Capítulo 45
MARIE
E sa mañana había vuelto a visitar a mi madre.
Acostumbraba a hacerle pequeñas visitas, las cuales siempre terminaban en desastre.
Parecía estar poseída por alguna especie de demonio.
Era como si alguien me hubiera arrancado mis peores miedos e inseguridades de la cabeza y la hubiese modificado para torturarme.
No conseguía encontrar ningún resquicio de mi madre cada vez que miraba a sus ojos verdes.
Cada noche que las pesadillas no venían a buscarme, aparecía su rostro demacrado, la expresión que tenía al estrangularme o las mordaces palabras que acostumbraba a dedicarme.
Se me habían quedado marcadas a fuego en la piel.
Intentaba arrancármelas y convencerme de que algo estaba pasando.
Intentaba llegar al fondo del asunto. Sin embargo, por muchas noches que intentase pasar en vela o la cantidad de brebajes que crease, nada parecía funcionar.
Parecía estar rota. Perdida.
Iba camino a mi entrenamiento matutino con Adrien —quien seguía misteriosamente desaparecido— cuando las dos mellizas me agarraron ambos brazos y cortaron los recuerdos de mi madre.
Encadenadas a mí, me seguían a todas partes hasta conseguir las respuestas que ellas andaban buscando. Y eso no me gustaba ni un pelo.
—¿Dónde fuiste anoche? —preguntó Janine agitando demasiado sus pestañas.
—A mi cuarto —mentí descaradamente.
—Mentira —musitó Tahlia, quien se había aburrido ya de mi presencia y había devuelto su atención al libro romántico que estaba leyendo.
—No es mentira —volví a mentir.
—Fuimos a buscarte y no estabas —dijo Janine—. Luego aparecieron unas doncellas para buscarte ropa.
Mierda. Mierda. Mierda.
—No fue nada.
Janine y Tahlia se dedicaron una de sus miradas cómplices y yo aparté la mirada, tratando de acelerar el paso para librarme del interrogatorio.
Cuando llegué a la sala, un hombre que no se parecía en nada a Adrien estaba preparando el equipo. Era alto, probablemente mediría cerca de un metro ochenta —no era tan alto como Adrien.
«Concéntrate».
Su pelo era una maraña marrón, despeinada, que caía sobre la frente en mechones alborotados. Sus ojos eran de un color avellana, marcados por una pequeña cicatriz en el ojo izquierdo.
—¿Dónde está?
—¿Quién? —preguntó con una voz afilada.
—Ya sabes quién —me quejé—. ¿Dónde está?
El hombre se acercó a mí, imponente y misterioso.
—A partir de ahora, yo voy a entrenarte.
Sonó como mil cuchillas afiladas. Había un tono claro en su voz.
«Si no te gusta, márchate». Era la primera persona que se dignaba a hablarme de esa manera, a desafiarme —aparte de Adrien— desde que ascendí a la corona.
Le dediqué un bufido y emprendí mi búsqueda.
Si mi marido quería evitarme, debería decírmelo personalmente.
Busqué cada recoveco del castillo y no había rastro de Adrien.
Busqué debajo de la cama, en su despacho, en las cocinas, en el Mainoît, el Tekhné.
Nada. Incluso llegué a preguntarle a Specter o a creer que se había encerrado en la ceda con mi madre.
Pregunté a cada persona que me cruzaba y, casualmente, nadie lo había visto desde ayer.
¿Dónde se había metido? ¿Le habría pasado algo?
«No es asunto tuyo».
Pero sí que lo era. Era mi marido. Podía hacer como si su ausencia no significara nada, pero en el fondo, sí que significaba.
Había desaparecido después de hacer todas esas cosas innombrables que no me atrevía a pensar.
En el peor de los casos, si alguien lo había secuestrado, sabía que Adrien podría lidiar con eso.
Era ridículo que yo no fuera capaz de aguantar el nudo que se creaba en mi estómago por pensar que algo podría haberle pasado.
Odiaba preocuparme. Odiaba pensar que eso podría significar otra cosa.
Odiaba pensar en él, en la manera que tenía de hacer que todo fuese más memorable.
Su sucia boca y las cosas que decía. Odiaba haber pensado, por un instante, que las cosas podrían cambiar.
Que él no sería un cabrón insufrible. Había terminado siendo todas las cosas que más temía admitir y, aun así, la lista de adjetivos que podía usar para describirlo no incluía tantos atributos negativos. Lo cual me resultaba preocupante.
Volví renegada a la sala de entrenamiento, con ese hombre gruñón y misterioso. Ya tenía suficiente con aguantar a uno, no quería a dos de ellos.
—¿Ya te has cansado?
—Cállate, ¿quieres? —gruñí; no tenía paciencia para el resto del día, menos si tenía que soportar a semejante ser tan despreciable.
—La verdad es que no me apetece —me provocó.
Le dediqué una fulminante mirada y me crucé de brazos. El hombre me tiró una vara de entrenamiento que era más o menos de mi altura, tal vez unos diez o veinte centímetros menos.
