La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 62
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Capítulo 62

MARIE

T odo mi alrededor estaba en llamas y, aun así, el frío calaba mis huesos.

No tuve tiempo de pestañear, de acomodarme a la oscuridad naciente que había en este lugar.

Mi mano todavía agarraba la de Adrien, quien respiraba con dificultad.

Para ser una persona que siempre mantenía la calma, ahora estaba nervioso.

Algo perturbaba su máscara de indiferencia, la misma que no se había inmutado al morir Laurent.

Caminé sin saber a dónde iba, sorprendida de que mis pies decidieran cooperar mientras los lamentos navegaban por el agua del río a mi lado.

Me pregunté si él estaría aquí, si podría despedirme una última vez, decirle lo orgullosa que estaba de él, que siempre lo había estado y que nunca había necesitado demostrar nada.

También busqué a mi madre sin remedio, esperando poder verla por última vez, escuchar su voz, su verdadera voz, y mirar a los ojos que me criaron.

Los gritos no se ahogaban ni estando debajo del agua, navegaban sin rumbo en las aguas tormentosas, y deseé que Laurent no estuviese aquí. Porque su alma era demasiado bonita como para sufrir por toda una eternidad.

—Querida. —Me llamó Adrien y algo roto en su voz me inundó al completo, como si yo estuviese sumida en el mismo tormento que las almas que observaba con tanto desespero, como si la corriente me arrastrara hasta una orilla en la que no era capaz de desembarcar.

Miré sus ojos, tan acostumbrados a cautivarme, con las palabras que él no era capaz de pronunciar. Eran el reflejo de su alma, tan dividida, rota en miles de pedazos y tan armoniosa a la vez.

No me percaté de la tierra húmeda que manchaba la tela blanca de mi vestido, de la sangre ya reseca que corría por mis manos, como un recuerdo palpitante de que Laurent ya no estaba conmigo.

Tampoco noté el dolor de mis rodillas al caer o el ardor de mi garganta cuando los gritos escaparon de mi interior, ni el tacto frío del agua al sumergir mis manos para limpiarlas con desesperación.

Las manos de Adrien temblaban al acercarse a mí y la calidez de sus caricias llenó un poco el hueco de mi corazón que parecía hacerse más grande cada vez que se alimentaba de mí, y que seguiría haciéndolo hasta consumirme por completo.

—Volátil —añadió una voz cortante a nuestras espaldas—, emocional. —El sonido de sus afilados tacones retumbaba por todo el infierno, obligando a los témpanos de hielo a temblar.

Maldije en silencio porque lo último que me apetecía era lidiar con una pirada.

Quería volver a casa, meterme en la cama, con Adrien a mi lado, y dormir hasta olvidar el dolor que me apuñalaba el pecho.

Quería correr a ver a Janine, arroparla entre mis brazos y perderme entre las lágrimas.

Quería sufrir la pérdida y quería olvidarla al mismo tiempo.

No sabía en qué clase de persona me convertía eso.

Pero ella continuó hablando. Los escalofríos subían por mi columna y me estremecían la piel, como si algo malo estuviese a punto de ocurrir. Sin embargo, no creía que pudiera destrozarme más de lo que ya estaba.

—No eres de fiar, conejito.

El apodo me petrificó. El aire comenzó a quemarme los pulmones y las palabras parecían estar atascadas en mi garganta. Fui incapaz de girarme, a pesar de que todo mi cuerpo moría por hacerlo.

—Sabía que no serías capaz —afirmó—. Mírate, un poco de dolor y ya estás derrumbada.

Adrien me agarró la mano con fuerza, impidiéndome hacer cualquier estupidez, y me dedicó una mirada de precaución. Debía calcular mis próximos movimientos con cautela y no dejarme llevar por el bombeo de rabia que aumentaba cada vez más.

—¿Qué quieres? —rugí.

Soltó una carcajada mientras se acercaba.

—He venido a llevarme a mi guardián —replicó—. Él sí puede ser de utilidad.

Adrien gruñó a mi lado y todo su cuerpo se tensó; se estaba preparando para atacar.

—De eso nad…

No le dio tiempo a terminar la frase. Se evaporó de mi lado dejando nada más aparte de un rastro de polvo gravitando en el aire. Noté un pequeño pinchazo en mi pulgar, pero cuando fui a mirarlo, solo había una pequeña cicatriz rosada.

Me había quedado completamente sola en este lugar y debía enfrentarme a una loca que llevaba años intentando asesinarme.

Respira , dijo una voz ronca en mi cabeza.

Volví a mirarme esa pequeña cicatriz de mi dedo y sonreí. Intenté contactar de vuelta, preguntarle dónde estaba, pero mi técnica era pésima.

—Me recuerdas a tu madre.

El comentario llamó mi atención. Lo suficiente como para averiguar de una vez por todas quién me había estado torturando durante tanto tiempo. Sin embargo, en el momento en el que me giré, las rodillas me temblaron.

Una melena larga, del color de la nieve, flotaba en el aire mientras unos ojos anaranjados me observaban curiosos, resaltando la palidez de su piel.

—¿No me esperabas a mí? —preguntó burlona.

