Capítulo 53
ADRIEN
A cababa de volver al Valenves cuando una pesada sensación me invadió. Apenas era una molestia, aun así, no me permitía quedarme tranquilo.
Hubo un aviso en el centro de Varnath sobre el ataque de una «sombra que parecía querer engullirlo todo», o al menos así lo definieron los habitantes que presenciaron sus primeros ataques.
La situación en Varnath estaba comenzando a descontrolarse, las montañas comenzaban a sufrir desviaciones.
Los núcleos de cada territorio se comenzaban a apagar, como si perdieran todo el brillo que un día dio tanta vida.
No era nada nuevo. Llevaba pasando décadas, pero no dejaba de empeorar.
Esperaba que, una vez encontradas las puertas del infierno, todo comenzara a arreglarse.
Fui directo a la enfermería.
Uno de esos bichos demoníacos me había rasgado la pierna y no tenía muy buena pinta.
Desconocía el origen de esos demonios. Tenía claro que no provenían de Nocturia, ya que nunca habíamos tratado con criaturas similares.
Aunque la relación con el resto de montañas no era, lo que digamos, estrecha, sabía con exactitud que esos demonios no provenían de ninguna de ellas.
Había tenido suerte de salir solo con un par de rasguños.
Volví a echar un vistazo a mi carne infectada, pequeñas venas negras se esparcían a su alrededor y una especie de bruma oscura flotaba sobre esta.
Después de varias revisiones por parte de mis enfermeras, nadie consiguió encontrar un remedio capaz de desinfectar el corte.
Necesitaría unas manos expertas. Necesitaba a Marie.
En cuanto su imagen pasó por mi cabeza, me recorrió un mal presentimiento. Sentí que algo iba mal.
Janine y Tahlia pasaron por la enfermería para su visita diaria a Laurent, quien seguía todavía recuperándose después del segundo rito. Las llamé de mala gana, tratando de encontrar una respuesta que aplacara mis nervios. Janine me dedicó una de sus mortales miradas y Tahlia se acercó aburrida.
—¿Habéis visto a Marie?
Las mellizas se miraron entre sí mientras fruncían el ceño a la vez. Tahlia dudó de si contestarme o no, pero Janine le abrió tanto los ojos a modo de advertencia que Tahlia terminó cediendo.
—Tengo un mal presentimiento. Si sabéis dónde está, puedo mandar a alguien a buscarla.
Las mellizas volvieron a comunicarse a través de miradas indiscretas por las que podía deducir que le estaban guardando un secreto a Marie.
Mi paciencia se agotaba y, por mucho que me divirtiera verlas discutir en silencio, sería más eficiente que la buscara por mi propia cuenta.
—Está bien —suspiré aceptando la derrota—. Tahlia, ¿podrías prepararme un ungüento para esta herida?
Levanté la tela que cubría mi muslo y Tahlia retrocedió instintivamente al ver mi herida.
—¿Cómo te has hecho eso? —Dudó si acercarse o no.
—Ha sido una sombra, nunca la habíamos visto antes. —Tahlia inspeccionó la herida desde la distancia y se puso a pensar—. Me corre prisa, necesito encontrar…
—Vuelvo enseguida —me interrumpió.
Mientras tanto, me dejó solo con Janine, quien parecía estar librando un debate interno.
—Escucha… —Intenté convencerla de que me diera aunque fuese una pista.
—Sois los dos una panda de estúpidos —dijo por fin.
—¿Perdón?
—Está claro que te gusta y no dices nada. No haces más que confundirla con esas actitudes de macho posesivo.
Chasqueé la lengua.
—Creo que he sido bastante obvio respecto a mis intenciones.
—Oh, sí —rio irónica—. Un par de orgasmos y unas escenas que apestan a celos son más que suficientes, ¿verdad?
Odiaba cuando Janine hacía eso. La odiaba a ella, en realidad. Pero creo que prefería aguantar su chapa que la de Tahlia. Ella sí que sabía cómo desarmarte por completo.
