La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 58
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Capítulo 58

MARIE

Dormí por lo que me pareció una eternidad, mis párpados pesaban demasiado y cada vez que los abría me veía obligada a volverlos a cerrar y acurrucarme en la comodidad de mi cama, de la que no tenía pensado salir más.

Sin embargo, mi cuerpo no opinaba lo mismo, ya que no paraba de enviarme molestos recordatorios de que necesitaba ir al baño. Cuanto más trataba de ignorarlos, peor era la sensación. Al final, mi cuerpo terminó siendo más tozudo que yo.

Aparté las mantas de mala gana y me dirigí al baño. El alivio fue casi instantáneo.

Regresé a mi cama, pero, por más vueltas que diera en ella, no conseguía volver a conciliar el sueño. Volví a salir de la cama, esta vez, sin esperanzas de retornar a ella, y me metí en la bañera.

Mis pensamientos volvían de forma inevitable a mi conversación con Adrien días atrás.

Tenía ese afán por cabrearme, por acelerar mi corazón y envenenarme la conciencia.

Me obligaba a pelear con él y me daba un motivo por el que levantarme de la cama cada mañana.

Sorprendentemente, la jugada siempre le salía bien.

Excepto porque el vacío que sentía en el pecho, ese que me molestaba al respirar y me quitaba el apetito, tenía las de ganar esta vez.

Lo sentía enredarse por cada uno de mis órganos hasta asfixiarme.

Lo sentía vigilando por los rincones, aguardando el momento en el que bajara por fin la guardia para atacarme como una serpiente hasta que me creyera sus dolorosas palabras.

Me saboteaba y me compadecía de mí misma porque era más fácil; porque, de esa manera, mis problemas no encontrarían una solución; porque el problema sería yo.

Esa idea me ayudaba a intuir por qué mi madre acordó un matrimonio a mis espaldas para intentar asesinarme después; por qué Sasha creía que estaba rota y me daba la espalda; por qué mi pueblo había dejado de creer en mí y se habían puesto en mi contra.

Creer que el mundo sería un lugar mejor sin mí era más fácil que afrontar el hecho de que todo aquel que me importaba terminaba abandonándome.

Si fingía durante mucho tiempo que todo eso no había pasado, tal vez tendría la posibilidad de olvidarlo y, con eso, librarme de esa sensación tan molesta que vivía conmigo cada día.

El espejo me devolvió una versión de mí misma, con las ojeras marcadas, el cuello golpeado y demacrado y unos ojos sin brillo. Desconocía cómo habían aparecido esos golpes.

Pasé los dedos por encima de los moratones y siseé de dolor. Eran recientes. A menos que alguien me hubiera intentado asesinar mientras dormía, sin yo darme cuenta, no tenían ninguna explicación lógica.

Recordé estar con Adrien, lo recordaba yéndose, recordaba volver a Pristia, pero eso apenas duró un parpadeo. En cuestión de segundos me desperté en mi cama.

Me vestí sin pensar demasiado en lo que llevaba, necesitaba un poco de aire fresco, una falsa sensación de libertad. Me perdí entre los matorrales del jardín, en los pocos colores que relucían en Nocturia y los breves rayos del Sol que se colaban de manera rebelde entre las nubes.

Pasé los dedos sobre los pétalos casi marchitos de una rosa, más oscuros de lo habitual. No relucían en su habitual tono rojo brillante. Y no pude evitar sentirme así: un poco apagada, un poco marchita, un poco menos yo.

Tragué saliva con dificultad y me llevé las manos al cuello. Los pequeños movimientos eran los más dolorosos.

—Vaya —murmuró una voz ronca que llevaba días sin escuchar.

—¿Qué haces aquí? —Ladeé la cabeza y fingí aburrimiento.

Cassian tenía el pelo alborotado, la expresión tensa. Parecía cansado. Pero eso ya no era asunto mío.

—Si quieres mi opinión... —Comenzó, mientras señalaba las marcas en mi cuello.

—No —lo corté—. Ya tengo la mía, gracias.

Me dedicó una sonrisa débil, que reflejaba la incomodidad de la situación.

—Debería decirle a mi hermano que afloje un poco en la cama —replicó.

—Lo que deberías hacer es desaparecer.

Le pegué un manotazo y lo hice a un lado.

—¿En serio? —preguntó. No pude evitar notar el pinchazo de dolor que teñía su voz, pero no debería importarme. Él había decidido esto, ¿no?— ¿Lo perdonas a él y a mí no?

—No creo que sea a mí a quien debas pedir disculpas —confesé. Sin saber muy bien si el dolor que teñía mi voz era fruto de mis recientes golpes, o de la versión tan desconocida que veía hoy en él.

