Capítulo 43
MARIE
E scuché pedazos de una conversación acalorada entre Laurent y Cassian, que llevaba desaparecido desde la presentación. No sabía exactamente dónde había estado, pero me podía hacer una idea teniendo en cuenta la manera que tenía de alargar las palabras. Apenas era capaz de mantenerse en pie.
—¡Ya no soy un crío! —le gritó Laurent—. Es hora de que lo aceptes.
Cassian se acercó a él, intimidante.
—¿Ah, no? ¿Y qué crees que eres?
Laurent lo fulminaba con la mirada, desde aquí veía las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas y lo apretados que tenía sus puños por la impotencia.
—Voy a decirte, exaaaaaactamente lo que eres.
—Cassian tropezó consigo mismo, lo que le hizo soltar un par de improperios imposibles de entender—.
Eres un niñato que se cree que lo ha conseguido todo, piensas que brillarás, que serás el mejor Umbrae que exista; pero déjame que te cuente qué es lo que va a pasar.
Vas a fracasar. La tienes a ella y no te la mereces.
—Es suficiente —intervine.
Corrí todo lo rápido que me lo permitían los tacones, para estrechar a Laurent entre mis brazos. Apretó los ojos con fuerza, tratando de impedir que salieran más lágrimas.
—Este no eres tú, Cas —dije mientras acariciaba el pelo de Laurent. No estaba decidido a devolverme el abrazo, pero había escondido su cara en mi hombro, con los puños todavía cerrados—. Tú no eres así.
—¿Qué sabrás tú de cómo soy?
Cassian bufó asqueado y me dedicó una mirada de soslayo.
—Nada, en realidad.
—Lo que decía —murmuró a mi lado.
Necesité toda mi fuerza de voluntad para no correr hacia allí y patearle el trasero.
—Todo va a salir bien —musité.
Escuchaba los sollozos desenfrenados de Laurent y noté cómo evitaba abrazarme para no desplomarse más todavía.
—No voy a fracasar.
Sentí cómo su voz se quebraba sobre mi pecho y, de repente, tuve entre mis brazos a un Laurent más pequeño, recién abandonado, cuya única ambición era convertirse en un Umbrae, y Cassian acababa de romperla a pedazos.
—No, no lo harás —admití mientras fulminaba el sitio donde, hasta hacía segundos, estaba Cassian y juré que algún día lo haría pagar por esto.
✽✽✽
Al volver al salón, Adrien seguía relacionándose con gente que, en los próximos cinco minutos, habría olvidado.
Me aparté el pelo de la espalda, dejándola descubierta a excepción de unas cuantas tiras de tela.
Las cicatrices de mi marca habían curado a la perfección y ahora brillaban de un color verdoso al hacer uso de mi magia.
De lo contrario, lucirían como un tatuaje de tinta dorada.
Si Adrien quería jugar, le daría motivos para hacerlo.
Caminé hacia él a paso seguro, con una copa en mi mano, balanceando las caderas como si fuese la mujer más atractiva que este hombre vería en su vida.
Nuestras miradas estaban fijas la una en la otra y sus ojos brillaban con un destello de diversión y curiosidad.
Sus acompañantes parecieron notar su ausencia de atención y se giraron para observarme.
Adrien llevaba, igual que yo, una copa en la mano, a diferencia de su contenido: la suya parecía ser una bebida alcohólica mucho más fuerte.
Deslicé uno de mis dedos por su marcada mandíbula, acercándolo a mí.
Su mano libre se deslizó hasta mi cintura, donde me atrajo hasta él.
Estábamos absortos el uno en el otro y, respecto al volumen, juraría que las conversaciones a nuestro alrededor bajaron bastantes niveles.
Sus labios estaban levemente entreabiertos, Adrien intuía el espectáculo que tenía pensado dar.
Se humedeció los labios, deslizando la mirada entre mis ojos y mi boca.
Le pasó la copa a la persona que estaba a su lado y arrastró su mano, ahora libre, hasta mi nuca.
Me miró una última vez, otorgándome una vía de escape, dándome la oportunidad de establecer el límite.
Le dediqué una sonrisa coqueta a modo de respuesta.
Sus labios se estamparon con los míos, demasiado fieros para la audiencia que teníamos, demasiado suaves para ser él.
No era nueva en este contacto, sabía cómo él se enredaba en mí, cómo su cuerpo reaccionaba al mío.
En lo que ya no podía mentirme más era en la manera en la que el mío reaccionaba al suyo.
Me di cuenta de mi error demasiado tarde, porque había comenzado algo que no tenía claro cómo continuaría. Había extrañado su roce, el sabor de su aliento, mezclado entre el alcohol y hierbas frescas. Y no sabía en qué lugar me dejaba eso.
