La reina de los caídos
INTERLUDIO
T odo a su alrededor está oscuro, el olor a putrefacción le revuelve las entrañas y lucha contra las náuseas de semejante peste. Camina sin rumbo en las paredes de mi hogar, sin saber dónde se encuentra.
Busca algo familiar, la busca a «ella».
No puede dejar a un lado el instinto tan primitivo que despierta en su interior al escucharla gritar, pidiendo ayuda en un llanto desconsolado.
Adrien corre, como si fuera su propia vida la que está en peligro, no se percata de que lleva horas corriendo en círculos, repitiendo el mismo patrón. Buscando sin parar, sin encontrar nada. Porque, en realidad, no hay nada.
Su corazón parece estar a punto de detenerse, su mente pende de un hilo del que yo soy dueña, uno que tengo pensado destrozar, hacerlo trizas y reducirlo a cenizas. Una vez que eso pase, no habrá vuelta atrás.
Se lamenta desesperado, golpea todo a su alrededor con fuerza, derriba columnas y, finalmente, se acurruca ensangrentado y angustiado, sintiendo que lo ha perdido todo, deseando que esto no sea más que un cruel sueño.
Y el ciclo se repite: se vuelve a poner en pie, busca de nuevo en todos mis rincones y vuelve a darse por vencido.
Me divierto jugando con él, demacrando su cordura, mi carcajada retumba por todo el lugar, pero él está demasiado centrado en su lamento como para ser capaz de fijarse con detenimiento en todo lo que le rodea, en dónde está.
No se detiene a preguntarse por qué el guardián está al otro lado de las puertas, ni tampoco cómo ha llegado allí.
Una vez que los hilos de su mente me parecen lo suficiente inestables, decido darle la reunión que tanto anhelaba con su amada.
Sus gritos vuelven a despertarlo y, esta vez, las antorchas se encienden, reluciendo un fuego azul que grita peligro.
Él no teme adentrarse en lo desconocido, solo le importa encontrar a su amada, a mi frágil y delicada llave. Y cuando por fin la encuentra, la dejo morir en sus brazos.
Una vez.
Otra.
Su sangre mancha sus manos, él la ha matado, por no ser suficiente, por no haberla encontrado a tiempo.
Intenta con una agonía sonora detener la hemorragia, sus manos aprietan con fuerza su vientre y, de nuevo, no se percata de las marcas que ya comienzan a volverse moradas y que rodean su marchito cuello.
No ve que ya es demasiado tarde, que sus ojos, ahora blancos, yacen sin vida.
Que su corazón se ha parado, llevándose consigo una parte de él.
Adrien grita, ruega que la traigan de vuelta. Mi mano acaricia su hombro cuando nadie cumple sus plegarias. Me mira con unos ojos que rezuman ira, venganza y un deseo de guerra peligroso y temerario. Y yo sonrío. Porque él ya está donde yo quería.
Ya ha perdido la fe. Lo ha perdido todo.
Cuando todo eso ocurra fuera de este escandaloso sueño, él vendrá a por mí, y yo exigiré mi pago.