La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 44
72%

Capítulo 44

MARIE

A drien me arrastraba consigo, recorría los pasillos agarrada de su mano. Un pálpito me indicaba que estaba asustada, otro quería asesinarlo y había otro, más latente que el resto, que quería ir con él.

Aparecimos en su dormitorio. Nunca había estado aquí. Era gigante, impresionante.

La cama era tres veces más grande que la mía. Estaba adornada con una colcha oscura que tenía bordados más grisáceos y cojines de terciopelo granates. Las paredes eran de piedra oscura y toda su habitación estaba impregnada de su olor.

Había una amplia mesa repleta de papeles, libros y mapas. Ese era todo el desorden que había. El resto de la habitación estaba impoluta, las estanterías que adornaban las paredes parecían completas obras de arte. A su lado, había un sillón negro que parecía bastante cómodo.

—¿Qué hacemos aquí? —le pregunté.

Cuando no obtuve respuesta, me giré hacia él. Se había quitado la americana y se estaba remangando la camisa, un atuendo más habitual en él.

—Mírame —me ordenó mientras se acercaba a mí—. Mírame y dime que es cierto.

Hice una mueca de desconcierto. Adrien me alcanzó rápidamente y capturó mi mentón con sus dedos.

—Mírame y dime que te has acostado con él.

Rehuí su mirada y él me obligó a volver a mirarlo. Apreté mis labios con fuerza y no dije nada.

—Mírame y dime que, en el fondo, no me deseas. —Acarició mis labios, con la mirada absorta en ellos—. Mírame y dime que estoy loco.

Mis labios se entreabrieron, dispuestos a rebatírselo. No pude hacerlo. No lo hice porque sabía que sí lo deseaba, que hacía escasos minutos había deseado que sus manos continuaran explorando mi cuerpo. Lo había deseado a él.

—No te has acostado con él —afirmó en mi lugar—.

Me habría enterado. —Sus manos comenzaron a viajar por mi cuerpo, desatando las cuerdas de mi espalda y yo me sentí estúpida por permitírselo—.

Nadie toca lo que es mío y sigue con las manos intactas.

—Adrien fue depositando besos anhelantes sobre mi cuello, mientras me bajaba los tirantes del vestido—. Porque tú no lo deseas.

—¿Por qué tú puedes estar con otras y yo, en cambio, no?

Mi voz brotó en un suspiro ahogado.

Sus manos viajaban por mi cuerpo de manera experta, se pararon en mis caderas y me atrajeron hasta él. Estábamos tan cerca que su aroma me penetraba, sus labios estaban a escasos centímetros de los míos y me asustaba lo mucho que quería que los pegara a los míos.

—Llevo sin tocar a otra mujer desde el día que nos comprometimos, Marie, pero me agrada saber que no quieres compartirme.

—Eso no es lo que…

—No me mientas —murmuró.

Adrien terminó de desatar las cuerdas de mi vestido, cayendo así a mis pies.

No llevaba sostén, ya que el vestido no lo requería, por lo que quedé completamente desnuda frente a él, a excepción de mis bragas.

Noté cómo sus ojos se ennegrecían, recorriendo todo mi cuerpo.

Sus manos apretaron mis pechos y un gemido brotó de mí.

Le agarré la camisa y se la arranqué, haciendo que los botones volaran por toda la habitación.

Dibujé cada rastro de tinta en él mientras seguía admirándome.

Mis manos llegaron hasta su nuca y lo atraje hacia mí, juntando mis labios con los suyos.

Este beso fue más salvaje, más animal, como si todas las partes de mi cuerpo lo necesitaran.

Introdujo su lengua, enredándose con la mía.

Me levantó, con las dos manos en mi trasero, y me llevó hasta el sofá, sin despegar su boca de la mía.

Me sentó con delicadeza y me dio un último beso.

—Esta es la última vez que intentas ponerme celoso.