Cassian suspiró agotado.

—Increíble.

No se molestó en ocultar su enfado. Cerró las manos en un puño hasta que sus nudillos se tornaron blancos.

—Es que... te miro y no reconozco la persona que eres ahora.

—Deja de jugar conmigo, ¿quieres?

Cassian se fue, pegando fuertes pisadas.

Un cosquilleo comenzó a azotarme la mente.

Me sentía mareada. De repente, hacía demasiado calor, o demasiado frío.

Todo mi alrededor comenzó a dar vueltas y era incapaz de centrar la vista en ningún sitio concreto.

Caí en unos fuertes brazos y, después, solo hubo oscuridad.

Adrien me aferraba como si temiera que fuera a esfumarme, a desaparecer sin más. Todavía no había abierto los ojos, estaba demasiado cansada. Solo quería dormir.

Lo sentía. Sabía que era él. Era una presencia dominante, una fuerza que me obligaba a gravitar a su alrededor. Puede que también fuese su aroma, embriagándome, saturándome todos los sentidos, y no era capaz de pensar en nada más que no fuera él.

Noté sus manos temblar sobre mi cuerpo y me pregunté si, tal vez, eran solo ridículas alucinaciones.

Mi garganta estaba seca y el corazón me retumbaba en los oídos, subiéndome hasta la cabeza y amenazando con explotar en cualquier momento.

Y entonces, noté su miedo.

Miedo a perderme.

Mi corazón se ralentizó, explotó en pequeñas esquirlas y se volvió a recomponer. Llevaba demasiado tiempo sintiendo que yo no era nadie. Que mi pérdida no sería algo de lo que lamentarse. Que nadie me echaría de menos.

Excepto él. Esa fue la única motivación que necesité para abrir finalmente los ojos y encontrarme con su mirada perdida y brillante. Como si su cordura pendiera de un hilo y yo fuera quien lo tensa.

No pensé nada de lo que hice a continuación. Le sonreí como llevaba tiempo sin hacer. Era una de esas sonrisas que te llegaba a los ojos. Vi cómo su rostro se iluminaba y mi corazón se deshizo un poco más. Después, lo besé.

Era un beso que gritaba «te quiero», «estoy aquí», y «todo va a salir bien». Sus manos me agarraban y sollozaban que estaba preocupado, que él también me quería. Eso me obligó a inspirar con más fuerza cuando noté el peso que caía en mi pecho.

Había estado tan centrada en todo lo que había perdido que no me planteé ni un segundo todo lo que había ganado.

Añoraba mi hogar, sí, pero ya no tenía claro cuál era realmente.

Porque, tal vez, es aquel que cuenta la persona que eres.

Tal vez es una colección de lo que amas.

Tal vez es aquel lugar al que vas y sabes que no vas a ser cuestionada, que nadie va a juzgarte.

Tal vez es el lugar en el que naces, o donde todos tus intentos de huir cesan por fin.

Tal vez un hogar son dos brazos que te abrazan cuando te quiebras en pedazos. Tal vez es una persona.

Y mi hogar era él.

—Te quiero —murmuré en sus labios. Aunque sabía que él lo sabía, aunque lo notase en cada fibra de mi ser.

—Lo sé. —Me besó.

Eso me desarmó por completo.

—¿Recuerdas lo que ha pasado?

El cambio de tema me pilló desprevenida. Aun así, intenté enfocar las imágenes en mi mente. Asentí, un poco débil.

Adrien apretó la mandíbula y sus labios se convirtieron en un hilo fino tenso. Lo miré y sobraron las palabras. Yo también lo sabía. Me imaginaba con detalle cada frase que armó en su mente.

—Hay algo que tengo que hacer —susurré antes de besarlo una última vez.

Me puse en pie y sentí que mi mundo se desplomó un instante.

Entonces, corrí. En parte porque me había cansado de ser cobarde, en parte porque ya estaba lista. Temía que fuese tarde. Aunque me fuese a destrozar el alma, era el momento de enfrentarme a aquello que había estado evitando. Era momento de que se abriese, por fin, el telón.

Estaba recostada sobre el suelo, lleno de sus excrementos, rodeada de roedores.

Parecía estar muerta en vida. No pude evitar llorar.

Me costaba recordar cómo era mi madre antes de enloquecer.

Las imágenes de ella, tan demacrada, tan rota y tan perdida me perseguían cada día antes de irme a dormir.

Y me sentía culpable por no haber sido capaz de encontrar una solución.

Sus ojos carecían de vida propia, su piel estaba más pálida de lo habitual y su melena, alborotada. Me sorprendió cuando el sonido de su voz retumbó a mi alrededor.

