La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 56
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Capítulo 56

MARIE

M i cabeza parecía estar dando vueltas, era como estar dentro de un tornado que me engullía y acababa conmigo. Mi corazón latía deprisa, presa de la embriaguez que suponía besar a Adrien, de sus manos acariciando mi cuerpo.

Desató mi vestido desgarrado y observó las heridas de mi espalda. Las acarició con suavidad con sus dedos y me depositó tiernos besos sobre los hombros.

—Voy a perseguirlos más allá de la muerte y los mataré de nuevo —confesó entre palabras desgarradas por la ira.

—No necesitabas matarlos —suspiré.

—Han tocado lo que es mío una vez —me besó—. No quería que volvieran a intentarlo.

Rodeé su cuello con mis brazos y lo besé. Fue un beso delicado, le susurraba que estaba aquí, que estaba bien, que estaba con él. Sus ojos me miraron, con mil preguntas que su boca no se atrevía a pronunciar.

—¿Estás segura?

Asentí con la cabeza, con el alma en calma y una seguridad nunca antes vista.

—Lo sabes —murmuró y yo volví a asentir.

—No sé demasiado sobre él —confesé—. No sé cómo se acepta el vínculo, ni tampoco lo que implica, pero sí sé lo que siento por ti, con vínculo o sin él. Sé que quiero estar contigo.

Adrien devolvió sus besos a mi clavícula, a mis hombros, a mi cuello.

—Estarías unida a mí —me besó— para siempre —otro beso—. Todo lo que te pase a ti, yo lo sentiré también.

Eso explicaba demasiadas cosas.

«Porque sentía que yo me estaba muriendo contigo».

El dolor que me paralizó en el LunaVeritas.

—Sí, querida —me dedicó una risa contenida—, todo eso es fruto del Vinculum.

—¿Y si muero? —pregunté sofocada por el placer.

—La parte tuya que habita en mí, moriría también.

—Entonces, si tú mueres...

—Un caso bastante improbable —me interrumpió—. La parte de mí que habita en ti moriría también.

Adrien pareció percibir el terror en mis ojos y la repentina tensión que bloqueaba mi cuerpo.

—¿Es habitual?

Sus manos acariciaban mis mejillas y con un suave beso en mi frente prosiguió:

—¿El Vinculum? No, no suele serlo. Cuando aparece, lo hace solo en los Varkai. Es caprichoso, y rehuir de él puede ser martirizante.

Recuerdo que Yvaine mencionó algo por el estilo.

—No siempre te vincula con la persona que amas y, desde luego, no todo el mundo acepta el vínculo.

—¿Y qué pasa con aquellos que no lo aceptan?

—Dicen que es parecido a tener el corazón roto —replicó—. Una tortura interminable.

Me mordí el labio mientras trataba de organizar toda la información en mi cabeza.

—Escucha… —Adrien capturó mi cara y me obligó a mirarle—. No tienes que aceptarlo si no quieres, entiendo que estar ligada a mí para siempre puede ser aterrador y...

No dejé que continuara la frase.

Lo besé. Lo besé porque estaba segura, porque sabía lo que quería y si estar con él implicaba aceptar una especie de lazo divino, lo haría. Porque mi corazón latía su nombre y bailaba piruetas cada vez que él estaba cerca. Porque se desangraba solo de pensar en la posibilidad de que él ya no esté.

—Tienes que curarte.

Me apartó para dedicarme una mirada cautelosa.

—Entonces cúrame —dije sin pensarlo demasiado.

Ya me había curado una vez, aquel día, después de mi pesadilla. Todavía recordaba lo que su sangre me provocó, lo que me hizo sentir, y, a decir verdad, no era muy distinto a lo que ya sentía ahora.

Adrien no necesitó que se lo pidiera dos veces, se mordió la muñeca y me la acercó. Sus pupilas se dilataron ante la expectación y las aletas de su nariz se aceleraron. Me acerqué la muñeca a mis labios y succioné. Solté un gemido en cuanto volví a saborear su sangre.

Mi corazón comenzó a latir acelerado y enviaba electricidad a todo mi cuerpo, preparándome para lo que podría venir a continuación.

Fijé mis ojos en los suyos mientras le lamía las pequeñas gotas que se deslizaban por su brazo.