No pude evitar que una sonrisa de satisfacción se dibujara en mi rostro. Me arrancó la ropa interior de un tirón. Y fue entonces cuando el Rey de la Oscuridad y las Sombras se arrodilló frente a mí.

Me apoyó las piernas en los reposabrazos del sillón y la respiración se me entrecortó. Su mirada estaba fija en mí. Esos ojos color ceniza prometían acabar conmigo.

Sus manos llegaron hasta mis muslos y arrastró mi trasero hasta la parte externa del sillón.

Comenzó con besos tímidos y arrogantes en la parte interna de mis muslos, sin apartar la mirada de mí. Era tan peligroso, tan atractivo y, aun así, lo tenía arrodillado frente a mí.

Recosté mi espalda sobre el respaldo y cerré los ojos. Dejé de pensar. Porque si lo hacía, saldría corriendo de esta habitación. Suspiré ante el placer que me estaba dando, y cuando su boca se desplazó hasta mi sexo…

«Por la Diosa».

—Adrien —gemí, agarrándome al sillón de la mejor manera que pude.

Al principio su lengua se movía suave, casi pareciendo insegura. Después, se tornó salvaje, se movía en círculos sobre mi clítoris, estimulándolo, e intercalándolos con lametazos.

—Sabes tan bien —afirmó.

Traté de restregarme contra él, buscando más fricción, pero me agarró los muslos con fuerza, inmovilizándome.

—Quieta —ordenó.

A pesar de haber liberado una pierna de su agarre, me quedé en mi posición.

Adrien insertó dos dedos en mi interior y una sensación primitiva me invadió.

A diferencia de antes, sus dedos se movían libremente, más rápido.

Se movían a un ritmo constante y delicioso.

Por la Diosa, me iba a desmayar. Me encantaba lo que me estaba haciendo.

—Joder —gemí.

Adrien se tomó mis gemidos como una señal para meterme otro dedo más.

Me iba a morir. Una sensación de plenitud me llegó, junto con sus besos y los movimientos de su lengua, tan expertos.

Mis gemidos se volvieron más sonoros, daba gracias que no tenía a nadie a mi alrededor porque no iba a ser capaz de contenerme.

Llevé mi mano a su pelo y tiré de él mientras movía mis caderas desenfrenadas.

—Adrien —supliqué—, te necesito…

«Dentro de mí», fueron las palabras que ahogó un gemido cuando adoptó un ritmo más rápido.

—Dime, querida —preguntó mientras me observaba gemir su nombre—. ¿Qué necesitas?

—Te necesito dentro de mí.

Adrien me dedicó una sonrisa perversa.

—Ya estoy dentro de ti —dijo refiriéndose a sus dedos.

—No… no me refiero a eso.

Volví a mover mis caderas sobre su boca y él movió su mano hacia mi vientre, forzándome a estar quieta.

—Te he dicho que te estés quieta.

Su voz sonó firme, pero pude sentir cómo se reía sobre mi sexo. El ritmo de sus dedos disminuyó, pero sus embistes se volvieron más duros.

—Me encantaría follarte ahora mismo —admitió.

—Hazlo —le supliqué—. Por favor, hazlo.

Le rogué sin apenas pensar. Lo único que invadía mi mente eran los movimientos de su lengua, la plenitud que sentía dentro. No era suficiente.

—No voy a negar que me lo he imaginado más de una vez —confesó—, pero no voy a hacerlo cuando sé que mañana te arrepentirás.

Estaba tan absorta en mi placer que no me percaté realmente de su comentario.

Una oleada de cosquilleos viajó desde mi vientre hasta el resto de mi cuerpo, noté cómo se tensaban mis pies.

—¿Mi hermano también te hace gemir así? —se burló.

Las sensaciones me sobrepasaban, el ritmo de su lengua, sus dedos, todo era demasiado.

—Di mi nombre —rogó en un gruñido.

Y yo lo hice, entre sollozos acalorados.

