Capítulo 40
MARIE
H abía pasado la mañana con Specter, quien me había drenado la energía tras darme una paliza tras otra en el entrenamiento.
Ahora estaba rodeada de libros. Había montañas de ellos, páginas a lo largo de toda la mesa.
Me había quedado dormida en numerosas ocasiones a lo largo de la noche, lo cual me resultaba embarazoso.
Recé con todas mis fuerzas que ningún estudiante hubiera presenciado tal escena.
Cassian apareció con dos cafés y una sonrisa radiante.
—¿Qué? —rugí.
Comencé a acomodarme el pelo, despeinado, y me llevé las manos a la boca, por si acaso había babeado sobre los libros.
—Estás adorable, eso es todo —me piropeó entre risas.
¿Eso había sido una broma? ¿Cómo podría parecer adorable con las pintas que llevaba? Tampoco dudaba de que mi olor corporal fuese de todo menos agradable.
Me llevé el líquido a los labios, experimentando un gozo instantáneo. Iba a necesitar energía si tenía pensado aguantar el resto de la mañana encerrada entre estas páginas.
—Cuéntame, ¿qué te traes entre manos? —preguntó Cas, arrebatándome parte de mis libros.
—Tenía pensado investigar más sobre esa profecía, si es que existe algo en alguna parte sobre ella —carraspeé; lo que venía a continuación tenía planeado mantenerlo en secreto, pero no había mejor que un miembro de Nocturia para ayudarme—. La maldición también.
—¿La maldición? No hay grandes registros sobre ella —dijo devolviéndome un papel que tenía anotado—. ¿Qué es lo que te interesa?
—¿Cómo os afecta? ¿Los Varkai son un efecto secundario de la maldición? ¿Está realmente relacionada con eso de las puertas de Pristia? Porque no consigo encontrar nada que pueda servirme para entender por qué es relevante una cosa para la otra.
—Vale, vale. A ver. Sí, los Varkai son, en parte, un efecto secundario de la maldición.
—Cogí una hoja en limpio para empezar a anotar todo lo que decía—.
Se dice que, después de que Aeliana maldijera Nocturia, condenándonos a la eterna oscuridad, comenzó a surgir la marca.
Hay leyendas, absurdas en mi opinión, de que Aeliana buscaba convertirnos en monstruos, condenados a vivir como bestias que arrebatan vidas humanas.
No obstante, su poder era limitado, por lo que solo pudo maldecir a parte del pueblo.
El resto ya lo sabes, o supongo que lo sabes.
—Sí, tenemos una versión un poco más diferente de la historia —chasqueé la lengua con fastidio—. Supongo que nunca llegaremos a descubrir lo que pasó en realidad. ¿Y de las puertas… sabes algo?
Cassian negó con la cabeza.
—No, me temo que ahí solo puede ayudarte Laurent o Adrien.
Gruñí al escuchar el nombre de cierto Varkai irascible.
Pasamos un par de horas más, revisando textos, debatiendo ideas, cada una más extraña que la anterior, hasta que tuve que irme.
Había quedado con Tahlia, que seguía ayudándome con el dominio de mi magia, a la que todavía seguía acostumbrándome.
Pasar una vida entera sufriendo por su ausencia dejaba más lagunas de las que pensaba.
Metí un par de libros en la bolsa, me la crucé en el pecho y corrí a cambiarme.
Echaba de menos los vestidos menos elegantes y más «campestres», como les gustaba llamarlos a Janine. Le insistiría mucho al armario para que estuviese de acuerdo en llevar un vestido largo blanco, si no, lo sacaría a la fuerza.
Me resultaba irónico que un mueble tuviera que elegir mi vestimenta, pero el dichoso mueble había resultado ser un completo cabezota. A pesar de que al principio daba su brazo a torcer, ahora estaba más que decidido a llevarme la contraria.
Tenía tiempo para un baño rápido, por lo que me metí en la bañera. Vacié casi todos los botes de jabón sobre el agua y froté mi piel con entusiasmo, cuando noté una presencia oscura acechándome.
Me giré alarmada, pero no había nadie. Sin embargo, seguía manteniendo esa sensación de peligro.
El corazón me latía desenfrenado, no era momento para experimentar uno de esos momentos de pánico.
Miraba de reojo a mis lados, mientras accedía a la fuente de mi poder.
Pensé en elegir un elemento, aunque finalmente me decanté por dejárselo a ellos.
Que eligieran quién era el más letal, el que mejor me podría defender.
De repente, estaba bajo el agua, ahogándome con ella, pataleando por salir, tratando de golpear a quien quiera que me estuviera haciendo esto. A través del agua no conseguía ver nada y me invadió el temor de que no hubiese nada.
Era imposible, notaba cómo hacían una fuerza inhumana por mantenerme bajo el agua. Por más que conjuraba, nada parecía acertar en el blanco, todo fallaba. Mis alarmas se encendieron por completo.
Notaba cómo el oxígeno abandonaba mi cuerpo, ennegreciéndome la mirada, sumiéndome de nuevo en la oscuridad. El cuerpo me hormigueaba y comencé a debilitarme.
No era así como debía morir. Después de todo, después de mis esfuerzos, de las patadas que había recibido. No. No era posible.
Sabía que quería más, que todo lo que había vivido no era suficiente, que todavía me quedaba demasiado por aprender.