—¿Qué es esto?
—Se llaman bō. No me fío de tu habilidad con una espada de verdad, así que vamos a probarlo de esta manera.
—Adrien dijo que…
—Adrien ya no es tu entrenador —me interrumpió—. Ahora lo soy yo, y yo digo que vas a aprender a pelear con una espada también. Ya se encargarán las locas chillonas o tu esposo de enseñarte cómo manejar tus poderes.
Conté hasta tres, intentando ignorar el insulto hacia Janine o Tahlia, o cómo se pudrió la palabra «esposo» en su boca. No fue suficiente. Necesité contar hasta veinte.
—¿Cómo puedo referirme a ti, entrenador?
—Puedes referirte a mí como «entrenador» —dijo mientras se ponía a mi espalda para corregir mi postura—. Si buscas algo más personal, puedes llamarme Garrick.
—«Entrenador» será perfecto —musité.
Garrick me enseñó la postura media. Tenía la vara agarrada por un extremo con una mano y con la otra agarraba el centro de esta. Garrick se puso frente a mí y me obligó a apuntarle.
—El bō debe estar alineado con tu torso —me corrigió.
Bufé de molestia, me resultaba ridículo tener que entrenar con un palo.
—Si no sabes manejar una espada, estás muerta —rugió—, y más si eres tan inútil con tus poderes.
Le apunté seriamente con el bō.
—¿Quién eres tú para juzgarme?
—Nadie te está juzgando. —Torció el gesto—. Si te entreno, es para ayudarte. A mí no me importa que mueras allí fuera.
En parte, tenía razón. En gran parte. Ahora mismo no podía confiar en que mis poderes fueran mi mayor recurso para defenderme.
Además, Cassian se había centrado demasiado en reforzar mi fuerza física cuando me entrenaba.
Adrien se centraba mayormente en la invocación de los elementos.
Tahlia en el control de las emociones. Lo único que podría resultarme medianamente útil era el entrenamiento de Cassian, con quien ya no me hablaba.
Garrick me estuvo explicando que la postura media era la postura que más se utilizaba con el bō. Era útil para aquellos momentos en los que buscas defenderte, pero también lo era cuando querías atacar. Es decir, una postura de guardia. Equilibrada, neutral y versátil.
—Pies separados —ordenó mientras me golpeó con el bō—.
Uno delante y otro detrás. —Garrick me propició un breve barrido con su pie para separar un poco más los míos—.
Rodillas flexionadas. No tanto —se quejó cuando obedecí—.
Reparte el peso, flexiona más la de delante.
El pie de atrás debe estar firme, es tu mayor apoyo.
Una vez que Garrick se quedó medio conforme con mi postura, se decidió a enseñarme los golpes más básicos.
—Vamos a empezar con el golpe lateral, creo que será el más sencillo para que aprendas.
Puse los ojos en blanco y esperé sus instrucciones. No sabía por qué había accedido a esta estupidez.
—Gira el torso —ordenó dominante.
—Eres un gruñón, más que Adrien, y ya es mucho decir —me quejé.
Garrick se quedó con el ceño fruncido mientras esperaba que acatara sus órdenes.
—¿De qué montaña eres? No pareces de Nocturia ni tampoco de Eldoria, diría que tal vez Zephyria o…
Bajé la guardia mientras me perdía en mis pensamientos. Su cuerpo era más tosco, como si hubiera estado acostumbrado a ejercer esfuerzos manuales, y esa cara de cascarrabias me parecía demasiado, incluso para un Somnari. Garrick me pilló distraída y aprovechó para darme un golpe con el bō.
—¡Oye! —me quejé, acariciando la parte de mi brazo adolorida.
—¿Qué tipo de golpe ha sido?
—¡Y yo qué sé! Uno muy doloroso, desde luego…
Garrick rebufó.
—Marie, céntrate. —Garrick se pasó una mano por la cara, agotado de aguantarme, desde luego—. No te interesa de dónde venga; practica el golpe lateral.
—¿Siempre tienes ese palo metido en el culo? —lo provoqué, aunque terminé haciendo lo que me había pedido.
Tenía agujetas por todo el cuerpo. Garrick había sido un absoluto grano en el culo, pero agradecía que me sirviera de ayuda en lo que respecta a mi supervivencia.
Me resultaba molesto lo cerrado que era. Me recordaba en tantas cosas a Adrien y, aun así, me resultaba imposible odiarlo. Tal vez estaba loca, pero algo en mi interior me decía que haríamos buenas migas en un futuro.
Esta noche se celebraba el primer rito: La Caza Nocturna.
Había decidido llevar la ropa con la que solía entrenar.
En mi cabeza, era una manera de enviarle fuerzas a Laurent.
Me di un baño, envuelta entre una espuma floral, y me froté el cabello con fuerza, tratando de eliminar toda la mugre y el sudor del entrenamiento.
