La otra (Pasado)
La
Otra
Pasado
L a Otra se zambulle en un banco de niebla soltando un chillido gutural que se convierte en un grito tan agudo que podría cortar la piel, anunciando así sus rabiosas intenciones de matar al joven feérico que se coló en la columna donde anida y se llevó su huevo más preciado.
Tal vez lo incubó durante demasiado tiempo, desde mucho después de que su pareja cayera y acabara desangrándose en el suelo, pero por fin percibía vida en su interior.
Desde que le había otorgado un hilo plateado de la fibra mística que tenía dentro de su ser, la vida por fin había comenzado a revolotear.
Y ahora ya no está.
Sale disparada de la niebla mientras la rabia brota de su garganta y escapa por su boca abierta. Una llama azul celeste estalla contra un nido alto construido por otro plumaluna fallecido hace mucho tiempo, haciéndolo añicos y rompiendo el silencio.
No habrá descanso hasta que la Otra tenga al ladrón entre los dientes y haya apagado los latidos de su corazón. Entonces, se dará un festín con su carne, arrancándola de sus huesos tira a tira. Cubierta con su sangre, esperará a que sus restos se solidifiquen con el frío y, luego, lo hará pedazos.
Si es que lo encuentra .
La Otra oye un grito a lo lejos, un traqueteo, una serie de berridos animalescos que le provocan un escalofrío por la espalda.
Vira, buscando el sonido, atravesando otro banco de niebla que oculta gran parte de la zona de cría.
—¡Fuera, bestias horribles! —A la Otra se le encoge el corazón al oír esa voz chillona reverberando entre el alboroto—. ¡Dejadnos en paz!
La niebla se disipa lo suficiente como para que alcance a ver una cornisa helada, donde divisa a una pequeña feérica demasiado joven para esta parte del mundo.
Debería estar en un nido de piedra con quienes le dieron la vida, envuelta en el pelaje que los feéricos acostumbran a llevar para proteger su frágil piel.
No aquí , cuidando de un pequeño nido de nieve, rodeada de maldiespines, depredadores espinosos dolorosos de masticar, que castañetean, aúllan y asaltan madrigueras excavadas en la nieve, cuya presa principal son las crías recién nacidas de criaturas más vulnerables.
Esa es la razón por la que la Otra suele acabar con sus púas clavadas en las encías.
Observa su postura: piececitos bien separados, listos para la batalla, ojos airados pero temerosos, tan azules que podrían haber sido forjados con la llama que se gesta en su propio pecho.
—¡Vete! —grita la feérica con voz temblorosa y muestra una daga, como si intentara compensar su falta de dientes afilados o garras—. ¡Pienso usarla!
La Otra se fija en cómo le tiembla la mano, como si tuviera miedo a pesar de mostrar los dientes y proferir amenazas.
Plegando las alas, la Otra se deja caer en picado, moviéndose al unísono con las corrientes de aire para que no le corten la piel.
Atraviesa más niebla y, cuando emerge, ve al mayor de los depredadores con púas abalanzándose con un aullido y a la feérica clavarle su arma en el vientre, la única parte blanda.
Una sangre oscura salpica a la cría en la cara.
La criatura ladea la cabeza y aúlla, lo que hace que algo se quiebre en los ojos de la joven feérica, la cual solloza mientras su presa cae al suelo.
Muerta.
Los demás patean en la nieve soltando gemidos y moviendo su larga lengua. Su intención es obvia.
«Acercarse como uno solo, incapacitar, matar».
Los instintos de la Otra se desatan, instándola a aproximarse, rugiendo para que la proteja.
« PROTEGERLA ».
Pliega las alas, dejándolas pegadas al cuerpo, y se lanza en picado.
Luego, abriéndolas de par en par, se impulsa hacia delante y cae sobre el suelo, levantando con el movimiento una explosión de nieve que salpica su piel plateada y desorienta a los depredadores, que se dispersan entre chillidos tras haber olvidado por un momento que no están en la cima de la cadena alimentaria.
La Otra sí lo está.
La feérica no grita, no se estremece ni intenta huir. Se arrodilla y bloquea la entrada, con sus tristes ojos aún fijos en la bestia que ha abatido y el charco que se está formando debajo de ella.
La Otra alza el cuello y gira, dejando que le broten del pecho toda la ira y el pesar en forma de ráfaga de furia azul que arrasa con todo lo que encuentra a su paso.
«Un final apropiado para unos rivales tan poco respetables».
Mientras mutila cuerpos llenos de púas gracias a su llama y a sus violentos zarpazos, a la Otra se le ocurre que quizá la pequeña feérica deteste matar. Eso explicaría su mirada y el triste gemido que ha soltado al clavarle el arma a la criatura.
