La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 55
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Capítulo 55

MARIE

T odo se redujo a gritos.

Adrien atacaba como un animal salvaje que anhelaba vengarse. A su alrededor, todo era sangre y destrucción. Sus manos hacían volar miembros del cuerpo, regalándole a sus ojos un brillo criminal.

James se acercó a mí con la intención de prenderme fuego. Se movía de manera apresurada y nerviosa. Su propio interior sabía que este acto le llevaría a las más crueles de las torturas y, aun así, parecía comprometido con su cometido.

Antes de que la antorcha tocara toda la paja que me rodeaba, la mano de Adrien lo detuvo, para después ahogarlo.

Era rápido. Eficiente. Anticipaba todos sus movimientos y dejaba relucir el guerrero que era, actuando en consecuencia.

No pude evitar el orgullo que me invadió, incluso estando amordazada y a centímetros de la muerte.

—Tócala otra vez —apretó más los dedos contra su garganta— y descubrirás qué es peor que la muerte.

James se estremeció y unas gotas de sudor repletas de temor resbalaron por su frente.

Un guerrero tentó a la suerte acercando su espada al cuello de Adrien. Antes de poder emitir siquiera un sonido, Adrien lo noqueó con un golpe limpio, robándole la espada y estancándola en su corazón. James aprovechó el momento para huir como una cobarde sabandija.

Janine se hizo paso entre guerreros provocando ondas sísmicas que sacudían a sus atacantes, lanzándolos a la otra punta del bosque.

Era la primera vez que veía a Janine en acción, nunca antes había utilizado sus poderes frente a mí, y era admirable.

Era una Sylvari formidable que se movía como una auténtica Umbrae, incluso sin haber recibido más de dos entrenamientos.

Enviaba frecuencias que brillaban de tonos púrpuras y despistaban a todo aquel que empuñaba un arma contra ella. Tahlia permanecía cerca de ella, como parte de su sombra.

Forzaba mis ataduras contra la madera astillada, rezando a Aeliana que me dejara escapar.

Gotas de sudor resbalaban por mi nuca y mi cuerpo se estremecía en señal del esfuerzo y el agotamiento.

A pesar de haberme pasado más de la mitad del tiempo inconsciente, sentía que mi cuerpo me pedía a gritos descansar, cerrar los ojos, rendirme.

Las palabras de Sasha retumbaban en mi cabeza como un cántico tenebroso, persiguiéndome, acechándome.

«Todo lo que solías ser ahora está roto».

¿Era cierto? Las últimas semanas me había atormentado el pensamiento de ya no saber quién ni qué era, y todo se limitaba a que estaba rota.

Había olvidado mis aspiraciones, aparcado mi odio y tomaba decisiones que jamás creí que tomaría.

Había elegido el camino erróneo en más de una ocasión, quebrándome en el proceso.

¿Era posible reparar mis pedazos incluso cuando algunos ya no encajaban?

¿Incluso cuando algunos se habían perdido por el camino?

Un aldeano interrumpió la tormenta eterna que suponían mis pensamientos.

—Nunca se volverán a arrodillar ante ti —declaró con una mirada llena de pesar—. Nadie quiere una traidora como reina. No quieren… —agitó la cabeza, desconcertado— queremos a un monstruo que nos lidere.

Rebufé.

—¿Soy yo el monstruo cuando vosotros habéis organizado una caza de brujas, me habéis secuestrado y planeáis matarme? —rugí—. Vaya, supongo que tenemos conceptos distintos de lo que significa ser un monstruo.

—No has hecho nada por nosotros.

—¿He tenido la oportunidad de hacerlo? —refuté.

El aldeano pareció quedarse sin palabras, hasta que los engranajes, que parecían oxidados, comenzaron a girarse dentro de esa cabeza gigante.

—Si yo fuera tu padre —comenzó, y no le hicieron falta más que cinco palabras para detener mi corazón, que ya se hallaba al borde de un precipicio— no estaría orgulloso.

Su declaración me golpeó en secas bofetadas repetidas veces, me estrujaba el corazón y me perforaba los pulmones mientras él me dedicó una última mirada antes de desaparecer en el bosque.

¿Por qué alguien haría un comentario tan malévolo? No era necesario recalcar que mi padre no se sentiría orgulloso de mí, porque nunca lo había estado. Por eso nunca había sabido de él. Por eso mi madre lloraba todas las noches.

El rechinar de las cuchillas me sacó de mi trance y busqué el origen del sonido.

Laurent se estaba enfrentando a dos Sylvari con una sola espada, evitaba los inminentes ataques con piruetas estratégicas que terminaban por golpear a sus contrincantes con patadas y el filo de su espada.

El corazón pareció bombear con un poco más de normalidad, esta vez, repleto de orgullo y no de vergüenza.

Comencé a notar cómo mis ataduras se aflojaban y el miedo me paralizó por completo. No conseguía saber quién lo estaba haciendo y el mero hecho de pensar que fuera James me provocó náuseas.

