Capítulo 48
MARIE
T enía menos de quince minutos para ir a por Specter, cambiarme y llegar a la sala de entrenamiento. Adrien estaba loco.
Corrí por los pasillos dando saltos, una escena que se había vuelto ya habitual. Para mi suerte, el invernadero no estaba muy alejado de mis aposentos. Sin embargo, cuando llegué, jamás pensé que me encontraría semejante escena. Una para la que nunca estaría preparada.
Janine estaba tumbada en la cama, sollozando como si le estuvieran arrebatando la vida, mientras Tahlia la intentaba consolar, reprimiendo el impulso de acostarse a llorar a su lado. Me arrodillé frente a ellas, con el corazón en un puño. Nunca las había visto así. Y la impotencia me invadió.
Janine siempre estaba alegre, pegando brincos y haciendo comentarios inoportunos.
Siempre te intentaba sacar una sonrisa. Tahlia, en cambio, era muy cerrada con sus emociones.
Parecía haber construido unos muros de quince metros de ancho a su alrededor y nada podía penetrarlos.
Excepto su hermana. Verlas tan vulnerables me rompió.
—¿Qué ha pasado?
—Van a cerrar el Tekhné —confesó Tahlia.
—¿Qué?
Tahlia se mordió el labio con fuerza y me esquivó la mirada.
Yo no pude hacer nada más aparte de negar con la cabeza.
—No pasa nada —susurró Janine intentando fingir una sonrisa—. El Tekhné ha sido nuestra vida desde que nuestros padres nos abandonaron. Supongo que podemos encontrar otro lugar que sea nuestro en Varnath. Otro lugar que se convierta en nuestro hogar.
No. Me negaba.
—Sí que pasa —rugí—. No sé a qué se debe que ahora decidan cerrarlo. No tiene ningún sentido. —Me puse en pie de golpe—. ¿No han dicho nada más? ¿Ni qué van a hacer con vosotras?
—Marie. —Tahlia me llamó, intentando calmarme. No podía dejar de dar vueltas por toda la habitación. Era egoísta, estaba siendo egoísta, pero no quería perderlas. No podía—. Ya te han encontrado.
—¿De qué hablas? —El comentario me obligó a detenerme de golpe.
—El motivo de que existiera el Tekhné era para encontrarte a ti. Ya te han encontrado.
De repente, me temblaban las piernas. No pude prever el golpe de mis rodillas contra el suelo, ni tampoco la cuerda que parecía estar estrangulándome.
Sentir que podía perder a dos de las personas que más importantes se habían vuelto para mí era frustrante.
No sabía si estaba preparada. Había tenido que asimilar que no iba a recuperar a mi madre del estado de demencia en el que se encontraba.
También el hecho de que ahora mi familia la compondría Adrien.
Estaba haciéndome a la idea. No podía perderlas a ellas. No sabía si sería capaz de aguantarlo.
—Lo arreglaré. Lo prometo.
Le deposité un beso a Janine en la frente y salí decidida a buscar a Adrien.
—Marie, espera.
Tahlia me siguió por el pasillo hasta que finalmente me alcanzó.
—¿Qué vas a hacer?
Veía sus ojos verdes cansados, rojos de las lágrimas que estaba conteniendo. La veía vulnerable. Era una imagen que esperaba no tener que volver a ver jamás.
Tahlia me estrechó entre sus brazos y me derrumbé. Estaba cansada de llorar tanto, de sentirme impotente y débil. Quería arreglar las cosas. Quería arreglarlo todo.
—No puedo perderos. A vosotras no.
—Y no lo harás. Aunque ya no estemos aquí, siempre seguiremos juntas.
—No. No es verdad. No es justo que perdáis todo lo que tenéis. No puedo permitirlo.
—Marie… —sollozó.
—No. No sé cómo seguir sin vosotras —confesé—. Adrien me odia, Cassian es un idiota y Laurent no entiende de problemas de chicas.
Tahlia y yo estallamos en una carcajada entre lágrimas.
—Tienes razón.
—No me imagino este lugar sin vosotras. Fuisteis la luz que iluminaba este lugar —suspiré—. Fuisteis un motivo para no huir de aquí. Un motivo para mantener la cordura.
Mis brazos volvieron a rodearla y dejamos las lágrimas correr sin freno.
Janine vino corriendo y se unió al abrazo. Después de mucho tiempo, por fin me sentía un poco más como en casa. Como en un hogar.
—Adrien no te odia —murmuró Janine sobre mi hombro y yo no pude evitar fruncir el ceño—. Creo que está asustado, como tú —continuó.
—Yo no estoy asustada.
Me separé un poco y Janine me arrastró de vuelta al abrazo durante un par de segundos más.
—Sí lo estás —intervino Tahlia—. Y no pasa nada por estarlo.
—No es momento para una lección romántica —refunfuñé.
—¡Siempre es momento para una lección romántica! ¡Especialmente si es para ti!
Puse distancia entre las mellizas, tratando de rehuir el tema que estaba adoptando la conversación. Las volví a meter en mi cuarto y fui a recoger a Specter.
Me llevó más tiempo del esperado. El cabrón no quería moverse de su hueco debajo del árbol, por lo que necesité dos cubos llenos de restos para convencerlo de que viniera conmigo.
Pasó a mi lado como quien no quiere la cosa, con la cabeza alta, como si fuera el miembro más importante de la realeza.
