La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 1. Kaan
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La balada de los dragones (La Caída Lunar 2)

La balada de los dragones (La Caída Lunar 2)

Por Sarah A. Parker

© inepub.com

Capítulo 1. Kaan

Kaan

A l palpar las frías aristas calcificadas de un orificio que tiene Slátra en el costado, me corto la punta del dedo con un borde muy afilado.

Apenas siento dolor, la sensación es similar al canto de un amigo perdido, casi como un tesoro, pues muchas de las cicatrices de mis manos se deben a esta hermosa luna plateada.

A ella .

A paso lento, rodeo el ovillo que forma la plumaluna en dirección a otro orificio, este liso, pero tan profundo que puedo meter el brazo entero y ni siquiera rozo el fondo.

Es algo que compruebo por milésima vez, asegurándome de que tengo clara la forma antes de pasar al siguiente.

Imagino que llevo las piezas faltantes en las manos, que vuelvo a colocarlas en su sitio.

No es un capricho.

No es un simple deseo de terminar el trabajo, como completar un rompecabezas complicado.

Lo que me mueve es un anhelo que brota de mi alma desde que ella se precipitó del cielo, invadiendo mis sueños y cada aliento cuando estoy despierto, incluso después de encontrar a Raeve magullada y cubierta de sangre en aquella celda.

Coloco la palma de mi mano entre los párpados cerrados de Slátra.

—Volverás a estar completa —digo con voz tan ronca que tengo que aclararme la garganta. Apoyo la cabeza contra la suya, a pesar del intenso frío que me abrasa la piel—. Juro por mi existencia que no descansaré hasta encontrar todas las piezas y traértelas.

Ella no se mueve, tampoco abre los ojos ni revela sus secretos. En absoluto cierra el agujero que yo también tengo en el pecho, como si faltase algo. Una sensación que ya me resulta demasiado familiar, considerando todas las fases que han transcurrido desde que Elluin se marchó.

Bajo la vista al delicado hoyo que la acogió antes de que naciera como Raeve y, al hacerlo, estalla un dolor diferente en mi blando corazón…, uno imposible de ignorar.

Pienso en su paradero, en los incesantes aullidos de Líri cuando pareció darse cuenta de que Raeve se había ido, de que la había dejado aquí, en La Llama, de que había elegido vengarse por su cuenta.

Alejarse del amor.

Sentí cada uno de los agudos aullidos que dirigía al cielo en todas las fibras de mi ser.

Todavía los siento cada vez que pongo el pie en esa cueva o dejo que los pensamientos de Rygun se filtren a través de mi cuerpo desde donde ha anidado a la entrada…

De todas formas, la pequeña plumaluna parece aullar cada vez menos, como si se estuviera rindiendo.

En cierto modo, eso es peor.

Le planto un beso entre los ojos a Slátra y me dirijo a las escaleras.

Me sacudo el hielo de la barba mientras salgo de la gélida corriente de su luz plateada y vuelvo a la realidad.

Abriéndome paso entre las frondosas enredaderas, salgo al aire templado, ahora cargado por la tormenta que ruge a lo lejos, y paso junto a flores empapadas que gotean formando charcos.

Al llegar a la puerta de mi dormitorio, un aleteo atrae mi atención hacia el cielo.

Extiendo la mano para que la alondra que se aproxima se pose en ella y se me encoge el corazón al pensar que podría ser de Raeve. Quizá sea una nota diciéndome que le importo, pero que no va a volver, algo que no se atrevió a decirme a la cara.

Ni siquiera respiro hasta que despliego el pergamino y leo el mensaje, escrito en la lengua nativa de los clanes, de principio a fin.

«No es de Raeve».

El alivio recorre mi cuerpo como un trago de agua helada.

Releo el mensaje de Terros, agradeciendo la puesta al corriente sobre su viaje a Bothaim con Rekk a cuestas, al que conduce hacia una muerte inminente.

Feliz de recibir noticias sobre su avance, vuelvo a doblar la alondra y me la guardo en el bolsillo. Si el tiempo lo permite, aterrizarán en Bothaim dentro de dos o tres ciclos.

Sin duda, Raeve estará esperando, lista para despellejar vivo a Rekk. Con suerte, hará que este suplique por su muerte.

«Con suerte, ella se librará de la sed de sangre que le corre por las venas».

Ahuyentando ese pensamiento, abro la puerta de par en par y cruzo las cortinas, me aseguro de dejarlas bien cerradas y me adentro en el dormitorio. Acaricio mi laúd y, frunciendo el ceño, me detengo para cogerlo del soporte, me lo llevo a la cadera y lo rasgueo con el pulgar…

El timbre que emite me sacude el pecho: disonante y algo estridente. El eco del dolor que se ha apoderado de mí desde que Elluin se marchó hace tantas fases.

La melodía de mi aflicción. De mi amor y mi pesar.

Debería haber cambiado las cuerdas hace mucho tiempo, pero eso habría modificado el sonido, algo que no me parecía bien, y menos teniendo en cuenta que ella es la única para quien lo he tocado desde que Slátra se la llevó al cielo.

Una melodía reservada a su espíritu con la esperanza de que volviese a confiarme su corazón.

«Tal vez debí haber tocado con más ahínco».

Aclarándome la garganta, dejo el instrumento en su soporte. Descorcho mi brandy y me sirvo una copa. Al tomar un sorbo, el licor me escuece por dentro mientras abro el cajoncito del escritorio y saco el frasco de cristal que guardé ahí hace casi treinta ciclos.

