Capítulo 3. Veya
Veya
B ajo corriendo por la sinuosa escalera mientras mis pasos retumban al compás de los latidos acelerados de mi corazón, con la mente aún puesta en las páginas del diario de Elluin que tengo pegadas al pecho.
Las llevo bien sujetas bajo el corpiño que he robado con un trozo de tela que he arrancado de la capa inferior de mi falda, también robada.
Ha llegado una sanguiria a lomos de un dragón. Si ha venido a poner a prueba la sangre de mi bebé cuando haya nacido, la línea paternal no apuntará en dirección a Tyroth.
Apuntará hacia el norte…, hacia Kaan.
Sofoco un gemido, ignorando mi fuerte deseo de arrojarme por la ornamentada barandilla de obsidiana y esparcir mis entrañas siete pisos más abajo por el reluciente suelo.
Nunca había sentido el peso de una responsabilidad tan abrumadora, sabiendo que mis próximos actos podrían desencadenar una guerra capaz de destruir el mundo. Sin embargo, no puedo guardarme este diario para mí. No.
Kaan merece saber la verdad, y Ellu… Raeve también.
«Kyzari es quien más se lo merece».
La determinación me tensa la mandíbula.
«Ve al ropero y cámbiate. Sal del palacio por la puerta secreta de la pared, rodea el bosque de los Salces Llorones, sube por el sendero de la montaña y entra en la guarida abandonada donde se esconde mi peregrina con Furn, la fundefauces a la que acompaña. Vuelve a casa, vuelve con Kaan.
«Rómpele el maldito corazón».
—Por todos los Creadores —murmuro, tratando de calmar mi pulso.
Echo los hombros hacia atrás y aminoro el paso mientras bajo las escaleras que dan al atrio, cuyos amplios ventanales dejan ver la furiosa tormenta que azota la ciudad.
Unos jardineros con faldones están encorvados sobre parterres con flores luminosas, cortando tallos o plantando bulbos en silencio.
Aprieto los puños tratando de no acelerarme —de no montar una escena ni llamar la atención— y respiro hondo el aire impregnado del vivaz aroma de las flores originarias de La Sombra.
Un aroma exquisito que no consigue que este lugar me parezca más que una mazmorra bonita y etérea en la que espero no morir.
Continúo descendiendo por una angosta escalera hasta salir al pabellón de los sirvientes, muy por debajo del primer piso.
Mi carrera por el interminable laberinto de fríos pasillos de obsidiana se ve constantemente interrumpida por Espinas y los impasibles trabajadores del palacio, lo que me obliga a ir a paso lento.
Unas mujeres impecablemente vestidas y acicaladas se deslizan por el suelo como majestuosas escobas, todas ellas con una muesca en la oreja, lo que las identifica como nulas, una costumbre que introdujo Tyroth cuando clavó sus garras en La Sombra, como un dragón orinando en su territorio.
Haciéndolo apestar.
Cuando por fin llego a la puerta de un ropero, flanqueada por unos candelabros encendidos, miro a ambos lados y me saco un frasquito del bolsillo.
Al quitarle el tapón, me llega el olor almizclado de lo que sea que utilice Roan para preparar esta potente poción.
Por su aroma acre, parece un excremento.
Intento no pensar en ello mientras me lo echo en la palma de la mano y lo esparzo por la puerta.
La runa de candado que he dibujado antes chisporrotea, emitiendo un furioso silbido, y se convierte en humo.
La manija hace un ruido y se mueve, abriendo la puerta.
Me guardo el frasquito en el bolsillo y entro a toda prisa, cerrando la puerta detrás de mí. Me apoyo contra ella y suelto un suspiro tembloroso.
—Joder —murmuro arrancándome el brazalete, tentada de lanzarlo contra la pared.
En lugar de eso, lo que hago es sacar un frasco de luz de luna de mi bolsillo e iluminar el reducido espacio de almacenamiento.
Mi hechizo de apariencia comienza a picarme y acaba desprendiéndose como si fuese papel desmenuzado, pero se desintegra antes de tocar el suelo.
Miro con fijeza mis dedos lívidos, el brazalete que agarro temblorosamente con ellos…
«Debería haber dejado que se lo comiera la trogg».
Me guardo en el bolsillo el estúpido objeto.
Desvío la mirada hacia Ayda, que sigue inconsciente en el suelo, con mi capa blanca enrollada debajo de la cabeza, las facciones relajadas y una mordaza.
