Capítulo 54
MARIE
L levé las manos amordazadas a mi dolorida cabeza al sentir cómo un líquido resbalaba sobre esta.
Todo a mi alrededor estaba demasiado oscuro y el traqueteo me impedía moverme con facilidad.
Los huesos me tronaban adoloridos. Había recibido una buena paliza.
Lo peor de todo es que ni siquiera la recordaba.
Estaba encerrada en una absoluta oscuridad, hecha un ovillo y rebotando entre los duros muros de madera.
«¿Dónde cojones estoy? ¿Cómo he acabado aquí?»
Lo último que recordaba era estar huyendo del LunaVeritas después de darme cuenta de que tenía un vínculo que, irremediablemente, me unía a Adrien.
Ahora me encontraba encerrada en lo que parecía un carruaje de madera putrefacta y astillada que apestaba a humedad y heces de caballo, con una dolorosa herida en la cabeza.
Traté de contener las náuseas que me provocaban esas pestes y cerré los ojos para retener las lágrimas y evitar marearme.
¿Cómo podía pasarme esto a mí?
Estaba cansada de verme arrastrada a estas espirales infinitas de problemas, echaba de menos mi hogar. Al menos allí podría pretender ser una aldeana normal, sin ningún poder extraordinario ni estar casada con la persona más odiada de Varnath.
Entrecerré los ojos para intentar reconocer algo del diminuto lugar en el que me habían encerrado, pero no veía nada más aparte de oscuridad.
Traté de ponerme en pie y mi cabeza se topó con un duro techo. Genial, ahora me dolería más la cabeza. Sentía como si mis sesos estuvieran aumentando y ya no tuvieran suficiente espacio en mi interior. Además, forzar la vista en lo que fuera este lugar no me ayudaba a aliviar el dolor.
Un cansancio demoledor me azotó y lo único que me apetecía en esos momentos era cerrar los ojos. Una pequeña cabezadita y después buscaría una manera de solucionar esto. Tenía demasiado frío, tal vez eso me ayudaría a olvidarme de esa paralizante temperatura.
«Solo cinco minutos. Lo prometo».
Volví a abrir los ojos cuando noté un desgarro en mi espalda.
Necesité parpadear innumerables veces para adaptarme a la repentina luz solar.
No solo por el hecho de haber estado encerrada durante horas en una prisión enana e incómoda, sino porque llevaba semanas sin volver a verla.
En Nocturia, el Sol nunca se alzaba tanto como aquí ni se colaba en todos los rincones existentes.
Giré mi cabeza a todas partes, desesperada.
Tenía los brazos levantados y seguían amordazados, por lo que era complicado ver.
Los tirones duros y tan poco constantes tampoco me ayudaban demasiado.
Ya sentía cómo la piel me ardía y la cuerda me provocaba rozaduras en las muñecas que pronto terminarían sangrando.
Por muchos gritos y exigencias que hacía para que me soltaran, o mi captor parecía no escucharme o me ignoraba por completo.
Mis ropajes estaban todos rasgados, dejándome la espalda en carne viva mientras este bruto seguía arrastrándome por las piedras como si fuese un saco de mierda.
—¿Tan flojo eres que no puedes llevarme tú mismo? —Dudaba de si provocar a la persona que me tenía capturada era buena idea, pero poco más tenía ya que perder.
—Bruja estúpida —murmuró el captor pegando un tirón más fuerte.
El hombre bruto se desvió para tomar otro camino, por lo que tuvo que girar y yo terminé comiéndome un arbusto de lleno. Escupí todas las hojas y ramas que se me metieron en la boca al intentar quejarme. Y entonces lo reconocí.
Los terrenos a mi alrededor, el arbusto que acababa de zamparme, el color tan azul del cielo: estaba en Eldoria.
No entendía por qué. ¿Tal vez creyeron que era infeliz y debían salvarme de las manos malvadas de Adrien? No tenía sentido. Quería estar de vuelta, pero no en estas condiciones, no bajo esta tutela. Tampoco quería abandonar a mi madre, a pesar de su estado deplorable.
—Puedes dejármela a mí —comentó una voz conocida.
La confusión se apoderó de mí. ¿Por qué James había mandado a secuestrarme y traerme a Eldoria?
—Ya puedes soltarme, gracias —grité al escuchar sus pisadas a lo lejos.
—Nadie va a soltarte, pequeña zorra —me contestó el captor a la vez que James se reía de su comentario.
Pataleé con todas mis fuerzas. El instinto de supervivencia hizo acto de presencia por fin y comencé a revolverme, intentando librarme de mis ataduras, pero, por más que pusiera todo mi empeño, parecía tener un peso muerto que estaba llevando a rastras.
Moví la cabeza a uno de los pocos ángulos que me permitía mi postura y vi resquicios de la copa de un árbol.
¿Me habían atado a un árbol los cabrones? Como si eso no fuese suficiente, me dejaron a la deriva en pleno sol. Moriría achicharrada, genial.
—¡Eh! ¡Sigo aquí! —exclamé, mas nadie pareció escucharme—. ¡Oye!
