La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

Me descubrí desviando la mirada hasta él.

Jugaba con unos niños pequeños junto con Cassian y Laurent.

En su rostro no estaban esas cejas fruncidas habituales, ni su semblante serio.

Al contrario, había una sonrisa, radiante como el Sol, y un brillo en sus ojos inexplicable.

Un niño corrió hasta él y lo terminó cogiendo en brazos, haciéndolo volar como un pájaro.

El sonido de su risa se entremezclaba con la del niño y tuve que apartar la mirada, porque, de no hacerlo, temía que mi corazón peligrara.

—No, no es malo —suspiré—. Creo que solo es una persona complicada.

—¿Y usted le quiere, señorita Marie?

Me vi rodeada rápidamente de un coro de niñas preguntándome por mi relación personal y mis sentimientos más profundos. Me asustó pensar que la respuesta ya no era un odio latente que me envenenaba las entrañas. Poco a poco se iba diluyendo.

—No, pero hay días en los que creo que, tal vez, podría llegar a hacerlo —admití.

Busqué las miradas de las mellizas, esperando espanto, pero solo encontré unas miradas sinceras de comprensión, parecidas a un abrazo desde la distancia.

Había sido estúpido sincerarme con un grupo de niñas a las que triplicaba la edad, pero me sentí un poco más cómoda al ver que ninguna de ellas me juzgaba. No había miradas de sorpresa ni cuchicheos extraños. Emma me rodeó con sus pequeños bracitos y se unieron a ella todas sus amigas.

—El amor nunca es fácil, señorita Marie.

Vaya, había terminado con una lección filosófica sobre el amor dada por una niña de cinco años, fascinante.

Cuando terminé de trenzar y decorar la melena de Emma, se empeñó en que ella y sus amigas debían arreglarnos el pelo a mí y a las mellizas. Ninguna se atrevió a llevarle la contraria al grupo.

Emma y dos chicas llamadas Jane y Lara, morena y rubia respectivamente, fueron las encargadas de adornar mi pelo.

Eligieron lunacanta, una flor de cinco pétalos translúcidos que brilla a la luz de la luna; pontedria azul e hidracelis, otra flor de pétalos en espiral con un degradado del azul al plateado.

Fueron entremezclando hojas más comunes, como salvia u hojas de olivo, lo que me hizo recordar a mi alianza.

Inconscientemente, mi mirada buscó a un Umbrae tirado en la hierba y resguardado en un pedazo de sombra, charlando ahora con Cassian y Laurent.

Seguramente lo estarían animando, ya que en tres días se celebraría la primera prueba.

Como si él gravitara a mi alrededor, giró la cabeza en mi búsqueda.

Aparté la mirada enseguida, porque mi pobre corazón estaba comenzando a sentirse confundido y a pensar que, tal vez, Adrien Arkenvoss no era, en realidad, tan malo como quería hacer creer al mundo.

Para cuando las niñas terminaron de adornar nuestros cabellos, nos llevaron corriendo hacia donde estaban los hombres, que se habían acercado a un puesto local a por una bebida fermentada y estaban sentados en unos taburetes a la luz del sol, compartiendo risas.

Las niñas comenzaron a cuchichear entre ellas y a reírse.

Esos pequeños demonios estaban planeando algo y no me gustaba nada.

Lara volvió a mi lado, agarrándome la mano.

—Señorita Marie, si usted no quiere al señor Arkenvoss, ¿le importaría regalármelo en un par de años?

Todas estallamos en carcajadas, porque Lara era tan inocente que no comprendía lo que suponía tener a Adrien de marido. Al devolver la mirada al pequeño ángel rubio, me di cuenta de que se sentía avergonzada, porque lo decía totalmente en serio.

—No te preocupes, Lara, si dentro de veinte años sigo sin querer al señor Arkenvoss, es todo tuyo —le prometí, con la esperanza de que en veinte años nuestro matrimonio ya estuviera más que disuelto.

