Epílogo
ADRIEN
M arie abrió los ojos despacio y mi corazón volvió a latir.
Durante todo el tiempo que estuvo inconsciente —porque me negaba a aceptar que estaba muerta— había entendido por qué decían que la felicidad era efímera.
Ella me miró con espanto y se llevó los dedos al cuello, donde la herida ya estaba completamente curada. Negaba con la cabeza desesperada y se agarraba a su garganta como si la vida se le acabara de escapar. Y en parte, así era.
—¿Qué has hecho? —sollozó.
Me pasé una mano por la cara, porque este no era el recibimiento que esperaba. Agarré sus manos con las mías, alejándolas de la herida que me la había arrebatado y suspiré.
—No podía vivir en un mundo donde no estuvieras tú.
Abrí mi corazón al completo, con la pirada de Nyxiara observando y esperando para poder llevarse a Marie de vuelta a Nocturia.
Observé sus ojos, que se habían vuelto de un color escarlata. Unos ojos con los que debería aprender a vivir por un tiempo.
Ella tembló, llevándose la mano a sus colmillos. Eran tan recientes y estaban tan afilados que se cortó con ellos.
Negó con la cabeza y comenzó a gritar, como si le estuviera arrebatando la vida de nuevo. Sintió el cambio de su cuerpo, el vacío que se apoderaba de ella, la sed incontrolable.
—Yo no quiero ser como tú —admitió.
Me petrifiqué y dejé de respirar.
—¡¿Y qué soy yo, Marie?! —rugí, incapaz de controlar las emociones que se apoderaban de mí, las mismas que había conseguido mantener a raya durante más de un siglo.
Me soltó las manos y me miró como nunca me había mirado. Me había acostumbrado al odio que solía teñir su mirada, pero esto era distinto. Había algo más: repulsión, ira y algo que nunca había visto antes.
—Un monstruo —escupió.
Esas palabras me cortaron más profundo que cualquier cuchillo y estaba seguro de que, a pesar de estar muerto, necesitaría que alguien me resucitase.
Se alejó de mí como si fuese una clase de desecho viscoso, con la mirada encendida, la mandíbula apretada y los puños tan cerrados que no pasaba aire por ellos.
La vi marcharse mientras me destrozaba el alma y las puertas se cerraban enfrente de mí.
Me negué a levantarme, a ir tras ella; a decirle que la amaba como tenía pensado hacerlo. La dejé ir mientras se llevaba lo que quedaba de mi corazón con ella, el mismo que, poco a poco, comenzaba a tornarse negro.
Entonces entendí que, de todas las maneras que había de perder a alguien, la muerte era la más amable de todas. Porque lo que vi al mirarla no se parecía en nada a lo que solía conocer.
FIN .
Hasta que la oscuridad vuelva a por vosotros.