Capítulo 61 #2
—Y odiaba con todas mis fuerzas la capacidad que tenías para desaprovechar tu potencial.
Me mordí el labio, impidiendo soltar cualquier locura y conteniendo mi sonrisa.
Lo que fui incapaz de contener eran las ganas de besarlo cuando nuestras miradas se encontraron.
Sus ojos ya no tenían su toque habitual, hosco y amargo, y su mandíbula estaba más relajada.
Para cuando mis labios rozaron los suyos, todo nuestro alrededor explotó y se redujo a cenizas.
Sus labios capturaban los míos con ansia, como si nunca los hubiera besado, y eso avivó aún más el fuego que arrasaba mi interior.
Su mano viajó hasta mi nuca, atrayéndome más hacia él.
Yo no podía pensar en nada más que no fuese él, porque siempre había sido él.
«Te quiero», pensé y me sentí idiota por no haberlo visto antes, por haber dudado. Su alma parecía estar hecha para la mía y su oscuridad complementaba la mía, esa que siempre había estado ahí y me había empeñado tanto en ignorar.
Mis manos desordenaban su pelo y sus dientes rozaban, esperando el momento correcto para atacar, para devorarme. Lo hice yo en su lugar. En el momento en el que saboreé su sangre, sentí que me desvanecía de placer.
—Traviesa —murmuró.
Adrien se llevó la lengua al corte de sus labios y sonrió complacido. Me depositó un suave beso y rodeó mi cuerpo con sus brazos. Para ser una persona que rozaba la muerte, todo en él irradiaba calor.
Devolví mi atención a la arena, donde los aspirantes luchaban contra el veneno de las espinas.
Tenían las manos atadas sobre la cabeza y sus pies ya estaban cubiertos al completo por las plantas.
Laurent mantenía su rostro impasible y me resultó extraño verlo tan distante y disociado, sin rastro del joven que saltaba por los pasillos y temía a las arañas, el mismo que me regaló una rosa porque me vio admirarlas.
Las espinas se enredaban entre sus piernas y se clavaban en ellas, perforando la carne y dejando ríos de sangre en el suelo. Aun con eso, ninguno gritó. Ninguno mostró un ápice de debilidad.
—¿Fue duro? —pregunté.
Adrien tragó saliva con fuerza.
—Hay días en los que las pesadillas no me dejan dormir —confesó y me acomodé entre sus brazos—.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces y todo ha quedado en un recuerdo borroso.
Lo que nunca olvidaré es cómo me sentí, la incertidumbre, la constante sensación de que el peligro me perseguía, el miedo que tenía a fracasar…
Agarré su mano y la besé mientras Adrien jugaba con mi pelo hasta que un sollozo llamó mi atención.
Janine se llevó el puño a la boca en un intento de contener los sollozos que se formaban en su garganta.
Miré a Tahlia con preocupación, quien agarraba a su hermana y parecía estar sufriendo igual que ella por reprimir las lágrimas, las mismas que nunca deja salir y parecían estar rebelándose.
Agarré con fuerza la mano que todavía tenía entrelazada con Adrien en un impulso, mientras mi corazón latía acelerado.
—Alguien va a morir —me susurró Adrien—. No quiere ser ella quien anuncie su muerte.
Entonces, mi corazón se detuvo. Entendí por qué Janine apenas podía mantenerse quieta. Decidí no creerlo, negarlo era la opción más sencilla y tampoco estaba segura. No lo estaría hasta que ella llorase.
Devolví mi mirada a Laurent, a quien las espinas casi le llegaban al pecho, y recé todo lo que conocía a Aeliana.
Si Laurent era algo, era valiente, aunque él nunca se hubiese considerado así.
Porque llevaba toda una vida luchando, incluso si era demasiado pequeño.
Era injusto, ya le habían arrebatado su infancia, no podían arrebatarle la única oportunidad que tenía de ser feliz. Todavía no.
Algunos aspirantes comenzaron a retirarse, habían superado el rito con éxito, las espinas habían retrocedido y los habían dejado en libertad. Habían superado sus miedos y sus cánticos de gloria retumbaban en las gradas. Otros todavía seguían luchando contra ellos. Como Laurent.
Entonces Janine explotó, su lamento rompió el silencio y me inundó como una jarra de agua fría. Todo lo que ocurrió después se tornó borroso.
