La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 42
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Capítulo 42

MARIE

D esperté del trance, agitada. Lo que comenzó como una búsqueda a mi núcleo, terminó en una excursión a las puertas del inframundo.

Era curioso cómo sentía que ellas me llamaban, cómo me guiaban hasta ellas y yo no podía hacer más que limitarme a acatar sus órdenes.

Era como si una parte de mí les perteneciera y la reclamaran.

Tahlia estaba frente a mí, con ojos asustadizos y una piel palidecida. Sus manos estaban sobre mis hombros y no dejaba de llamarme y sacudirme. Me sentía como si hubiera consumido una cantidad indecente de frongos venenosos. El estómago me daba vueltas y sentí la necesidad de devolver mi desayuno.

—Las he visto —murmuré apenas sin fuerza.

—¿El qué? ¡¿Qué has visto?! —preguntó Tahlia, cada vez más impaciente.

—Las puertas. Están aquí. Y el guardián también. —Le dediqué una mirada recelosa.

Después de explicarle a Tahlia todo lo que había presenciado allí abajo, decidimos volver a la biblioteca.

Ahora que, de alguna manera, había visto al guardián y me hacía una idea menor de dónde podrían estar situadas, creí que por fin podríamos avanzar.

Después de pasarnos casi una hora investigando y no encontrar nada, llegamos a la conclusión de que lo mejor sería la prueba y error. Si yo trataba de volver a conectar con las puertas, terminaría por encontrarlas. Al final, ese era mi destino, ¿no? Había nacido para eso.

Lo que no paraba de rondarme la cabeza era cómo Adrien estaba allí, pero a la vez no era él.

Sus ojos estaban más apagados, no había rastro de la fiereza que los identificaba.

Como si fuera presa de un tormento que lo consumía desde dentro, forzado y condenado a seguir las órdenes y los caprichos del destino.

Sentí una quemazón en mi pecho que apenas me dejaba respirar. Sentí que el mundo bajo mis pies temblaba. Me sentí pequeña, incompetente, manipulada.

—Yo de ti, llevaría cuidado a partir de ahora —me advirtió Tahlia, agarrándome de las manos—. Tu magia... nunca había visto nada así.

—¿De qué hablas?

—Mira, es extraño —comenzó, pasándose las manos por la cara—.

En Varnath, la magia es algo típico de los Sylvari y, aun así, cada magia es única.

Yo tiro más de la alquimia, pociones y pequeños hechizos sanadores.

Janine es una especie de intermedio con los muertos y los vivos, puede hablar con aquellos que residen en el limbo.

Tú, en cambio... es como si todos los elementos danzaran para ti.

Suspiré frustrada porque yo tampoco entendía el porqué. De milagro era capaz de entender cómo funcionaba mi magia como para empezar a preocuparme de por qué era distinta.

—En Ignavar no pueden invocar el fuego, simplemente manipularlo, controlarlo. Igual que en Avelora, en Zephyria o en Vecthorn manipulan su elemento, pero no son capaces de invocarlo.

—Pero Adrien... Adrien puede invocar las sombras. Y Cassian, la luz.

—Sí, pero pienso que eso es más debido a la maldición, los obligó a cambiar de elemento, pasaron de ser luz a ser oscuridad. Por lo que es probable que algunos de ellos se quedaran atascados en el cambio, como Cassian, y otros, como Adrien, se adaptaran a él.

Arrugué el ceño y me envolví entre pilas de libros.

—¿Qué es lo que sugieres?

—Que practiques, Marie. La profecía mencionaba una llave. Una en la cual los elementos respiraran en su pecho.

—Todo esto sería más sencillo si comprendiera mi magia —farfullé y me crucé de brazos sobre la mesa, abandonando mi misión de estudio.

Tahlia se dejó caer en la silla, intercalando su atención entre los libros y teorías disparatadas.

—Estoy empezando a creer que, en lugar de estar vinculada a cada una de las montañas, son los elementos los que viven en ti.

Bufé, deseando poder entenderlo. Poder entenderme a mí. Tal vez eso lo haría más sencillo. Tal vez yo fuese el problema y, a la vez, la solución.

—Es que no lo entiendo. Nada tiene sentido. Yo no debería tener magia.

Tahlia y yo nos pasamos horas repasando la profecía, tratando de encontrarle un sentido. Un motivo. Una pista sobre los misterios de mi poder. De la maldición.

No encontramos nada. Todo era muy ambiguo. Poco específico. Era imposible entender a qué se refería con unos textos emborronados y una pésima caligrafía.

—El sello —murmuró Tahlia.

—¿Qué le pasa?

Tahlia me pasó un papel desgastado. Una especie de historia corta. Me señaló un párrafo específico:

«Y una vez que la llave pise Varnath, cuando los seis elementos respiren en su pecho…».

—Eso es lo que hemos estado hablando.

—Sí —replicó—. Sigue leyendo.

«La llave deberá buscar al guardián y guiarlo hasta las puertas. Solo entonces, el sello vibrará».

—El verdadero enigma es qué es el sello. Y cómo podría yo guiar al guardián a las puertas.

—Ya lo has hecho —susurró.

Y la sangre me abandonó el cuerpo mientras ordenaba mis pensamientos.

«Cuando los seis elementos respiren en su pecho».

