La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 57
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Capítulo 57

MARIE

D espertar al lado de Adrien Arkenvoss era una de esas cosas que creías inimaginables y, aun así, en tu interior siempre había una chispa de esperanza de que algún día llegase a ocurrir. Pero ese nunca fue mi sueño.

Al menos, al principio.

Mientras estaba envuelta entre sus brazos, inhalando su olor corporal y admirando la tranquila expresión que tenía al dormir, creí estar segura de que mis prioridades comenzaron a reorganizarse.

Envolví mis dedos entre los rebeldes mechones que caían sobre su frente. Lucía tan inocente y valiente a la vez; no quedaba rastro del habitual dolor que solía teñir sus ojos, ni de la oscuridad que, en ocasiones, se adueñaba de ellos.

Por un momento, deseé que se mantuviese así. Deseé poder ver más de esas sonrisas que, de vez en cuando, se abrían paso entre sus fragmentos más rotos.

Sus ojos, parecidos a un día nublado que en cualquier momento rompía a llover, se abrieron lentamente y uno de mis deseos se hizo realidad. Porque sonrió de manera segura y abierta, sin dejarse nada en el tintero y desarmando así mi estúpido corazón.

Adrien me agarró con sus musculosos brazos y me estrechó contra él.

—Buenos días, querida —añadió con una voz ronca en un ronroneo.

—Hola. —Salió en un hilo de voz y sentí el calor subir a mis mejillas.

—¿En serio? —preguntó divertido—. ¿Te da la vergüenza ahora?

Golpeé a Adrien con una de las almohadas y explotó en una carcajada que, sin motivo aparente, fue una confirmación de que ese era mi sonido favorito.

Mis dedos acariciaron su torso desnudo, redibujando la tinta que brillaba en él. Los desplacé por sus distintos tatuajes, desde la frase Vulneratus non victus que descansaba en uno de sus pectorales, hasta una marca espinosa en su antebrazo. Una estrella de cinco puntas rodeada por espinas.

—¿Qué es?

Adrien me miró como si dudase de la respuesta o, más bien, de mi reacción.

—Mi marca —murmuró.

Sentí sus ojos oscurecerse, su sonrisa tornarse pequeña, arrastrándolo hacia ese círculo interminable de sufrimiento. Sin apenas pestañear, me acerqué y la besé.

Un par de sirvientes trajeron bandejas repletas de pastas, frutas, jarras rebosantes de zumos y leche. Enarqué una ceja mientras miraba a Adrien, quien había vuelto a su máscara habitual de indiferencia.

En el centro de una de las bandejas, había un plato cubierto por una tapa plateada, que Adrien removió sin dejar de mirarme.

El olor a miel, lavanda y azúcar comenzó a bailar a mi alrededor y mi nivel de felicidad aumentó a niveles exorbitantes. Besé rápido a Adrien antes de atragantarme con un bollo de Theón y emitir sonidos de placer.

—Es una de las maravillas del mundo —afirmé con la boca llena.

Adrien me limpió restos de migas y azúcar.

—Tú también —replicó antes de besarme.

¿Sería capaz de olvidar mis obligaciones y quedarme entre estas mantas el resto de mi vida? Sabía que en el momento en que mis pies pisaran el exterior de este cuarto, la nube de felicidad se disiparía, dando paso a la tormenta que arrasaría conmigo.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Ya lo has hecho. —Adrien me metió una fresa a la boca mientras me miraba expectante.

—¿Cómo lo haces?

—Necesitas ser más precisa, querida.

—Eso de hablar en mi mente. —Mis manos comenzaron a gesticular, nerviosas, y agarraron mi taza, buscando algo que sujetar—. ¿Cómo lo haces?

Adrien me quitó la taza y volvió a apoyarla.

—Es uno de los efectos secundarios de compartir sangre. Cuando tú bebes de mi sangre y yo bebo de la tuya, se crea una especie de vínculo, un hilo que ata tu sistema al mío.

—¿Y hablas a través de él?

—Sí, pero funciona a dos sentidos. Si quisieras, podrías aislarme.

Abrí los ojos como platos, no estaba segura de querer hacerlo. Escucharlo la noche anterior en mi mente fue… estimulante. Al recordarlo, el calor viajó a distintas partes de mi cuerpo. Adrien pareció notarlo y me dedicó otra de sus vagas sonrisas mientras me metía otra fresa en la boca.

—¿Cómo puedo hablar yo a través del vínculo? —pregunté, acercándome todavía más a Adrien, quien apartó la bandeja y me tumbó en su regazo.

—Es tan simple como elegir un canal, al principio requiere concentr...

—Probémoslo ahora —interrumpí.

Adrien comenzó a jugar con mi pelo. Se llevó mi muñeca a la boca y me mordió. Me agarré a las sábanas y me concentré en no sucumbir a mi deseo hambriento.

Adrien acercó su muñeca, por la que ya resbalaban ligeras gotas brillantes, y la lamí mientras lo miré fijamente a los ojos. Sus pupilas comenzaron a dilatarse y su respiración se tornó agitada. Cerró el puño que estaba enredado en mi pelo, en lo que creía un impulso por centrarse.

Búscame en tu mente , murmuró.

Durante lo que me pareció una eternidad traté de encerrar mi deseo, la sensación tan embriagadora que me mareaba, y el sonido tan aterciopelado de su voz que vibraba en mi interior.