Recuerdo correr como si mi vida se fuese en ello, las manos de Adrien intentando detenerme; recuerdo ver lágrimas en sus ojos, colarme en la arena y pelearme con los guardias, que me sacaron a rastras. Recuerdo perder el control. Los recuerdo en llamas.
Cuando llegué, las espinas ya rodeaban a Laurent hasta el cuello y sus ojos perdían el brillo lentamente. Sus lamentos me desgarraban por la mitad y caí de rodillas frente a él. Incapaz de salvarlo.
—No. No. No. No. No. No.
Apenas podía respirar y no conseguía coordinar mis manos para librarlo del agarre mortal que le estaba arrebatando la vida. No escuchaba nada más aparte del desgarrador grito de Janine, que me estaba partiendo el alma; ni siquiera a mi propio corazón, que parecía haberse detenido.
No podía perder a alguien más. No podría soportarlo.
—¿Marie? —preguntó Laurent entre toses y lamentos.
Los guardias volvieron a tratar de sacarme de allí. No tenían ni idea de la furia que se arremolinaba en mi interior, ellos estaban acabando con un corazón inocente y brillante, y yo solo deseaba asesinarlos. A cada uno de ellos.
Mi poder explotó sin miramientos y los envió lejos de allí. Unas sombras se arremolinaron a su alrededor, asfixiándolos.
Me acerqué a él, patosa, tropezando con mis propios pies.
—Todo va a salir bien —mentí.
—No voy a llegar a ser un Umbrae, ¿verdad? —tosió—. Me estoy muriendo.
Quise gritar, decirle que no, que lo estaba haciendo muy bien, y que conseguiría superar el tercer rito, pero no fui capaz de mentirle. Me dedicó una sonrisa torcida mientras perdía todo el color de su rostro.
Los gritos de Janine se enredaban en la tierra, la hacían temblar. Le dediqué una mirada rápida y observé como se estaba peleando con Cassian, tratando de escurrirse de su agarre con el rostro lleno de lágrimas.
—¡Déjame! ¡Déjame ir con él!
Laurent le miró, con los labios manchados de sangre y alzó una mano temblorosa hacia ella.
—¡Necesito ir! ¡Déjame!
—Gracias —susurró—. Gracias por estar aquí.
Las espinas continuaron subiendo por su cuerpo y los sollozos brotaban de mi garganta descontrolados. Me pregunté cómo iba a superar esto. Verlo morir a centímetros de mí y ser incapaz de ayudarlo. Porque sabía que no había nada mal en él, que el miedo estaba siendo su peor enemigo.
—¿Cuál es?
Laurent comenzó a atragantarse con su sangre y deseé estar en su lugar. Deseé que fuese a mí a quien la muerte había venido a buscar. Yo lo merecía más que él.
—Fracasar —confesó— y decepcionaros.
Sus ojos comenzaron a cerrarse y todas las espinas que rodeaban su cuerpo se tiñeron de escarlata.
Janine corrió, con las lágrimas empañándole la vista y la respiración entrecortada.
Se agarraba a Laurent con desespero, luchaba contra las espinas que ya habían rasgado su pálida piel, pero él ya había aceptado su destino.
Lo había recibido con los brazos abiertos y se había agarrado a las manos de la muerte para seguirla más allá.
No había podido despedirse. Cuando se materializó como un espectro, su voz llenó los huecos que dejaban los llantos de Janine:
—Sé feliz —le rogó con la voz rota. Janine gritó, lloró y se rajó las manos combatiendo con un enemigo invencible, uno que ni siquiera era visible—. Sé feliz, Janine, y no mires atrás.
Eso pareció calmar la furia que latía con recelo en su interior y cayó de rodillas, sollozando, donde Tahlia la acunó.
—¿Ni siquiera si te busco?
Los brazos de Adrien me rodearon y terminé de quebrarme.
—Especialmente si lo haces —le pidió.
Laurent nos abandonó, marchándose a un lugar que ninguno de nosotros podía alcanzar y obligándonos a caminar en este mundo sin él, con nada más aparte del espectro de su risa y la calidez de su mirada.
Lo recordaría al ver el color verde, las rosas y, por desgracia, las arañas. Otro miedo que nunca logró combatir.
Janine se revolvía en los brazos de su hermana. Quise arrodillarme a su lado, consolarla, acariciarle el pelo como ella había hecho conmigo tantas veces, pero en lo que duraba un parpadeo, todo mi alrededor desapareció y el único anclaje que me quedaba eran los brazos de Adrien.