Capítulo 60
MARIE
M i técnica con el bō había mejorado estos últimos días.
Me había obligado —y a Garrick— a entrenar cada día durante horas.
Necesitaba tener la mente ocupada e ignorar todo lo que había pasado los últimos días.
No sabía cómo gestionar todo lo que había ocurrido con mi madre, y cada vez que lo pensaba, el abanico amplio de emociones me desbordaba.
Adrien había aprendido a leerme mejor que nadie y me conocía más de lo que me conocía a mí misma. Eso me asustaba. También porque estaba enfadada. Aunque lo quería, algo en mi interior burbujeaba de rencor cada vez que lo veía, sin saber muy bien la razón. Así que mi distracción era Garrick.
Danzamos en un baile de saltos, esquives y ataques continuos. Garrick anticipaba cada uno de mis movimientos y me dedicaba una sonrisa de satisfacción cada vez que acababa rodando por el suelo.
La técnica de Garrick y Adrien era distinta. Los movimientos de Garrick eran más limpios, premeditados, suaves pero eficaces. Los de Adrien, al contrario, eran rudos. La respuesta de un ataque reflejaba todas sus emociones. Sus golpes nunca se repetían. Y decidí aprovechar esa ventaja contra él.
Rebusqué en mi interior, en vez de aislar mi corriente de emociones, la dejé fluir. Recurrí a la traición que sentía por parte de mi madre, del consejo; a la tristeza por su pérdida; al amor por Adrien que bombeaba sangre a todo mi cuerpo, a la nostalgia de lo que yo solía ser.
Garrick pareció notar el cambio en mi técnica y trató de adaptarse, pero no puedes adaptarte a algo que es impredecible, volátil, emocional, ya que nunca sabes cuál es su siguiente movimiento.
Estaba cansada de pretender que yo no era todas esas cosas, porque lo era.
Sin embargo, mi valor no se reducía solo a eso.
Según Adrien, yo también era buena, empática; también era valiente y un auténtico dolor de cabeza.
Y no tenía intención de borrar nada de lo que me hacía ser yo misma.
—Por fin —celebró Garrick cuando fui capaz de derribarlo.
Le dediqué una sonrisa tímida antes de volver a ponerme manos a la obra. Seguí peleando contra él y, por primera vez, me sentía confiada de lo que podría lograr.
—¿Por fin qué? —jadeé.
—Entiendes que ser emocional y ser tú misma no significa ser débil ni menos válida. —Fruncí el ceño y me detuve en seco—. Las emociones están para acudir a ellas, si no fuesen necesarias, no existirían.
Abrí la boca y la cerré al menos una docena de veces.
—La miel y el fuego son del mismo color. Deja de intentar encajar en un molde que no es el tuyo.
Intenté rebatirle, pero el aire de mis pulmones parecía un humo ardiente y me sentí encerrada, cohibida por lo fácil que era ver lo perdida que me sentía y la lucha interna a la que me enfrentaba cada vez que abría los ojos.
Sin embargo, al mirarlo, vi más que su expresión dura y apagada.
Supuse que dos almas rotas se entendían de maneras extraordinarias sin necesidad de palabras.
Un grito quebró el aire como un trueno y Laurent entró a toda velocidad, dando vueltas sin un rumbo fijo.
—¡Una araña! —exclamó— ¡Quítamela! ¡Quítamela!
Su voz se quebraba un poco más en cada grito, su cara había perdido todo el color y sus ojos rodaron a punto de desvanecerse.
Garrick agarró la araña diminuta con una mano y la soltó en la ventana. Laurent se agarraba a mis brazos, sofocado, buscando oxígeno.
—¿Una araña? ¿En serio? —pregunté conteniendo la risa. Apreté tanto los labios que temía que fuesen a desaparecer.
—No me mires así —inquirió una vez que se recuperó—. Tienen muchas patas y se mueven muy rápido.
—Espero que en tu próximo rito no incluyan arañas —dijo Garrick con una sonrisa que iluminaba todo su rostro. Lo miré sorprendida, y sentí una cercanía y calidez tan contagiosa que no pude evitar sonreír.
Laurent pareció haber visto un fantasma —otra vez—, y me tapé la boca deprisa para silenciar la carcajada que acariciaba mi garganta.
—Oh, no —murmuró—. ¿Te lo imaginas? Una araña gigante. —Fijó la mirada en el punto donde Garrick había soltado el insecto segundos atrás—. Creo que necesito chocolate.
—¿Laurent? —llamó Janine, cargada de libros.
—¡Oh! —exclamó fingiendo dramatismo—. ¡Mi amada! No te vas a creer lo que me acaba de pasar. —Janine frunció el ceño y, en cuanto vio mi expresión y la de Garrick, necesitó de toda su fuerza de voluntad para no estallar en una carcajada—. ¡Casi me engulle una araña!
Janine se mordió el labio con tanta fuerza que sus ojos parecían estar a punto de saltar por los aires.
—Llévame a comer —le rogó Laurent, parpadeando eufóricamente.
