La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 61
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Capítulo 61

MARIE

L a arena estaba abarrotada de gente: familias que viajaban para ver el tercer rito de sus hijos, parejas que cruzaban los dedos, amigos que deseaban ver a su aspirante un día más con vida. «Solo era otra prueba más», me repetía continuamente. Pero no era solo otro rito más.

El Rito de las Espinas: la prueba donde más aspirantes perdían la vida a costa de su propio miedo.

Se decía que podías ver el momento exacto en el que la muerte venía a buscarlo, justo cuando sucumbían a sus demonios.

Aparte de eso, no había un motivo racional para explicar por qué mi corazón estaba a punto de entrar en parada cardíaca.

Laurent lucía una brillante sonrisa y, a pesar de haber pasado por tanto desde tan pequeño, la inocencia todavía habitaba en sus ojos y en la manera que tenía de hablar.

Su ilusión era contagiosa y la cercanía que transmitía hizo que todo el público estallara en aplausos cuando hizo su gran entrada en la arena.

No había ni una pizca de miedo en él, en su forma de andar, en la forma que tenía de reírse; como si supiera con certeza que este no sería el último día de su vida.

Eso me tranquilizaba, pero sabía de sobra lo engañosas que podían ser las apariencias, y Laurent era casi un experto en ellas.

A lo largo de la arena habían dispuesto postes de madera con un pequeño soporte para los pies.

Cada aspirante debía ocupar su poste asignado y las espinas comenzaban a brotar al inicio del rito.

La planta estaba embadurnada de magia y detectaba todos aquellos miedos que suponían una amenaza para el aspirante.

En porcentaje, el miedo a morir era lo más letal en esta prueba.

Al principio, podía parecer una prueba ridícula.

Todo el mundo tenía miedos, algunos más ocultos que los otros, algunos no se habían manifestado todavía.

El veneno te ponía a prueba y te obligaba a enfrentarte a cada uno de ellos.

Era una droga. Una muy letal, de esas que acaban con tu vida cuando menos te lo esperas, la que se lleva a tus seres queridos sin previo aviso.

La finalidad de la prueba era evaluar cómo cada aspirante se enfrentaba al miedo. Era una especie de ejercicio de choque. La clave estaba en dejarlo entrar, ahondar en tu sistema, llenarte de él y, una vez que formase parte de ti, luchar junto a él. No en su contra.

Un señor con monóculo se levantó en el palco del juzgado y pidió silencio repetidas veces.

Adrien me explicó que era uno de los organizadores del Rito.

A su lado había tres jueces que monitoreaban las pruebas.

Por su vestuario dejaban claro que eran parte de la alta sociedad, además de mirarte por encima del hombro con esa expresión burguesa y hostil.

Deseé estar a su lado, librar a Laurent del suplicio que suponían las pruebas, pero nadie ajeno a ese consejo podía interferir, ni siquiera la reina de Nocturia, ni siquiera el general Umbrae.

Además, Laurent jamás me lo perdonaría. Sabía lo que suponía para él el Rito, lo que había peleado y todo el sudor que había derramado en cada uno de los entrenamientos.

Era algo que debía hacer él solo y yo debía ser capaz de dejar mi instinto sobreprotector a un lado.

El señor del monóculo comenzó a hacer las presentaciones del Rito. Ladeé un poco la cabeza y me encontré a Janine mordisqueándose la piel que rodeaba sus uñas y agitando su pierna frenéticamente.

—¿Nerviosa?

Me miró como si acabara de hacer la pregunta más estúpida del mundo y, en parte, así era.

Estábamos sentados en el palco real, que nos ofrecía la mejor vista al espectáculo —que no era ningún espectáculo en realidad—.

Desde aquí, se podía ver el rito sin ningún tipo de obstáculo.

No tenía claro si era una especie de bendición o tortura.

El palco era exclusivo para la familia real, es decir, Adrien, Cassian y yo; pero Janine estaba tan nerviosa que decidí traerla conmigo, por lo que Tahlia también debía venir por si su hermana sufría algún tipo de crisis, que eran más que habituales en ella.

Agarré la mano que no paraba de morderse y sus ojos brillaron.

Janine siempre había estado nerviosa en los ritos de Laurent, la ansiedad formaba parte de su brillante personalidad, pero nunca había estado así, como si tuviese la certeza de que Laurent no superaría este rito, y eso me provocó una punzada que viajó directa a mi estómago.

—Todo saldrá bien —afirmé. No me di cuenta de que yo también necesitaba esas palabras, que el miedo comenzaba a asentarse en mi cuerpo y me oprimía el pecho hasta que respirar me supuso un esfuerzo físico.

Janine tragó saliva con fuerza y perdió su mirada en algún lugar de la arena, lejos de Laurent.

Cassian se hizo hueco lo más lejos de nosotros que pudo, y estaba segura de que una parte de él hubiera elegido sentarse en las gradas antes que aquí.

Lo fulminé con la mirada mientras tomaba asiento y me dedicó una amplia sonrisa.

—¿Qué pasa, princesa? —Su voz rompió el silencio y me revolví en el asiento ante la frialdad que reflejaban sus ojos—. ¿Tu marido no te complace lo suficiente y por eso me buscas a mí?

