halla mi encantadora peregrina, esperando con su fundefauces.

Esperando para llevarme de regreso a La Bruma.

Noto una sensación incómoda en el pecho, como si me hubiera atravesado una flecha.

Un pavor frío y feroz.

Me pongo en pie y echo a correr.

M e fallan las piernas, ya doloridas.

Tropiezo, aunque me sostengo en un saliente afilado y me derrumbo en el pobre refugio que me proporciona.

Mientras intento calmar mi respiración, me tapo la boca con las manos para calentarlas con mi aliento.

Finalmente, segura de que no voy a desmayarme, miro hacia la enorme cueva que hay más adelante, apenas visible si no fuera por el extraño rayo de luna que atraviesa las nubes.

Ahueco las manos alrededor de la boca y emito el zumbido de un ave de matorral. El sonido se ve amplificado unos instantes gracias a la pared rocosa y, después, se desvanece.

Entonces, cuento.

«Uno…, dos…, tres…, cuatro…, cinco…».

El mundo sigue fragmentándose y oscilando mientras escudriño la oscuridad, expectante. Con cada segundo que pasa, el nudo de mi estómago se vuelve más grande.

Acordamos contar hasta sesenta. Si no hay respuesta, algo va mal.

«Cincuenta y cuatro…, cincuenta y cinco…».

«Venga, venga, venga…».

Fiiiii Fiiiiiiiiiiiiuuuuuuuu

Casi lloro de alivio.

Elevando una plegaria silenciosa a los Creadores, levanto la tapa del vial de cobre de Kaan y utilizo su llamita para iluminar mi camino por la guarida, que no para de temblar, esquivando por los pelos las piedras que caen.

«Tenemos que salir de aquí. Rápido».

Doblo una esquina que da a la gran caverna donde se encuentran los nidos.

—¿Rasha? —susurro pasando por encima de ramas pálidas y trozos de obsidiana mientras la cueva vuelve a retumbar.

Se sacude, casi como si estuviera enfadada.

Se oye un fuerte crujido. Es la única advertencia que me llega antes de que caiga una roca ante mí, tan cerca que casi me aplasta los dedos de los pies.

Al retroceder, me tropiezo con un tronco y caigo de espaldas. Siento un dolor agudo en la columna y el vial de Kaan se desliza por el suelo, aunque la llama sigue ardiendo.

«¿Qué le pasa a Bulder?».

Me abro a…

Su canto me atiza con tal saña que suspiro entre dientes. Su tono es profundo y gutural, una mezcla demoledora de ira y tristeza, para nada propia del recio dios.

La melodía se quiebra en mi cráneo, pues muchas de sus palabras me resultan desconocidas y son bruscas y afiladas.