Capítulo 4. Raeve
Raeve
E cho el brazo hacia atrás y lo lanzo hacia arriba, golpeando con el puño el hielo, que simplemente no cede .
Otro puñetazo. Y otro más. El dolor recorre los delicados huesos y tendones de mi mano hasta llegar a mi codo, avivando la sed de sangre que bulle con rabia en mi pecho.
Lo he intentado todo. He aguzado mi conciencia hasta convertirla en una cuchilla que solo se dobla contra el hielo. La he embrutecido hasta transformarla en un martillo con el que he intentado abrirme paso a golpes, buscando en la superficie helada un área más débil, más fina.
Nada funciona.
Incluso he fingido ahogarme con la esperanza de que el instinto protector de la Otra la hiciese regresar bajo el hielo y, con suerte, abriera un agujero por el que yo pudiera salir.
Me equivocaba.
O no le importa o sabe muy bien que mi conciencia no necesita oxígeno para existir en esta tumba acuática.
Otro golpe me destroza los nudillos y la compostura que me queda.
—¡ JODEEEEEER !
Mi plan era meticuloso: saciar mi voraz sed de venganza con un auténtico festival de torturas cuidadosamente planeado que terminaba conmigo taponándole a Rekk la boca con sus propios intestinos y apretándole la nariz para observar cómo se iba ahogando hasta morir mientras le recordaba por qué merecía exactamente una ejecución tan brutal.
«Por haber asesinado a mi bella y prodigiosa Essi».
«Por haber torturado a Líri casi hasta la muerte».
Hasta que mi Otra me metió aquí abajo como si fuera una de mis piedras, como si esperara que me enroscara y me hundiera hasta el fondo mientras ella hacía quién sabe qué con ese pedazo de mierda al que atraje a mi trampa…
Un momento.
¿Es esa la respuesta? ¿Hundirme?
Me doy la vuelta de golpe y miro hacia la negrura que hay debajo. Está todo oscuro, salvo por unas lucecitas difuminadas que se ven muy al fondo, como si se tratase de una estrella aplastada cuyas resplandecientes vísceras han quedado esparcidas por todas partes.
Entorno los ojos y paso la vista de un punto luminoso a otro.
Quizá haya algo ahí abajo que pueda usar para liberarme. Es una opción que por lo general no consideraría, pero ella no está aquí abajo, ella está arriba, llevando a cabo una carnicería; probablemente dándose un banquete con los restos de Rekk Zharos.
Frunzo el ceño, pensando en todas las mierdas que he lanzado bajo el hielo, cosas que no quiero volver a ver. Nunca. De todos modos, siempre y cuando no descienda demasiado, estaré a salvo. En teoría.
«A la mierda».
Pateando el hielo para impulsarme, buceo por la cristalina agua con brazadas decididas hasta que se me enreda entre los dedos algo largo y luminoso, haciendo que me detenga. Me acerco la mano y le doy la vuelta. Al ver un hilo plateado más largo que yo, entorno los ojos.
Un escalofrío me recorre la piel.
He visto este mismo tono en la tumba bajo la habitación de Kaan.
Lo he visto en el cielo al sur de la muralla, entre las cintas aurorales que a veces se mezclan con esa luna torcida a la que tanto quiero.
Lo he visto en mis sueños y en dolorosos fogonazos de recuerdos: ese tono luminoso junto con unos ojos lechosos enmarcados por pestañas pálidas…
«No».
Desecho el pensamiento, suelto el hilo y me sumerjo más en lo desconocido.
«Buscar un objeto con el que reventar el hielo. Liberarme. Recuperar el control de mi cuerpo. Convertir los últimos momentos de Rekk en una puta pesadilla».
Los lejanos destellos de luz se agrandan, adoptando la forma de un grupo de columnas de hielo hexagonales que se alzan en las tinieblas. Es como si estuviera recorriendo Netheryn en la oscuridad, el lugar de anidación de los plumalunas. Otra cosa sobre la que me niego a reflexionar.
Me niego a pensar demasiado en ello.
Me aproximo, atraída por una columna ancha que hay en el centro, más corta que las demás, rodeada por otras cercanas más altas.
Me concentro en la concavidad propia de un nido muy utilizado.
Dentro de ella, hay un gran montón de tesoros; principalmente, piedras plateadas con forma de huevo que me cortan la respiración.
Me dan ganas de dar media vuelta, subir a la superficie y esperar pacientemente a que me liberen. Y no volver aquí jamás .
