La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 1. Kaan #2
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Capítulo 1. Kaan #2

—Por mucho que me apreciéis, tengo malas noticias para ambos, dado mi estado actual de inanición.

Levanto una ceja. Decido no recordarle que es imposible que se muera de hambre de verdad .

—Por desgracia, no hay novedades sobre el paradero de vuestros adorados fragmentos lunares, aunque las Nieblas Errantes están migrando más al norte de lo que lo han hecho en más de cien fases.

—Extiende los dedos para examinar su obra—.

Espero que alguno de mis hermanos del interior vea algo pronto.

Asiento, sofocando la punzada de decepción.

—Está bien saberlo.

Se centra en su otra mano y, con timidez, dice:

—¿Alguna otra cosa que os gustaría saber?

Difícil ignorar la avidez que destila su voz, endureciéndola.

—En realidad, sí. Busco información sobre el paradero de tres personas.

Se acerca tan deprisa que contengo el aliento y casi tengo que ponerme bizco para no perder el contacto visual.

—Continuad.

Doy otro trago para conseguir algo de espacio personal y susurro las siguientes palabras:

—Veya, mi hermana; Kyzari, mi sobrina, y Roan, mi alquimista. Les he enviado a todos alondras —digo meneando el contenido del vaso—. Estoy impaciente por que respondan.

«Eso se queda corto».

El abismo que ha dejado Raeve con su ausencia me llena de una inquietud cada vez mayor que se asemeja a rayos penetrando mis músculos y tendones. Le dejaría a Grihm darme una paliza solo para distraerme, pero no está por aquí.

No hay nadie por aquí.

—Aah. Dejad que lo consulte.

Borg se aleja a una distancia considerable, convertido en una neblina que cubre el suelo.

—Tómate tu tiempo —murmuro, y doy otro trago al ardiente líquido, haciendo todo lo posible por aturdirme.

Casi me he acabado la copa cuando Borg recupera su forma habitual.

—Tengo información sobre vuestro alquimista —anuncia con la voz cargada de una alegría voraz, como una bestia leal dejando caer sobre mi almohada al roedor al que acaba de atrapar.

—¿Nada sobre los demás?

—No en este punto, pero mis hermanos están atentos.

Asiento y me sirvo otra copa que me bebo de tres largos tragos, quemándome la garganta.

—¿Y qué te apetece a cambio, en este dae?

—Joven Kaan… —dice emocionadísimo agitando los dedos en el aire como si fuesen patas de garrapata—, algo que me haga la boca agua, dado que me habéis tenido encerrado en un cajón tanto tiempo.

—De acuerdo —murmuro dejando el vaso vacío sobre el escritorio con un golpe. A decir verdad, podría haber sido peor.

Dado el actual estado de las cosas, revivir cualquier recuerdo posterior a la marcha de Elluin hacia Arithia podría haberme llevado directo al límite.

Apoyo la cabeza contra el respaldo y cierro los ojos mientras siento a Borg envolviéndome como una nube espesa, recorriendo mis hombros, mi cuello y mi mandíbula, cubriéndome las mejillas.

Por fin se asienta.

Oigo a lo lejos el sonido ciclónico que emite su boca al abrirse, jadeando con tal intensidad que eclipsa los latidos de mi corazón. Luego, siento que se zambulle dentro de mí, como si una lengua fría se deslizara por mi garganta, atravesando las capas de mi cuerpo.

Y las fibras de mi alma. Sigue avanzando… hasta que al final se abre en forma de garfio, de uno con la suficiente fuerza para desollarme por dentro.

Me aferro a un recuerdo particularmente doloroso que albergo entre las brasas de mi volcánico interior, lo levanto y lo empujo hacia el garfio. Borg murmura de alegría y va tirando de él poco a poco…

—¡No es más que un crío! —La voz de mahmi es tan fuerte y triste que me duele en el alma—. ¡Por favor, Ostern! ¡Por favor, ten piedad!

—¡Lleváosla de vuelta a la Fortaleza! —gruñe pahpi por encima del hombro, agarrándome del brazo con su enorme mano con tanta fuerza que creo que me va a romper los huesos mientras cruza el patio a toda velocidad tirando de mí. Doy cuatro pasos apresurados por cada dos suyos.

Los guardias se apresuran a agarrar a mahmi, a pesar de su vientre abultado, y se la llevan por donde hemos venido.

Ella grita mi nombre tan fuerte que se le quiebra la voz y solo deja de oírse cuando las puertas se cierran de golpe entre nosotros.

El dragón de pahpi vuela en círculos sobre nuestra cabeza, tan cerca que levanta arena, lanzándomela a los ojos.

Arrugo la cara y parpadeo muy deprisa, tratando de aguantarme las lágrimas. Si consigo dejar de llorar, quizá se me permita volver con mahmi para asegurarme de que está bien.

Pero las lágrimas no paran. Por mucho que intente controlarlas, siguen saliendo.

