La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

MARIE

C orrí por todos los pasillos como una desquiciada, esperando llegar a tiempo. Tahlia era una buena amiga, pero como me dignara a retrasarme cinco minutos, sería la responsable de que mi cabeza estuviera colgada en una estaca.

Abrí la puerta de golpe, justo a tiempo. Mi pelo seguía empapado y sin peinar, y los moratones se habían vuelto mi nuevo accesorio de hoy.

—¿Qué diantres te ha pasado? —preguntó espantada.

—Una larga historia —añadí sin darle demasiada importancia.

Me senté sobre el suelo, apoyando un tobillo sobre el otro, y cerré los ojos. Sin querer perder más tiempo, repetí el ejercicio que llevábamos días practicando. Me dirigí a mi sala del Consejo, rodeada por las seis puertas. Me embadurné de mi poder, esperando sentir algo.

—Accede al núcleo —me exigió Tahlia.

—Lo estoy intentando —murmuré.

Abrí todas las puertas, una por una, creando explosiones plateadas a mi paso. ¿Estaría el núcleo dentro de ellas? ¿O sería algo más interno?

—No lo veo —afirmé.

—Confía en tus instintos.

Sentía a Tahlia dar vueltas a mi alrededor, lo cual no me ayudaba demasiado a concentrarme. Por más vueltas que daba dentro del consejo, nada parecía funcionar.

—Vamos a probar otra cosa. —Tahlia me agarró de las manos, sentándose frente a mí—. Visualiza tu alrededor. ¿Qué escuchas?

Como aquel día en el bosque, apreté los ojos con fuerza. Por unos instantes, solo escuchaba silencio, no escuchaba siquiera el sonido de mi propia respiración.

Después, vino a lo lejos: pasos en los pasillos, voces que murmuraban, el sonido de las puertas abriéndose y cerrándose a mi alrededor. Un poco más cerca: el sonido de la brisa paseándose por la estancia, acariciándome la piel. Escuchaba el ritmo de mi respiración, los latidos de mi corazón.

Algo cálido y humeante parecía llamarme a lo lejos, como chispas esperando a convertirse en fuego, rodeadas de susurros indescifrables que cada vez se hacían más fuertes:

« Drimva Navah, Drimva ».

Sentía cómo mi subconsciente recorría los pasillos del Valenves, buscando el origen de esa voz. Bajaba escaleras, y bajaba y bajaba; recorría pasillos que nunca antes había visto.

Unas gotas de sudor frío me recorrieron la espalda y sentí cómo mi cuerpo empezaba a temblar, en fuertes sacudidas. La cabeza me dolía tanto que parecía estar a punto de estallar.

—Siente tu cuerpo, Marie.

El ambiente se volvió bruscamente gélido y oscuro.

Me pareció haber pasado frente a las mazmorras, pero todo estaba ocurriendo tan rápido que no lograba situarme.

Bajé unas escaleras demacradas por la humedad.

La pared era estrecha y el techo bajaba a cada escalón.

Un olor putrefacto me invadió de pronto, mezclado con algo salino y antiguo.

Las voces volvieron a llamarme, en multitud:

«Drimva Navah, Drimva».

«Drimva Navah, Drimva».

«Drimva Navah, Drimva».

«Drimva Navah, Drimva».

En esta zona del Valenves, sonaban más fuertes, más claras, eran melódicas y armoniosas. Me tentaban a ir hasta ellas, a hacer lo que quisieran.

Continué bajando el tramo de las escaleras. Había llegado a un punto en el que debía agacharme y pasar de lado, ya que apenas cabía por el estrecho corredor.

Al llegar al final de estas, me encontré una puerta, diminuta y atrofiada, con la madera putrefacta y corrompida. Giré el pomo. No se abrió. Tiré con más fuerza. No se abrió.

No debería ser tan complicado abrir una puerta húmeda y repleta de moho. Una patada funcionaría.

No lo hizo.

La madera no crujió, la puerta no se movió. Parecía estar custodiada por magia, una muy antigua y poderosa, a la que nunca antes me había enfrentado.

Noté una sombra materializarse a mi espalda y me giré de golpe con el corazón galopando en mi boca.

Había un caballero vestido en una armadura plateada brillante.

Todo en él estaba cubierto de chapas metálicas que relucían a la luz de las llamas que alumbraban el corredor.

Portaba una especie de arma, parecida a un hacha de guerra, alta y afilada, capaz de cortarme la respiración con tan solo mirarla.

El caballero tenía los ojos descubiertos, era la única parte de su cuerpo que no estaba cubierta. Decidí no prestarles demasiada atención. Él se alzaba imponente frente a mí y, a pesar de no haber hecho ademán de atacarme, su simple presencia era una amenaza suficiente.

—Te he estado esperando —dijo con la voz oxidada.

Yo juré que moriría, porque conocía esa voz, la conocía demasiado bien. Había fantaseado con ella, soñado con no volver a escucharla jamás.

Cuando alcé la vista a sus ojos, lo supe. Eran del color de la ceniza, pero carecían de su brillo habitual.

Me hice pequeña, pegándome a la puerta como método de huida.

Porque la persona que tenía delante, era el guardián.

El guardián de las puertas.

Adrien.