La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 6. Raeve
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Capítulo 6. Raeve

Raeve

E l recuerdo se desvanece hecho añicos, como si una mano me hubiera atravesado el alma, hubiera agarrado todo lo que podía con sus garras y hubiera tirado de ello.

El corazón me late con fuerza y mi mente se desgarra con los trozos afilados de todo lo que he consumido.

«Eso estaba…».

«Yo estaba…».

Con el colmillo bien agarrado en la mano, me impulso en la columna de hielo y me dirijo hacia la superficie por entre una maraña de hilos plateados que se me enredan en los dedos y brazos, con la garganta cerrada, desesperada por respirar.

Me apresuro a llegar a la superficie, pero me ahogo bajo ese montón de piedras con forma de huevo.

Al llegar a la barrera, la golpeo con el colmillo con tal fuerza que la punta se clava profundamente en el hielo.

Comienzan a abrirse unas pequeñas grietas desde la fisura mientras lo clavo una vez, y otra, y otra, tratando de quitarme de encima todo lo que acabo de experimentar con cada golpe salvaje.

Arriba, se mueve algo grande y luminoso; veo su imagen borrosa a través del hielo agrietado.

Me quedo inmóvil, con el corazón en un puño y el tiempo detenido. Se me eriza el vello de los brazos y las piernas.

La forma se agranda, parece aproximarse…

Cada vez está más cerca.

«Joder».

El hielo implosiona con tal fuerza que me quedo atrapada en un remolino de esquirlas, hilos plateados y agua revuelta, con mi pulso convertido en un rugido ensordecedor.

Luchando por salir a la superficie, advierto instintivamente el movimiento rítmico del agua: un tam-pam, tam-pam constante. Es como si mi Otra se moviese por el lago debajo de mí al ritmo que tan bien conozco del batir de unas a…

Doy patadas más fuertes. Nado más rápido. No me atrevo a mirar hacia abajo al pasar por encima de trozos de hielo afilados en dirección a la orilla de piedras, tropezando con rocas escarpadas. Me aúpo tan rápido que me da vueltas la cabeza.

No celebro mi libertad, pues en parte sigo atrapada en ese otro lugar frío y silente. Sigo volando a través de la infinita oscuridad con mi pulso ligado a otra:

«Una niña pequeña con un corazón enorme y lleno de calidez ».

Una revelación me trepa por las costillas y se posa entre mis omóplatos, perforándome la piel y la columna con sus garras.

Esa plumaluna plateada eligió a la niña de ojos azules y melena negra porque percibió la bondad que había en ella, porque protegía ferozmente a sus seres queridos en lugar de huir.

De esconderse.

Una niña con tanta fuerza, coraje y valentía… que se sentiría muy decepcionada si se enterase de que se ha convertido en una cobarde.