Capítulo 62 #2
Estaba tan centrada en no desbordarme que no me di cuenta de que por fin pude establecer contacto con Adrien a través del vínculo. Escuché su risa orgullosa retumbando en mi cabeza y me invadió una oleada de satisfacción.
Porque no puedes dejar las manos quietas nunca. Y te siento constantemente .
Ignoré el cosquilleo que me revolvía el estómago y me enfoqué en la oleada de poder que gritaba en mi interior.
—Debí acabar contigo cuando tuve ocasión —rugió, y sus ojos se encendieron, sus alas reavivaron y un flujo de poder dorado corrió por sus venas enfurecido.
Esta vez, sonreí yo.
—Me necesitas —declaré y escuché al poder que me aullaba, desesperado por salir.
Noté un pequeño ardor palpitante en mi espalda, donde mi marca brillaba con fuerza.
Comencé enviando pequeños hilos de mi poder, los tejía entre ellos mientras salían de mis dedos.
Había llegado el momento de sacar a las niñas a jugar.
—Vendrán más —respondió—. No eres especial, ha habido muchas como tú.
Una llamarada flotó en su mano y sus ojos buscaron un objetivo al que apuntar. Si la lanzaba al techo, podría derrumbar esta cueva a pedazos. Demasiado arriesgado.
—Ninguna será como yo —exploté en pequeños pedazos y las sombras inundaron la cueva como una niebla espesa que se condensaba a su alrededor.
En una palmada envuelta en llamas, las esparció y estas huyeron, escondiéndose de la luz.
Estoy de camino , me recordó Adrien.
Durante un segundo me pregunté qué estaría haciendo para llegar hasta aquí.
No había especificado dónde estaba, pero suponía que no estaba en Pristia.
A pesar de parecer un lugar enorme, no sentía el eco de su presencia, tan cautivadora y embriagadora que era imposible pasarla por alto.
No había ni una sola célula de mi ser que dudara de que Adrien me encontraría.
La cuestión era si yo iba a ser capaz de aguantar hasta entonces.
Sus palabras se repetían en mi cabeza sin cesar y yo me aferré a ellas como el último resquicio de oxígeno:
«Prometo protegerte, aunque la oscuridad nos engulla, el mundo bajo nuestros pies se rompa y si todo lo que hoy conocemos se redujera a cenizas. En cada vida y en cada sombra».
—¿Cuándo vas a entenderlo? —Su voz rasgó el ambiente y una corriente de aire se levantó del suelo, alzándola a ella consigo—. Tú nunca habrías sido capaz de sellar las puertas.
La tierra bajo nuestros pies tembló y un destello lo devoró todo. Me cubrí la cara con ambos brazos, protegiéndome de la sensación tan abrasadora. Mi piel parecía estar en llamas y caí sobre mis rodillas.
Ella, al contrario, estaba de pie, con el pelo un poco desordenado, sin un solo rasguño ni marca de fatiga.
—¿Rezándome de nuevo? —se burló.
Me puse en pie con torpeza y siseé de dolor al flexionar las rodillas.
Tenía una misión y pensaba cumplirla, por lo que ignoré su ridículo e inoportuno comentario.
Miré a mi alrededor intentando ubicarme, pero había pasado tan poco tiempo aquí y mis sueños eran cada vez en un lugar distinto que apenas reconocía nada.
La determinación inundaba todo mi sistema y bombeaba frenética.
Cerraría estas malditas puertas. Lo haría por los que había perdido. Por los que todavía podía salvar.
Se acercó a mí con una sonrisa que cantaba victoria y, con un movimiento mordaz, un sable ardiente apareció en su mano. Me apuntó con él, pero todavía había distancia entre nosotras. Todavía tenía oportunidades.
—Ríndete —ordenó—. No vas a salir de aquí con vida.
Levanté la mirada y la fulminé con ella. Mi corazón palpitaba furioso y el poder bullía en mi sangre.
—Olvidas algo —gruñí y, durante un segundo, su expresión tan victoriosa y rajante flaqueó—. Olvidas que soy la hija de mi madre —declaré accediendo una última vez a mi poder—, y puedo hacer todo lo que me proponga.
Reclamé hasta la última gota de mi magia. Mi espalda ardía y mis dedos se tensaron tanto que estuvieron a punto de romperse.
Detente .
Pero esto era mayor que cualquier cosa. Era mayor que yo. Era mi destino y debía cumplirlo.
Sus ojos se iluminaron con recelo y el agarre de su espada aflojó, casi con sorpresa.
Los gritos eran fuego frenético que abrasaba mi garganta y todo a mi alrededor tembló. Como un terremoto descontrolado. Como el fin del mundo.
¡¡Para!!
No lo hice. Ni aunque su voz estuviese teñida de miedo y frustración, porque en lo único que podía pensar era en mis manos manchadas de sangre.
Me llené por completo. Mis manos temblaban y las lágrimas que corrían por mi rostro, tan amargas y agrias, eran el único indicio de dolor que experimentaba. Mi cuerpo estaba tan tenso, abarrotado, que era incapaz de sentir nada.
Mi poder viajó a la punta de mis dedos, como un cosquilleo feroz que rápidamente se convertiría en un incendio.
Hiciste un voto .
Las palabras parecían atascarse en su garganta. Estaba tan exhausto y agitado que, por un momento, me desconcentré, me perdí en el efecto magnético de su voz y fue todo lo que me permití.
Hónralo, Marie. No me dejes .
Su voz era casi una súplica. Una que, aunque me destrozase el alma, debía ignorar.
