La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 63
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Capítulo 63

ADRIEN

H abía llegado tarde. Demasiado tarde.

Lo supe antes de ver su cadáver. Lo supe cuando sentí una parte de mí marchitarse, lo supe al notar mi corazón quebrarse.

Me hice paso hasta Pristia a base de puñetazos.

Golpeé las puertas con tanta fuerza que terminaron cediendo.

Solo un idiota me alejaría de mi mujer. Encontraría la manera de volver con ella, incluso si eso me suponía la vida.

Había tenido una vida larga e infeliz hasta que apareció con su maldito mal genio y una sonrisa tan brillante, que nunca me dedicaba a mí.

Eso fue lo único que podía ver mientras destrozaba las puertas con desespero: su puta sonrisa; el brillo de sus ojos cuando la miraba. Porque era mía, joder, y nadie podría arrebatármela.

Pero cuando llegué, me encontré su cuerpo sin vida. Degollado. Desangrado. No había prisión en el mundo capaz de contener mi furia. Arremetí contra todo lo que se interpuso en mi camino. Todo aquello que estuviese demasiado cerca de mí. De ella.

La sacudí con fuerza. Deseando que volviera conmigo, que me maldijera en silencio como acostumbraba a hacer y devolviera mi corazón a un ritmo normal. Porque, a pesar de que el mío dejó de latir hacía tiempo, con ella me sentía un poco más vivo. Más humano.

Mordisqueé mi muñeca rogando a la Sombra que mi sangre la trajera de vuelta, aunque en el fondo sabía lo poco probable que era eso. Era imposible curar una herida de tal magnitud.

Para ser un general tan acostumbrado a vivir rodeado de muerte, para haber matado con mis propias manos y para saber con exactitud cómo lucía la muerte, estaba renegado a aceptar que ella se había ido.

Porque no podía haberme dejado. Pero, de no ser así, ¿cómo es que me sentía como si me acabara de arrancar el corazón del pecho y me lo hubiese roto en pedazos?

Besé sus labios por última vez y maldije a gritos porque recordé la última vez que la había besado, y que la última vez que ella me dijo «te quiero», no le dije lo mucho que la amaba yo también. Estaba seguro de que volvería a tenerla entre mis brazos, que podría hacerlo más adelante.

Grité hasta quedarme sin voz. Hasta que todo el infierno tembló y se puso de rodillas ante mí.

—¿A qué sabe la muerte, guardián? —preguntó una voz fría y mi rabia bulló en mi interior.

Levanté la mirada y me encontré un rostro afilado y grisáceo, una melena negra con reflejos morados, unos ojos vacíos y angustiados. También un rayo de esperanza.

—A tormento —declaré con los ojos entrecerrados.

Ella rio como si mi dolor fuese una especie de broma.

—Ruégame un poco, general.

Gruñí con desespero.

—Tráela de vuelta.

Ella chasqueó la lengua y fingió pensarse mi propuesta.

—Eso no es lo que ella querría —replicó.

—No me importa. Tráela. De. Vuelta. —Ordené.

—No puedo —declaró.

—Sí puedes.

—No puedo, al menos no como humana.

Mi paciencia estaba comenzando a agotarse y dudaba de ser capaz de aguantar otro segundo más esta tortura.

—Está bien.

La miré impaciente y esperé a que pidiese un precio.

—¿Qué es lo que quieres?

—Di mi nombre.

—No —me negué.

—Di mi nombre. Sabes quién soy, así que… Di. Mi. Nombre —gruñó.

—¿Qué es lo que vas a pedirme —hice una pausa antes de complacerla. Todavía yacía arrodillado, con el cuerpo de mi amada en brazos, y ella me miraba desde arriba—, Nyxiara, Diosa Noche?

Ella sonrió complacida.

—Me gusta más, Reina de los Caídos, pero me conformaré con eso —murmuró—. Quiero que me dejes salir —abrí la boca para aceptar, pero ella me interrumpió— y tú ocuparás mi lugar aquí. Durante un tiempo, claro.

—Las puertas están selladas.

—Todavía no. Las puertas no se sellarán hasta que tú estés fuera de ellas.

Resoplé. Hacer pactos con estas Diosas era tedioso y siempre tenían una letra pequeña.

—¿Para qué quieres salir? —pregunté casi como una exigencia.

—Tengo asuntos que resolver con mi hermana, nada de tu incumbencia.

—¿Durante cuánto tiempo estaré aquí dentro?

—No lo sé. Dos días, un mes, cinco años… —Nyxiara puso una mueca de fastidio, ella tampoco esperaba estar tanto tiempo fuera—. El tiempo que me lleve acabar esos asuntillos con mi hermana. Mientras tanto, no podrás salir de aquí. ¿Lo entiendes?

Asentí.

—Hecho —acepté sin apenas parpadear y no me asustó lo mucho que esta mujer me afectaba—, pero déjame despedirme.

Nyxiara sonrió.

—Parece ser que, por más que lo intentes, no puedes borrar lo que eres —escupió las palabras con repulsión—: un traidor.