La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 2. Kyzari
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Capítulo 2. Kyzari

Kyzari

A currucada en mi jergón relleno de paja, contemplo el suelo mugriento que hay al otro lado de mi pequeña y agobiante celda a través de los barrotes apenas visibles bajo la mortecina luz del candil.

Observo un charco enmohecido atacado por el lento ploc…

, ploc…, ploc… que cae de una estalactita mientras repaso mentalmente mi encuentro con el Rey Carroñero.

«¿Qué he hecho?».

Debería haberlo mandado a la mierda en lugar de apresurarme a ocultar una llamada a las armas en los trazos de mi firma. Si la alondra va adonde creo que va, he implicado a alguien a quien quiero. ¿Y para qué?

«¿Por mí?».

Me regodeo en mi error, asfixiada por el inmenso peso de la montaña que hay sobre mí, dándome cuenta de lo que soy.

Un cebo.

Una presa jugosa que acaba de caer en una trampa. No puede haber otra respuesta.

«Quizá la alondra no llegue a Kaan. Quizá le llegue a pah y así mi tío no se vea arrastrado a esto».

Esa idea me proporciona cierto alivio. De todos modos, no el suficiente como para que me levante y vuelva a sentir el ansia de escapar de este horrible lugar.

Pongo un pie sobre la fría piedra, haciendo repiquetear mis cadenas, para tratar de despertar mi mente. Busco un solo resquicio de esperanza o energía para hacer algo, para resolver este problema y encontrar una salida.

Para luchar.

Sin embargo, el silencio nunca ha sido tan ensordecedor.

Las paredes están muy cerca.

Mis grilletes están muy apretados.

Quizá la miskunn de pah haya descubierto dónde estoy. Quizá un ejército venga a liberarme y llevarme de vuelta a Arithia.

«Una celda más grande y bonita en la que asfixiarme».

Gimo y, luego, miro furiosa la cacerola oxidada llena de bazofia que hay junto a los barrotes con la última comida que me han servido: vísceras y pan duro aderezados con gusanos glotones.

«Quizá enferme y muera antes de que acuda nadie».

Aprieto los ojos con fuerza, sumida en ese escenario. Me imagino muerta en esta celda y la diadema soltándose como una garrapata ávida de otro huésped lo bastante fuerte como para llevar la Piedra Éter.

Solo que no hay ninguno.

Sin un huésped que alimente las voraces runas, Caelis quedará libre. Volverá a estar íntegro, sí, pero se enfurecerá al verme muerta en esta celda. En el fondo, sé que me arrancará cada…

Se oye un leve aleteo y algo aterriza en mi palma.

Abro los ojos…

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Arrugo tanto el entrecejo que se me tensa la piel que rodea la diadema mientras analizo esas dos letras en el abdomen de la pequeña alondra impecablemente unidas. La caligrafía es suave y delicada.

Perfecta.

Como debe ser, dado que me golpeaban los nudillos con un bastón cada vez que desviaba la pluma lo más mínimo de la línea. Un título real no sirve de nada cuando tu pah permite que te traten como una moneda que nunca está lo bastante pulida.

Al mirar esas letras, me cuesta ignorar la opresión que siento en el pecho. Como si ella se estuviera enterando de que está muerta una y otra vez. Que se desangró al darme a luz, que nunca sabré cómo olía, cuál era el tono de su voz, su cadencia al decirme que me quería.

«Quizá haya enloquecido y solo me esté imaginando la presencia de la alondra».

Me aferro a esa idea como un parásito sediento de sangre hasta hartarme, apretando los ojos con tanta fuerza que me duelen, con la firme convicción de que la alondra que le mandé a mah hace unas fases no está ahora panza arriba en mi mano.

Abro los ojos…

ne

Mierda.

«Tal vez esté soñando. Tal vez también haya soñado la firma».

