La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 48 #2
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Capítulo 48 #2

A mi alrededor se comenzaron a materializar miles de hilos plateados, cada uno con una canción única, un poder único.

Valoré mis opciones y tiré de uno de ellos.

Mi mano se tornó plateada mientras lo agarraba con fuerza.

Necesité más fuerza de la esperada para someterlo.

Para que me escuchase y se comportase como yo le estaba pidiendo.

Como si de una explosión se tratase, miles de ramificaciones brotaron de mi mano, cada una de distinto tamaño y densidad. Crecían hacia todos los rincones, entrelazándose entre ellas hasta que no quedó nada más que oscuridad.

Abrí los ojos y mi primer instinto fue buscar a Adrien. No había ni un ápice de luz a nuestro alrededor y, aun así, pude ver su brillante sonrisa.

—Muy bien. —Sus manos me confortaron en suaves caricias, que empezaban en mi mejilla, bajándose hasta mi clavícula.

Intenté controlar el ritmo acelerado de mi corazón. No era la primera vez que mi cuerpo reaccionaba a su contacto como si este no fuese más que un fuego crepitante que desordenaba todos mis pensamientos.

—Vamos a darle algo de luz a este lugar, ¿te parece? —Sus labios, tan cerca de mi oído, me susurraron mientras sus manos continuaban explorando mi cuerpo. Borrando mis titubeos.

Volví a visualizar mi alrededor, tan oscuro y peligroso, y accedí a un corazón palpitante y brillante, compuesto por un fuego ardiente y demoledor.

No necesité darle demasiadas vueltas. Sabía de qué manera quería moldear el poder.

Fue como un soneto que cantaba en mi interior.

El fuego comenzó a danzar mi misma melodía, creando un cuerpo alado que terminó convirtiéndose en una sutil mariposa.

De esta surgieron otros pares, iluminando la estancia. Por primera vez, sentí tranquilidad, confianza en mi poder. Sabía que todavía me faltaba práctica, que me quedaba un gran camino por recorrer. Y, aun así, no sentí miedo. Ni incertidumbre. Solo esperanza.

—Sabía que podías hacerlo —murmuró Adrien a mi espalda.

El sonido de su voz me desarmó por completo, fue como si alguien me viera por primera vez, rota e insegura. Me sostenía entre sus brazos como si temiera que los pedazos de mi alma se perdiesen en cualquier momento. Casi como si temiese perderme a mí.

Su mirada se cruzó con la mía y, antes de poder darme cuenta, sus labios estaban enredados con los míos, suaves y anhelantes. Su mano agarraba mi pelo con fuerza y la otra apretaba mi cintura, atrayéndome hacia él.

—¿Qué has hecho? —Las palabras brotaron de él entrecortadas, para después volver a mis labios—. ¿Qué estás haciendo conmigo?

Adrien recogió mi pelo con su puño, echándome la cabeza hacia atrás. Su lengua se volvió dominante, posesiva, marcaba un ritmo salvaje. En ese momento, lo único que deseé fue que todo lo que separaba mi cuerpo del suyo desapareciese. Deseé que fuese mío.

La ferocidad de sus labios me hizo morderlo, en una súplica, en un deseo de que quería más, que lo quería a él. Adrien se lo tomó como una declaración de guerra, pues comenzó a dejar un rastro de besos que bajaban por la mandíbula, llegando hasta mi clavícula.

Todavía seguía llevando el vestido rosado, que ya tenía las faldas levantadas y arrugadas.

Los labios de Adrien continuaron su curso hacia mi escote, mientras una de sus manos se escabullía por debajo de mis ropajes y me agarraba el trasero. Mis manos se enredaron en su cuello, por su pelo, tirándole de él a cada beso que dejaba en mi cuerpo.

Adrien jugueteaba con su lengua sobre mi escote y, cuando me desabrochó el corsé, tuvo espacio suficiente para arrastrarlo y dejar al descubierto mis pechos.

Con un gruñido se los metió a la boca, comenzó a lamerlos y mordisquearlos y yo no podía esconder el placer que él me estaba provocando.

No sabía cómo habíamos llegado a este punto, pero no quería que parase.

—Esto debe parar —murmuró Adrien, dispuesto a llevarle la contraria a mis pensamientos.

Sus palabras me golpearon, me apuñalaron. Eran flechas que tenían como diana mi corazón. Fue como despertar de un trance, de un sueño demasiado real.

—No te entiendo. —Busqué apartarme de su contacto, pero él me mantenía retenida entre sus brazos—. Suéltame, por favor.

Adrien dejó caer sus manos y por fin tuve espacio para irme, pero no fui capaz de hacerlo.

—Es egoísta.

Adrien me miró con extrañeza.

—Es egoísta que me quieras solo para ti y luego actúes como si no me quisieras cerca.

Hice el amago de levantarme y sus manos me capturaron.

—No te quiero cerca, porque eres peligrosa para mí —rugió.

¿Peligrosa? Había amenazado con asesinarlo una vez, dos, quizá. Golpeé su pecho, obligándolo a dejarme ir. A apartarme de él.

Adrien agarró mis manos y yo luché en vano por librarme de su agarre.

—Tú me haces sentir, y es molesto —confesó en un susurro—. Lo odio. Y te odio a ti por eso.

