Capítulo 50
MARIE
N unca pensé que el hecho de que alguien te atrajera físicamente pudiese llegar a suponer un problema. Hasta que terminas haciendo cosas estúpidas como la que hice ayer.
Había cancelado mi sesión de entrenamiento, mandando a Janine como paloma mensajera. No me sentía lista para ver a Adrien después de… eso.
Para mi sorpresa, no vino a buscarme, lo que me facilitó bastante las cosas y, a la vez, me estrujaba un poco más esa parte de mí que creía ciegamente en él.
Llené mi mañana con otra visita a mi madre. Odiaba en lo que se había convertido, no poder encontrarla en sus ojos, en el llanto desesperado que profería a cada hora. Se encogía sobre sus rodillas y cantaba, balbuceaba e insultaba. Una vez tras otra.
—Te echo de menos —murmuré. Sentí una lágrima recorrer mi mejilla y la sequé con rabia.
—La reina de los caídos vendrá. Vendrá y salvará el mundo.
Cuando no soporté escuchar sus palabras incoherentes, me fui. Con el corazón encogido y el rostro lleno de lágrimas. Caminé por los pasillos hasta que volví a acostumbrarme al dolor y pasó a segundo plano, hasta que percibí el rastro del perfume ácido y mentolado que tanto me había atormentado.
Necesitaba estar sola, encerrarme en mis pensamientos y en las emociones que amenazaban con desbordarme. Necesitaba entender qué sentía. Porque cada vez que se cruzaba por mi mente, no era capaz de pensar en nada más aparte de cómo sentía sus fuertes embestidas en mi boca.
«Concéntrate».
Siempre creí que amar a un monstruo podría convertirte en uno. Qué tonta había sido.
Estar cerca de Adrien me había hecho sentir capaz, fuerte y válida, a pesar de sus constantes intentos por avivar el fuego que agitaba en mi interior. En el fondo sabía que solo lo hacía para evitar que me sintiera muerta en vida.
Había decidido sustituir mi sesión de entrenamiento con Adrien y Specter por una sesión intensiva con Garrick. Me gustó ver la manera en la que reaccionaba mi cuerpo al bō y a sus ejercicios. Suponía que era similar a blandir una espada, y eso me hacía sentir poderosa.
En las prácticas anteriores habíamos perfeccionado el golpe lateral y la postura.
Cada vez que golpeaba a Garrick, perfeccionaba mi técnica. Además, darle una paliza me ayudaba a sentirme mejor.
—Buenos días, querida —me saludó una voz profunda que tan bien conocía.
Había llegado antes a la sala de entrenamiento, para aprovechar y practicar. Era evidente que el maldito Garrick me había vendido.
Adrien apareció con Specter a su lado, quien estaba contento por acompañarle. Cuando traté de acercarme a él, volvió a apartarme la cara. Animal orgulloso.
—¿Qué haces aquí?
—Vamos a entrenar. —Adrien se cruzó de brazos y me dedicó una de sus miradas de general enfadado—. Como mandaste a Janine a decirme que estás muy enferma para entrenar conmigo, he decidido tomar riendas en el asunto.
Maldita Janine. Eso no era lo que tenía que decir. Para nada.
—Dime, querida, ¿estás enferma?
No podía mentirle. Tampoco podía decirle la verdad. Adrien se acercó a mí a paso dominante y yo negué como una idiota. Necesitaba tenerlo lejos de mí.
—Entonces, ¿debería preocuparme el hecho de que vengas a ver a Garrick y no a mí?
Una sonrisa traviesa apareció en mi cara.
Adrien Arkenvoss, ¿celoso? No podía ser.
Esta vez fui yo la que recortó la distancia entre nosotros y le rodeó el cuello con mis brazos.
—¿Está celoso, señor Arkenvoss? —le pregunté juguetona.
—¿Debería?
Me zafé de su agarre y me dirigí a la mesa de armas. Le dediqué una mirada en el camino.
—No juegues conmigo, preciosa —murmuró. Se había colocado a mi espalda a una velocidad inhumana—. No sé si podrías soportar las consecuencias.
Adrien jugueteaba con los mechones de mi coleta. Lo hizo a propósito. Quería recordarme lo que había pasado. Lo que él no sabía es que no le hacía falta, el recuerdo tampoco salía de mi mente.
Adrien apareció en la otra punta de la habitación y giraba el bō sobre su mano como si fuese un experto.
—Vamos.
Agarré el bō con mi mano dominante. Apenas manejaba un tipo de golpe y mi postura no era ni la mitad de profesional que la de Adrien. Aun así, no me dejé intimidar.
Me dirigí hacia él a paso seguro. Adrien bloqueó todos mis golpes. Sabía que se estaba conteniendo, la fluidez con la que se movía me indicaba lo que estaba haciendo. Me estaba dando la oportunidad de creer que podría con él.
Cada golpe de la madera resonaba por toda la sala, junto con el sonido de nuestros pasos y de nuestras respiraciones agitadas.
Un instinto de competitividad bulló en mi interior y, con una sonrisa que marcaba mi determinación, decidí probar un nuevo golpe.
Uno que no había practicado con Garrick.
Solo me lo había explicado por encima, pero, ¿quién mejor para practicar que Adrien?
No me encontraba en medio de una batalla ni tenía un contrincante letal. Aunque eso último era discutible.
