La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 52
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Capítulo 52

MARIE

Laurent había dominado el segundo rito con éxito.

No se había librado de añadir más heridas a su lista y Adrien lo mandó directo a la enfermería.

Le hice más ungüento, con la esperanza de que se curara rápido para el tercer rito.

A diferencia del segundo, le habían dado más tiempo de preparación y recuperación, por lo que no debería tener problema en curar esa herida tan fea que tiene en el abdomen.

Laurent se negaba a contarnos exactamente lo que pasó y Cassian parecía una persona totalmente diferente que tampoco estaba dispuesta a cooperar.

Había vuelto a entrenar con Garrick esa mañana. A pesar de su faceta de gruñón, hoy había conseguido hacerle reír. Solo un poco. Pero se había reído.

Me contó que era mestizo y que decidió quedarse en Nocturia porque su padre era de allí y lo vio como una buena oportunidad de convertirse en Umbrae. Al parecer, la figura de Adrien era una inspiración para los Somnari. No era de extrañar, era un guerrero implacable.

Decidí que haría una visita rápida al LunaVeritas, tenía muchas cosas a las que enfrentarme y demasiados debates internos que necesitaba esclarecer. Además, empezaba a echar de menos la figura de Yvaine. Seguramente comenzaría a divagar como había hecho todas las veces que había ido a verla.

La noche comenzaba a caer y, con ella, todo el calor que aportaba el poco sol que brillaba en Nocturia. Las sombras de los árboles se dibujaban sobre mi camino, creando figuras extrañas, y maldije por no haberme traído un farolillo.

Comencé a visualizar al LunaVeritas a lo lejos. El brillo que desprendía era único. Era uno de mis lugares favoritos de Varnath, no dudaba de que también podría ser el más bonito.

Yvaine se movió ágil entre los árboles. No pude evitar dedicarle una cálida sonrisa ante la mirada que ponía cada vez que venía a verme: inocente e incrédula. No tenía nada de eso.

—Cada día estás un paso más cerca.

Yvaine continuó su camino como un espectro. Siempre hacía lo mismo: soltaba alguna especie de adivinanza y después se iba.

—Esperaba conseguir tu ayuda —confesé—. ¿Tienes algo que hacer?

Sabía muy bien que Yvaine no tenía nada programado. Aun así, lo pregunté, por pura cortesía.

—No necesitas mi ayuda. —Realicé una mueca ante el comentario—. Las respuestas que buscas ya las sabes. Solo las niegas. Te aferras a ellas porque tienes miedo. Y lo último que necesitas es miedo. Grandes cambios se aproximan.

Bueno, pues había hecho este viaje para nada.

Solo tenía que ahondar en mi interior. El problema era que mi interior parecía un océano infinito repleto de peces peligrosos, de esos que muerden con sus dientes afilados.

Los que no ves hasta que ya se encuentran demasiado cerca, cuando ya es demasiado tarde.

—No, Yvaine, te necesito —rogué en un llanto que rozaba la desesperación—. No sé qué siento, ni qué hacer.

Yvaine suspiró y se desintegró al tocar el agua. Comencé a notar un cosquilleo que comenzaba en los dedos de los pies y subía, enfureciéndose.

—Sigues sin aceptar el vínculo —admitió a mis espaldas.

¿Cuándo había salido? ¿Cómo…?

—Sigo sin saber de qué vínculo me hablas.

—¿Estás segura? Porque creo que ya has recurrido a él.

Su mirada era inocente, jugueteaba con sus dedos mientras tarareaba una canción de cuna, un poco tétrica, a mi parecer.

Pensé en lo que me había dicho la guardiana. Cerré los ojos y visualicé en mi interior. Solo encontré la sala del consejo. Indagué más, recorriendo todas las zonas deshabitadas de mi interior.

¿Qué era lo que estaba pasando por alto?

Entonces, lo sentí.

Fue un breve tirón en mi pecho, como si algo me llamara, tratando de captar mi atención. Me inundó un dolor profundo y punzante en mi muslo derecho. Parecía que una flecha invisible me hubiese atravesado, rasgando mi carne mientras enviaba oleadas de veneno que me paralizaban.

—¿Qué…? —Intenté hablar, mas el dolor era tan intenso que no era capaz de formular ninguna palabra.

Me obligué a seguir rebuscando, a encontrar la fuente de este dolor infernal.

Encontré un hilo rojo esparciéndose en mi interior. Parpadeaba y brillaba como si bombeara mi propia sangre. Ya lo había visto antes. Aquel día en la bañera.

«Porque sentía que yo me estaba muriendo contigo».

—¿A quién me une este vínculo? —pregunté con miedo a la respuesta.

Yvaine me dedicó una sonrisa pícara que delataba el orgullo que sentía, como si yo acabara de unir todas las piezas de un rompecabezas.

«…pero solo lo haré cuando aceptes lo que soy, lo que somos, lo que implica ser mi esposa».

De repente, me costaba respirar, el corazón me latía deprisa y una nube de negrura amenazaba con oscurecer todo a mi alrededor.

—No. No. No. No. No. —supliqué—. Yo no quiero esto. No lo quiero a él.

La mera idea de estar atada a él me provocaba vértigos, y el dolor agonizante que sentía no ayudaba.

—No puedes mentirme. Yo lo siento. —Le fruncí el ceño mientras el ritmo de mis respiraciones aumentaba—. Yo siento tu amor por él.

Salí del agua, corriendo y tropezando con todo a mi paso. Sentí el corazón en la boca. Todo a mi alrededor se volvió borroso y lejano.

Adrien. Mi marido. La persona que más odiaba en este planeta y ahora resultaba estar vinculada a él. No sabía qué significaba. Lo que implicaba. ¿Podría rechazar el vínculo? Recuerdo a Yvaine mencionar algo de eso, pero no consigo encontrar el recuerdo en mi mente.

Todo estaba demasiado enredado. Había demasiado ruido. Y yo no era capaz de pensar. Las palabras de Yvaine se repetían en bucle dentro de mi cabeza.

«Yo siento tu amor por él».

¿Sería cierto? ¿Lo amaba?

Era un traidor, un asesino, era cruel y mordaz, me cabreaba cada vez que hablaba. Me llevaba a mis peores límites.

Era un monstruo.

Y mientras corría, buscando huir de las respuestas que tanto anhelaba conseguir, lo entendí.

¿Cuándo un monstruo deja de ser un monstruo?

Apareció como un susurro ahogado, como un secreto acallado a voces:

«Cuando lo amas».