Resulta extraño, ya que muchos feéricos no se sienten así cuando quitan una vida, sino que disfrutan derribando dragones para derramar su sangre en el suelo, impidiéndoles así encontrar la paz entre la gran oscuridad, como sucedió con la querida pareja de la Otra.
Sin embargo, esa mirada de la joven feérica…
no se le va de la cabeza a la Otra mientras sigue lanzando llamas mucho después de que la última bestia haya caído.
Le recuerda tiempos pasados, cuando los dragones anhelaban formar un vínculo con alguien lo bastante valiente y honorable como para merecerlo.
No temían tal vínculo.
Ahuyentando ese pensamiento, la Otra contiene el fuego y gira, gruñendo al observar el caos que la rodea: cuerpos tan afectados por las llamas que han explotado en fragmentos helados y han quedado esparcidos por la nieve.
Satisfecha consigo misma, la Otra vuelve al nido de nieve, pero la pequeña feérica ya no protege la entrada.
La Otra se detiene.
Una luz plateada irradia desde la entrada, extendiéndose al otro lado y fundiéndose con la suya propia, y se oye un suave chirrido procedente de los restos resquebrajados de un huevo que la Otra incubó durante demasiadas salidas y puestas.
Luego, le llega el gorjeo de la cría respirando, haciendo funcionar sus diminutos pulmones.
Se desprende otro trozo de cáscara, que cae sobre la nieve, revelando a su hermosa cría plateada, aún cubierta de restos transparentes, ahí acurrucada, como si estuviera anidando en el cielo. Comienza igual que terminará…, como es costumbre.
Se agita. Levanta un poco la cabeza. Intenta estirar las alas, lo que hace que se desprenda más cáscara, mientras una brisa lleva su dulce aroma a cuero a las dilatadas fosas nasales de la Otra.
«Hembra».
«Una hija».
La cría cae al suelo con su pesado cuerpo, con las alas extendidas.
Una agradable y desconocida sensación de calor invade el pecho de la Otra.
Mientras observa el cuello delgado de su cría y la forma en que se le balancea la cabeza, demasiado pesada para sus músculos en desarrollo, se va familiarizando con ese sentimiento, una forma de amor que nunca había experimentado.
Que nunca había creído posible .
La cría levanta los párpados perezosamente, haciendo que a la Otra se le encoja el corazón al ver por primera vez sus ojos, oscuros y jaspeados con las numerosas luces de sus antepasados.
«Preciosos».
Cruzan la mirada a través de la nieve y la cría grazna.
La sensación que siente la Otra en el pecho aumenta hasta tal punto que teme que se le rompan las costillas y le sale un gemido.
«Yo también te quiero, mi Dulce Niña».
Desplaza la mirada al feérico que está acurrucado junto a su cría en el nido de nieve, con el pelo blanquecino revuelto.
Se trata del mismo que asaltó su nido, aunque ella ya no alberga deseos de devorarlo, no al ver su actitud protectora: tiene el brazo alrededor de los restos del huevo de su cría y se afana por quitarle los trozos de cáscara para que esta pueda liberarse.
Le suelta su pequeña ala deformada de la pegajosa membrana, la cual debió de haberse calentado demasiado y encogido, cortando parte del suministro de sangre.
—Lo siento —solloza él con sus pálidos labios, unas palabras cargadas de tristeza.
La Otra ladea la cabeza.
Si pudiera dar forma a las palabras con su boca, mucho más grande y temible, le diría que no lo entiende. Su cría ha nacido, no hay lugar para la tristeza, solo para celebrar la vida.
Está a punto de acercarse y asomar la cabeza al nido para oler bien a su cría cuando se da cuenta de algo…
«¿Dónde está la Pequeña? ¿La feérica que ha acabado con una vida para proteger este frágil nido y a quienes se encuentran en él?».
«Espero que no esté aplastada».
Elevándose, la Otra baja la vista hacia su vientre y echa un vistazo a sus garras y a su cola, que se mueve entre la carnicería que la rodea. Entonces, siente un extraño tirón en los largos mechones que le brotan de la columna.
La Otra se queda quieta.
«¿Es eso…?».
Algo le da unos toquecitos en la pata, más arriba. Y nota otro tirón, seguido de más golpecitos en la piel.
Con curiosidad, la Otra gira la cabeza y observa a la pequeña feérica que está posada entre sus omóplatos: respira con dificultad y aún está cubierta con la sangre de su presa.
Sus pálidas manos ya no tiemblan, sino que le está aferrando los mechones, con tanta fuerza que nota su pulso acelerado a través de sus sensibles filamentos.
Mira a los ojos de la joven, encendidos con tanta determinación que parecen brillar.
— ¡Shuile!
«Vuela».
La Otra resopla.