—Hola, guapa. —La sonrisa de Janine brillaba frente a mí tras desatarme y bajarme de mi escenario. Tahlia la apartó a un lado y me rodeó con sus brazos. Siseé ante el dolor, pues mi espalda seguía todavía magullada, pero el alivio instantáneo de volver a tenerlas conmigo aparcó todo dolor.

Tahlia odiaba el contacto físico, lo aborrecía; hacía todo lo posible por evitarlo y había roto todas sus reglas para abrazarme.

—Estaba preocupada —murmuró en la curva de mi cuello.

Las lágrimas comenzaron a correr libres entre nosotras y Janine se unió al abrazo.

—Yo también quiero.

Estallamos en una carcajada sonora que me provocó hipo. Combinar un llanto con una carcajada no era buena idea.

Las observé con detenimiento, en búsqueda de heridas, pero sus ojos brillaban con algo que no sabía identificar.

Entonces comprendí que, incluso en medio de todo el caos, la destrucción, la muerte y las traiciones, se podía encontrar a tu familia.

Yo acababa de encontrar una parte. Y tenía muy claro quién quería que la formase.

—¿Por qué habéis venido? Es peligroso estar aquí —declaré con la voz teñida de preocupación.

—Oh —exclamó Janine—. Adrien se aburría y decidió declararle la guerra a todo aquel que se interpusiera en su camino para encontrarte. Nosotras solo somos una barrera de contención.

Le di un ligero golpe con el hombro que me envió descargas a toda mi espalda y volví a abrazar a las mellizas.

Un grito desgarró el aire junto con un conjunto de maldiciones, acompañadas del nombre de Laurent.

Las tres nos giramos a buscar el origen de semejante ruido y nos encontramos a Adrien, a quien le atravesaba una espada a lo largo del vientre, junto con Laurent, que empuñaba esa misma espada.

—¡Madre mía! —exclamó Laurent—. ¡Te acabo de apuñalar!

Adrien soltó un gruñido que me indicaba lo que se estaba conteniendo para no separarle la cabeza del cuerpo.

—Me he dado cuenta.

Avanzamos hasta ellos, a paso ligero y tratando de contener una carcajada que me acariciaba la garganta. Adrien necesitaba más que una herida de ese calibre para resultar herido. Contuve el impulso de retorcerle la espada y mostré una fingida preocupación.

—¿Qué hago? —Laurent parecía estar al borde del colapso y, en el fondo, Adrien solo estaba jugando con él.

—¿Sacarla? —tuteó irónico, ya que sabía que, en cuestión de segundos, el corte que ahora dejaba un río escarlata se convertiría en una cicatriz que rememorar.

Laurent se aproximó con manos temblorosas al mango de la espada. Sin quererlo, tropezó con una raíz de uno de los abetos que nos rodeaban y terminó clavándole más la espada a Adrien.

Adrien siseó de dolor y soltó un número indecente de insultos mientras que Laurent no conseguía hacer otra cosa aparte de disculparse.

—Déjame a mí.

Adrien se sacó el filo sin complicaciones, como era de esperar, y fulminó a Laurent, reprendiéndole por su torpeza.

El silencio se instaló entre nosotros y, poco a poco, se fueron retirando.

¿Había acabado todo o había acabado con mi propio pueblo?

El mismo que me crió, que me enseñó las manías más infantiles que a día de hoy me seguían acompañando.

El que a principio de mes se bañaba en canela molida porque daba buena suerte.

Ahora no quedaba rastro de todo eso. Tampoco de toda la magia que habitaba en él.

Les di la espalda de la misma manera que ellos me la dieron a mí.

Busqué unos ojos grises, los mismos que habían puesto este lugar en guerra solo porque me tenían capturada. Su expresión estaba seria, no quedaba rastro del dolor que le había provocado el arma de Laurent.

Cuando me miró, terminó de desarmar todas las armaduras que construí pensando que podrían protegerme de él.

Sus ojos siempre estaban teñidos de un poco de guerra y tormento.

Siempre relucían con un poco de dolor y la inminente amenaza de destrucción, pero se dirigieron a mí y toda esa oscuridad se dispersó.

En ese momento, me gustaba creer que la forma en la que me miraba era distinta a como lo hacía con el resto.

Adrien envió a sus guerreros de vuelta a Nocturia, junto con Laurent, Janine y Tahlia.

Dejaron de existir los cadáveres que nos rodeaban, nuestras heridas de guerra.

Él había venido a por mí, y eso era confesión suficiente.

Entendí que él, al igual que yo, se odiaba por eso que latía en su interior y nos unía al otro.

Lo sabía. Aun así, eso no se comparaba al peligro de lo que yo sentía por él.

Lo odiaba y lo amaba a la vez. Porque era noble y leal, igual que también era despiadado y controlador. Y yo lo amaba.

