La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 59
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Capítulo 59

MARIE

L aurent me llevó a pasear a los jardines del Valenves.

Dijo que necesitaba desconectar, algo de aire fresco. Me desmoroné nada más salir y él me rodeó con sus brazos hasta que mi tormenta aminoró.

—Soy una mala persona, ¿verdad? —sollocé, recostada en su hombro.

Estábamos sentados en un banco de piedra, cerca de una fuente, donde el sonido del agua era lo único que me mantenía atada a la realidad.

En esta parte del jardín, los rosales crecían en montones, se enredaban en arcos y trepaban por las columnas.

Las flores seguían manteniendo ese toque lúgubre y tétrico, como si hubieran perdido una razón para brillar, para vivir, de modo que se limitaban a existir.

—No, no lo eres —replicó Laurent.

—¿Por qué me siento como una entonces?

Laurent se puso en pie y arrancó una rosa.

—Te hace falta esto —dijo mientras me la pasaba—. Póntela en el pelo, te quedará bien.

Me dedicó una cálida sonrisa. Hice lo que me dijo con escepticismo y el corazón roto y sus ojos brillaron.

—Te vi observarlas el otro día. Lo haces muy a menudo.

Tenía razón. Lo hacía. Aparté la mirada avergonzada.

—No estás marchita —murmuró—, ni tampoco rota. Creo que te gustan porque piensas que eres como ellas. Pero no eres una flor para marchitarte ni un objeto para romperte.

Me mordí el labio con fuerza tratando de contener las lágrimas.

—Ya no sé cómo soy —confesé—. Recuerdo lo que solía ser, pero no sé cómo volver a eso.

—A mí me gustas más ahora. —Sentí que se me encogía el corazón—. Eres decidida y no te acobardas con facilidad. Eres la persona a la que aspiro ser y la hermana que siempre he deseado.

Parpadeé una vez. Dos veces. Tres. Me pellizqué con miedo a estar soñando. Laurent me dedicó una mueca tímida, haciéndome ver que debía parecer asustada, cuando no lo estaba en absoluto. Lo estreché entre mis brazos y volví a llorar, recordando todo lo que había perdido, a quien había perdido.

—Gracias —susurró— por hacerme un poco más feliz, por hacerlo a él más feliz.

Lo miré por encima del hombro sin entender a quién se refería.

—Adrien —aclaró—. Cuando lo conocí estaba lleno de ira y dolor, más que todos los Umbrae juntos.

Fruncí el ceño, porque no me costaba imaginarlo, lo conocí cuando él era así.

Seguía siendo así, aunque me haya mostrado ese lado de él que escondía a la fuerza.

Sabía que estaba intentando distraerme, y yo lo acepté.

Cualquier cosa era mejor que sentir el dolor lacerante que se asentaba en mi pecho.

—Sé lo que estás pensando. Antes era peor.

Su padre lo traicionó: su madre murió a manos de él.

Estaba tan herido que sus ojos reflejaban todo por lo que había pasado.

Créeme cuando te digo que parecía haber vuelto del mismo infierno —suspiró y me dio la impresión de que no hablaba solo del dolor de Adrien —.

Yo apenas tenía cinco años cuando lo conocí, pero entendía lo que era ese dolor, lo experimenté de primera mano con mi madre, así que me refugié en él y él lo hizo en mí. Fue entonces cuando empecé a entrenar.

—Él te entrenó —afirmé.

—Sí, al principio sí. Cuando vi que quería ser Umbrae, fue cuando empecé a entrenar con Cassian. —Le tembló el labio y le estreché entre mis brazos—. Todo esto es por él, ¿sabes? Lo de ser Umbrae, digo.

—Porque quieres hacerlo sentir orgulloso —repetí sus mismas palabras.

—Aparte —declaró—, pero también porque lo que más anhelo es ser como él. Al principio era la persona más cerrada y temperamental que conocía. Yo lo seguía a todas partes y él solo me daba largas y me cerraba las puertas en la cara.

Laurent y yo estallamos en una carcajada.

—Creo que yo hice un poco lo mismo —confesé.

—Un día, me encontró entrenando solo a altas horas de la noche con una espada de madera que tallé yo mismo.

Nunca olvidaré la determinación que vi en sus ojos, fue como si todo su interior se conectara.

No le importó que fueran las tres de la madrugada ni que acabara de volver de una misión.

Esa misma noche, me enseñó a blandir mi primera arma y, al día siguiente, me talló una él mismo.

Dijo que si quería entrenar, necesitaba una espada en condiciones.

Sentí cómo Laurent se llevaba una parte de mi corazón con él, la partía en dos y se quedaba una; la otra, la llevó con Adrien.

Porque era un ser despreciable, arrogante y un verdadero dolor de cabeza, pero incluso con todo eso, era valiente, leal y considerado.

Su agonía era capaz de enamorarme y su sufrimiento era, a su manera, precioso.

Entendí entonces que todo el mundo puede ser humano y monstruo a la vez, la posibilidad habitaba dentro de cada uno de nosotros. Incluso dentro de mí.

—A lo que quería llegar es que la única vez que veo paz en sus ojos es cuando te mira a ti.

Fingí que sus palabras no me calaron las entrañas y volvimos al Valenves, donde una decena de conversaciones incómodas me esperaban. Después de esta larga charla, me sentía algo más preparada para afrontarlas.

