Capítulo 46
ADRIEN
L a aristocracia había sido especialmente insistente en celebrar otro banquete de bienvenida al Rito.
Al parecer, uno no era suficiente. Por lo menos, debía agradecer que este no se celebraría dentro del Valenves, sino en el Mainoît.
Formaba parte de mis terrenos también, pero estaba alejado del castillo y podría retirarme cuando quisiese.
Hoy me había saltado la sesión de entrenamiento con Marie, se la había delegado a Garrick.
Era mestizo y se había unido a las filas Umbrae hacía poco.
Trabajaba bien, confiaba en su criterio y, además, me debía un favor.
Supuse que él podría tolerar la presencia de Marie mejor que yo, teniendo en cuenta que anoche no estuvo metido entre sus piernas, escuchando cómo gemía su nombre.
Apenas pude pegar ojo desde entonces. No era capaz de desprenderme de su sabor, de lo apretada que estaba y cómo recibía mis dedos, de los gimoteos que emitía y, por la Sombra, cómo se restregaba en mi cara.
Deseé haberla tomado allí mismo, haberme enterrado en ella hasta que se olvidase de cómo respirar.
Quise marcar cada centímetro de su cuerpo.
Me asustó lo mucho que la deseaba. Y cómo perdí el control al pensar que mi hermano la había tocado.
Necesité muchas duchas frías después de eso, pero cuando salí y la vi durmiendo en mi cama, con mi camiseta…
no pude aguantar mucho más. Me pasé el resto de la noche en vela, entrenando en el Mainoît.
Por cada golpe que pegaba, veía su cara, a punto de llegar al orgasmo.
Era una auténtica tortura. Por eso esperé el tiempo suficiente hasta que ella se hubiese despertado.
Fue entonces cuando regresé a mi habitación y todo olía a ella, todo me recordaba a lo que habíamos hecho la noche anterior.
Necesité llamar al servicio para que limpiaran toda la habitación a fondo y cambiaran todas las sábanas.
No voy a negar que también terminé quemando mi camiseta porque su olor se había quedado impregnado en ella.
La verdad, no sé qué se me pasó por la cabeza, ni en qué momento pensé que sería buena idea.
Simplemente apareció y me besó con esa fiereza que me decía a gritos que estaba enfadada, luego mencionó a mi hermano y la visión se me volvió negra.
Solo quería marcar mi territorio, demostrarle que era mía aunque no lo fuera.
Quería demostrarme a mí mismo que su cuerpo reaccionaba al mío de la misma manera estúpida en la que el mío reaccionaba al suyo.
Los celos me trastocaron. Pensar en ella en brazos de otro hombre…
No podía ni imaginarlo. Al principio, solo tenía pensado algo inocente, inofensivo: unas pequeñas caricias.
Vi lo nerviosa que se ponía y no pude evitarlo.
Después sentí lo mojada que estaba para mí y en su cara no veía nada más que no fuese lujuria y excitación.
No necesité mucho más para convertirme en una bestia.
Ya tenía suficiente con el sabor de su sangre, que no fui capaz de olvidar desde el día de la boda. Me había acechado y torturado cada día. Tener que sumarle todo lo que pasó ayer era malo. Muy malo. Así que opté por evitarla.
El terreno se estaba comenzando a abarrotar de gente y yo seguía recluido cerca de un árbol, alejado de la multitud. Quería evitar el ruido y el barullo. No estaba de humor, eso era todo.
Me perdí en mis pensamientos y en el fondo de mi copa cuando atisbé una coleta blanca acercarse a mí. Mierda.
Marie llevaba un vestido negro, elegante, que no dejaba nada a la imaginación, y no porque fuese translúcido, todo lo contrario.
El vestido se ceñía a sus curvas y el escote recogía sus pechos, enmarcándose al dejar el puente entre ellos descubierto.
La coleta le iba dando tumbos a medida que avanzaba hacia mí.
La devoré con la mirada, todas y cada una de las partes de su cuerpo, hice más hincapié en las que toqué o lamí ayer.
Se paró frente a mí, con esa mirada juiciosa que tanto me ponía. Joder, estaba de infarto. Si no hubiera habido tanta gente y no estuviera tratando de evitarla a toda costa, nos habría llevado a los matorrales y estaría arrancándole ese vestido.
—¿Qué?
Marie me alzó una ceja, sorprendida ante mi tono mordaz. Llevaba un maquillaje negro rasgado y los labios de un color ciruela que se verían perfectos envueltos en mi…
«Cállate».
—Me estás evitando —me recriminó.
—No —mentí.
—Has desaparecido esta mañana de la habitación —dijo dando un paso hacia mí—. Me has cambiado el entrenador. —Otro más—. Y te has escondido, durante todo el día, vete a saber dónde.
Se quedó a escasos centímetros de mí y envolvió mi cuello entre sus brazos.
—Dime, esposo —preguntó con su boca demasiado cerca de la mía—, si eso no es evitarme, ¿entonces qué es?
Necesité todo mi autocontrol para no besarla en ese momento. Era preciosa, joder. Preciosa.
—He estado ocupado. —Me aparté—. Tu presencia hace que me dé dolor de cabeza —mentí; el dolor lo tenía en otras partes del cuerpo—. Vete a existir más lejos de mí. En ese rincón de allí, por ejemplo. —Señalé la otra punta del recinto y recé para que entendiera la indirecta.
Marie bufó, incrédula.
—¿Cuál es tu problema?
—Mi problema eres tú —gruñí—. Eres insufrible.
—No pienso diluirme para que tú me soportes. Si quieres, puedes ahogarte.
—No te soporto —gruñí.
—¿Ah, sí? —Volvió a acercarse a mí, agarrando mi camisa con sus puños—. Anoche no me lo pareció.
Resoplé. Estaba adoptando una tendencia a mentir para alejarla de mí, porque no iba a ser capaz de controlarme mucho más.
—Lo de anoche fue un error —mentí.
—¿Y qué harías… —comenzó a deslizar su mano por todo mi torso— si te dijera… —sus labios se posaron sobre los míos, atrapándolos en un beso malicioso— que quiero repetirlo?
Fue dejándome suaves besos por el mentón, bajando hasta mi cuello. Llevé mi mano hasta su cintura, atrayéndola hacia mí.
—Eres veneno —murmuré.
Capturé su boca de nuevo, en un beso más feroz y apasionado. Esto era una clase de juego muy peligroso. Uno que amenazaba mi cordura.
Le mordí el labio inferior mientras la acercaba más a mí. Como si pudiese lograr que la ropa entre nosotros se desvaneciese.
—Dime la verdad —suplicó—. Dime lo que soy en realidad.
No necesité pensar la respuesta, en menos de un parpadeo, la susurré sobre sus labios:
—Eres lo que me atormenta antes de ir a dormir. Vas a ser mi ruina, ¿no es así?
Marie me dedicó una sonrisa satisfecha.
—¿Eso te asusta? —murmuró en mis labios.
Quise decirle que sí; que, en ocasiones, respirar a su lado era una absoluta tortura.
Marie se alejó de mí de pronto, dejando las marcas de su labial por toda mi piel.
—Estás demasiado asustado como para afrontar tus sentimientos —admitió en mi lugar—. Me deseas, lo sé, pero no me tendrás hasta que lo admitas.