Abrí la boca y la cerré por lo menos un centenar de veces, dejando suaves balbuceos a su paso.

—La verdad es que es más fácil odiarte que admitir que estoy asustado de desear algo que nunca llegará a ser mío.

—Sus dedos acariciaban mi rostro, en búsqueda de una respuesta—.

Porque soy un cínico, un desastre y he hecho cosas horribles.

Alguien que brilla tanto como tú no se merece ese nivel de oscuridad. Yo no soy bueno para ti.

Suspiré y agarré su rostro con ambas manos. Adrien se había abierto a mí. Y lo cierto es que estaba asustado, tanto como lo estaba yo. Porque sí, me aterraba admitir mis más oscuros deseos. Admitir que yo sería suya si él me lo pidiera.

—Cuéntame todas esas cosas horribles y deja que yo decida lo que es bueno para mí y lo que no.

Aprisioné sus labios en un beso rápido y suave, sus manos me rodeaban y, por un instante, las sentí temblar. Me puse en pie, arrastrándolo conmigo, y lo empujé hasta la mesa de armas. Todas las cuchillas se movieron ante el impacto.

—¿A qué juegas, querida?

Arrastré mis manos a lo largo de su pecho, mientras nuestros ojos estaban fijos en los del otro. Estar a su lado era una explosión letal que podría arrasar con todo si no se trataba con cuidado.

—¿Soy tuya? —le pregunté irónica a pesar de saber la respuesta. No necesitaba que él me respondiera. Yo, mejor que nadie, sabía que Adrien se había ganado ese derecho. Siempre lo había sabido en el fondo de mi mente. Los rincones más oscuros de mi ser siempre habían estado plagados de él.

—Joder —murmuró mientras le arrastraba las manos hasta el cierre de su pantalón—. Claro que sí, querida.

Me puse de rodillas, bajándole lo poco que le quedaba de ropa.

—Entonces déjame que te demuestre lo orgullosa que estoy de serlo.

Su miembro se postró ante mí. Tragué saliva ante su tamaño y su dureza. Era mi primera vez haciendo esto, tal vez debería habérmelo pensado mejor.

Un brillo húmedo se deslizaba por su punta. Sin pensármelo dos veces, la lamí, provocándole un suave suspiro a Adrien, quien había enredado mi pelo en un suave puño y me pegaba ligeros tirones.

Lo introduje en mi boca, lentamente, mientras lo sacudía con mi mano libre. Saborear la propia excitación de Adrien me generaba una clase de placer distinto, ser la responsable de ella me ponía todavía más.

Fui adoptando ritmo mientras introducía algunos centímetros más de su magnitud. Succionaba mientras me lo sacaba y le lamía la punta para volver a introducirlo más profundo.

Adrien gruñía cada vez que succionaba o gemía con su polla en mi boca.

—Mírame. —Ordenó mientras me tiraba del pelo—. Mírame cuando entre hasta el fondo.

Adrien dio una pequeña embestida, provocando que se introdujera más en mi boca.

—Mírame mientras te follo esta preciosa boca.

Otra embestida. Esta vez más dura. Y con esta me provocó un gemido.

Al principio me pilló de imprevisto y me atraganté con ella. Adrien esperó hasta que me acostumbré a su tamaño antes de embestirme de nuevo.

—Recuerda que yo no soy mi hermano, ni tampoco otro de tus anteriores amantes. Soy tu marido.

Esta vez, Adrien empujó más fuerte, haciendo que entrara hasta el fondo. Tenía los ojos emborronados debido a las lágrimas, pero el placer que estaba sintiendo en ese momento no podía compararse con nada que hubiera sentido con anterioridad.

—Y tú me estás recibiendo como una buena chica —sollozó, consumido por el placer—. Porque eres mía, joder.

Fuimos adaptando el ritmo hasta que sus embestidas fueron rápidas y desenfrenadas.

—Eso es. Lo estás haciendo muy bien, querida.

Adrien me agarraba del pelo, marcando el ritmo. Gruñía y se agarraba a la mesa. Hasta que ya no pudo más.

Se corrió en un rugido explosivo, de una manera tan intensa que solo resonaban sus gemidos a lo largo de la habitación.

—Quiero que te lo tragues todo —dijo con mi mentón en sus manos.

Yo obedecí sin poder contenerme. Su sabor y textura era algo peculiar, sin embargo, ver la excitación en esos ojos grises hacía imposible oponer la mínima resistencia a sus caprichos.

Me depositó un suave beso en los labios y me ayudó a ponerme en pie y a recolocarme la ropa. Estaba precioso, tan relajado y despreocupado, con ese aspecto salvaje y primal.

Una gota de pánico se apoderó de mí cuando busqué por toda la sala y no encontraba rastro de una melena negra con las puntas azul eléctricas.

—Se habrá ido a pasear —me tranquilizó Adrien—. Supongo que no querría verte atragantarte con…

Le hice un gesto para que se detuviera, entendía a lo que se estaba refiriendo. Una suave carcajada emergió de los labios de Adrien y mis piernas temblaron. No iba a poder acostumbrarme a ese dulce sonido que era, a la vez, tan amargo.

—No te arrepientas demasiado de esto —murmuró—. Mañana entrenaremos de nuevo.