La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 49
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Capítulo 49

ADRIEN

H acía mucho tiempo que no visitaba este prado. Un lugar donde la hierba bailaba al ritmo de la brisa, desprendiendo su olor y obligando a cualquiera a sentirse un poco menos miserable.

Estaba sentado bajo la sombra de un árbol, disfrutando de los pocos rayos de sol que brillaban a estas horas del día, cuando la vi.

Llevaba su habitual sombrero de paja, adornado con una cinta amarilla que combinaba con su largo vestido campestre.

En su mano colgaba una cesta repleta de distintas flores y frutas silvestres.

Sus rizos marrones cabalgaban a su alrededor y su brillante sonrisa era capaz de curar hasta las más profundas heridas del alma.

—¡Adrien! Deberías haber venido. He encontrado una deliciosa fruta a la entrada del bosque.

Observé mi cuaderno emborronado de tinta, en el que había escrito mis conclusiones más dementes sobre El Rito de Ascensión.

También me gustaba anotar todos los síntomas que sentía, todos aquellos cambios que percibía en mí desde que conseguí la marca.

Irritación, cansancio, palpitaciones agudas, sed abrasadora, náuseas y hasta un zumbido constante en mi cabeza, parecido a la sensación de estar cerca de uno de esos nidos de abejas tan ruidosos.

A veces me miraba al espejo y mis ojos adoptaban un color escarlata durante unos segundos, para después volver a regresar a su color ceniza. También me estaba creciendo un nuevo tatuaje. Yo no lo había pedido y tampoco conseguía descifrar qué podía significar.

Mi madre se acercó a mí y me depositó un beso en la coronilla.

Estaba agradecido de poder seguir manteniendo algo de normalidad dentro de la locura que estaba viviendo.

Sentía como si parte de mi personalidad estuviese mutando y no me reconociese al mirar al espejo.

A veces incluso tampoco me reconocía al hablar.

Le dediqué una leve sonrisa mientras continuaba observando mis notas.

Padre decía que debería sentirme orgulloso, que era uno de esos momentos en los que volvía más hombre. Sin embargo, no podía evitar sentir que, poco a poco, estaba dejando de ser un hombre y me estaba convirtiendo en algo que no terminaba de agradarme.

Todo era demasiado ambiguo respecto al ritual, y eso me imponía. No tenía más remedio que pensar que realmente sí era digno de la marca, y esperar no morir en el proceso.

Mi madre se sentó a mi lado, ojeando por encima el contenido de las páginas que escribía.

Había momentos en los que no podía despegar la mirada del papel, que las palabras brotaban solas y las emociones tomaban control de mí.

Otros en los que no era más que un crío de dieciséis años esperando mi gran día.

Sabía que, algún día, yo sería igual de grande que mi padre, todo el mundo me recordaría y mi nombre retumbaría en todos los rincones de Varnath. Un día, cambiaría el mundo.

Mi padre acostumbraba a decirme que era la pieza más importante, que algún día lo haría sentir orgulloso.

No son muchos los días en los que estaba orgulloso de mí y eso me dolía, porque ya no sé qué más haría para que no se sienta como si yo fuese el mayor error de su vida.

Hay otros días en los que sus palabras se volvían más afiladas y terminaban dejándome cicatrices en la piel, esas que tardan mucho tiempo en curarse.

Sé que él esperaba que fuera yo quien arreglara el infierno por el que estamos pasando, pero todavía no había aprendido cómo hacerlo.

Un grito desgarrador me sacó abruptamente de mis pensamientos.

Cuando busqué el origen, me encontré a mi madre desplomada en el suelo, con la mirada perdida en el horizonte y una mancha escarlata tiñendo su vestido favorito. El rojo no era su color, no le sentaba bien.

Tardé más de lo esperado en digerir lo que estaba pasando. Mi madre, derrumbada. Muriéndose. Me arrodillé ante ella asustado y tembloroso mientras la luz parecía esfumarse en ella.

—Nunca has sido una decepción. No para mí —murmuró en su lecho de muerte.

La arropé con mis brazos, tratando de detener el río de sangre que emanaba de su vientre.

No había nadie a nuestro alrededor, nadie podría haberle hecho esto. Parecía casi obra de magia oscura, pero eso no era posible.

Esa magia llevaba extinta siglos.

Yo conocía a la única persona que osaría volver a practicarla. La única que me arrebataría a mi madre de una manera tan cruel:

Mi padre.