Apreté la mandíbula con fuerza e hice el amago de levantarme de la camilla. Janine me empujó, obligándome a recostarme de nuevo mientras negaba con el dedo.
—¿Quieres encontrar a tu esposa? —Janine abrió los ojos, como cada vez que intentaba intimidarte con una de sus preguntas.
O cuando se impacientaba demasiado por una respuesta—.
Entonces me vas a escuchar. No sé qué clase de problemas internos tienes, Adrien, eres demasiado cerrado al respecto, pero no arruines la oportunidad de poder ser feliz solo porque creas que no mereces serlo.
Auch. Cambio de planes. Quería la chapa de Tahlia.
—Si no vas a ser capaz, déjala ir. Cassian sería buena opción.
Le dediqué un gruñido de desaprobación y Janine rio.
—Debería estar en el LunaVeritas —admitió por fin—. Necesitaba un poco de luz respecto a algunos asuntos.
Janine me guiñó el ojo y no pude evitar sonreír para mis adentros. Solo Marie haría una locura como esa.
—Esto debería valer. —Tahlia entró en la enfermería con un ungüento que apestaba a moribundo, esa mezcla era capaz de matarme incluso a mí. Tahlia se tapó la nariz mientras me aplicaba la mezcla y yo siseé del dolor.
Me dedicó un perdón silencioso junto a una de sus sonrisas incómodas. Tenía el presentimiento de que ella tampoco tenía mucha idea de lo que estaba haciendo.
Mandé a una patrulla Umbrae al LunaVeritas, sin embargo, mi instinto seguía diciéndome que pasaba algo, y estaba empezando a creer que estaba buscando en el lugar equivocado. Lo confirmé cuando regresaron con malas noticias.
Apenas había recuperado la movilidad. Tahlia dijo que necesitaría, por lo menos, dos horas más antes de recuperarme y el veneno del corte comenzase a disminuir. Y yo odiaba delegar.
Prefería encargarme de las cosas yo mismo, porque todas esas veces que no lo había hecho, algo había ido mal, y ahora no podía permitirme ese margen de maniobra.
Se trataba de Marie. De mi esposa. Esa mujer loca con cambios de ánimo que apareció en mi vida arrasándolo todo, poniéndose en peligro continuamente.
Anteponiendo a los demás antes que a ella misma y, a pesar de parecer un ángel, sabía con certeza que en una parte de su interior residía una oscuridad capaz de asustarla.
De repente, la idea de perderla me provocó vértigos, esto no se parecía en absoluto a aquellas veces que había hecho alguna locura y había acabado herida en el proceso. Incluso entonces, sentía la seguridad de que ella podría superarlo. Porque lo tenía todo bajo control. Ahora no tenía nada.
Me imaginé un día sin las miradas repletas de prejuicios que me dedicaba, sin su lengua bífida y afilada, sin la risa que salía cuando ya no tenía la necesidad de fingir.
Joder, incluso sin sus ataques de pánico tan recurrentes.
Lo imaginé todo y no me gustó el resultado. Ni lo que este provocó en mí.
Eso me asustó, porque durante más de un siglo me mantuve firme, no flaqueé ni un segundo, y ella no necesitó más que una mirada para hacerme temblar.
Porque el día en el que contraje matrimonio con ella y su sangre entró en mi sistema, me vi paralizado, incapaz de borrarla de mi mente desde entonces.
Obligué a las enfermeras a vendarme la herida cuanto antes. Me dije a mí mismo que esta prisa repentina no tenía nada que ver con el monstruo que crecía en mi interior tras pensar en perder a Marie. Me dije que eso era estúpido, que ella no me importaba tanto.
Supongo que yo también era muy bueno en eso de mentirme a mí mismo.
Convoqué una reunión y organicé un grupo de búsqueda. Porque encontraría a mi esposa y la traería a rastras si era necesario.
Ya era momento de dejar de fingir.