Capítulo 47
MARIE
L aurent había conseguido pasar la primera prueba con éxito. Se había ocultado de manera inteligente en las copas de los árboles y en los arbustos cerca del río.
Había aspirantes que decidieron jugar más sucio y delataban al resto. Los que fueron capturados no tuvieron mucha más suerte en el combate cuerpo a cuerpo al alba.
Me retiré a la habitación, con la esperanza de poder descansar algo.
Había pasado la mayor parte de la noche en vela, con los nervios a flor de piel.
Una parte de mí se desviaba a buscar a Adrien, quien, después de nuestro encuentro, volvió a ocultarse entre las sombras.
Tenía la sensación de que estaba volviendo a esconderse de mí.
Aun así, no se perdería el debut de Laurent como Umbrae.
Adrien sería muchas cosas, pero era leal con aquellos que le importaban.
Caí sumida en un profundo sueño y no me levanté hasta pasada la tarde, cuando sentí que una voz melódica me llamaba.
Era como un tirón en el pecho que me provocaba incomodidad, como si un puñal estuviera clavado en mi corazón, retorciéndose.
Me faltaba el aire, sentía los músculos agarrotados y caí presa del pánico.
Comma Navah
Comma
Comma Navah
Navah, Comma
Una sombra se ceñía sobre mí, sus manos parecían garras monstruosas que me acechaban en la oscuridad, tratando de alcanzarme.
De pronto, dejé de estar en mi cama, envuelta en mis mantas.
Había regresado a la cueva tenebrosa. Todo el calor de mi cuerpo se disipó, dejando paso a un frío que se calaba en mis huesos junto a un olor nauseabundo de humedad y putrefacción.
Me llevé la mano a la boca, tratando de reprimir las arcadas que me provocaba este lugar.
Escuchaba tronar mis huesos del miedo, mi respiración acelerada y las gotas de sudor que caían sobre mi frente.
No tenía un buen presentimiento.
Aquí nunca lo tenía.
Se escuchaban gritos de tortura, que se ahogaban en el río de imprevisto. Una muerte rápida. Una tortura infinita.
El aire me acariciaba como una amenaza inminente de que algo venía a por mí y, por más que me abrazara a mí misma, no era capaz de desprenderme de tal sensación.
Porque ahora estaba cayendo.
Cayendo.
Más rápido.
No sabía dónde.
Intenté gritar y la voz no me salía.
De pronto, solo quedó la oscuridad.
Y agua.
Caí en el río.
Había fantasmas nadando a mi alrededor, debajo de la superficie. Escuchaba sus lamentos. Sus súplicas. Me rogaban que les ayudara. Que los sacara de allí.
Y yo tenía miedo.
Nadé hasta ser capaz de sacar la cabeza de semejante tormento.
No fui capaz de atisbar la silueta que se cernía sobre mí. Ahogándome más. Su gran mano apretaba, impidiéndome salir. Y yo necesitaba aire.
Intenté contener la respiración.
Uno. Dos. Tres.
Necesitaba respirar.
El miedo me aprisionó, y solté de golpe el poco aire que retenía en mis pulmones.
Mi cuerpo necesitaba aire.
No fui capaz de contener el impulso de respirar.
Y me llené de agua.
Me ahogaba. Y tosía.
Seguí ahogándome.
Hasta que todo se volvió negro.
Las manos de Adrien me rodeaban. Sus labios me susurraban. Me acunaba contra él y no pude evitar desplomarme. Las lágrimas rodaron entre el calor de su abrazo y la sensación de seguridad que desprendía. Era como si una pieza rota de mí me estuviera consolando.
—Todo está bien —me confirmó mientras me acariciaba el pelo—. Estoy aquí.
Agarré el cuello de su camisa, envolviéndome más entre sus brazos. Ya no distinguía qué era un sollozo ni qué era un grito de terror. Todavía sentía cómo el agua se metía en mi interior, recorriendo todos mis recovecos y ahogándome a fuego lento. Todavía sentía que me moría.
Continuaba sollozando en sus brazos, presa del pánico a morir. Y era ridícula la cantidad de veces que había estado cerca de morir ahogada.
Adrien consiguió calmarme entre sus brazos. Una vez que el ritmo de mi respiración se tornó normal y las lágrimas dejaron de salir descontroladas, volvió a arroparme en las mantas.