Le mordí el labio de manera apenas perceptible.
Fue una pequeña provocación. O eso quería creer.
No tenía nada que ver con que yo también estuviera disfrutando de este beso.
Adrien soltó un gruñido, demasiado bajo para que el resto lo escuchara, lo suficientemente alto para que yo sí lo oyera. Esa fue mi señal para apartarme.
Sus labios estaban hinchados, sus pupilas completamente dilatadas y seguía manteniendo su agarre firme todavía.
Me acerqué a su oído.
—La próxima vez que traigas a tus acompañantes —suavicé el atributo que quería soltar en realidad—, no seré tan silenciosa con tu hermano.
Por la Diosa, ¡¿por qué había dicho eso?! Nunca había pensado en Cassian de esa manera, y el cabreo que tenía en este momento con él...
Adrien suspiró con fuerza, sus ojos se tiñeron de furia y percibí cómo hacía una pequeña mueca de fastidio mientras chasqueaba la lengua. Esa fue la última vez que me dirigió la mirada en los próximos cincuenta minutos.
La había fastidiado.
Ya iba siendo hora de que aprendiera a cerrar el pico.
—Discúlpenos, mi esposa todavía no ha aprendido cómo comportarse. —Adrien reforzó su agarre.
Estaba convencida de que toda la sala escuchó el rechinar de mis dientes, además de percatarse del pisotón que le había dado en el pie. Adrien me agarró todavía más fuerte.
—Sí, tiene razón —admití, fingiendo vergüenza—. Alguien debería enseñarme.
—Confía en que alguien lo hará, querida —musitó.
Nos desplazamos a la mesa, donde un gran banquete aguardaba. La primera parte de la cena pasó entre conversaciones cordiales acerca de lo deliciosa que estaba la comida o sobre la exquisita decoración que adornaba la sala.
Cuando pusieron el plato principal, la conversación adoptó un tono más político, los burócratas que nos rodeaban comenzaban a hacer peticiones extravagantes y poco necesarias.
El olor a la carne asada inundaba la sala, mezclándose con el toque especiado de hierbas o el toque empalagoso de la mantequilla.
Me dispuse a llevarme un pedazo a la boca cuando la mano de Adrien aterrizó sobre mi pierna.
Al principio, fue una caricia inofensiva que se limitaba a permanecer quieta.
Después, recorría toda la piel de mi muslo, entrando atrevidamente en la parte interna del mismo.
—Señorita Arkenvoss —preguntó el burócrata bigotudo que tenía en frente—. ¿Ha recibido algunas nuevas sobre la situación actual de Eldoria?
Adrien mantuvo el ritmo de su caricia, apretándome suavemente el muslo de vez en cuando.
Tragué con dificultad, me estaba resultando difícil concentrarme en la conversación que estaba intentando mantener con el señor Bigotes.
—No —confesé—. La verdad es que no.
—¡Oh! —exclamó decepcionado—. Eso es horrible, a mis oídos ha...
—¿Qué estás haciendo? —le susurré a Adrien cuando sus caricias se acercaban cada vez más a mi zona íntima.
—Enseñarte a comportarte —murmuró en mi oído para después depositar un suave beso en mi cuello.
Había dejado de escuchar todo lo que decía el burócrata y comencé a preocuparme sobre los planes malévolos y pervertidos que tenía mi esposo para mí.
Notaba cómo el calor me subía desde el cuello y se expandía hasta mi vientre.
Traté de recolocarme en el asiento, huyendo de su contacto.
Adrien no me dejó ir tan fácil, agarró mi muslo con su mano libre y lo volvió a colocar, abriéndome más las piernas.
Sentí como si estuviera tragando piedras.
—¿Entonces han recibido alguna misiva? —volvió a preguntar el burócrata.
—¿Mmm?
Evitaba abrir la boca, temiendo los sonidos que podrían brotar de ella.
—De Eldoria, mis contactos dicen que se están preparando para una guerra.
El bigotudo frunció el ceño indignado, como si no terminara de creer las palabras que salían de su boca.
—No se preocupe, señor Paditon —lo tranquilizó Adrien—. De haber recibido tal misiva, nuestro ejército ya estaría movilizándose.
Me atraganté con la bebida y me tensé. ¿Guerra? ¿Ejército? Adrien me dio un pequeño apretón para tratar de tranquilizarme y me preocupó cómo comenzaba a conocer mi cuerpo. No sabía cómo eso me hacía sentir.
—¡Bien! ¡Bien! —aplaudió, entusiasta—. Señor Arkenvoss, me gustaría felicitarle también personalmente por su compromiso.
La mano de Adrien comenzó a tomar confianza, acariciándome sobre mi ropa interior. Me giré para mirarlo, pero su rostro permanecía impasible, casi como si estuviera aburrido. Como si no estuviera acariciando mi intimidad debajo de la mesa.
