Capítulo 59 #2
—¿Fue mi madre la que me atacó en Eldoria, o fuiste tú? —exigí saber.
—Ninguna de las dos —me aclaró.
—¿Quién eres? ¿Qué has hecho con ella?
Ella me dedicó una sonrisa lobuna y mi cuerpo se estremeció.
No estaba de humor para juegos. Dudaba de mí misma y de las atrocidades que podría cometer si alguien jugaba con mi paciencia. Y ella lo estaba haciendo. Adrien no tardó demasiado en notar mi inquietud. Estaba segura de que mis latidos retumbaban por todas las paredes.
—Explícate —le reclamó Adrien.
—Su madre acababa de morir por aquel entonces —replicó con una falsa modestia—, pero yo no tomé posesión de su cuerpo hasta mucho tiempo después de que la trasladarais aquí.
—¿Fuiste tú la que me cantó esa tétrica canción?
Lo que vi en su rostro me robó el aliento. Su labio inferior temblaba ligeramente y chasqueó la lengua para librarse de él.
—No sé de qué canción me hablas. —Su voz brotó en un arrullo—: Cántamela.
Quería fingir que no me acordaba de la letra, que no me había acechado por las noches antes de dormir. En lugar de eso, canté:
—Duerme, pequeña, la niebla llegó, la reina olvidada no te olvidó. Duermen mis hijos bajo el umbr…
—La tierra los cubre, los hace cristal —me interrumpió.
Adrien alternaba la mirada entre nosotras, sin saber muy bien qué es lo que estaba pasando.
Recuerdo que ese fue el día que visitamos a James.
No hablé de lo sucedido. Ni siquiera con Cassian, que me estrechó entre sus brazos y escuchó todos mis sollozos.
Una punzada de nostalgia me recorrió la columna y se convirtió en más veneno corriendo por mis venas.
—Sucia traidora —murmuró—. Estaba claro que era ella. Todo este tiempo.
—¿De qué hablas?
Noté cómo empezaba a agitarme de nuevo y cómo mi instinto más asesino volvía a apropiarse de mí.
—Tranquila —me susurró Adrien al oído.
El silencio se hizo interminable. La prisionera hacía un ruido constante al tragar y se restregaba las manos en los harapos sucios. Casi te podía dar la falsa impresión de estar nerviosa.
—Mi hermana —contestó por fin—. La responsable de que no pueda salir de mi aburrida cárcel.
—Se limpió la mugre de las uñas con aburrimiento, otra ridícula fachada que me hacía pensar que esta mujer tenía problemas.
Aunque el haberse hecho pasar por mi madre, debería haber sido un indicativo suficiente.
—¿Qué es lo que necesitas de nosotros? ¿De mí?
Explotó en una carcajada tétrica que me puso los pelos de punta.
—Cariño —musitó irónica—, una cárcel no se abre desde dentro —dijo al guiñarme un ojo.
Mi corazón me traicionó, latiendo acelerado en una carrera contra mi vómito para ver quién huía antes de mi cuerpo. No podría estar hablando de…
—Las puertas. —Adrien continuó mi pensamiento en voz alta.
Lo miré y lo encontré agitado; por un momento, eché de menos al hombre que era días atrás.
Me dije a mí misma que no se puede echar de menos algo que no se había ido, pero, por alguna razón, sentía que lo estaba perdiendo.
Y no había nada que pudiera hacer para remediarlo. Pensé que, tal vez, así sería mejor.
—¿Cómo sabíais que éramos nosotros? ¿Cómo convencisteis a nuestros padres de —dijo señalándonos a ambos— esto?
Noté cierta molestia en su voz, como si yo fuese un error irremediable.
—¿Convencerlos? —preguntó entre risas—. Esa panda de bobos del consejo sigue a mi hermana con los ojos cerrados. No se cuestionan nada. Si mi hermana dice que hay una amenaza para Varnath, ellos harán lo imposible para acabar con ella.
—Incluso renunciar a sus propios hijos —afirmé.
—Incluso renunciar a sus propios hijos —repitió.
De repente, sentí que hacía demasiado calor, a pesar de que la temperatura en las mazmorras fuese mínima.
—La amenaza eres tú —objetó Adrien.
La mujer aplaudió eufórica, como un niño que acaba de recibir un caramelo.
—No soy solo yo. —Su mirada brillante se dirigió a mí y todo mi cuerpo se paralizó. Abrí los ojos como platos, rogando una clarificación.
—Es imposible.
—¿Seguro? Mi hermana teme cómo podrías reaccionar si te llegaras a enterar de todo el numerito que ha montado. Cree que eres demasiado volátil, poco predecible, emocional —añadió, haciendo énfasis en la última palabra.
—¿Cómo…? —Me pasé las manos por la cara—. ¿Cómo podrías saber tú eso?
Me dedicó una última sonrisa que alumbró toda la oscuridad a su alrededor.
—Porque eres igual que yo. Cuando era joven, claro —aclaró—. Y mira cómo he terminado. No dudes ni por un segundo que tiene peores planes para ti.
La boca se me secó y mi mente divagaba perdida en los rincones de mi mente.
—¿Para qué quieres nuestra ayuda si ya estás aquí? —inquirió Adrien.
—Quiero mi propio cuerpo, pequeño. Sin ánimo de ofender —se disculpó y le resté importancia con un movimiento vago de mi mano. No tenía apenas fuerzas para discutir.
—Si las puertas se abren —comenzó Adrien—, engullirán todo Varnath.
—No. Eso no pasará. No tienes que abrirlas de manera permanente, solo lo suficiente para que yo pueda salir.
—Ni hablar —declaré—, no lo haremos. Nada de eso. Las puertas se sellarán, tú volverás a tu cárcel y a tu hermana le pueden dar por culo.