Noté cómo mi respiración se volvía cada vez más lenta, mis latidos se apagaban y toda mi visión se volvía negra.
Te quiero , sollocé.
Y exploté.
Dejé que todo mi poder saliese de mí, que me abandonase con mi aliento, convirtiéndose en una explosión de vides que atacaban desenfrenadas; un fuego imparable que prendía todo a su paso; unas sombras que se condensaban y rodeaban a la diosa infernal; un viento tan feroz que me levantó con él, dejándome gravitar en el aire; y un tsunami que rugió en las paredes, obligando a los témpanos a hundirse.
Estaba todo y, a la vez, no había nada. Era un abismo. Un agujero que lo engullía todo, dejándome tan solo con un regusto extraño en la boca.
Cuando la tormenta aminoró, no había nada a lo que pudiese aferrarme. No había nadie. Ni siquiera un triste cuerpo demacrado. Supuse que mi tormenta la habría arrastrado a cualquier otro lugar. Tal vez estuviera hundiéndose en el río de almas atormentadas. Donde se merecía estar.
Jadeé y me derrumbé en el suelo. Había ganado. Ganado.
Una sonrisa débil apareció en mi rostro, porque ahora lo único que quedaba era encontrar a Adrien y sellar las malditas puertas para poder volver a casa, juntos.
Intenté contactar con él mediante el vínculo, pero no encontré el conducto que me unía a él.
La sangre que yo había tomado ya se había disuelto y la cantidad que él me robó fue minúscula.
Aun así, confiaba en que él me encontraría pronto.
Estaba de camino.
Recapitulé en mi mente todo lo que conocía acerca de la profecía. Sabía que exigía un sacrificio, pero no sabía cuál. ¿Un derramamiento de sangre? Probablemente.
Cerré los ojos durante un segundo y me llevé la mano temblorosa y dolorida a mi sien. Mi cerebro parecía estar a punto de explotar y yo me sentía como si estuviese haciendo piruetas en el borde de un precipicio.
Noté un pequeño suspiro enfrente de mí. Seguramente sería algo de corriente. Y deseé con todas mis fuerzas haber abierto los ojos en ese momento, antes de que fuese demasiado tarde. Sin embargo, no lo hice.
Me hundí en el pozo de mi dolor, en el tormento de mis músculos, y permití que las lágrimas se escaparan de mis ojos. Un error que pagaría demasiado caro.
Cuando noté el filo que amenazaba mi garganta, mi corazón se detuvo y supe que el sabor de la victoria no debía ser tan áspero ni desagradable.
Abrí los ojos, despacio, y allí estaba ella, sin un solo rasguño.
—No soy tan fácil de matar —admitió—, pero me ha gustado verte intentarlo.
Suspiré agotada. Porque ya no tenía poder al que acudir, ni nadie que pudiera salvarme. Estaba acabada. Lo supe incluso antes de abrir los ojos.
—Es curioso —murmuró.
Alcé ambas cejas, pero no fue suficiente para ella. Todavía tenía ganas de jugar, incluso en mi lecho de muerte.
—¿El qué?
Las palabras ardían en mi garganta y tosí para aliviar la molesta sensación, lo que provocó que el filo me arañase la garganta en pequeños cortes.
—No te has preguntado una cosa.
No tenía energía para bromas.
—Si vas a matarme, hazlo ya —rogué.
Puso una mueca de decepción y yo parpadeé con pereza. Mi cuerpo estaba tan dolorido que pedía a gritos descanso.
—Qué rápido te cansas de pelear, conejito. Admito que ha sido divertido —bufé—. Te enfadas con facilidad y jugar contigo todo este tiempo ha sido… —pensó durante unos segundos su siguiente palabra— excitante.
Cerró su puño libre con entusiasmo y no se molestó en contener su risa eufórica.
—Estás chalada —susurré y ella acercó todavía más el filo.
—Ha sido tan fácil enfurecerte, hacerte explotar hasta que no quedara nada más de ti que —me miró con desprecio— esto.
—¿De qué hablas?
Tuve otro ataque de tos y el filo penetró en mi carne con más potencia.
—Tú eres el sacrificio, conejito. —Mi corazón dio volteretas y yo dejé de respirar—. Y has hecho un trabajo magnífico.
Me dedicó una sonrisa tan malévola que mis pelos se pusieron de punta al instante.
Sus ojos brillaron con fiereza y expectación.
Había caído en su trampa. Había hecho exactamente lo que ella quería.
Había sido tan tonta como para no pensar en eso.
Había estado tan enfocada en vengarme, en matarla, en cerrar las puertas, que no había caído en lo que suponía eso.
Tragué con esfuerzo y noté cómo la espada se tensó, preparándose para degollarme.
—Hay otra cosa que tampoco te has preguntado —parpadeó rápidamente y la sonrisa volvió a iluminar sus ojos anaranjados—, mi nombre.
¿Por qué tendría importancia su nombre ahora? ¿Por qué la tendría en cualquier otro momento? No respondí.
—Gracias por tu sangre, conejito.
La cuchilla comenzó a rasgar mi cuello con lentitud y la sangre manchaba mi pecho y caía hasta el suelo.
—Tu nombre —balbuceé.
Si iba a morir a sus manos, lo mínimo que podía hacer era concederme eso.
—Mi nombre es Aeliana —confesó y respiré con dificultad—, pero los mortales me conocen como La bruja del Alba.
Esas fueron las últimas palabras que escuché antes de que su filo me degollara por completo y toda mi visión se tornara negra, arrastrándome con ella al abismo.