Janine y Laurent se fueron y Tahlia se apoyó en la pared de enfrente, esperándome.
—Gracias por hoy —susurré.
—No es nada.
Le dediqué una última mirada por encima del hombro a Garrick antes de que se pusiera a ordenar sus espadas por tamaño. Era un maniático.
Pusimos rumbo al comedor, mis tripas rugían agresivas y sentí que en cualquier momento me iba a desmayar.
—Deberías ducharte —añadió Tahlia haciendo una mueca de asco.
—Vaya —reí—, gracias.
—Si entras en un ciclo vicioso nunca podrás salir de ahí, y fingir normalidad tampoco va a ayudarte.
Asentí, sin saber que decir. No sabía como gestionar todo lo que sentía, todo el dolor y la rabia, por lo que me limité a ignorar que no estaban allí.
Tahlia me tiró de mi trenza casi desecha y le di un pequeño golpe con el hombro que me terminó devolviendo en forma de puñetazo. El conjunto de cuero que llevaba hoy no cubría mis brazos, por lo que el golpe fue directo a mi piel.
—¡Au! —me quejé frotando la zona dolorida.
Tahlia me dedicó una sonrisa torcida y supe que algo iba mal. No era una persona demasiado alegre, apenas demostraba sus sentimientos y casi nunca la escuchabas quejarse de sus problemas, prefería guardárselo todo para ella sola. Pero en ese momento, estaba más que claro que necesitaba una amiga.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—¿Qué se supone que debes hacer si alguien te besa?
La pregunta me pilló de improviso y me provocó un ataque de tos.
—¿Quién te ha besado?
—Por motivos de privacidad, voy a mantener su identidad oculta —argumentó seria.
—Está bien —acepté—. ¿Querías que te besara o no?
—Pues no lo sé —confesó—. Tal vez sí. Es decir, no lo sé.
—Está bien —repetí—. ¿Te gustaría que ese beso se repitiera?
Tahlia guardó silencio durante un minuto.
—Sí —murmuró.
—Entonces haz que se repita.
Tahlia bufó y aceleró el paso. Comencé a seguirla por los pasillos mientras ella me evitaba a toda costa.
—¿Qué pasa? —grité.
—A veces hablas como mi hermana —se quejó.
La agarré del brazo y la obligué a mirarme.
—¿Cuál es el problema? Te han besado y te ha gustado.
Tahlia frunció todavía más el ceño, casi como si estuviera comiendo una de esas frutas ácidas.
—Sí, pero no se puede repetir.
—Entonces no tiene por qué repetirse —sentencié.
—Bien —coincidió y volvió a acelerar el paso.
Rebufé y la seguí hasta el comedor, donde cogí una bandeja de comida y me senté a su lado. Comimos en silencio. Tahlia apenas me miraba y yo no quería obligarle a hablar.
—Es una chica —susurró.
—¿Quién?
No levanté la mirada de mi plato aunque ya no tenía más hambre. Tenía la sensación de que Tahlia necesitaba verme desinteresada para sincerarse. Era cabezota de narices y demasiado orgullosa como para admitirlo.
—La persona que me ha besado —hizo una pausa y respiró fuerte— es una chica.
—¿Y? —pregunté sin comprender dónde estaba el problema.
Tahlia me miraba perpleja, como si no se terminara de creer mi reacción. Parpadeó un centenar de veces antes de volver a resoplar y devolver la atención a su plato.
—No eres un caballo para rebufar tanto —susurré y me volvió a poner esa expresión que no entendía. Parecía tener ganas de reírse y de llorar al mismo tiempo. Añadiría ganas de asesinarme a la lista también.
—Es que no puedo creerlo —confesó—. No es correcto. Una mujer no puede besar a otra mujer.
Esta vez fui yo la que resopló.
—Venga ya, Tahlia. Eres libre de hacer lo que quieras y llevarte a la cama a quien quieras. ¿Crees que aquí a alguien le interesa con quién compartes cama?
—¿De dónde has aprendido a pensar así? —parpadeó—. Hace unas semanas estabas preocupada por Adrien.
Le dediqué una sonrisa pícara y añadí:
—Una persona muy sabia me dio un buen consejo.
Tahlia intentó ocultar su sonrisa mirando hacia otro lado. Alargué mi mano y agarré la suya.
—Tienes derecho a ser feliz —le apreté la mano—. Incluso con una mujer.
—Tú también. Incluso con Adrien.
Le tiré un trozo de comida y la preocupación pareció disiparse, al menos un poco.
—¿Vas a decirme quién es?
—No —sentenció fría—. ¿Vas a contarme qué pasó con Adrien el día…?
—No —le corté.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo al recordar aquella noche. Cómo su cuerpo se unía al mío a la perfección. Cómo parecía conocerlo a pesar de apenas haberlo tocado. Recordé lo bien que se sentía saber que Adrien era mío y noté el calor subirme a las mejillas.
Aun así, lo evitaba, porque me invadía la curiosidad de saber cómo sería amar a alguien que no ha sido obligado a amarte.