Adelanté mi pie izquierdo y me coloqué el bō de forma diagonal frente a mí; había puesto distancia entre Adrien y yo, por lo que este último movimiento debería ser sencillo. O al menos eso era lo que esperaba.
Llevé el bō hacia atrás, por encima de mi cabeza. Con los codos relajados, corrí hacia él y bajé el bō de forma rápida y controlada en línea recta hacia Adrien. El golpe pareció cortar el aire. Fue rápido. Limpio.
Al impactar contra el otro bō, se escuchó una ligera rotura.
Adrien había conseguido bloquear mi golpe con éxito.
Me dedicó una pícara sonrisa y sentí como si estrujaran algo dentro de mí. Por un momento, sentí que este era mi sitio, que comenzaba a encajar; como si se tratara de una pieza de rompecabezas que siempre se había sentido perdida. Una pieza superpuesta en un tablero.
Después de seguir practicando y entrenando con Adrien, este decidió que había llegado el momento de cambiar la táctica.
Specter, que nos había estado observando desde la distancia con un notable aburrimiento, se puso por fin en pie. Pensé que estaba dispuesto a hacer las paces. No se trataba de mí.
Vortex entró dominante. Era mucho más imponente que Adrien, la clase de animal impredecible, que desprende un aura furiosa, vengativa y formidable, que todo el mundo teme.
Specter se colocó a mi lado, como un guardián sobreprotector.
Era increíble lo diferentes que eran. Specter era más precavido, controlador.
Era impecable. En el poco tiempo que habíamos pasado juntos, me había dado cuenta de que todos sus movimientos tenían un motivo detrás.
Todo estaba pensado. Sabía lo que hacía y no tenía margen de error.
Adrien llamó a Vortex con un sonido agudo. Este obedeció de inmediato.
Ambos mamíferos se desafiaron entre ellos con la mirada. Estaban alerta, a la espera de cualquier movimiento que pudiera suponer una amenaza.
—Vamos a centrarnos en descubrir cuál es la habilidad de Specter.
Había investigado y los Nyctoru desarrollaban una habilidad en función del humano con el que se vinculaban. La creaban en cuanto detectaban una necesidad y, por ende, buscaban cubrirla. No era habitual que se cambiara de habilidad. Sin embargo, se podía dar el caso.
Descubrir la habilidad de un Nyctoru era una tarea que requería de mucho tiempo. Años, incluso. Se manifestaba únicamente cuando este consideraba que había llegado el momento. Había habido veces en las que un Nyctoru nunca lo había hecho.
Pasé el resto de la mañana con entrenamientos más básicos. Ataques con Specter, defensa y coordinación.
Specter era un guerrero formidable, no era la primera vez que lo veía en acción. No dejaba de sorprenderme. Lo acompañé a lo que Laurent le gustaba llamar «guarida de mamíferos» con la excusa de que así podría pasar más tiempo con él.
Se movía como si él fuese el rey de este lugar, con la melena ondeándose por el viento.
Specter volvió a su sitio favorito, sí, ese lugar bajo el árbol donde la hierba ya había adoptado su forma. Me senté a su lado y me limité a suspirar y a observar el horizonte.
—No sé qué he hecho para enfadarte —confesé intentando contener las lágrimas—, pero espero que puedas perdonarme. No era mi intención.
Specter se quedó fijo a mi lado, observándome con reticencia. Suponía que estaría diciendo algo así como «te perdono», o eso es lo que me gustaba a mí creer. Rebufó y apoyó su gigante cabeza en mis piernas.
Por la Sombra, pesaba más que tres caballos juntos.
—¿Sabes? A veces me siento un poco perdida. —Acaricié su melena mientras ahondaba en mis sentimientos más profundos. Esos que había querido ocultar bajo llave—. Siento que ya no tengo un hogar.
La voz se me rompió a medida que hablaba. No tenía claro si Specter me entendía o no. Elegí pensar que sí, me hacía sentir mejor.
—Todo aquello a lo que una vez llamé hogar ya no existe. Y no tengo claro si volveré a tener algo parecido.
Specter no se movió. No se apartó de mí. Me regalaba su presencia, su calor. Me decía que él estaba aquí, que siempre lo estaría. Eso era lo más parecido a un hogar que tenía ahora.
—Hay momentos en los que creo que este es mi sitio. —Una lágrima traicionera se deslizó por mi rostro, dando paso a una oleada de ellas—. Cuando estoy con Janine, Tahlia y Laurent.
Tragué saliva como si tuviese una piedra atascada en la garganta.
—A veces incluso con Adrien —murmuré de manera apenas perceptible. Como si el hecho de decirlo en voz alta lo hiciera realidad. Poco sabía que ese era el proceso para comenzar a desenredar los sentimientos que crecían como hierbajos en mi interior.
—No entiendo cómo ha cambiado todo, cómo he cambiado yo.
Continué acariciando a Specter. Era un gesto inocente que me ayudaba a mantener el tornado que se formaba en mi interior, a relajar mis sollozos y las lágrimas desenfrenadas.
—Creo que ya no sé quién soy.
Me quedé bajo ese árbol durante una eternidad, perdida en mis pensamientos, en mis creencias erróneas y en un sentimiento de seguridad demasiado alejado de la sociedad.
Specter no se movió de mi lado, como si temiese que fuera a desmoronarme si se marchaba. Porque lo haría.
No me di cuenta de que me había dormido apoyada en su árbol hasta que desperté horas más tarde a su lado, con su cabeza sobre mis piernas adormiladas.