Siento una punzada de culpa al ver la niebla arremolinada en su interior, como si encerrase un pequeño tornado.

«Vaya».

Me recuesto en la silla de piel, doy otro sorbo y aparto el vaso.

Luego, dejo el frasco sobre la mesa y le quito el corcho.

Borg sale a borbotones en forma de niebla malhumorada, revolviéndose al tiempo que va creciendo.

Se dobla sobre sí mismo, se estira hasta alcanzar un tamaño mayor que una cama, casi transparente, y luego se contrae de nuevo hasta convertirse en una masa densa y vaporosa, un poco más grande que yo, con unos ojos negros que brillan por la…

¿Rabia? No, decepción.

Eso es peor.

—El rey ausente regresa —murmura contrariado el espectro hinchándose ante mí como una pálida nube de tormenta amarrado a su frasco.

—Borg. Yo también te echaba de menos.

—Vuestros actos dicen lo contrario. —Extiende la boca longitudinalmente: un desagradable agujero deforme—. La próxima vez que se os ocurra guardarme en un cajón, no lo hagáis.

Bajo la barbilla y me llevo el puño al pecho.

—Tienes razón, amigo mío. Eso fue muy desconsiderado por mi parte. Por favor, acepta mis humildes disculpas.

—Depende. —Extiende la boca de nuevo, esta vez en sentido opuesto—. ¿Me habéis encontrado un frasco más bonito?

«Mierda».

—Sigo en ello…

—Mentiras. —Se abalanza hacia mí a tal velocidad que se me eriza el vello de los brazos—. Más de cien fases y sigo en este tan feo tapado con un corcho .

Alzo una ceja.

—Tiene una ventana grande.

—No sirve de nada si me tiráis en un cajón como si careciese de importancia.

Se me escapa una leve sonrisa.

—Eso es cierto.

Borg inspira larga y profundamente, aproximándose mucho a mi boca, como si estuviera a punto de introducirse en ella e invadir mis órganos. Esa cercanía siempre me provoca un escalofrío por la espalda.

—Percibo el alcohol en vuestro aliento.

—Así es.

—¿Habéis venido a darme de comer?

Cojo el vaso y me lo llevo a los labios, obligándolo a retroceder lo suficiente como para dar otro abrasador sorbo.

—Depende —mascullo, siguiéndole el juego.

Me dedica una amplia sonrisa y luego se aleja, simulando quitarse la niebla de debajo de sus brumosas uñas.

—Sigo sin saber nada de vuestra Elluin y tampoco saben nada los demás. Aunque un hermano bien alimentado de Gore se encontró hace poco con una feérica que tenía espíritus deseosos de hablar con ella. Curiosamente, algunos eran miembros de la desa­parecida familia Neván.

Casi se me sale el corazón de la puta caja torácica.

—Por un generoso bocado… —continúa Borg con la mirada puesta en sus uñas mientras a mí me hierve la sangre—, podría pedirle a mi hermano que averigüe qué mensajes querían transmitir a…

—Lo que les vas a decir a tus hermanos es que dejen de buscar el espíritu de Elluin de inmediato —gruño con tal vehemencia que la habitación tiembla, y con los puños tan apretados que se abre una grieta en el vaso—. O el de cualquiera relacionado con ella.

La mano extendida de Borg flota hacia lo que imagino que es su pecho, como si lo hubiera herido.

—Pero jurasteis alimentarme durante un eón si lograba comunicarme con el espíritu de Elluin…

—De lo contrario, te devolveré a las Nieblas.

Encogiéndose hasta volverse del tamaño de un malpié, me mira con unos ojos enormes sin parar de temblar.

No quiere regresar allí.

Está mucho mejor alimentado conmigo.

—¿Y una vez que localicemos los demás fragmentos lunares que tanto apreciáis?

—pregunta con sarcasmo volviendo a su tamaño normal e irguiéndose sobre mí—.

¿Qué será de mí entonces? ¿Me devolveréis a las Nieblas?

¿O me dejaréis en un cajón hasta que os hagáis tan viejo y senil que olvidéis que existo siquiera?

Sus palabras me duelen, así que suavizo el gesto. Sé lo que se siente al estar tapado con un corcho y guardado en un cajón olvidado.

—Todavía me resultas útil, Borg. Y tengo muchos recuerdos dolorosos para mantenerte tan saciado como lo has estado durante las últimas cien fases. Aunque, si fuera listo… —murmuro dando otro trago—, te cambiaría por alguno de tus hermanos con un apetito más dulce.

Esta vez, se lleva sus dos nebulosas manos al pecho.

—No os atreveríais. He sido vuestro humilde servidor.

«Más bien un servidor sádico y hambriento».

No obstante, por morboso que sea, este espectro me conoce casi tan bien como Rygun.

Ha saboreado la mayor parte de mi agonía, de mi pena por lo que he perdido. Cada vez que él saca a relucir algo doloroso, me recuerda que he de vivir cada momento con un propósito, honrar la vida y amar con todo mi corazón, y así evitar que el arrepentimiento se encone.

«Lo bastante».

—No me atrevería —corroboro, y lo digo en serio—. Eres un aliado leal y un amigo muy preciado.

Borg se desinfla —todo menos su pecho— y vuelve a quitarse la niebla de debajo de sus vaporosas uñas.