En una ocasión normal, caminaría a mi lado, pero ahora solo le importaba ir el primero.
Estaba enfadado. Lo sabía. Era mucho más orgulloso de lo que me imaginaba.
Ahora solo me quedaba averiguar el porqué.
Acostumbraba a entrenar con él a menudo hasta que me temblaban las piernas o caía la noche; corríamos por el bosque hasta que salía el sol. Su compañía me hacía sentir algo menos sola y, poco a poco, me iba haciendo a su carácter.
Nuestra pequeña disputa me ayudó a tranquilizarme. Agradecí tener que ir por Specter o, de lo contrario, habría ido directa a arrancarle la cabeza a Adrien.
Adrien estaba preparando material para el entrenamiento de hoy. Era el único que podría ayudarme con mi vínculo con Specter, porque, por desgracia, era el único ser vinculado con otro Nyctoru. No habíamos hecho muchos avances al respecto, pero no iba a rendirme tan fácilmente.
Specter entró en la sala y se recostó en un rincón con un bufido capaz de levantar todo el polvo a su alrededor.
—¿Qué le has hecho? —Adrien no pudo resistirse a reírse de la situación. Specter estaba muy enfadado. Me dedicó una mirada prejuiciosa y cada vez que lo llamaba giraba la cara, indignado.
Ignoré a Adrien y me dirigí a coger cualquier objeto afilado.
—Vaya. —Adrien se colocó a mis espaldas y agarró una daga negra bordada.
Sus dedos rozaron mis brazos al acercarse.
Lo había hecho aposta. Todo su aroma se adentró en mi cuerpo como una nube invisible de la que no eres consciente hasta que ya te encuentras dentro de ella—.
Specter no es el único que está enfadado.
Con un gruñido, me di la vuelta. Nuestros cuerpos estaban pegados el uno al otro y no podía pensar con claridad.
—¿Qué pasa, querida? —Adrien capturó mi mentón, obligándome a mirarlo. El contacto de su piel era venenoso, me obligaba a buscar más, como una adicción que sabes que, tarde o temprano, acabará destrozándote.
—¿Por qué lo has permitido?
—¿El qué?
Su expresión era confusa, como si no acabara de entender a qué me estaba refiriendo.
—Cerrar el Tekhné. ¿Por qué has dejado que pase?
—¿De qué hablas? El Tekhné no se va a cerrar.
—No me mientas. —Me liberé de su agarre, alejándome de él—. Janine y Tahlia están destrozadas. Sé que se abrió con la intención de encontrar la llave y ahora que…
—Marie —me interrumpió—. Yo no he tomado esa decisión.
Adrien arrugó el ceño. Y escuché el leve gruñido de desaprobación de Specter. También estaba enfadado.
—Se presentó en el consejo de Nocturia, la rechacé. De hecho, se hizo una votación. Quienquiera que se lo haya inventado está mintiendo.
—¿Entonces…?
—Entonces Janine y Tahlia no se van a ninguna parte. —Le dediqué un leve asentimiento—. Ahora vamos a entrenar, primero tu poder, después, Specter. Me encargaré de eso más tarde.
Gruñí. Iba a llevarme más tiempo del esperado diluir el odio con el que me había armado al venir. Por suerte, Adrien no me lo tuvo en cuenta y me pidió que le hiciera una pequeña demostración de mi manejo de cada elemento.
Después de varias demostraciones fallidas que parecían estar drenándome, me di por vencida.
—Sigues sin moldear tu poder —dijo—. No es necesario que lo hagas, pero te vendrá bien.
—No sé cómo hacerlo. Lo he intentado.
Me dejé caer en el suelo y enterré la cara entre mis manos. Noté cómo Adrien se sentaba detrás de mí y cómo sus piernas me rodearon.
—Ven —me ordenó mientras llevó su mano a mi cintura y me recostó sobre su pecho—.
Cierra los ojos. Aunque no lo parezca, ya estás moldeando tu poder, lo manifiestas en forma de pelotas.
No requiere mucho esfuerzo y, aunque no está mal del todo, es menos práctico.
Hay veces que necesitas el poder en su forma más pura, otras en las que necesitas darle formas específicas.
Otras, simplemente, serán tu sello personal.
Apenas fui capaz de concentrarme en sus palabras con sus manos recorriendo mis brazos. Con el movimiento de su pecho. El sonido de su respiración. Era como si él hablara un idioma que mi cuerpo comprendiese mejor que mi mente, que yo misma. Era sofocante. Era imposible que él pasara desapercibido.
—Quiero que este cuarto se inunde en sombras. ¿Crees que puedes hacerlo?
Asentí, con los labios entreabiertos. No lo pensé demasiado antes de contestarle. No me invadieron las dudas. Mi mente estaba demasiado embriagada de él como para hacerle hueco al miedo.
—Bien —murmuró en mi oído—. Utiliza el poder como te resulte más práctico.
Sus manos me llevaban el pelo a la espalda, me acariciaban los brazos. Un recordatorio constante de que él estaba conmigo. Por un instante, la idea no me desagradó.
Pensé en lo que me había explicado hacía escasos minutos. Lanzar pelotas de sombras no me sería muy útil para oscurecer toda la habitación. Necesitaría algo más moldeable.
Visualicé la habitación y fue como salir de mi propio cuerpo. Vi con claridad la imagen de mi cuerpo pegado al de Adrien, mi cabeza recostada sobre él, su mirada expectante, sin incertidumbres, repleta de confianza.