Cierro los ojos de nuevo mientras le murmuro a Caelis, una melodía vacua que me hiela los labios hasta que caigo dormida, volando a un lugar frío entre las estrellas, un lugar en el que podemos oírnos, cantarnos sintiéndonos seguros.

Amarnos.

Un lugar en el que Caelis está íntegro , y no destrozado en el interior de la piedra que llevo incrustada en la frente.

Surí está allí, en lugar de encerrada en las guaridas reales de los plumalunas, ocultas bajo Arithia. Algo que siempre nos ha impedido explorar los cielos juntas y forjar un vínculo sólido.

Por primera vez, la siento en mi pecho, siento su intensa alegría por la forma en que bate sus alas, su nacarada piel tan fría como el aire que besa mis mejillas. Sin molestos vigilantes encajonándola como cada vez que volamos juntas.

Vagamos por el infinito horizonte bajo un brillante manto de estrellas, como siempre debió haber sido.

Libres.

Mah también está…, eso creo.

Quizá solo desee que esté, que me envuelva entre sus brazos y me diga que todo va a salir bien…

Algo me roza el cuello, devolviéndome a mi aciaga, húmeda y hedionda realidad. Una pestilencia agria que nunca pierde el matiz pútrido.

Se me encoge el corazón al recordar la alondra.

Al abrir los ojos, veo que mi palma está vacía…

«Un sueño».

Todo mi cuerpo se relaja, y suelto un suspiro de alivio.

Aunque me parece estupendo que a algunas personas les guste recoger alondras fantasma y doblen el pliegue de retorno —una forma discreta de informar al remitente de que su mensaje no fue entregado—, eso no es lo que quiero creer.

Que mi mensaje no fue recibido.

Lo que quiero creer es que esa pequeña alondra llegó a mah. Que ella recibió mi mensaje, pero aún no ha podido responder.

Que ella me ha oído .

Me duele el cuerpo entero de pensarlo, así que me abrazo a mí misma con fuerza a la vez que le susurro a Caelis:

— Hov ahka nuieljuak. Hov-at haquil.

«Te quiero. Estoy aquí».

No hay respuesta.

Al volver a hablar, se me quiebra la voz.

— Nuieljuakui taf maruli…

«No estás solo».

Pero yo sí lo estoy.

De tener algo afilado, me cortaría el pie para quitarme el grillete de hierro y volver a oír su voz. Es algo que no había considerado hasta este mismo instante.

Supongo que estoy rompiendo la promesa que me hice a mí misma, viniéndome abajo y actuando sin sentido.

Gimoteando, agarro el grillete y lo estampo contra el suelo una y otra vez. Un tambor metálico que resuena en este estrecho espacio.

BANG .

BANG .

BANG .

Qué decepcionado estaría pah por mi súbita falta de compostura. Ay, cómo me miraría con el ceño fruncido, una de esas miradas que hacían que mojara los pantalones hasta que me volví lo bastante inteligente como para mantener la boca cerrada y comportarme.

«Casi siempre».

BANG .

BANG .

BANG .

Me ruge el estómago.

De nuevo, miro con ira la comida sin tocar, tratando de encontrar el valor para arrastrarme hasta allí y comerme esa porquería.

No soy estúpida. Si quiero encontrar una forma de escapar de este lugar, me van a hacer falta fuerzas, sin importar de dónde vengan.

Sin embargo, después de lo de mi firma y el mensaje oculto en ella, me cuesta mirar esa cacerola oxidada y la comida retorciéndose en su interior sin que me den ganas de vomitar sobre las piedras.

Así, lo que hago es mirar al otro lado de los barrotes, hacia el oscuro túnel que hay más allá, preguntándome cuántos días han pasado desde que caí en esta trampa con tanta facilidad.

«Demasiados».

BANG .

BANG .

BANG .

Me tumbo de lado, acurrucada como un dragón petrificado, y me rodeo con los brazos a modo de alas. Imagino que el abrazo no es mío, sino de otra persona, tan fuerte que me deja sin aliento.