Cruzamos el patio, bajo sinuosos árboles retorcidos, y bajamos unos escalones escarpados. Me esfuerzo por seguirle el ritmo.

Al final, se me doblan las piernas.

Me desgarro la piel de las rodillas y las caderas por el suelo caliente, dejando un rastro de sangre; como una de mis pinturas de arcilla al pasarla por un pergamino.

Tengo la piel en carne viva y me duele todo el cuerpo cuando pahpi me suelta y se pone frente a mí como si fuese una torre. Retrocedo a trompicones y, de repente, toco el borde de algo, lo que hace que me dé un vuelco el corazón.

Al mirar por encima del hombro, veo el vacío que hay a mi espalda, como una garganta oscura esperando para tragarme…

Un líquido caliente me moja los pantalones.

—Mírame, Kaan.

Me limpio las lágrimas para ver mejor a pahpi. Tiene el sol a su espalda, lo que lo hace parecer una sombra enfadada.

Lleva su cabello oscuro sujeto por una corona de bronce que le queda justo encima de las profundas arrugas que tiene entre sus feroces ojos. Miro los tres abalorios que cuelgan de su oreja…

Rojo.

Marrón.

Transparente.

Me tiembla la barbilla mientras observo la taza naranja que sostiene, moldeada con mis propias manos, y sin la ayuda de Bulder.

Pahpi siempre me pide que dé forma a esto o a aquello, ¡moldea, moldea, moldea! Sin embargo, las cosas que le entrego nunca son lo bastante buenas porque las palabras me salen entrecortadas. Aunque soy hábil con las manos. Pensé que quizá se pusiese contento si le hacía algo perfecto.

Lo único que quería era una sonrisa…

—¿Por qué lloras?

Porque me duele el corazón.

Porque me pasé daes y daes trabajando en esa taza, y todo para que él la mirase como me está mirando a mí ahora, con decepción.

Me seco más lágrimas de los ojos.

—No…, no lo sé.

—¿Acaso he herido tus sentimientos?

Observo la taza en su mano y, luego, bajo la vista a sus enormes botas marrones. Es mejor que mirarlo a la cara.

—Eres demasiado blando, Kaan. Como tu mah. Como esta taza.

Aprieta el puño.

CRAC .

La cerámica se hace añicos y los trozos se esparcen por el suelo, como si fueran los pedazos rotos de mi corazón.

Me trago un sollozo; pero me quema al hacerlo, como si me estuviese tragando el sol.

—Sé que crees que soy duro contigo… Tu abuelo también lo fue conmigo, pero olvidas que eres hijo de un rey, nacido con defectos que podrían empañar el legado de los Vaegor.

Sus palabras suenan como el rugido de un dragón, poderosas e hirientes.

Pahpi se agacha y la chaqueta roja de montar que lleva se tensa en sus anchos hombros al señalar los pedazos.

—El tiempo que has dedicado a perfeccionar ese don deberías haberlo dedicado a tu tartamudez, a convertirte en alguien digno de la corona que llevan los Vaegor desde que nuestro ancestro montó por primera vez un siegasable.

Observo la corona que lleva en la cabeza, con picos afilados que apuntan al cielo.

¿Cómo le digo que no quiero ser digno de ella? Que solo quiero ser digno de un abrazo o una sonrisa.

De él.

Suaviza el gesto. Pero, entonces, se fija en los dos abalorios con que mahmi me ha decorado el cabello por haber oído por primera vez a Ignos y a Bulder…, aunque no a Clode ni a Rayne, como él esperaba.

Retrae el labio superior.

—Muéstrame algo de lo que pueda estar orgulloso o será mejor que te quedes como sirviente.

Me empuja.

Aunque me lo esperaba, eso no impide que se me revuelva el estómago y estoy a punto de vomitar mientras caigo de espaldas a la oscuridad.

Aterrizo con tanta fuerza sobre el suelo que me quedo sin respiración. Me pitan los oídos y la cabeza me da vueltas. Al tomar una bocanada de aire, siento dolor en el pecho, como si algo se hubiese roto en mi interior y se estuviese clavando en partes vitales.

Jadeando en busca de aire, miro hacia la luz que hay arriba, redonda y pálida como la luna de un plumaluna…

Pahpi se asoma a la cornisa. Se le tensan los músculos del cuello mientras dice una frase que nunca he sido capaz de pronunciar correctamente, por muchas veces que me haya tirado a este agujero.

Bulder se sacude a mi alrededor y, luego, me atrapa en sus fauces, encerrándome en una oscuridad tan densa y abrasadora que se me cierra la garganta.

Sin embargo, logro hablar y farfullo una orden, aunque solo consigo que Bulder se rompa en pedazos, los cuales me golpean en la cabeza y están a punto de aplastarme.

Lo intento de nuevo, pero hay tanta tierra y piedras rotas a mi alrededor que apenas puedo moverme.

El miedo que me atenaza el pecho se apodera de mí.