Cuando mi mirada se cruzó con la suya, ennegrecida por el placer, me deshice. Adrien no se detuvo hasta que no fui nada más que un par de jadeos exhaustos.

Una vez que mi respiración volvió a su ritmo habitual, Adrien se puso en pie y me dio un beso en la sien.

—Duerme —murmuró—. El baño está en la puerta derecha, por si lo necesitas.

¿Estaba insinuando que me quedaría allí? ¿A dormir? ¿En su misma cama? No. No. No. No.

La vergüenza y el arrepentimiento me dieron una bofetada tan fuerte que corrí hasta el baño y me encerré en él. ¿Qué había hecho?

Madre mía. Madre mía. Madre mía.

No podía negar que la experiencia había sido maravillosa, casi irreal.

Pero era Adrien. Había mantenido un poco de decencia y había prometido no acostarse conmigo cuando estaba claro que yo me iba a arrepentir.

Eso no pasaría. No llegaría hasta ese nivel.

De ninguna manera. Hice mis necesidades y me limpié.

Tendría que salir desnuda. No era momento de avergonzarme de mi cuerpo. Hacía escasos segundos que lo había visto. Suspiré y, al abrir la puerta, me encontré a Adrien sentado de espaldas a mí en un borde de la cama.

—Te he dejado una camiseta, por si quieres vestirte.

Había una camiseta perfectamente doblada en la otra parte de la cama, era negra, de algodón. Bastante sencilla. No pude evitar pensar que nunca había visto a Adrien con una así.

—Gracias —murmuré.

Me puse la camiseta, que desprendía un olor fuerte a él. Esto debería ser una clase de sueño.

—Esto… no tengo ropa interior.

Enrollé mis manos, escondiéndolas en parte de la tela de la camiseta. Adrien me sacaba bastantes cabezas, a pesar de que yo no era baja, y su camiseta consiguió taparme hasta los muslos.

—¿Y eso es un problema? —preguntó, irónico. Le lancé uno de sus cojines granates y una aterciopelada risa se vio diluida por el impacto—. Está bien, iré a buscarte algo.

—¿Qué? ¡Ni hablar! —Bramé atacada—. No vas a hurgar en mis cajones de la ropa interior, ¡pervertido!

Adrien me enarcó una ceja, como si el insulto le ofendiese.

—Todavía tengo tu sabor en mi boca, yo de ti cuidaría mis palabras.

Noté cómo el rubor me recorría todo el cuerpo. Gruñí fingiendo molestia. A pesar de que ambos sabíamos el verdadero significado.

—Iré yo —declaré, encaminándome hacia la puerta.

—Ni hablar. Mandaré a una doncella. No vas a salir así.

Me giré de golpe, atacada por la sorpresa.

—¿Estás loco? Todo el castillo pensaría que tú y yo…

Me detuve a mitad de la frase.

—¿Que tú y yo qué? Porque si vas a fingir que esta no es la segunda vez que he hecho que te corras, es mejor que no digas nada más —declaró, un poco enfadado y a la vez decepcionado—. A menos que quieras usar mis calzoncillos, no vas a salir así de esta habitación.

—No voy a usar tus calzoncillos.

—Entonces una doncella irá a buscarte ropa. Me da igual lo que se piensen. Nadie va a decirme nada por follarme a mi propia esposa —rugió.

—Eso no es lo que ha pasado —confesé, sin poder evitar las palabras que diría después—. Te has negado en banda a hacerlo, ¿recuerdas?

Adrien resopló.

—Me encantaría hacerte mía en cada rincón de este castillo —declaró—, pero solo lo haré cuando aceptes lo que soy, lo que somos, lo que implica ser mi esposa.

Adrien se marchó a ducharse y unas doncellas muy amables que jamás había visto se encargaron de traerme ropa, yo diría que incluso demasiada. Me cambié, aunque no fui capaz de dejar ir la camiseta que tanto olía a él. Me quedé dormida entre sábanas acolchadas y cojines mullidos.

Y cuando desperté, Adrien no estaba.