Tal vez haya hablado demasiado rápido: me choqué de bruces con un Adrien nervioso y casi taquicárdico.

—¿Dónde estabas? —ladró y me obligué a retroceder un par de pasos, por mero instinto.

—Tenemos que hablar —sentencié.

Adrien jadeó y me encerró en sus brazos, sentí el ritmo acelerado de su pecho y cómo lentamente su respiración volvía un poco más a la normalidad.

Su rostro había dejado de ser una máscara de indiferencia para pasar a ser un cuadro de emociones, pintadas a la perfección.

Adrien soltó un par de maldiciones y entramos en la sala más cercana.

—¿Qué pasa? —preguntó todavía agitado.

No fui capaz de contar la historia sin desmoronarme de nuevo, me frotaba el pecho con ímpetu, tratando de aliviar la sensación tan pesada que se enredaba en mis pulmones.

Adrien me agarró ambas manos y las besó una a una.

No era consciente de lo mucho que temblaban.

Tampoco de lo mucho que me fallaban las rodillas hasta que me vi envuelta en sus brazos de nuevo.

—Lo siento —sollocé—. No puedo parar. No puedo…

—Shh —me interrumpió—. No pasa nada. No tienes que pedir perdón por nada. —Su mano acarició mi pelo despacio—. Te tengo. Estoy contigo.

Adrien me llenó el corazón de besos, de cálidas caricias y palabras reconfortantes.

Esperó paciente a que soltara todo el dolor que se astillaba en mi alma, me lamió las heridas sin dejarse intimidar por la parte más oscura que habitaba en mí; aquella que era lamento y autodestrucción; aquella tan parecida a él.

Me abrazó cuando todavía estaba hecha pedazos y esperó a que estuviera lista para reconstruirme.

—Llegaremos al final de este asunto —me consoló—, y lo haremos juntos. Deja de pensar que necesitas hacer todo por tu cuenta.

—Es que puedo hacerlo sola —repliqué. Me froté las mejillas para eliminar el rastro de mis lágrimas secas.

—Lo sé. Sé que puedes, pero quiero que también lo hagas conmigo. Te elegí como compañera de vida por una razón. No quiero que lo olvides.

«No me elegiste en realidad», quise responder. En su lugar, me mordí el labio y esperé que el efecto de ese veneno repentino se diluyera en mi sangre.

Nos dirigimos de nuevo a las mazmorras, las manos me sudaban a chorros y mordí el interior de mi mejilla mientras bajaba por las escaleras. Adrien me dedicaba miradas rápidas que trataba de evitar. Fingió no darse cuenta.

Mi falsa madre aguardaba mi regreso. Tenía las piernas entrelazadas y me miraba desafiante, dándome una última oportunidad de huir.

Estuve a punto de tomarle la palabra. Quería olvidar todo lo que había pasado en las últimas horas, olvidar el dolor que me paralizaba cada vez que veía su rostro y recordaba que ya no estaba, que aunque la tuviera en frente, no era ella.

En su lugar, me permití estudiarla como no había podido en estos meses, porque el miedo me lo impedía.

La melena negra se le pegaba en la cara con una mezcla de sudor y polvo.

Sus ojos verdes estaban adornados con unas pronunciadas ojeras y, cuando se llevó las manos a la cara, me percaté de todas las heridas y mugre que había en ellas.

Estuve a punto de romperme de nuevo al recordar que ella no volvería más, que había estado acompañando a un fantasma.

—Por fin nos encontramos de nuevo, guardián. —Le dedicó una pequeña reverencia a Adrien con ojos brillantes—. ¿Qué tal has dormido estas noches?

Fruncí el ceño ante la pregunta. Cuando me giré para mirar a Adrien, este parecía haber visto un fantasma. Parpadeaba desenfrenado e inhalaba bruscamente. Me dedicó una sonrisa nerviosa e hice una mueca que no le pasó por alto.

—He tenido pesadillas —me aclaró—. Nada importante.

Intenté creer su patético intento de quitarle hierro al asunto, pero no fui capaz.

Algo en mi interior palpitaba enfurecido y me convencía de que esto era otra mentira.

Quise olvidarlo. Hacerlo a un lado. No pude.

No sabía de dónde salía este ridículo rencor ni tampoco qué hacer con él.

Solo sabía que me estaba consumiendo, me estaba ahogando.

Mi falsa madre sonreía orgullosa, como si toda esta situación le resultara divertida.

La furia que circulaba por mis venas se convirtió en oxígeno cuando mi visión se tornó roja.

Quería estrangularla, hacerle pagar por todo lo que me había hecho pasar.

No podía controlar el torrente de emociones que crecían en mi interior.

No. No quería eso.

Negaba con la cabeza mientras mi propio interior debatía. Mis emociones saltaban de un extremo a otro, arrastrándome hacia la locura. Me tiré del pelo con fuerza y solté un gruñido. No podía respirar, era dolorosamente imposible.

La mano de Adrien me trajo al presente y la agarré como un amuleto. Era mi punto de anclaje. Gravitaba a su alrededor. Me preguntaba cuánto tardaría en descarrilarme y tuve el presentimiento de que sería dentro de poco.