La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 42 #2
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Capítulo 42 #2

Asentí con la cabeza, tratando de dar por finalizada esta conversación que tanto me inquietaba. Laurent pareció entenderme y me dio un último abrazo para ir a prepararse.

—¡Mucha suerte! —le grité a lo lejos. Olvidé que estaba en la biblioteca y me conseguí un par de miradas asesinas.

—¿No sabes que en la biblioteca hay que permanecer en silencio? —preguntó una dulce voz a mi espalda. Intenté contener el chillido que estaba rugiendo en mis pulmones debido a la sorpresa.

—¡Cas! —le eché la bronca en un susurro.

Cassian me dedicó una de sus tiernas carcajadas y me arrebató una hoja con apuntes.

—¿Qué haces aquí todavía?

—Estudiar —gruñí—. Dame eso.

Le arrebaté el papel de las manos, que terminó arrugado.

—Quería hablar contigo —murmuró.

—¿De qué? —pregunté con la boca llena del último pedazo de bollo.

Cassian pareció perder el hilo de la conversación y se quedó absorto en el bollo que me llevé a la boca.

—Lo siento —mentí—. Era el último trozo. —Volví a mentir.

—¿Los bollos por los que tanto se ha peleado Adrien por conseguir eran para ti?

—¿Eh? Ah, sí. —repliqué sin darle importancia al hecho de que Adrien se peleara por conseguir un par de bollos.

—Entiendo —rugió como una bestia en celo.

Comenzó a recortar la distancia entre nosotros, en una mezcla de peligro y anhelo. Me agarró la mandíbula con sus dedos, obligándome a mirar a esos ojos azulados tan fríos y cálidos a la vez.

Su mano me limpió delicadamente trozos que tenía pegados por toda la cara para pasar sus dedos sobre mis labios, acariciándolos, dejándolos allí más tiempo del debido. En una caricia endeble. Una mirada cohibida por todo lo que su boca no se atrevía a decir.

Sus ojos, expectantes, esperaban una respuesta, y yo no fui capaz de entender el lenguaje en el que me hablaba.

Él parecía querer algo más de mí, algo que yo no podía darle.

Su corazón latía sin ser correspondido, en una frecuencia muy distinta a la mía.

Su rostro se acercó al mío, sus labios intentaron rozar los míos y me aparté casi por instinto.

Veía confusión, dolor, rechazo.

—Cas... yo no...

Una voz grave me interrumpió a mis espaldas:

—Sabía que siempre has sentido afán por mis cosas, pero nunca esperaba que también lo hicieras por mi esposa —rebufé. Este hombre siempre tenía que meterse en medio de todo, como si su última palabra fuese suya—, hermano.

Y la palabra se pudrió en su boca.

Los miré espantada, esperando que se tratase de otra de sus ridículas bromas. Se internaron en un duelo, entre miradas afiladas que se insultaban.

¿Cassian era el hermano ilegítimo de Adrien?

Los vi a ambos, tan diferentes; pero una vez que te fijabas, se volvían tan parecidos. El arco de la nariz era prácticamente idéntico en ambos y la forma de la mandíbula también. Me alejé de Cassian, poniendo distancia entre nosotros.

—Largo —le gruñó Adrien.

Cassian lo fulminó con la mirada y, al pasar a su lado, le propició un golpe con el hombro.

Adrien contuvo la respiración, por lo menos, durante cinco segundos, tratando de evitar una pelea física con lo que parecía su medio hermano.

Siempre me pareció que tenían una relación un tanto formal.

Aunque, ahora que me paraba a pensarlo, sus palabras siempre estaban teñidas de rencor.

Traté de pasar a su lado, sin embargo, Adrien me agarró a medio camino, arrastrándome con él. Me quedé de espaldas a una estantería, repleta de libros.

—¿Te ha besado? —exigió.

—No —le confesé, sin saber muy bien por qué.

Adrien se acercó más a mí; apenas nos separaban unos centímetros y mi traicionero corazón estaba dando brincos.

—Bien —murmuró a escasos centímetros de mi boca.

Traté de volver a hacerme paso y él me lo volvió a impedir. Me arrinconó todavía más entre su cuerpo y las estanterías y yo juré desestabilizarme.

—Te odio, ¿lo sabías?

—¿Ah, sí?

Su boca se acercó a mi oído, susurrándome. No entendía la reacción que estaba teniendo mi cuerpo, y también lo odiaba. En realidad, odiaba ya no odiarlo tanto.

—Entonces, ¿por qué sigues aquí?

Su mirada se quedó estancada en la mía, con las pupilas dilatadas y las aletas de la nariz moviéndose desenfrenadas.

Sentí el impulso de acercarlo a mí, besarlo como hice la última vez.

Pero no podía, no debía hacer eso. Odié querer hacerlo.

Odié haberme planteado esa posibilidad. Odiaba todo lo que él suponía; la manera en la que alargaba las palabras, el tono que adoptaba su voz al hablarme.

Me alejé a trompicones, tratando de correr de semejante escena tan confusa. Corrí a arreglarme, porque esta noche era de Laurent, y no había sitio suficiente para estos problemas. No había hueco para Adrien.

Janine y Tahlia estaban en mi habitación, como era de esperar.

Correteaban por toda la habitación, en todas las direcciones.

Janine era un manojo de nervios que no paraba de decir cosas sin sentido.

De pronto se ponía a llorar; después, volvía a correr por toda la habitación, gritando que no le quedaba tiempo.