Adrien apenas pestañeó, pero su voz tronó como el aliento frío de la misma muerte:

—Estaré encantado de follarme a mi esposa aquí mismo para demostrarte lo mucho que puedo complacerla. —Adrien sacó a relucir sus colmillos, y Cassian empalideció. —A diferencia de otros, yo sí sé comportarme, así que te sugiero que mantengas la boca cerrada si no quieres que te parta en dos.

Me atraganté con mi propia saliva y Adrien me dio unos ligeros golpes en la espalda. Tahlia me miraba, incrédula, expresando más emociones que nunca, y yo no sabía decir si estaba molesta, confusa u orgullosa.

—¡Que comience el tercer rito! —anunció el señor del monóculo, sacándome de mi embelesamiento. Con todo lo que acababa de pasar, no había prestado atención a nada de lo que había dicho—. Recordad, aspirantes: el miedo no te salva de morir, te impide vivir.

La frase caló en mi sistema como un tanque de ácido que se deslizaba por mi tráquea. Cuando las espinas comenzaron a crecer en el suelo, me agarré a la mano de Adrien con fuerza, quien parecía estar reviviendo la peor experiencia de su vida.

Unas gotas de sudor resbalaban por su frente y sus piernas temblaban descontroladas. Le di un ligero golpe con el hombro y me devolvió la mirada, un poco más apagada y rota que antes. Exhaló con esfuerzo.

—Cada rito me recuerda a mis orígenes como Umbrae —confesó—.

Hice cosas horribles. Ver a Laurent ahí, superando cada rito sin perder su carisma ni inocencia, me inquieta.

No en el mal sentido —aclaró, apartando la vista al cielo nublado y estrellado—, es solo que me trae a la memoria todo lo que pasó y me pregunto qué hubiera ocurrido de no haber tomado esas malas decisiones.

Me quedé en silencio durante un instante que me pareció una eternidad. Me preguntaba por qué sentía esta confesión como una vía de escape, una oportunidad de arrepentirme de estar con él, de quererlo, y cómo dudé en dejarla pasar.

—No fue fácil para mí. Apenas tenía dieciséis años cuando aspiré a Umbrae y cuando… —titubeo— maté a alguien por primera vez.

El comentario me pilló desprevenida y me pareció que todo el aire abandonaba mis pulmones. Suspiré con dificultad y parpadeé muchas veces antes de que pudiese recuperar el habla.

—¿Por qué lo hiciste? —quise saber.

Adrien se pasó las manos por el rostro en lo que me pareció un intento de ordenar sus palabras.

—Porque me lo ordenó mi padre. Por aquel entonces, lo único que me importaba era contentarlo —declaró en un hilo de voz—. Hicieron falta muchos cadáveres más hasta que empecé a cuestionarme si todo eso merecía la pena, y ahí fue el principio del fin en la relación que tenía con mi él.

—Lo siento. —Fue lo único que se me ocurrió decir. Busqué su mano y la entrelacé con la mía.

—No necesito tu consuelo ni tu compasión. Confío en que, si no has salido corriendo, es por algo. —Fingió una sonrisa tensa para después chasquear la lengua—. Pero está bien tener a alguien con quien hablar.

Algo en mi interior se agitó como una Elyndra que revoloteaba buscando la salida. No controlé las palabras que salieron a continuación, disparadas, incapaz de pensar en nada más, como una manera de devolverle el favor y librarme de la sensación de deuda que me encadenaba al suelo.

—¿Recuerdas el día que me atacó mi madre?

—Asintió—. ¿Y cuando me obligaste a enfrentarme a ese Viltoru?

—Volvió a asentir y sentí cómo se me secaba la boca—.

La verdad, es que —suspiré tratando de librarme del nudo que apretaba mi garganta— no tenía miedo a morir —admití y guardé silencio durante un rato— quería hacerles daño.

—Lo sé —replicó, y el peso que cargaba en mis hombros se volvió más ligero.

Sonreí, sin saber muy bien por qué, y Adrien me pilló por el rabillo del ojo.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Dímelo —insistió.

Obedecí, en parte porque quería compartir esa información, sin miedo a que me juzgara, porque él era un maestro en la misma oscuridad que me acechaba cada día.

—Me gusta no tener que fingir ser alguien que ya no soy. —Me encogí de hombros, quitándole hierro al asunto.

Adrien sonrió y algo en mi interior se calentó.

—Nunca fuiste así.

—¿Perdón? —inquirí ofendida.

—Querida —se giró para mirarme por fin—, no pretendas que siempre has sido una patética y dulce flor, porque desde la primera vez que te vi, fui capaz de ver esa mente viciosa y tormentosa trabajando a través de tus ojos.

Siempre has sido un incendio dispuesto a arrasar con todo y solo un idiota se dejaría embelesar por esa mirada inocente.

De pronto, me vi expuesta, desnuda delante de una persona que era un completo misterio para mí, pero, por primera vez, no hubo vergüenza acompañando a esa molesta sensación. Balbuceé, abrí la boca y la cerré un centenar de veces.

—Siempre lo has sabido —murmuré.

Asintió.