— Nuieljuakui taf maruli .

Algo revolotea junto a mi cuello de nuevo.

Suspiro.

Supongo que otra criatura se ha colado aquí en busca de algo caliente contra lo que acurrucarse. Si tengo que matar otra vuililla para que no ponga sus huevos en mi pelo, gritaré.

Atrapo lo que revolotea y lo alejo para ver qué…

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Me da un vuelco el corazón. Noto un dolor punzante que intento ignorar.

«No era un sueño».

Como la alondra menea la cola, la suelto y me apresuro a incorporarme hasta quedar sentada.

«No suelen hacer eso».

Me la quedo mirando fijamente: yace de lado sobre el suelo de piedra…, manchada, ensangrentada, un poco deformada. La última vez que la vi fue cuando soplé un nombre sobre sus alas, con la absurda esperanza de alguien que se aferra a la creencia de que la magia existe.

Esa que obra milagros .

Esa que me permitiría traer a mah de vuelta a la existencia, a mis brazos, si lo intentase con suficiente fuerza. Ahora, aquí está, con el pliegue de retorno usado, tan abatida y falta de esperanza como yo. Parece un espejo al que no quiero mirar, decepcionada por el reflejo.

Suspiro, aparto la alondra y la cubro con una pequeña montaña de paja.

«Ya está».

Una brisa helada se cuela en la celda, provocándome un escalofrío por todo el cuerpo. Es como si Clode se burlara de mí trayéndome un soplo de aire del mundo exterior.

Reprimiendo las ganas de maldecirla, me recojo el roto y sucio vestido que llevo alrededor de las piernas y tiro de mi diadema. Siento las mismas náuseas de siempre y un dolor agudo en la cabeza, como si estuviese intentando arrancar unas raíces gruesas de mi cráneo.

Tragándome la saliva acumulada bajo la lengua, intento clavar las uñas a los lados de la diadema, segura de que debe haber un resquicio por el que pueda meterlas…

, a pesar de no haberlo encontrado en las innumerables ocasiones que lo he intentado antes, y con herramientas mucho más duras que mis uñas.

Me chorrea sangre caliente por un lado de la nariz, que gotea sobre los pliegues de mi vestido, mientras araño, rasco y hurgo al tiempo que voy pasando la mirada de una letra garabateada a otra en la pared gris oscuro, letras que parecen haber sido dibujadas por un niño aprendiendo a escribir.

En este lugar.

Cambio el rumbo de mis pensamientos y miro el techo, cubierto de lunas grabadas en carbón, lunas que me recuerdan a…

Cierro los ojos con fuerza y me cojo el estómago, que ruge.

Se oye un aleteo y frunzo el ceño al ver a la pequeña alondra elevándose hacia el cielo, dejando atrás hebras del montón de paja, de donde se las ha arreglado para escapar.

«Es tenaz: eso se lo reconozco».

Rebota entre las lunas cubiertas de hollín hasta que queda justo encima de mí, se inclina hacia delante y desciende en picado: me golpea justo entre los ojos y cae en mi regazo.

—Au —murmuro frotándome la cabeza mientras miro a la alondra, inmóvil y con el pico arrugado, algo que me molesta demasiado.

Cojo su carita entre mis dedos y la presiono hasta devolverle la forma. Al hacerlo, me fijo en un pequeño desgarro que tiene en el ala, como si hubiera necesitado pelear para llegar hasta aquí.

Ojalá no lo hubiera hecho. Ojalá siguiera ahí fuera, revoloteando sin rumbo fijo, libre, y no aquí abajo conmigo, en este agujero solitario y sin esperanza.

La coloco sobre mi rodilla y apoyo la cabeza contra la pared, observándola. Cuando se da la vuelta, mostrando de nuevo su vientre, suspiro.

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Me llama la atención su cola, donde veo el pliegue de retorno doblado con tanta fuerza que se aprecia un rastro de huella dactilar ensangrentada.