Al salir de la bañera, me puse un albornoz y me encontré a las mellizas acostadas boca arriba sobre mi cama y habían sacado, por lo menos, una decena de vestidos negros. Me sorprendió que el armario les hiciese más caso a ellas que a mí.
—¿Qué estáis haciendo?
—Elegirte vestido para esta noche —contestó Janine sin prestarme demasiada atención—. ¿A qué estás esperando? Pruébate uno.
—No —bufé—. No pienso llevar vestido.
Tahlia me alzó una ceja, sorprendida.
—¿Y cómo vas a sorprender a tu marido si no? —preguntó Janine, confusa.
—No quiero sorprender a nadie. Me está evitando, voy a hacer lo mismo.
—Está claro que te está evitando por lo que pasó entre vosotros anoche —murmuró Janine con esa sonrisa malévola que ponía cuando estaba planeando algo.
—No pasó nada —mentí.
Agarré uno de los vestidos enfurecida, mientras maldecía al armario en silencio.
A mí nunca me dejaba elegir las prendas que yo quería.
El vestido de gala tenía un escote pronunciado en forma de V, compuesto por apliques florales de encaje negro que ascendían por el busto, llegando hasta los tirantes, que simulaban una enredadera salvaje.
La falda era vaporosa y fluida, compuesta de seda.
No era ceñida, ni tampoco demasiado pomposa, y se ceñía a mis curvas como un guante, remarcándolas.
Salí del vestidor con el largo vestido y Janine repartió una oleada de aplausos.
—Perfecto. Ese es perfecto.
Janine se encerró para arreglarse, me había robado un vestido bastante aparatoso de color violeta.
Me senté al lado de Tahlia y suspiré. No fue suficiente para disolver el nudo que llevaba formándose toda la mañana.
Una parte de mí estaba enfurecida con Adrien, por haber desaparecido sin dejar rastro; me sentía dolida, como si no fuese más que un peón en su juego y me hubiese utilizado en su propio beneficio.
A la vez, me sentía preocupada por si algo le hubiese pasado, y puede que también un poco confusa por no saber descifrar qué significaba esta maraña de emociones.
Me giré hacia Tahlia, quien ya estaba mirándome como si fuese capaz de escuchar todo lo que rondaba por mi cabeza.
—¿Qué voy a hacer?
—¿Quieres un consejo? ¿O prefieres la verdad?
—No lo sé —admití.
—Si tuviera que darte un consejo —dijo mientras me agarraba la mano—, te diría que dejaras las cosas seguir su curso y que escucharas la verdad.
—Tahlia suspiró mientras se colocaba detrás de mí, recolocándome el pelo tras la espalda—.
Como sé que no vas a ser capaz de hacer nada de eso, te diré lo que no estás preparada para asumir.
Tahlia cogió un peine y comenzó a cepillarme el cabello. Yo jugueteaba con mi anillo de compromiso, nerviosa. No me lo había quitado desde el Día de las Fuentes. El corazón me latía a un ritmo acelerado y sentí como si alguien me lo estuviera estrujando en un acto de venganza.
—Es obvio que vuestra relación está cambiando —confesó—, y que tienes miedo de todo eso que está surgiendo en tu interior una vez que lo vas conociendo mejor.
Pero creo que lo que más te aterra es darte cuenta de que empiezas a sentir algo por él.
—Sentí cómo el corazón me daba volteretas—.
Y no sabes muy bien en qué lugar te puede dejar eso.
Sentía una lágrima rebelde resbalar a lo largo de mi rostro y me mordí el labio con fuerza para evitar que brotaran más.
—Tienes miedo de que amarlo signifique que eres mala persona, de que te convierta en algo que no eres, pero lo que no sabes es que amarlo no te cambia a ti, que los sentimientos son solo eso: sentimientos.
Me vi envuelta en su abrazo, mientras las lágrimas brotaban desenfrenadas.
Todo este tiempo me había visto cohibida de sentir.
Pensando que la gente me juzgaría por sentir algo por Adrien.
Aunque se limitara únicamente a la compasión.
Adrien me había demostrado estas últimas semanas que era más un aliado que un potencial enemigo.
No podía matarme, ya no solo por el acuerdo, sino también porque me necesitaba.
De manera que habíamos terminado en un pacto «amistoso» de no asesinarnos mutuamente.
Sin embargo, una parte de mí quería negarlo a gritos. No quería sentir por él nada más aparte de odio. No podía.
Terminé de secarme las lágrimas y envolví a Tahlia en un abrazo que casi la asfixió.
Tahlia no solía demostrar su afecto. No abrazaba a nadie a menos que fuera estrictamente necesario y, de serlo, debía planteárselo.
La gran mayoría de veces te regalaba respuestas en silencio.
Cuando decidía que era momento de hablar, era mejor llevar una armadura puesta o luego te pasaban cosas como esta.
Admiraba su capacidad para apoyarte, de hacerte ver esas cosas de las que tanto reniegas.
Tahlia era altruista, empática y asertiva, y no podía estar más agradecida de tener una persona como ella a mi lado.