Adrien apartó su muñeca y limpió los restos de su sangre de mi boca.

Capturé sus labios con mis dientes y él gruñó en mi boca.

Nuestros cuerpos llegaron hasta su mesa y apoyé mi espalda, ya totalmente curada, en la robusta pared de piedra. Nuestro beso se volvió apasionado, repleto de necesidad, casi primitivo. Acerqué a Adrien con mis piernas y se encajó entre mis caderas. Gemí ante el contacto.

Sus labios mimaban la curva de mi cuello y sus dientes acechaban en pequeñas caricias que me provocaban escalofríos.

—Dime lo que quieres —ordenó.

Yo no era capaz de pensar, no sabía qué decir, solo sabía que lo quería a él: encima de mí, detrás de mí, dentro…

—Ya sabes lo que quiero.

Las palabras salieron como un susurro desesperado.

—¿Quieres consumar nuestro matrimonio? —Adrien agarró mi mentón y me obligó a mirarlo. Tenía el pelo revuelto, la camisa arrugada y los labios hinchados. —¿Quieres que te haga mía? ¿Es eso lo que quieres?

Asentí despacio y me dedicó una sonrisa satisfecha, me restregué contra él, buscando cualquier pizca de contacto.

—Si mi esposa me pide sexo —murmuró—, ¿quién soy yo para negarme?

Lo acerqué a mí y sus labios volvieron a los míos. Le arranqué la camisa con un tirón y todos los botones volaron a lo largo de la habitación.

Su marcado torso quedó al descubierto, reluciendo sus marcas de tinta.

Con sus trabajados brazos me abrió más las piernas para llevar su mano a mi entrepierna, deslizándola sobre mi ropa interior, notando mi humedad.

Sentí como su sonrisa se formaba sobre mis labios.

Mis manos se agarraban a sus brazos con fuerza, porque sentía que en cualquier momento me iba a desmayar.

Tenerlo frente a mí, estar a punto de hacer lo que íbamos a hacer, se sentía irreal, mas no un error.

—Marie…

La forma en la que mi nombre brotó de sus labios se sintió como una caricia a todas las partes de mi cuerpo. Como una súplica, una ardiente, que lo quemaba al pasar. Una declaración tanto de guerra como de amor.

Sus dedos jugueteaban con mis bragas, volviéndome loca. Recosté mi cabeza sobre la pared y Adrien aprovechó para arrancarme la última prenda de ropa que me quedaba. Detuve su mano antes de que volviera a mí. Negué con la cabeza y le señalé los pantalones.

—Quítatelos —ordené—. No voy a ser la única que esté desnuda.

Llevó mi mano a ellos, retándome con la mirada a quitárselos yo misma.

Desabroché su cinturón y le bajé los pantalones junto con los calzoncillos.

Quedé absorta con su miembro otra vez, no sabía muy bien cómo iba a entrar en mí.

Lo acaricié y redirigí su mano a mi entrepierna mientras la mía jugaba con su pene.

Adrien me introdujo dos dedos sin previo aviso y me robó un gemido. Yo sacudía su miembro con fiereza y gozaba de la sensación que él me provocaba. Cuando la impaciencia nos consumió, Adrien me llevó a su cama, me acostó sobre ella y se cernió sobre mí.

Fue dejando una marca de besos hasta mi abdomen y me preguntó:

—¿Lista?

Sí, sí lo estaba, aunque esta decisión impactara toda mi vida, aunque después de esto no volveríamos a ser los mismos.

Posé mi mano sobre su pecho, deteniéndolo durante un segundo.

—Es mi primera vez —confesé en un susurro.

—Lo sé —replicó.

Puse una mueca y Adrien me besó. Antes de que pudiera siquiera volver a pensarlo, Adrien se deslizó en mi interior, metió a penas un par de centímetros. Aguardó a que me acostumbrara a su tamaño, al cuerpo que estaba entrando en mí.

Era una sensación extraña, entre incomodidad y plenitud, entre el placer y el dolor. Mis piernas guiaron sus caderas, obligándolo a introducirla un poco más, y Adrien gruñó en mi boca.

—No seas impaciente —susurró burlón.