Quería llegar a mi máximo potencial, controlar mi magia, por la Diosa, quería enamorarme, experimentar todos esos placeres de los que la gente hablaba y hablaba. No podía morir hoy. No así.
— Navah se na drie , conejito. —Me pareció escuchar.
Busqué y rebusqué en mi interior, tratando de encontrar otra fuente de poder que pudiera salvarme de esta. Nadie escucharía mis gritos, nadie vendría a por mí.
Encontré un hilo rojo, palpitante y brillante, que apenas hacía acto de presencia; dudando de que ese fuera realmente su lugar; sin terminar de estar asentado. Tiré de él, enredándolo entre mis dedos, hasta que se volvieron del color de la sangre. No pasó nada. Seguía ahogándome.
Volví a tirar, esta vez más fuerte, más demandante. Le rogaba ayuda, le rogaba que no me dejara morir a solas en esta triste bañera.
Le lloraba al agua una segunda oportunidad, pidiéndole que dejara de requerir mi vida.
Le prometía que esta vez lo haría mejor, que sería más fuerte, que me esforzaría más.
Con cada minuto que pasaba, veía mi vida correr frente a mis ojos, escapándose entre mis dedos, y por más que luchara, no parecía querer permanecer conmigo.
Después, solo hubo calma. Lo que parecía una marea enfurecida se convirtió en un sosegado oleaje, permitiéndome de nuevo respirar.
Ya no había una presión agresiva sobre mis hombros, tampoco sentía una cuerda apretando mi cuello, solo había un hormigueo tímido recorriendo mi cuerpo. Sentía cómo todos aquellos lugares de mí que se habían quedado sin circulación, volvían lentamente a la vida.
Unas manos callosas y fuertes me sacaron del trance.
Fue como despertar después de estar mucho tiempo dormida, como un largo amanecer después de una gélida noche.
Todavía parecía tener mil insectos revoloteando dentro de mi nariz y el frío que sentía en el cuerpo era un indicativo de que ya no me encontraba bajo el agua.
—Mi dulce esposa —dijo una voz profunda, una que reconocí al instante. La protagonista de mis peores pesadillas y mis más profundos deseos—, no consigues estar cinco minutos sin requerir mi presencia, ¿verdad?
Me aparté el pelo mojado del rostro, prometiendo matar al ser que tenía frente a mí.
—Sanguijuela maldita —maldije mientras daba pasos lentos y decididos hacia él—. Rata asquerosa.
—En mi cultura, decimos algo como «gracias» —gruñó, con una fulminante mirada.
—¿Gracias? —pregunté incrédula—. Oh, discúlpeme, alteza, gracias por intentar acabar con mi horrible y tormentoso sufrimiento, ha sido muy considerado.
—Bruja estúpida. Yo te he sacado de esa bañera —afirmó entre gritos—. ¿Qué sentido tiene intentar matarte si voy a salvarte después?
Le dediqué una burla.
—¿Quién era? —pregunté, esperando que eso bastara como una disculpa.
—Estabas sola, ahogándote con el agua. No he visto nunca un ser tan inútil.
—No. No lo entiendes. Sentía... Había alguien, lo prometo.
Adrien se limitó a mirarme impasible, como si le aburriera lo que estaba diciendo. Me percaté de que yo no tenía ropa puesta. Claro, cómo iba a tenerla si estaba dándome un baño. Corrí alarmada a por una toalla.
—¿Por qué has venido?
Adrien no contestó. Me giré hacia él, cruzando los brazos y haciendo un mohín que reclamaba una respuesta.
—Porque sentía que yo me estaba muriendo contigo —admitió, renegado.
—¿Qué?
Adrien se acercó a mí, sus ojos fijos en los míos, y con una mano acarició los moratones que tenía en el cuello.
Sentí un torrente pasando por mi cuerpo.
Era estúpido que el simple roce de su piel con la mía pudiera ponerme de los nervios.
Cuando sus ojos oscuros volvieron a posarse en mí, percibí una nota de alguna emoción indescriptible.
Su intensidad me absorbía, como si deseara engullirme entera, como si deseara acabar conmigo.
Su mano se deslizó a mis labios, acariciándolos con el pulgar, y yo sentí chispas. Chispas por todas partes. Calor subiéndome a la cara, bajando hasta mi vientre.
Debería estar prohibido mirarme como lo hacía él. Como si fuera la única persona en este mundo. Suspiré entrecortada, anhelando y recordando la sensación de sus cálidos labios sobre los míos.
Eso estaba mal, no podía querer que ese beso se repitiera, no podía querer nada de él, y, aun así, me sorprendí deseando que la distancia entre nosotros se acortara, hasta que su piel se convirtiera en la mía. ¿Qué me estaba pasando?
—Tengo que irme, intenta no morir.
«¿Qué?».
—Valoro tu preocupación, esposo —mentí.
Cuando Adrien se marchó, un tornado de emociones me invadió.
Lo había deseado. Por un segundo, había deseado volver a sentir sus labios sobre los míos, había deseado más que eso.
Volví a enterrar todas esas incorrectas emociones en el cajón de cosas que no quería volver a ver y abrí las puertas del armario.
Había estado decidido a cumplir mis deseos, aunque solo en parte, porque el largo vestido de vuelo, con un corpiño y mangas abullonadas no era blanco, era todo lo contrario.
A decir verdad, sentía que el color de la noche me favorecería más después de lo ocurrido.
El blanco se relacionaba con la pureza, y yo me había cansado de ser tan pura.