Observo su modesta ropa interior gris de lana, que parece mucho más cómoda que esta asfixiante aberración con la que estoy a punto de volver a vestirla, sobre todo teniendo en cuenta su… estado, del que Tyroth me ha informado.
Suspirando, observo el ligero abultamiento de su abdomen, apenas perceptible. Aun así, me enfado conmigo misma por no haberlo advertido y sacudo la cabeza mientras me agacho a su lado.
Conozco bien a mi hermano; sé de lo que es capaz. Aquí, Ayda y su pequeño no tendrían futuro.
Este es el lugar donde las sierpes asfixian la felicidad mientras se duerme, donde las jóvenes princesas son sacadas de su lecho en mitad de la duermevela y obligadas a subir a lomos de bestias extranjeras para ser conducidas a una ciudad lejana, tratadas como una gema de rocadragón.
Como moneda de cambio .
Este es el lugar donde las mahs mueren entre sábanas ensangrentadas durante el parto, donde los secretos se enconan hasta envenenar el mundo.
Apretando los dientes, me inclino hacia delante y dejo el frasco de luz de luna en un estante entre montones de trapos de limpieza.
Luego, me afano por aflojar mi corpiño, tirando de él con un suspiro profundo y llenando mis pulmones como es debido por primera vez desde que me abroché esta maldición de los Creadores.
Me pongo mi atuendo de cuero y, después, desato a Ayda, le quito la mordaza y la vuelvo a vestir con delicadeza. Cuando le retiro mi capa de debajo de la cabeza, se me eriza el vello de los brazos.
Poso la vista en su rostro, en sus audaces ojos azules, que me miran fijamente.
Se me acelera tanto el corazón que me olvido de respirar, pues tengo miedo de que abra la boca y se ponga a chillar, que haga derrumbarse todo mi jodido mundo con un simple sonido.
Sin embargo, no lo hace.
No hay miedo en sus ojos, ni pánico o ira. Tampoco confusión. Solo hay dos esferas inquisitivas tras un velo de lágrimas, lo que me hace cuestionarme si compartíamos algo más que un simple parecido mientras yo llevaba su piel.
Si parte de su alma también hizo conmigo aquel angustioso viaje.
Posa la mirada en el diario de Elluin, sujeto contra mis costillas, haciendo que se me hiele la sangre.
«Supongo que eso responde a la pregunta».
Cierra los ojos y se le cae una lágrima al tiempo que se lleva una mano al abdomen a modo de escudo.
—No tienes que matarme —susurra levantando los párpados—. No diré nada.
Sé que no lo hará.
Nadie que esté en su sano juicio podría leer las palabras de este diario y no elegir el lado correcto.
Aunque el pah de su hijo no nacido sea Tyroth, Elluin era la reina de La Sombra por derecho hereditario.
La tradición dice que una hemorragia posparto fue la razón por la que nunca llegó a ver crecer a Kyzari, pero yo no lo creo así.
Y dudo que Ayda lo haga.
Todo este puto desastre es una nube negra sobre el hombre que ocupa el trono de obsidiana en la actualidad.
—Jamás haría tal cosa. —Meto la mano en el bolsillo de mi capa y saco una pesada bolsa de gemas de rocadragón, suficiente para comprar una pequeña taberna en esta parte del mundo—.
Pero he de insistir en que te marches —le suplico tomando su fría mano para que acepte la bolsa—.
Sal de Arithia y busca un lugar seguro lejos de Tyroth Vae…
—No puedo. —Desentrelaza su mano de la mía, de la bolsa.
Frunzo el ceño.
—¿No puedes o… no quieres?
Se produce un largo silencio mientras se le escapan más lágrimas.
—Deberías irte —acaba susurrando, provocándome un escalofrío en la espalda.
«Cierto».
Me pongo de pie y me echo la capa sobre los hombros, con la capucha puesta, abrochando los botones para asegurarme de que mi ropa de cuero quede bien oculta.
—Entonces probablemente acabarás muerta, igual que Elluin —murmuro lanzándole la bolsa de gemas de rocadragón.
Esta cae al suelo con un fuerte golpe que hace que Ayda se estremezca. O tal vez sean mis palabras las causantes.
«Bien».
—Este mundo no es amable con las mujeres, los bastardos ni quienes no llevan abalorios —continúo dirigiendo una mirada significativa a la muesca de su oreja. Cojo el frasco de luz de luna de la estantería y me lo guardo en el bolsillo; quedamos sumidas en la oscuridad—. Recuérdalo.
Abro la puerta y me marcho.