Le doy la vuelta al pergamino para que quede mirando hacia el otro lado y contengo el aliento al ver un garabato negro que se pierde bajo los pliegues, como si alguien hubiera respondido, y luego lo hubiese vuelto a doblar.

Lo miro fijamente tragando saliva.

¿Qué podría querer decir un desconocido que no quedase ya claro con el propio pliegue? Algo como: «Hola, lo siento. Esta alondra lleva un rato volando sin rumbo fijo. Supongo que el receptor ha fallecido. Lamento su pérdida».

¿Quiero leer eso?

«Por supuesto que no».

Dejo la alondra en el suelo y cierro los ojos, intentando dormir, pero me da tres picotazos en la cara, justo entre los ojos.

Después del cuarto, me acurruco de lado y aprieto los dientes al oírla elevarse aleteando.

Me pregunto si debería darle un manotazo con la suficiente fuerza como para que dejara de moverse para siempre.

«¿Por qué se burla de mí? Ojalá dejara de hacerlo».

«¡ BASTA !».

Oigo un golpecito a mi espalda.

Echando un vistazo por encima del hombro, la veo inmóvil de lado, con el pico tan aplastado que parece que le falta.

Me invade una oleada de culpa.

«Solo quiere que la leas, Kyzari. Lee la maldita carta y se quedará tranquila».

—¡Por todos los Creadores, maldita sea!

Lentamente, me estiro…, me doy la vuelta…, me incorporo y me retiro el pelo enmarañado por detrás de las orejas. Cojo la alondra y le aliso el pico hasta que vuelve a su sitio; luego, la despliego poco a poco hasta que queda abierta en mi mano.

«Guau».

Vuelvo a doblar la alondra hasta que tengo de frente su cara con su pico.

—¿Es esto lo que consideras un discurso motivacional?

Se menea y se da la vuelta sobre su espalda, como si quisiera que la leyera de nuevo.

Sonrío por primera vez en… mucho tiempo y sacudo la cabeza.

—¿Cómo es que tienes tanta personalidad, eh?

Otro meneo.

—Vale —murmuro abriendo la alondra, y releo su mensaje.

Algo que me resulta familiar me sacude como una bofetada en la cara.

Desplazo la mirada más allá del pergamino, hacia la tosca pared de la celda, como si estuviera contemplando desde el cielo unas dunas oscuras.

En las pequeñas hendiduras que hay entre los surcos de la piedra, busco las letras que hay ahí grabadas, pasando la vista de la alondra a la pared, y encuentro similitudes innegables en la m … , la n …, la t …

Se me hiela la sangre.

«¿Ha escrito un niño esta respuesta? ¿El mismo que estaba encerrado en esta celda?».

«¿Consiguió salir de aquí?».

Me arden los ojos y, al leer el mensaje de nuevo, vuelve a despertar la esperanza en mi interior.

No, no me necesitas

Esta vez, lo que siento en el pecho es distinto. No es tanto una punzada como un soplo de aire fresco.

«Tiene razón, no necesito a nadie».

Llevo viviendo en una jaula toda mi vida. Cada vez que he tocado fondo, siempre he logrado volver a salir a la superficie y respirar. La desesperación convierte en oportunidades las cosas menos pensadas.

Sí, metí la pata al firmar ese pergamino que probablemente ya esté volando hacia mi tío Kaan, pero no pasará nada malo si consigo liberarme y me hago cargo de mis errores.

Y según esto… es posible.

Vuelvo a doblar la alondra, la tomo con ambas manos y me la acerco a la cara.

—Siento haberte gritado —le susurro, y me la acurruco en el cuello. Me balanceo, mirando de reojo mi comida retorciéndose, y me veo enardecida por una oleada de determinación—. Voy a encontrar una forma de salir de aquí. Lo prometo.

«Aunque eso signifique que tengo que empezar a comerme esa mierda».