—Mira a quién tenemos aquí. —Su voz parecía estar atascada, como si llevara demasiado tiempo sin darle uso, como si se hubiese olvidado de como formar una oración completa.

Los prisioneros no hablaban entre ellos y los guardias no respondían.

Los primeros días, intentan con todas sus fuerzas gritar, hacer ruido, encontrar un gesto que les indique que no son invisibles, pero el tiempo pasa y, cuando les han hecho creer durante tanto tiempo que ya no existen, su magia surte efecto y desapareces.

La rabia que solía habitar en tu interior se apaga y, poco a poco, también lo vas haciendo tú.

Ese era el procedimiento en las mazmorras.

Así era como acababan contigo sin arrebatarte la vida: dejando a tu corazón con su ritmo cardíaco habitual y, a la vez, rompiéndolo en pedazos.

—Tenemos que hablar —admití—. Necesito respuestas, madre. —Traté de usar un tono cordial, aunque mi corazón se estuviese reduciendo a cenizas.

Mi madre chasqueó la lengua.

—¿Qué buscas, Marie?

Su tono frío me obligó a retroceder unos pasos. No tenía claro lo que esperaba. Desde luego, esto no.

—Conoces la profecía, ¿verdad? —pregunté, a pesar de saber la respuesta—. La de la llave y el guardián.

—Me temo que esa profecía ha sido parte de mi vida desde hace mucho tiempo.

Le dediqué una mueca. No la entendía y se estaba comportando de manera extraña. Sentí que ya no la conocía. Puede que este lugar la haya cambiado.

—Explícate.

El silencio dominó la sala. Por un momento, creí que iba a negarse a responder, que me iba a dejar con todas las preguntas en la boca, pero una sonrisa tenebrosa que nunca antes había visto deslumbró entonces en la oscuridad.

—La profecía no tiene nada que ver con vosotros y tiene mucho que ver conmigo.

De nuevo, estaba diciendo mucho, pero no estaba diciendo nada.

—¿Consideras que conocías a tu madre, Marie?

La pregunta me descolocó por completo. No entendía por qué hablaba de ella misma en tercera persona, tampoco por qué hablaba en pasado.

—Sí, sí lo considero.

Sus ojos carentes de vida se iluminaron, antes de despedazarme.

—Entonces, ¿cómo es que no te has dado cuenta de que lleva muerta meses?

Entonces mi mundo explotó, y yo exploté con él.

Caí de rodillas y todo se volvió negro. Creo que dejé de respirar.

Tal vez me estaba muriendo. No hice nada más que negar con la cabeza, las lágrimas no eran capaces de salir a pesar de sentirme como nunca en mi vida.

Como si me acabaran de arrancar el corazón del pecho.

Me reí. Me tenía que estar tomando el pelo. Seguro que no hablaba en sentido literal.

Ya no sabía distinguir mis sollozos de mis carcajadas. Me pareció que vomité; tal vez exploté a gritos. Sentía como si estuviera perdiendo mi cordura.

Creo que pasaron horas hasta que pude respirar de nuevo.

Entonces la miré. Estudié su expresión. Aunque se pareciese a mi madre, no lo era en absoluto.

Sus ojos parecían vacíos, delatando cuánto había sufrido.

Había sido llevada al límite. Había sido abandonada.

Pude ver todas las lágrimas que no se había atrevido a llorar.

—No mientes —comprendí por fin.

No hubo sonrisas. Simplemente, asintió.

Me costaba tragar. Me sentía pesada y creía que no había oxígeno suficiente que mejorara mi respiración.

—No quería hacerlo de esta manera, pero ya es momento de que dejes de vivir en la ignorancia. —Su voz ya no estaba marcada de frialdad e indiferencia. Supongo que esto es lo más cercano que podría estar de nuevo de mi madre.

—¿Sufrió? —pregunté con un hilo de voz.

Ella volvió a chasquear la lengua, casi como si le molestara hablar del tema.

—Tu madre ya estaba muerta. El ataque...

No fui capaz de escuchar nada más. Un pitido agudo me ensordeció: solo pude rendirme ante él.

¿Llevaba muerta desde el ataque? Eso era mucho tiempo.

No podía creer que no fui capaz de darme cuenta, en meses, que mi madre ya no estaba.

No pude despedirme de ella. No me vio casarme.

Tampoco enamorarme. No había visto la persona en la que me había convertido.

Y no pude evitar pensar en lo mala hija que era.

En lo decepcionada que tenía que estar conmigo.

Me había limitado a visitarla una vez tras otra, esperando que saliese de su estado de locura cuando ella ya no estaba.

No sabía cuánto tiempo pasé llorando hasta que me rodearon unos familiares brazos y una melena pelirroja.