No sabía explicar lo que me pasaba, a pesar del cosquilleo violento que se asentaba en mi vientre, yo quería más. Adrien esperó un par de segundos más antes de embestirme, y el gemido indecente que salió de mi boca rebotó entre las paredes.

Mis uñas arañaban su espalda, su boca jugaba con mis pezones y sus embestidas cada vez eran más duras. Intentaba contener mis gemidos, en parte por vergüenza y porque mi cuerpo no era capaz de pensar con claridad como para emitir ningún sonido.

—Eres preciosa.

Adrien se movía experimentado. En un abrir y cerrar de ojos, sus manos estaban en mis caderas y él se había puesto debajo de mí. Sostenía mi cuerpo con sus manos, y yo no podía evitar preguntarme el porqué.

—Respira cuando te suelte.

El pánico me invadió. ¿Qué se suponía que debía hacer?

—Yo no...

—Puedes con ella.

Me agarré a sus hombros antes de dejarme caer y ser presa de una sensación de plenitud y éxtasis. Adrien agarró mis caderas y fue marcando el ritmo. Me mordí el labio, conteniendo mis gritos.

—No te oigo, querida. —Me provocó con un nuevo flujo de besos en el cuello.

Movía mis caderas sin saber muy bien qué estaba haciendo, seguía mi instinto, aquello que me generaba placer. Adrien gruñía y me azotaba el trasero mientras me halagaba.

—Sigue así.

Brinqué más rápido mientras me lamía los pechos y mordía mis pezones.

—Oh, joder —sollocé—. Muérdeme —le pedí sin pensar siquiera.

Adrien me volvió a colocar debajo de él y me torturaba con caricias traviesas. Me embestía con fuerza, como un animal salvaje.

—Si lo hago —embestida—, quiero que te escuche todo Varnath gemir mi nombre.

Por indecente que sonara, no me negué. Porque él era mío y yo era suya.

Gemí en respuesta y sus colmillos se clavaron en mi pecho.

Su lengua giraba mientras succionaba con sus labios carnosos y yo perdí la conciencia. Gritaba su nombre, me agarraba a él, lo arañaba y él me embestía, duro, sin pausa. Sus ojos me miraban mientras su boca me seguía lamiendo.

Capturé sus labios en un beso feroz y los mordí con fuerza hasta hacerlos sangrar. Su sangre volvió a mi organismo y sentí un nuevo placer. Un placer que no era el mío.

Brujita traviesa.

La voz de Adrien retumbó en mi mente. La mezcla de su placer con el mío me comenzó a enviar un cosquilleo a mi vientre.

De eso nada.

No pude responder mientras me aferraba a él con seguridad y gritaba su nombre. Adrien detuvo sus embestidas y retuvo mi mirada.

Te correrás cuando yo lo diga.

La dureza de sus palabras me cautivó, aun así, aguardé.

Buena chica .

Podía escuchar sus gemidos en mi cabeza. Un recuerdo venenoso que me arrastraba al borde de mi cordura. Me torturaba con embestidas desenfrenadas y rudas. Cuando ya no pude contenerlo más, exploté en esquirlas brillantes por toda la habitación a la vez que Adrien me llenaba de él.

Rodamos agotados a lo largo de la cama acolchada, que ya estaba impregnada de nuestro aroma. Adrien me atrapó entre sus brazos y me dio un suave beso en mi sien. Su mirada parecía más brillante, más viva y demasiado mía.

Nos quedamos unos largos minutos en silencio y vi cómo una sonrisa devastadora, que prometía romper mi corazón, se formaba en su rostro.

—¿Qué pasa?

—Estoy pensando —respondió.

Me incorporé, extraña.

—¿En qué?

—Estoy pensando que estoy enamorado —sus ojos buscaron los míos— de ti.

Regresé a sus brazos con el corazón lleno y sentí que una explosión sísmica agitaba todo nuestro alrededor; una advertencia de que todo acababa de comenzar, un consejo de no bajar mi guardia, un juramento que gritaba peligro.

Todo mi alrededor estaba en llamas y, esta vez, era yo la causa. Enamorarme de Adrien Arkenvoss prometía ser mi ruina y yo lo hice de todas formas.

No pude pensar en otra cosa mientras su cuerpo me arropaba y me dormía a su lado.