Su caricia era suave, delicada, la intercalaba entre mis muslos y mi sexo, provocándome escalofríos cada vez que su mano regresaba.
—Se les ve felices, y en Nocturia están contentos de tener por fin una nueva reina.
El comentario pareció tensar a Adrien, que se detuvo durante un segundo y suspiró. Fue apenas un segundo, aun así, percibí el cambio en su actitud.
Su mano volvió a jugar con mi sexo, como si hace unos segundos no hubiera penetrado algo en su dura coraza.
El señor del bigote siguió desvariando, haciendo comentarios extraños y manteniendo conversaciones solo. Nadie le hacía caso, ni reían sus gracias.
Pude aguantar el plato sin emitir ningún sonido vergonzante que delatara lo que estaba pasando debajo de la mesa.
Sin embargo, en cuanto llegó una deliciosa panna cotta a la mesa, Adrien enredó sus dedos en mi ropa interior y la hizo a un lado.
Me sentí desnuda, como si todo el mundo pudiera verme y, a la vez, una sensación de adrenalina y placer me recorría la columna.
Sus dedos se deslizaron hacia mi clítoris, masajeándolo en círculos.
Me agarré a la silla con mi mano libre. La apreté con tanta fuerza que sentía que estaba a punto de romperse.
—No hagas ruido —me susurró Adrien.
¿Cómo iba a no hacer ruido? Joder, debería ser ilegal tocarme de esa forma, por no hablar de hacerlo en público.
Sus movimientos eran suaves, lo suficiente como para encenderme. No entendía por qué abría más las piernas para él, por qué ansiaba recibirlo.
—Señorita Arkenvoss. —Me llamó el burócrata al lado del de bigote—.
Me gustaría hacerle una propuesta que su esposo rechazó hace mucho tiempo.
—Asentí con la cabeza, en parte porque tenía la boca llena y, por otra, para evitar hacer el menor ruido posible—.
Verá, a muchos residentes nos gustaría traspasar la sombra, entendemos los riesgos y…
Me atraganté con el resto de panna cotta mientras brotaba, entre mis toses, un sonido de placer ahogado.
Adrien acababa de meter dos dedos en mi interior. Y yo estaba a punto de desmayarme. El burócrata me frunció el ceño, preocupado por mi repentino ahogamiento.
—Afirmas odiarme —Adrien se cernió sobre mi cuello, susurrándome al oído— y, aun así, estás empapada por mí. —Me pegó un suave mordisco, que se quedó en una caricia—. ¿Vas a correrte sobre mis dedos? ¿Delante de toda esta gente?
Por la Diosa, esto era una tortura. Una verdadera tortura.
Había querido jugar con él, pero no se podía jugar contra el maestro.
Me estaba dando una lección, y lo odiaba.
Lo único que deseaba ahora mismo es que toda esta gente adinerada desapareciese, montarme sobre él y que me destrozase también este vestido.
Por Ignavar entero, lo quería dentro de mí.
Debería dedicarme a estudiar anatomía humana para comprender por qué mi cuerpo reaccionaba de esta estúpida manera a él.
Sus dedos se movían suaves, a un ritmo constante y duro, no eran movimientos frenéticos, sino más bien un ritmo que me llevaría pronto a la locura.
Jugaba conmigo: los metía, los sacaba, me acariciaba para volverlos a meter…
Le arañaba la mano, rogándole que parase, que ya era suficiente, y, a la vez, pidiéndole que me diera más, que lo quería todo.
Observé al burócrata, que todavía aguardaba mi respuesta. Era momento de hablar y yo no sabía cómo iba a poder hacerlo.
—Oh... Eh... —carraspeé para aclararme la voz, o al menos, intentarlo—. Es una propuesta… —tragué saliva. Los movimientos de Adrien se volvieron más firmes y su mirada estaba puesta en mí, aguardando ver cómo reaccionaría— interesante. La valoraremos —dije apenas en un susurro.
Adrien rebufó, dirigiendo la mirada al techo, a su izquierda, a todas partes. Desde fuera podrían pensar que estaba molesto por tener una esposa tartamuda que no fuese capaz de mantener una conversación. La realidad era totalmente diferente.
Adrien salió de mí y me colocó mi ropa interior de vuelta en su sitio.
—Su propuesta será considerada —intervino Adrien cuando notó que el burócrata estaba a punto de rechistar.
Adrien agarró mi mano y nos puso en pie.
—Gracias por su asistencia —dijo en un tono mordaz—. Nosotros debemos irnos.
La sangre me abandonó el cuerpo. ¿Debemos? ¿Cómo que debemos?
Oh, no.