—¿Y a ti qué te ha pasado? —me preguntó Tahlia con el ceño fruncido—. Tienes pinta de haber visto un fantasma.

—Mejor no preguntes —resoplé—. Cassian ha intentado besarme, o eso creo, y después ha aparecido Adrien echándolo a ladridos como un perro territorial. Me he enterado de que son hermanos.

—¡¡¿Quéeeeeeeeeee?!! —gritó Janine por toda la habitación—. No me lo expliques, no tengo tiempo.

—¿Lleva así toda la tarde? —le pregunté a Tahlia.

Tahlia afirmó con la cabeza, devolviendo su atención al libro.

Llevaba un vestido verde bosque de algodón ceñido y tirante fino, que le llegaba hasta la rodilla junto con unas simples sandalias.

Janine había decidido llevar un vestido pomposo, corto y morado, se había recogido el pelo en una coleta apretada y sus pies estaban decorados con unos tacones plateados.

A mí me esperaba un vestido de seda azul cielo, que me cubría hasta los tobillos. Tenía una apertura que iba desde la cintura hasta el bajo, haciéndose cada vez más grande, y en la espalda las cuerdas se enredaban entre sí.

—¿Has pensado en besarlo?

El corazón se me detuvo, Janine había conseguido apaciguar sus nervios y me miraba impaciente.

—¿Qué?

—A Adrien, deberías besarlo esta noche.

—Janine, eres una mala influencia —afirmó su melliza.

—Sí, sí, todo lo que quieras, pero piénsalo. Tal vez...

—No. Un rotundo no —le corté.

—Bueeeeeeeno.

Las mellizas se adelantaron para coger buenos sitios en la presentación a pesar de que les estuve repitiendo incontables veces que no era necesario, que, debido a mi posición, tendríamos los mejores asientos asegurados, pero no quisieron escuchar.

Para cuando terminé de arreglarme, ya era casi la hora. Caminé a paso ligero por los pasillos. Gracias a la Diosa que la sala de presentación no estaba lejos. Me encontré a Ewa mientras tanto.

—¿Marie? ¿Qué haces aquí? —me extrañé.

Aunque Ewa no había sido invitada a la presentación, su pregunta me descompuso.

—No te sigo.

—Pensé que eras tú la que estaba, ya sabes —me guiñó un ojo, perra despiadada—, montándoselo con Adrien.

Ewa me miró con esa cara de cervatillo malévolo, la cara que usaba siempre que trataba de pisotearme. La sangre me abandonó el cuerpo y quise creer que Adrien no sería capaz. Quise engañarme a mí misma.

Oh, y tanto que lo sería.

Cerré mi mano en un puño y apreté fuerte hasta que mi mano quedara marcada por mis uñas. La simple idea de pensar en él con otra mujer me provocaba náuseas.

«No te importa lo que él haga».

«Él no es nada para ti».

Me repetí esas frases durante segundos en mi cabeza.

—Ah —dije tratando de fingir indiferencia—. Una lástima, te has confundido.

Dejé a Ewa en mitad del pasillo, mirándome como un halcón observando a su presa.

Tenía el presentimiento de que todo esto no había sido más que una artimaña para encenderme y, por un momento, lo había conseguido. Había visto esa chispa de diversión en ella, al igual que ella había notado el efecto de sus palabras en mí, por mucho que hubiese tratado de disimularlo.

Le escuché soltar un resoplido, como si todo lo que acababa de pasar no hubiese sido más que una estupidez.

Cuando entré en la sala, Janine no paraba de llamarme con gestos entusiastas e impacientes, señalándome el asiento que había a su lado. Me acerqué a él, agachándome para no perturbar la vista.

Me senté entre las mellizas, Tahlia tenía a Cassian a su lado, que estaba haciendo todo lo posible por ignorarme, y a mí se me revolvió el estómago de recordar lo que había pasado apenas horas atrás.

—Casi llegas tarde —gruñó Tahlia.

—No es verdad.

Bueno, sí lo era.

—Sí, sí lo es —insistió.

—Bueno, pero eso son solo tecnicismos, realmente he lleg...

Janine nos mandó a callar como una bestia enfurecida, mientras movía la cabeza a todas partes, buscando una seña de una melena pelirroja o un rostro pecoso.

—Janine, ¿quieres relajarte? —bramó su hermana.

—¿Relajarme? ¿Relajarme? —La expresión de Janine pasó a ser roja asesina, comenzó a mover las manos enérgicamente, y me arrepentí de estar en medio de estas dos.

—Sí —obstinó Tahlia, molesta—. Laurent estará a punto de salir. Cuando lo haga, lo verás.

Ahora mismo, no sabía quién de las dos me daba más pena, si Janine, por estar desquiciada, preocupada y parecer haberse tomado ocho litros de café; o Tahlia, por tener que aguantarla durante todo el día.

Traté de llamar la atención de Cassian. Le hice gestos, con Tahlia entre medias bufando, quejándose de que no veía, y Janine mandándome a estar quieta o callarme.

Cassian fingía no escucharme. Sé que estaba fingiendo porque veía cómo le temblaba el ojo cada vez que lo llamaba.

Al final, me di por vencida, arrastrándome resignada por mi asiento.

Recobré la compostura rápido, metiendo todo en el cajón del que ya me preocuparía más tarde. Mi mirada viajó por toda la sala, buscando un rastro de Adrien que no encontré en ninguna parte.