Me concentré y comencé a identificar todos los hilos que se enredaban entre ellos. Si no me confundía, el hilo rojo palpitante era el que me unía a Adrien, tiré de él con fuerza y Adrien soltó un alarido de dolor.

—¿Hola?

No funcionó.

Un pinchazo débil me golpeaba el corazón y el aire pareció abandonar mis pulmones.

—¿Por qué has hecho eso? —bramé.

Para que te estés quieta, busca bien . Se quejó Adrien en mi cabeza a la vez que me amenazaba con la mirada.

Durante una media hora que me resultó eterna, busqué por todo mi interior, poniéndolo todo patas arriba, y no encontré nada.

—Se necesita práctica. —Adrien me depositó un beso tierno en la frente. —Lo conseguirás.

Sin embargo, el sabor del fracaso me dejaba un regusto amargo y rasposo en la boca. Le dediqué una sonrisa frágil que buscaba esconder las preocupaciones que había decidido olvidar. Pero fingir nunca había sido mi fuerte, y Adrien siempre ha sido un experto en detectar las mentiras.

—¿Qué te preocupa?

Sus palabras eran tiernas, sin exigencias, porque en ese momento no era más que mi compañero, la persona que había elegido para estar a mi lado.

Negué con la cabeza y me mordí las mejillas tratando de contener el huracán de emociones que despertaba.

Adrien acunó mi cara y yo me desplomé.

—El rechazo siempre ha sido un sentimiento muy presente en mi vida, ¿sabes? Pero esto... es distinto.

Las lágrimas se amontonaron en mis ojos y mi corazón, que ya latía despacio, comenzó a quebrarse un poco.

—Mi propio pueblo me ha dado la espalda, me han abandonado a mi suerte. Pensé que por fin comenzaban a respetarme, a verme como una igual.

—Nunca has sido una igual —declaró Adrien.

—No, nunca lo he sido, siempre he sido inferior.

—No es verdad. —Sus manos limpiaban las lágrimas que llenaban mi rostro—. La gente ataca a lo que les intimida, y tú lo haces. Eres diferente, lo ven como una amenaza, y los cobardes intentan erradicar la amenaza en lugar de enfrentarse a ella.

—Yo no quiero ser una amenaza —confesé en un hilo de voz.

Adrien suspiró.

—Dime, Marie, ¿Tahlia y Janine han intentado acabar contigo alguna vez? —negué con la cabeza—. ¿Lo ha hecho Laurent? ¿Lo he hecho yo?

Lo miré, cautelosa.

—No me mires así. Enfrentarme a ti no es lo mismo que mandarte a la hoguera. Necesitabas un empujón, y el empujón era yo —replicó—. Tienes miedo de enfrentarte a ti misma.

—No es verdad.

Me aparté de golpe y me obligué a creer que no tenía nada que ver con el hecho de que sus palabras me sentaron como una repentina bofetada.

—Sí lo es, así que dime, ¿qué es eso que tanto te atormenta por las noches?

Las palabras se negaron a salir de mi boca. Las mentiras se cansaron de ser mis cómplices y todo aquello que guardé en mi interior bajo llave, comenzó a tocar a la puerta.

De repente, me sentía ahogada: el aire se solidificó en mis pulmones, mi sangre se coaguló de golpe y el peso de mi tormento me arrastraba hasta las profundidades más oscuras de mi ser.

Porque saber una cosa no es lo mismo que admitirla.

Porque cuando todo eso que te aterra te persigue, y es el momento de pedir ayuda, solo hay dos opciones posibles. Y yo me había cansado de ser cobarde.

—Me siento abandonada —confesé—. Temo haber perdido a mi familia, a mi madre, mi hogar y todo lo que me hacía ser yo. Me miro al espejo y no reconozco mi propio reflejo.

Contuve mis sollozos y me tapé la cara con mis manos temblorosas.

—No puedo soportarlo. No puedo afrontar el hecho de que mi hogar haya desaparecido y mi propio pueblo haya intentado matarme. Tampoco sé qué puedo hacer para recuperarlos.

—¿De verdad es eso lo que quieres? —preguntó.

Asentí.

—Entonces, deja de insultarme de esta manera.

—¿Perdón? —repliqué confusa mientras las lágrimas continuaban dejándome un escozor en los ojos.

—Yo soy Adrien Arkenvoss, y te digo que te quiero.

—Adrien agarró mis manos con desespero—.

¿De verdad me consideras más fácil que esa panda de cobardes?

Porque si es así, te pido que acabes con esta tortura —admitió—.

Eres Marie Lafont, y no eres solo mi esposa, eres la reina de Nocturia, de todo Varnath.

Eldoria no es más que una diminuta parte de tu reino.

Adrien se dirigió a la puerta y, antes de salir, me dedicó una última mirada.

—La próxima vez que olvides quién eres, recuerda quién soy yo, y que estoy completamente a tus pies.

Si temes haber perdido tu hogar y tu familia, no necesitas más que buscar a tu alrededor, porque yo estoy aquí.

Tal vez me apresuro hablando de los demás, y más teniendo en cuenta que apenas los conozco, pero tengo la impresión de que ellos también estarán aquí.

Es hora de que empieces a admitir que ya no estás sola. Nunca más lo estarás.

Adrien se fue, dejándome con mil palabras en la boca.

Cerré los ojos durante un instante y, al volver a abrirlos, ya no reconocía dónde me encontraba.

Había vuelto de nuevo al lugar que protagonizaba mis peores pesadillas.