Grito, lloro, araño la oscuridad. Le suplico a Bulder que escuche mis palabras entrecortadas. Pero nada de eso ayuda. Nunca lo hace.

Porque mis palabras no funcionan como es debido.

Porque no cuento con tres abalorios, como pahpi.

Porque soy débil, blando, inútil…

Borg deja de beber y me suelta. Es como tener a un pez enganchado por las agallas y liberarlo en El Loff a pesar de que se le están saliendo las entrañas.

Jadeo y abro los ojos de golpe mientras el recuerdo regresa por donde ha venido y se enrosca en mi interior. Miro frenéticamente a mi alrededor para asegurarme de que no estoy atrapado bajo tierra tratando de liberarme, de que estoy en mi dormitorio, a salvo y solo…, sin contar a mi voraz espectro.

Borg se retira como una ráfaga de viento soltando un gemido.

—Pobrecito, mi dulce niño —dice hundiéndose en la bruma a modo de cojín, rebosante de alegría por haberse saciado—. Ha sido delicioooooooooso.

Con mano temblorosa, me sirvo otra copa. Me la bebo de un trago y la dejo sobre el escritorio.

—Me alegra que haya bastado —mascullo, y me inclino hacia delante para masajearme los ojos—. ¿Roan?

—Mis hermanos que moran en las mazmorras de Bothaim han hablado con él.

Enderezo la columna.

—¿Qué coño quieres decir con eso de «mazmorras»?

—No matéis al mensajero —dice con tono apático mucho más despacio de lo que me gustaría—. Roan lamenta informaros de que él, y cito textualmente, lo ha «echado todo a perder y habrá un juicio ante el Triconsejo por el presunto robo del Libro de Voyd ».

Se me cae el alma a los pies y empieza a darme vueltas la cabeza.

—¿Cuándo?

—Tres daes —dice Borg arrastrando las palabras. Bosteza al tiempo que va encogiéndose hasta convertirse en un hilillo de niebla y se mete en su frasco sin añadir nada más, dejándome solo en silencio.

Me lo quedo mirando, dándole vueltas a la cabeza, incapaz de deshacerme del tufo a guerra inminente.

—Maldita sea —murmuro.

Tapo el frasco y me levanto, metiéndome a Borg en el bolsillo.

Me dirijo con paso airado hacia la puerta y la abro de golpe, encontrándome en el umbral cara a cara con Pyrok, que lleva el pelo rojo revuelto y tiene el puño levantado como si estuviera a punto de llamar. Parece que acabe de levantarse del jergón y haya venido directo aquí.

Lo miro a los ojos, dispuesto a darle la noticia de que su hermano pequeño está esperando juicio en Bothaim, cuando advierto su palidez. Eso y un extraño pánico en sus enormes ojos verdes.

Se me encoge el estómago.

—¿Qué sucede?

Veo una mano peluda de miskunn posarse en su hombro, agarrándolo con suavidad.

—¿Lumo? —Frunzo el ceño.

Ella se asoma, con sus enormes ojos rosados en esa carita tan pequeña.

—Yo aquí.

Se impulsa hasta quedar en cuclillas sobre el hombro de Pyrok. Le tiembla el cuerpo, que lleva cubierto con una túnica colorida, y extiende las manos hacia mí.

Arrugando el entrecejo, la cojo en brazos y la estrecho contra mi pecho. Ella me envuelve con sus largas extremidades y se acurruca.

Le acaricio el pelaje pálido de la cara y miro a Pyrok.

—¿Ha visto algo?

—Vaya que sí. —Se echa hacia atrás y se rasca la cabeza—. Va a…, eh…, va a haber una caída lunar.

El aire escapa de mis pulmones.

—Una mala —murmura Lumo con la cara oculta por los pliegues de mi camisa, aunque apenas la oigo porque mi pulso me está atronando—. Lumo asustada.

Se me encoge el corazón y la estrecho más entre mis brazos protectoramente.

No es la primera vez que deseo que sus visiones hubieran comenzado siendo un poco mayor, y no recién salida de la fría bolsa de su mah asesinada. Ver esas cosas es duro para cualquiera, y mucho más para una criatura tan joven.

—¿Sabes dónde aterrizará, Lumo?

—No una luna. —Se acurruca más contra mi pecho, como buscando consuelo—. Muchas lunas.

«Por todos los Creadores…».

Echo un vistazo a Pyrok, que sigue rascándose la nuca, con la tez casi verde, como si también estuviera a punto de doblarse sobre sí mismo y vomitar; una conversación silenciosa tiene lugar entre nosotros.

—¿Cuántas, Lumo? —Le acaricio la mejilla y le froto detrás de la oreja con la esperanza de reconfortarla—. ¿Has visto cuántas van a caer?

Levanta la vista hacia mí.

Con los ojos rebosantes de lágrimas, se enrosca su gruesa cola alrededor de la cabeza y atrapa mi mano junto a su mejilla.

—Demasiadas.