—¿En qué te recuerdo a mi madre exactamente?

Entrecerré los ojos y suspiré con fuerza mientras aguardaba su respuesta.

—Las dos sois igual de patéticas. —Fingió indiferencia, pero algo en su voz la delató. Había rabia en su voz, envidia, celos—. Pensáis que podéis con todo y, al final del día, os acurrucáis en una esquina a llorar. Porque sois débiles, y una amenaza.

Reí. Claro que éramos una amenaza.

Tranquila , me alentó Adrien. Mantenla entretenida, llegaré pronto.

—Una amenaza para ti, querrás decir.

—En absoluto —declaró—. Podría acabar contigo en apenas segundos. —Una sonrisa tétrica se dibujó en su rostro y una punzada de angustia se atascó en mis pulmones—. Me pregunto si tú gritarás tanto como lo hizo tu madre.

Me agarré al polvo del suelo, lo atrapé entre mis puños y lo hice arder de impotencia mientras mi corazón latía desenfrenado, con el furor como motor para seguir viva. Mis oídos pitaban rabiosos y me clavé las uñas a las manos con tanta fuerza que la sangre comenzó a resbalarme por los brazos.

No sabía de dónde saqué la fuerza, las ganas, dónde escondí el dolor.

Me puse en pie con tanta determinación que todo mi alrededor se vio envuelto en un huracán que pronto estallaría y lo engulliría todo, sin importarme que también me llevara consigo.

Por una vez, escuché mis instintos y los acepté.

Estaba furiosa, lo único que quería era acabar con el monstruo que me había inquietado durante meses.

El mismo que fingió ser mi madre y me hizo creer que ella jamás podría quererme, el que me metió tantas dudas que terminé consumida por ellas, el que la mató.

Quería hacerlo pagar por todo. Lo haría de una manera dolorosa y no me detendría ni, aunque rogase.

—Te voy a matar, pedazo de zorra. —«Y voy a cerrar las putas puertas de esta prisión contigo dentro», fue lo que no dije.

Sabía que no tenía armas en mi poder, ni siquiera una ridícula piedra afilada para poder degollarla. También sabía que no las necesitaba, porque yo era mi propia arma, y serían mis manos las que acabasen con ella.

—No me gusta ese apelativo —confesó sin borrar la sonrisa de su cara—, y tú, pequeño conejito, deberías ser más respetuosa. Entiendo que tu madre no te enseñara modales, pero… La interrumpí con un gruñido. Cuando los resquicios de mi poder arañaron mis venas, lo dejé explotar.

Las enredaderas comenzaron a brotar de mis dedos, se enrollaban entre ellas y crecían hambrientas de destrucción, buscando a su oponente.

Le siguieron un conjunto de espinas venenosas, raíces deformes que azotaban el suelo con ímpetu y una hiedra salvaje que se enredaba en el suelo y por las columnas en ruinas.

Las escuchaba reírse, traviesas, me hablaban con una voz chillona y frenética.

Ellas habían esperado este momento, contenidas durante años, y, testigos de mi agonía, estaban a mi completa disposición.

Todas las trepadoras escucharon mis plegarias y redirigieron su camino hasta ella. Crecían sin límite, alimentadas por mi ansia, y cuando las primeras hojas comenzaron a rozarla, unas alas de fuego aparecieron en su espalda, abrasando todo lo que había a su paso.

Sonreí victoriosa, porque si lo que quería era jugar con fuego, estaría encantada de darle ese placer.

Abrí la puerta de mi sala y los pequeños hilos rebeldes y plateados me rodearon. Tiré de dos a la vez y me llené de un poder sofocante y abrasador. Las llamaradas explotaban de mis manos y crearon un camino hacia ella que me sentí libre de seguir.

Mi visión estaba al rojo vivo mientras recortaba nuestra distancia y las voces de mi cabeza me alentaban a destrozar todo este lugar, a reducirlo a cenizas. Una bola de fuego se dirigió a mi brazo derecho y en un breve movimiento la esquivé y aplasté con una catarata que salpicaba de mis manos.

Ella no se detuvo, tenía claro su objetivo: matarme.

Lástima que ya no me pareciese en absoluto a aquella joven que atemorizó en los Campos de Luminis.

Ahora conocía mi potencial, controlaba mi magia —que de vez en cuando me consumía a mí—, y ya no me daba miedo acabar con ella.

Recordé al Viltoru, lo atemorizada que estaba de hacerle daño, y cómo lo hice igualmente.

La diferencia es que el pobre animal no se merecía tal sufrimiento y ella se merecía hasta la última grieta por la que pudiera escapar mi ira.

Sus ataques se volvieron cada vez más constantes y en poco tiempo me vi saturada. No era capaz de acceder a tanto poder en tan poco tiempo, y la cantidad de energía que requería me dejaría exhausta en cualquier instante.

No hagas nada estúpido .

Ignoré la voz que retumbaba en mi cabeza y accedí a la fuente de mi poder, abriendo las puertas por completo. Me recorrió un torrente de energía, un zumbido que agitaba cada parte de mi ser, y me permití arder como lava en erupción.

Eso es algo estúpido .

No lo es , le llevé la contraria. ¿Y tú cómo…?