Lo siguiente que escuché fue el sonido de unas botas acercándose y un dolor agudo en mi mejilla. Después, solo quedó oscuridad.
✽✽✽
Un calor insoportable junto con el olor a madera quemada fue suficiente para ayudarme a recuperar la consciencia. Mi visión estaba borrosa y me era imposible enfocar los rostros que había frente a mí.
La cabeza me dolía horrores y volvía a no saber dónde estaba.
—Justo a tiempo —dijo una melena rubia que apenas conseguía reconocer.
Me obligaron a ponerme en pie mientras me arrastraban a cualquier otro lugar. Los murmullos de mi alrededor eran incomprensibles, parecidos a un zumbido de insectos enfurecidos que resultaban una molestia. Un dolor de cabeza insufrible.
Recibí golpes que me obligaron a continuar en movimiento, sin saber muy bien a dónde debería dirigirme después. Abrí la boca con intención de quejarme, pero mi lengua resultó demasiado pesada y mi cerebro no era capaz de formar frases elocuentes.
Mis músculos estaban doloridos y mi cuerpo pesaba demasiado como para seguir manteniéndome en pie.
Tropezaba con mis propios pies de maneras necias y estúpidas, hasta que finalmente me arrojaron a una superficie dura, áspera e irregular y se me adormecieron las pocas partes de mi cuerpo que continuaban, de muy mala gana, manteniéndose activas.
Recordaba estar en Eldoria, sin embargo, no cómo había acabado ahí, ni tampoco por qué me sentía como si me hubiera tomado toda una cosecha de frongos venenosos.
Dos imponentes cuerpos me agarraron a volandas y me llevaron las manos a mi espalda para volver a amordazarlas. Mis pies dejaron de tocar el suelo y terminé completamente atada a lo que me parecía ser un tronco.
—¿Unas últimas palabras?
James apareció frente a mí, con una sonrisa maquiavélica y una antorcha que chispeaba fuego de manera irreal.
Observé la escena con detenimiento, estudiando todos los rostros que anhelaban mi inminente incineración. Era mi pueblo. Mi gente. Aquellos que una vez se arrodillaron ante mí. Los mismos que juré proteger.
—Adrien te matará por esto —murmuré.
James me dedicó una sonora carcajada y percibí un movimiento entre la multitud.
—Unas magníficas últimas palabras, pero me temo que tu ridículo esposo no puede intervenir aquí.
Me concentré demasiado en fulminar a James con la mirada que no me di cuenta de la persona que se posicionó a su lado.
En una situación normal, habría burlado estas ridículas ataduras. Las habría prendido fuego, o rodeado de espinas afiladas, hasta que no fueran más que débiles hilos. Pero estaba cansada, débil, había perdido el motivo para pelear, le había perdido el sentido.
—Marie —me llamó mi mejor amiga. Su rostro estaba repleto de lágrimas y no paraba de negar con la cabeza. ¿Qué clase de pesadilla era esta?
—¿Sasha? ¿Qué…?
—Lo siento —musitó entre sollozos entrecortados—. No sabía lo que iban a hacerte. Yo…
Mi corazón dejó de latir durante un largo minuto y la rabia me dominó por completo.
—Explícate —exigí.
—Habías dejado de ser tú misma. —Sasha enterró la cara en sus manos y el sonido de su llanto fue lo único que sonó en nuestro alrededor—. Yo no quería esto.
—¿Había dejado de ser yo misma? —me burlé—. ¡Me vendieron! ¡Mi madre se volvió una completa psicópata y ha terminado perdiendo la cabeza!
Mi visión se oscureció y mi corazón latía tan fuerte que parecía estar a punto de estallar.
—Dime, Sasha, ¿dónde estabas tú?
Sasha rompió en un llanto descontrolado.
—Te enamoraste de él. Mi mejor amiga nunca haría eso.
—Me traicionaste —declaré—. Mi mejor amiga nunca haría eso.
Todo mi poder se despertó, junto con mis deseos de pelear, de reducir este lugar a la nada. Inspiré para tratar de contener el impulso, porque eso me debilitaría demasiado. No podía arriesgarme a perder mi vida antes de tener una oportunidad de salvarla.
Sentí mis pulmones vacíos y cada bocanada de aire dolía, me ardía.
—Esta no eres tú —confesó Sasha—. Todo lo que solías ser ahora está roto.
—Estaba en llamas y tú me estás culpando por apestar a cenizas —escupí.
James se interpuso entre nosotras, acabando con nuestra larga amistad sin saberlo. Yo parecía un perro rabioso que ladraba y amenazaba con morder todo aquello que se cruzara por su camino.
—Basta de cháchara —declaró—. Es el momento de quemar a la bruja.
Quería gritar, pero no encontraba mi voz entre el miedo que bullía en mí. La opresión de mi pecho era cada vez más intensa junto a mis ganas de contradecirlo. De decirle que, siguiendo su lógica, su mujer también era una bruja.
Perdí mi vida defendiendo el mismo lugar que me estaba matando.
—Eso no va a ocurrir —sentenció una voz afilada que había protagonizado mis sueños en más de una ocasión.