—Duerme —me ordenó con el semblante serio. Era imposible decir que este era el hombre que me había consolado hacía escasos minutos—. Hablaremos mañana.
Le dediqué un breve asentimiento de cabeza, mordiéndome el labio para impedir que las lágrimas me invadieran de nuevo. Adrien se recostó en una de las sillas de mi habitación y agradecí que decidiera no dejarme sola en un momento como este.
Cuando el sueño vino a agarrarme de la mano y casi estaba sumida en él, me pareció escuchar a Adrien levantarse de la silla, sentir su caricia en mi mejilla y escucharle susurrar:
—Eres una maldición —murmuró mientras me recolocaba un mechón rebelde—. Y vas a terminar matándome.
Seguramente eso no fue más que un fruto de mi alocada imaginación. Estaba demasiado asustada para despertarme y comprobarlo. Porque, por más que intentase negarlo, eso también me asustaba.
Me desperté de nuevo en una habitación vacía.
La garganta me tronaba de irritación y dolor cada vez que tragaba o trataba de hablar.
Sentía un molesto hormigueo en la nariz.
Y me puse en pie adolorida. Me vestí con un vestido largo de color rosado que se ceñía en la parte superior con un corsé.
No me molesté en arreglarme demasiado y fui camino al invernadero.
Tal vez, con algo de suerte, encontraría alguna planta medicinal que pudiera ayudarme con la molestia que tenía en la garganta.
Y, tal vez, también con esa que acechaba en mi corazón.
De camino al invernadero, sentía como si un insecto estuviera revoloteando en mi garganta y no podía parar de toser. Era molesto, porque tosía para evitar el cosquilleo y me terminaba invadiendo un dolor agonizante.
Me encontré a Laurent en el invernadero toqueteando varias plantas.
—¿Laurent? ¿Qué haces aquí? —se me rompió la voz a medio camino.
La garganta me dolía horrores al hablar, aun así, eso no me impidió correr a estrecharlo entre mis brazos.
—¡Au! —se quejó—. Tengo un par de heridas de la primera prueba, no quería molestarte y Tahlia estaba en clases, así que…
—Déjame ver.
Le agarré el brazo e inspeccioné las heridas. En su mayoría eran rasguños de haber trepado los árboles; otros eran cortes más profundos que se habría hecho con las ramas.
Mientras buscaba algún signo de infección, percibí un atisbo en la cara de Laurent. Duró menos que un parpadeo, pero estaba segura de que una mueca de dolor se había dibujado en su rostro.
—¿Te duele cuando te toco?
—No, no, qué va —negó nervioso.
Sabía que este pequeño bichejo me estaba ocultando algo. Si me paraba a pensar, no tenía sentido que él hubiera venido a buscar plantas medicinales cuando tienen una enfermería a completa disposición de los Umbrae.
Una corazonada me decía que tenía una herida más grande, escondida en algún otro lugar. Le levanté la camiseta y Laurent apenas tuvo tiempo de reaccionar. Un corte profundo se asomaba en el lateral del abdomen. Parecía hecho con una daga.
—¡¿Cómo te ha pasado eso?! —exclamé con un ardor apoderándose de mi garganta.
—No es nada —dijo mientras se colocaba de nuevo la camiseta.
Lo agarré del brazo y se la volví a subir.
—¿Por qué no has ido a que te la curen? ¡Se te podrá infectar, Laurent! —Me pasé las manos por la cara, frustrada. Una herida de tal magnitud necesitaría suturas y reposo, Laurent no podría participar en el segundo rito, que se celebrará en tres días.
Laurent puso una mueca resignada y se cruzó de brazos. La postura no le duró demasiado debido al dolor de la herida.
—Dime que no es lo que estoy pensando —rogué—. Dime que el hecho de que no hayas ido a la enfermería no tiene nada que ver con el rito. Dime que te la ha hecho otro aspirante.
Laurent me apartó la mirada, avergonzado.
Joder. Vale. Bien. Necesitaba pensar. Podría suturarle la herida y aplicarle una pomada de artemisa y mahonia.
En tres días la herida no estaría tan inflamada y comenzaría a cicatrizar.
Claro está que necesitaría que en el segundo rito no tuviera que realizar demasiados esfuerzos.