No tardé demasiado en buscar sus labios, que me esperaban desesperados, e impregnarme de su adictivo sabor.

Sus manos viajaban sin miedo a mi cintura, atrayéndome hacia él.

Sus dedos se enredaron en mi pelo en una petición silenciosa y, con un gemido, lo dejé entrar.

Su lengua me devoraba salvaje, me reclamaba como si fuera completamente suya, y yo se lo permití.

Desordené su pelo, lo acercaba más a mí porque ya no me parecía suficiente. Lo quería a él, todo de él. Le mordí el labio y Adrien gruñó en mi boca. Cuando sus labios volvieron a los míos, me dedicó una estampida brutal de besos primitivos.

Adrien me alzó en vuelo y me apoyó sobre un tronco, quedando encajada entre sus caderas. Gemí ante el contacto y me restregué contra él a la vez que dejaba un reguero de besos que comenzaban en mi mandíbula y bajaban hasta mi cuello, olvidando todo el dolor de mis heridas recientes.

—Por favor —le supliqué apenas sin habla.

Mis uñas arañaban su espalda, le suplicaban y, en respuesta, Adrien embistió sus caderas todavía más.

—¿Por favor qué? Utiliza las palabras, querida. —Volvió a capturar mi boca para después continuar provocándome con sus manos, jugando con las pocas hileras de ropa desgastada que me quedaban—. Dime lo que quieres.

Gemí, esperando que comprendiera lo que le estaba pidiendo, pero se hizo el tonto, y yo no sabía cómo ordenar mis pensamientos para no confesar todo lo que sentía, todo lo que quería.

—A ti —admití— te quiero a ti.

Sus besos se detuvieron y sus ojos miraron los míos como si pudieran ahondar más allá de mi superficie. Como si me vieran.

—Te quiero, porque ahora lo entiendo. —Acuné su rostro entre mis manos y Adrien soltó un suspiro entrecortado—. Porque te entiendo a ti y entiendo lo que implica quererte. Incluso si eso me asusta.

—No deberías —murmuró—. Nunca tuve la oportunidad de ser dulce.

Me obligaron a tener las manos manchadas de sangre.

A ser un cristal afilado que cortaba y dañaba todo a su alrededor sin quererlo.

—Su voz se entrecortó y me dedicó una sonrisa torcida—.

Quería que la gente me tuviera miedo. Por la Sombra, Marie, nunca deberías haberte enamorado de mí.

—Adrien se separó de mí y se pasó las manos por la cara, sus ojos brillaban debido a las lágrimas retenidas y yo sentí que mi corazón se rompía un poco más—. Igual que yo nunca debí hacerlo de ti.

Levanté la mirada y sus ojos decían todo lo que su boca no pronunciaba.

—Lo intenté con todo mi ser. Te alejaba de mí y tú no hacías más que volver, aunque no hicieras más que torturarme.

Eras una puta estrella que iluminaba todo a mi alrededor y terminaba eclosionando.

Eras todo lo que quería y creía que nunca podría tener.

Aquel día en el lago, te besé porque quise.

Porque soy egoísta y no podía pensar en otra cosa que no fueras tú.

Te quería solo para mí y no soportaba imaginarme las manos de otros hombres sobre ti.

»Te seguí besando porque no podía parar.

Me decía a mí mismo que era para demostrarme que desearte era un error, pero no hizo más que aumentar mi deseo.

Había días en los que pensaba, que tal vez sí estabas destinada a mí; ahora comprendo que no era más que un ridículo castigo.

Eres buena, ves la bondad en las personas y me demuestras que no te rindes ni cuando todo te grita que debes hacerlo.

No te has rendido conmigo. Te grito, te hago daño, busco enfurecerte y, aun así, nada de eso oscurece tu corazón.

Por todo eso te quiero, y por eso sé que no soy digno de tu amor, porque tú sabes a amor y esperanza; yo, a guerra y tormento.

—Lo siento —susurré—, pero no se abandona a aquellos que te importan, ni cuando son desordenados, están rotos y son una completa catástrofe. —Agarré las manos de Adrien, para volver a acercarlo a mí—. Tampoco sabiendo que yo también soy así. Sabiendo que estoy rota.

Adrien puso una mueca y acunó mi cara cuando las lágrimas comenzaron a resbalarse por mis mejillas.

—Tú no estás rota —replicó.

—Sí, sí lo estoy, y no consigo arreglarme.

—No estás rota, Marie —insistió—, solo estás perdida. Con eso, yo puedo ayudarte.

Le dediqué una sonrisa que no llegó a mis ojos y Adrien me arropó con sus brazos mientras mis traicioneros sentimientos me chillaban lo mucho que lo necesitaba.

Quería que siguiera abrazándome, que me sostuviera y me asegurara que encontraríamos una manera, que la alocada idea de estar con él era posible.

Adrien posó sus labios sobre los míos y, lo que comenzó como un beso que parecía una despedida, terminó llevándome a su habitación.