Y haría justo eso si no me picasen los dedos por las ganas que tengo de sacarle los ojos a Rekk y atravesarle el maldito corazón.
Gruñendo, me dirijo hacia una de las columnas más altas y me acerco al borde. Miro hacia los oscuros abismos que se extienden entre las columnas con la esperanza de encontrar algo útil. Al entornar los ojos, distingo a lo lejos unas…
Piedras.
Miles de piedras apiñadas entre las grietas, como si fuesen basura. Mis piedras. Cada montículo cubierto de musgo corresponde a un recuerdo o momento que arrojé aquí con la intención de no volver a verlo nunca más.
Distingo una muy afilada que lancé mientras tenía a Essi inerte entre mis brazos.
Sin vida.
Me estremezco y aparto la mirada.
«Ni de coña. No pienso bajar ahí».
«Eso solo me deja otra opción».
Con los puños cerrados, examino la gran cantidad de piedras que hay con forma de huevo cubiertas de un musgo brillante que se mece con el movimiento del agua y, al ver un largo diente nacarado incrustado entre ellas, frunzo el ceño.
Por lo que se aprecia, es más largo que mi pie y probablemente lo bastante fuerte como para romper el hielo, aunque me resulta extraño no recordar haberlo tirado aquí…
Ignoro la parte de mí que sabe que no fui yo. La parte que está juntando las piezas de este extraño rompecabezas, dándole forma a algo demasiado grande, redondo y pesado para soportarlo.
Salto al precipicio y aterrizo en la ladera cubierta de hielo, desde donde me deslizo hasta el fondo del enorme nido. Es tan grande que Rygun podría acurrucarse en él, aunque la mayor parte de su cuerpo se saldría por los bordes.
Cuando la pendiente se atenúa, me acerco al montón de tesoros, casi más alto que yo, y me detengo ante ellos para sopesar la situación. A diferencia de mis piedras, tiradas como si fueran basura, estas parecen haber sido talladas con mimo, acunadas.
«Cuidadas».
Un pensamiento con el que acabo como si de un insecto se tratase.
Tengo que mover al menos una para poder sacar el diente. Es una pena, ya que manipular el tesoro de alguien es una forma segura de cabrearlo.
Me desplazo alrededor del montón, buscando el mejor ángulo, y me doy cuenta de que mis opciones son más escasas que las posibilidades de soltar mi discurso tan bien planeado ante un Rekk mínimamente consciente.
¿Muevo la piedra de aspecto aterciopelado que me recuerda a un trozo de carbón o el cristal azul en forma de lágrima que parece algo más fácil de alcanzar?
«A la mierda. No hay tiempo que perder».
Aparto las hebras de musgo plateado, meto la mano en la grieta, agarro la lágrima y tiro. Esta se desprende profiriendo un dulce sollozo a través del agua, palabras cantadas con una voz que reconozco, imbuidas de una aflicción tan profunda que me empapa la piel e inunda mi torrente sanguíneo.
Embiste mi corazón.
Chillando, lanzo el cristal con tal ímpetu que traza un arco en el agua y se hunde en la grieta mientras yo tomo grandes bocanadas de agua helada. La triste y lenta melodía invade mi ser y acaba incrustada en mi mente como una semilla de tristeza que, desde luego, no quería.
Hay un motivo por el que no escucho a Rayne y es que no pretendo entender su lengua. Ahora, parte de ella está incrustada en mí como una sórdida astilla que probablemente acabe infectándose.
«Cómo odio este puto sitio».
Me trago el nudo de la garganta, hago crujir mi cuello moviéndolo a un lado y a otro, y miro la pila que tengo delante.
Definitivamente, es mejor no tocar los demás. Quién sabe lo que sacarán a la luz.
Con más cuidado esta vez, introduzco el brazo por el hueco, agarro el delicado colmillo de marfil y tiro de él.
No cede.
Tiro de nuevo con los dientes apretados mientras hago fuerza, aplicando toda mi rabia y sed de venganza en un movimiento de palanca…
El colmillo se desprende tan repentinamente que salgo despedida hacia atrás y algunas de las piedras con forma de huevo se desplazan con la sacudida. Una de ellas me raspa el brazo al sacarlo y el musgo me acaricia como la cola de un plumaluna, lanzándome a…
otra parte.
Otra parte donde no soy yo misma, sino más grande.
Más poderosa.
Algo furioso , cargado de una fuerza incontenible que se abre paso desde mis omóplatos, hincha mi pecho con un torbellino de fuego gélido y amenaza con quemarme la garganta al salir…