—Eso no pinta nada bien —murmuró Cassian a mi espalda.
En su rostro había una sádica sonrisa que me indicaba lo mucho que estaba disfrutando con esto. Lo escruté de arriba a abajo y en su camisa vi restos de sangre. Devolví la mirada a Laurent, quien se había encogido ante su presencia.
—¿Cuál es tu puto problema, Cassian? —Le grité tan fuerte que las macetas a nuestro alrededor temblaron. Mi visión se tornó roja debido a la ira y nunca había sentido tantas ganas de arrancarle la cabeza a alguien.
Cassian solo me respondió con una carcajada perversa. Sus ojos relucieron en un tono sangre que apenas duró un parpadeo. Tal vez mi falta de sueño me estaba afectando.
Acudí a mi fuente de poder, mientras sentía que las venas me ardían. Abrí la puerta de Nocturia y me embadurné de poder, sumiendo toda la sala en sombras cegadoras.
No pensaba en nada más.
No quería nada más.
Solo quería hacerle daño. Tanto daño como creía que él le había hecho a Laurent.
—Eres cruel —declaré— y nunca pensé que tú podrías llegar a serlo.
—Supongo que ambos hemos decepcionado al otro.
El fuego recorrió mi cuerpo, como si yo no fuera más que un volcán y la lava estuviese a punto de eclosionar. Le lanzaba bolas de fuego, rezando por tener buena puntería. Cassian las esquivaba todas.
—¿A qué viene todo esto? ¿Por qué actúas así?
El fuego aterrizaba en cualquier sitio menos en mi objetivo, por lo que me vi obligada a invocar unas bolas de agua para apagar semejante incendio.
La furia me corroía, me cegaba, me sentía poderosa, valiente y capaz de afrontarlo todo.
No quedaba rastro del dolor inmovilizante que me había azotado por la mañana.
—Lo elegiste a él, ¿recuerdas? Él la tiene a ella, y él te tiene a ti.
Bufé. ¿En serio? No podía ser más ridículo.
Una llamarada alcanzó parte de la tela de su camisa, revelando unas volutas de tinta que antes no estaban ahí.
—Eres patético, Cas. —En una circunstancia normal, hubiera odiado haberle faltado al respeto. Ahora mismo, no me importaba—. No te hagas eso a ti mismo. No me hagas elegir.
—¿Por qué? ¿Porque siempre lo elegirías a él?
—¡Es mi marido!
Los ojos de Cassian se transformaron en dos piedras ardientes mientras venía hacia mí y volví a ver ese brillo escarlata. «¡¿Qué demonios?!»
Me agarró de ambos brazos y en una súplica me rogó:
—¡¡¡Contesta!!! —me gritó mientras se le rompía la voz—. ¿Lo elegirías a él?
Antes de poder responderle, una voz afilada paralizó a Cassian.
—Quita las manos de mi mujer.
Cassian me soltó, asqueado.
—¿Qué diantres te pasa, Cassian?
—¿Y a ti qué mierda te importa? —rugió—. ¿Qué miras? —dijo al pasar al lado de Adrien, quien estudió su aspecto y frunció el ceño. Le dedicó una última mirada de reojo a Laurent antes de marcharse—. No la mereces.
—Gilipollas.
Cuando por fin se dignó a irse, le conjuré todas aquellas maldiciones prohibidas que conocía, que no eran muchas, a decir verdad.
—Laurent —Adrien escrutó todo su cuerpo en busca de sangre—. A la enfermería. Ya.
—No es nada, yo…
—Podrás participar en el segundo rito —le interrumpió—. A la enfermería.
Laurent se marchó, un poco más aliviado que antes. Participar en el rito era toda su vida, entendía por qué no quería dejarlo estar.
—¿No te cansas de dar problemas?
Adrien me tendió la mano para ayudarme a levantarme.
—¿No te cansas de quejarte tanto de mí?
Las comisuras de sus labios se alzaron, casi formando una sonrisa.
—¿No has considerado que tal vez no me caes bien?
Puse los ojos en blanco, pero antes de poder encaminarme hasta la salida del invernadero, Adrien me adelantó.
—Quince minutos. Sala de entrenamiento. —Me dedicó una última mirada antes de desaparecer por el pasillo—. Trae a Specter.