¿Este diminuto y delicado ser, con los dedos demasiado pequeños y débiles como para soportar la fuerza del vuelo, quiere montarse en ella para surcar el gélido e inclemente cielo?
La Otra no vuela con jinete. Nunca. No se somete a nadie, y menos aún a alguien tan frágil.
Gruñendo, la Otra se sacude, tratando de desprenderse de la joven y devolverla a la suave nieve. Confundida, descubre que esta sigue aferrada al mismo mechón, con las mejillas sonrojadas por los rápidos latidos de su corazoncito.
Una ferocidad desconocida crispa el rostro de la feérica cuando muestra los dientes y grita:
— ¡Shuile!
Para ser tan pequeña, la palabra es muy grande, incluso hace que el silencio se sacuda, como si la diosa del Aire estuviese escuchando.
— ¡Shuile! ¡Shuile! ¡Shuile!
«Quizá sea la única forma de sacarla de aquí y que deje de gritar».
La Otra mira a su cría, bien protegida entre los brazos del joven de ojos enormes, y emite un sonido áspero.
Levanta las alas y las bate con fuerza, impulsándose hacia el cielo con tal ímpetu que rivalizaría con un dragón cayendo en picado, con la esperanza de que la Pequeña se suelte y vaya a parar sobre la nieve.
Al ver que no lo hace, se inquieta y echa la vista atrás cada pocos segundos para comprobar si sigue ahí agarrada.
La fascinación va en aumento.
Las Nieblas las engullen, golpeando las alas de la Otra mientras esta se adentra en el aire helado y se eleva cada vez más con un fuerte aleteo.
La Otra no quiere que la joven feérica se precipite hacia una muerte segura. Si se suelta, la cogerá y la devolverá al suelo, donde debería estar, en reconocimiento a la sangre que ha derramado para proteger su preciado huevo.
No obstante, no importa lo fuerte que bata las alas la Otra o lo velozmente que vire o descienda, la Pequeña no se suelta.
Ni cuando las cintas se elevan y descienden de nuevo.
Ni cuando una tormenta las azota desde todos los ángulos, cubriendo la melena oscura de la joven de escarcha y copos de nieve.
Ni cuando la Otra se acerca tanto a las lunas que siente que la atracción del mundo debilita su control sobre ella y la luz de sus antepasados le baña las alas, invitándola a acurrucarse junto a ellos.
Una vez más, las cintas se elevan, arqueándose tan cerca que la Otra se pregunta si van a alcanzarla como hicieron hace tanto tiempo, tiñéndola de plata.
Pero no lo hacen.
Danzan fuera de su alcance cuando la Pequeña comienza a cantar; una suave melodía que va acompasada con el vaivén de las cintas, como si estuviera traduciendo su danza en algo tan bello que, por un momento, la Otra se deja llevar.
No se agita.
Solo escucha .
La canción le llega al alma. La atrae como su anhelo de continuar enroscándose alrededor de su huevo mucho después de que debiera haber eclosionado, de acabar ofreciéndole algo de la esencia plateada que la llenó con la canción cósmica que por fin está empezando a comprender; un último soplo de esperanza.
La atrae como su anhelo de encontrar un nido eterno entre las estrellas… algún dae.
Pero no hoy.
No con su nuevo propósito posado entre sus alas, aferrándose a ella con los puños, cantando incluso con los labios agrietados por el frío.
Está ahí, tan cerca de aquellos que han ascendido a su lugar de descanso final que la Otra se rinde por primera vez en su larguísima existencia, y ante una joven mucho más pequeña que su garra.
Se entrega a su creciente deseo de proteger a la feérica con la fiereza de alguien que de repente tiene absolutamente todo que perder.
La Otra calma los latidos de su corazón hasta que se sincronizan con los de su Pequeña y la oye jadear cuando su vínculo brota con la ferocidad de una estrella estallando.
No le ofrece su llama, pues sabe que su Pequeña no está preparada, que eso la destrozaría por dentro.
Pero le ofrece casi todo lo demás.
A través de los lazos que las unen, la Otra siente la fría oleada de la conmoción de su Pequeña, su cálido y floreciente asombro. Siente la fiera fuerza de su espíritu y el amor desmedido que le despiertan quienes llevan su sangre.
Siente el gran corazón que tiene, enorme y decididamente osado. Siente la profunda tristeza por la deformidad de su cría recién nacida, la certeza de que el hecho de que su alita esté torcida a ella no la afecta de la misma manera que a su Pequeña.
El destino obra de maneras mágicas, e incluso ahora está tejiendo sus hilos, atando nudos que tal vez no se entiendan ni se desaten hasta que pasen muchas auroras. Pero la Otra sabe una cosa.
Ella y su preciosa Pequeña… siempre estuvieron destinadas a estar juntas.