Eso debería ser la explosión de mi magia. Mis repentinos poderes. Esos que no debía tener.

—Oh, no.

«La llave deberá buscar al guardián y guiarlo hasta las puertas».

Tahlia tenía razón. Acababa de guiar al guardián a las puertas. Acababa de poner principio al fin.

Me quedé durante lo que me parecieron horas sumida en mis pensamientos, en hojas de papel perdidas por la mesa. Tahlia se marchó a sus clases y yo decidí continuar investigando.

Releí los mismos textos por décima vez hasta que comenzaron a sonarme ridículos. Y justo cuando sentí que la frustración amenazaba con desbordarme, una melena rojiza apareció delante de mí como un salvador.

Llevaba una bolsa de papel y olía como... No, no podía ser.

—Hola —murmuró en una sonrisa—. Te he traído esto —dijo acercándome la bolsa—. Bueno, no he sido yo, pero... sí he sido yo.

—¡No puede ser! —Me puse en pie de golpe, rodeando a Laurent entre mis brazos y llenándole la cara de besos— ¡Por la Diosa, Laurent! ¡Te amo!

Corrí de nuevo a por la bolsa, sacando los bollos de El Horno del Ébano.

Los deliciosos bollos esponjosos de lavanda y miel que tanto añoraba.

Le pegué un buen bocado, pringándome entera mientras emitía gemidos de puro placer.

Los había extrañado. Deberían catalogarlos como una maravilla.

Eran deliciosos, nunca estaban muy tostados ni demasiado crujientes, siempre eran perfectos.

Y el glaseado que hacía Theón... un verdadero deleite.

—Adrien tenía una misión de reconocimiento con los Umbrae en el centro y le rogué que me trajera uno. Cree que son para mí.

Laurent intercalaba frases con carcajadas, seguramente mi cara estaba llena de lavanda y migajas pegajosas, pero estaba feliz, no me importaba el resto.

—¿Cómo estás? —le pregunté con la boca todavía llena—. ¿Nervioso?

Esa noche era la presentación, donde los aspirantes a Umbrae eran presentados a la sociedad, puros temas burocráticos y aburridos.

Se celebraba una gala y, después, una cena.

La gente se ponía muy nerviosa con eso de conocer a los próximos integrantes del cuerpo Umbrae, es por eso que las pruebas del Rito eran públicas y casi toda Nocturia acudía a verlas.

—Solo un poco —confesó—. He estado esperando este momento durante años. Después de que mis padres me abandonaran, necesitaba un propósito, entrenar para ser Umbrae ha sido toda mi vida.

—No me extraña —balbuceé—. Te he visto entrenar. Eres una bestia.

Laurent apoyó la barbilla entre sus manos y no pude evitar fijarme en su mirada perdida.

—¿Va todo bien?

—Sí —replicó fingiendo una sonrisa—. Es solo que… muchos entrenadores me consideraban demasiado débil, emocional y blando. Decían que no tenía lo que se necesitaba y yo les creí —suspiró—. Hasta que Adrien confió en mí y obligó a Cassian a entrenarme.

No quería saberlo, no quería conocer el lado blando de Adrien: ese donde se preocupaba por la gente, donde era considerado y un poco amable.

No tenía claro si iba a ser capaz de soportarlo.

Pero se trataba de Laurent, por este pequeño torbellino haría lo que fuese necesario.

Le escucharía alabar al mismo diablo si eso le complacía.

Me había demostrado más de una vez que era leal, preocupado y considerado. Si esas no eran cualidades dignas de un Umbrae, ellos se lo perdían.

—Comencé a entrenar cada día más duro, necesitaba hacer que alguien se sintiera orgulloso de mí. Temía que, de no hacerlo, me volvieran a abandonar —murmuró, apartando la mirada en la que se le comenzaban a acumular las lágrimas.

—Yo estoy orgullosa de ti, de la persona en la que te has convertido y lo estaré del Umbrae en el que te conviertas, porque sé que lo lograrás.

Rodeé a Laurent en un abrazo por detrás. Todo lo que había luchado, lo que se había esforzado, sabía que un día merecería la pena. Creía en él de manera incondicional, de la misma forma que él me había dejado entrar en su vida sin ponerme en duda. Se lo debía.

—Era pequeño —continuó— cuando todo aquello pasó. Mis padres me dejaron con apenas cuatro años. Y desde entonces siempre me he preguntado qué había de malo en mí, qué podría haber hecho mal.

—No hiciste nada mal, Laurent. —Hice una breve pausa mientras le buscaba con la mirada—. Hay veces que la gente es cruel, y ya está. No hay ningún motivo detrás.

—Marie —me llamó.

—¿Sí?

—Si no lo consigo...

—Lo harás —le interrumpí. No quería que pensara que no conseguirlo era una posibilidad.

—Adrien no es mala persona. —La afirmación me pilló de imprevisto—.

Solo... es un incomprendido. Lleva mucho peso sobre sus hombros, pero no es malo, ni cruel.

Él siempre se ha preocupado. —Esta vez era yo la que evitaba su mirada a toda costa.

Me apretó la mano con suavidad, buscando mi atención—.

Siempre lo ha hecho. Y yo siempre estaré en deuda con él por haberme acogido.

Por haberse fijado en mí. Por haber sido el hermano que nunca tuve.