Tenía en la mano un brazalete que había hecho en mi tiempo libre para Adrien, un conjunto de juncos y una cinta blanca de seda. Solo por la tradición, nada más.

—Vaya —exclamó Laurent al ver llegar a Janine. Este muchacho estaba realmente enamorado—. Estás preciosa. Eres preciosa. Quiero decir, siempre lo estás y siempre lo eres.

Janine lo calló con un beso, porque a pesar de ya estar juntos, Laurent seguía poniéndose nervioso cada vez que veía a Janine.

Las niñas rodearon a los dos Umbrae, bombardeándolos a preguntas.

—Señor Adrien, es usted precioso —exclamó Lara. Maldita traidora, el pacto era dentro de veinte años, ¡no veinte segundos!

—Señor Adrien, ¿usted quiere a la señorita Marie?, porque ella me ha dicho...

—¡Yo creo que debería darle un beso!

—¡Oh, sí! ¡Un beso!

—No creo que sea buena idea —intervine a gritos mientras intentaba alcanzar a las demonias traicioneras a toda prisa.

—¿Qué es lo que ha dicho la señorita Marie? —preguntó Adrien.

—¡Emma! —intenté detenerla.

—¡Un beso sería magnífico! —animó Janine.

La miré incrédula, ¿cómo iba a conseguir librarme de esto ahora?

—¡Fuera! —grité— ¡Fuera todas!

Suspiré agitada y corrí hasta los dos Umbrae, que se estaban partiendo la caja. Cuando sus risas se disolvieron, Cassian fue a por más bebidas, trayéndome una para mí también. Saqué el brazalete de su escondite y, con un gesto, le pedí la mano a Adrien. Sorprendentemente, no se negó.

Le até la cinta alrededor de su muñeca y, con un suspiro, me di la vuelta, preparada para huir. Su mano agarró la mía y me obligó a quedarme a su lado. Me atrapó entre sus piernas, con mi espalda apoyada en su pecho y mi corazón latiendo en confusión. «No es real», me dije.

—Gracias —susurró.

No fui capaz de dedicarle más que un leve asentimiento.

Pasé el resto del día con el grupo, los niños y pequeñas charlas con los locales. En esta montaña se respiraba un ambiente amable, de unidad. Nadie me había rechazado por ser quien era.

Me senté en una piedra, cerca del arroyo, lista para sumirme en mis pensamientos.

Cassian tenía otros planes, puesto que se sentó a mi lado, en silencio, y su compañía se sentía ahora como una caricia en una noche solitaria, o un poco de brisa en un día caluroso de verano.

No necesitábamos palabras, solo él y yo, sumidos en nuestras miserias.

—¿Estás bien? —le pregunté. No pude evitar fijarme en su evidente nerviosismo, el temblor de sus manos o la palidez de su rostro—. Pareces enfermo.

Cassian suspiró y apartó la mirada.

—No es nada. Solo que… es duro agradecer algo un día como hoy, cuando sientes que no tienes nada que agradecer.

—¿A qué te refieres?

En una risa irónica, se sinceró.

—Soy un hijo ilegítimo, Marie, condenado a vivir en la sombra.

Me convertí en Umbrae pensando que allí, entre sus filas, encontraría un propósito en mi vida.

Cuando eso no pasó, me convertí en entrenador.

—Cassian se recostó sobre la hierba, con la mirada absorta en el atardecer—.

Entrenar a ese grupo de rebeldes ha sido mi vida entera, pero una parte de mí se siente incompleta, perdida. No sé cómo explicarlo, es como si...

—Como si no tuvieras un lugar en el mundo —lo interrumpí.

Conocía demasiado bien esa sensación, me había estado acechando estas últimas semanas: pensar que tu propósito en la vida nunca iba a llegar, o que el destino tenía planes distintos para ti; sentir que no eres más que un triste peón en su tablero.

—Sí —admitió—. Justo eso.

Me recosté sobre su lado, sintiéndome un poco menos miserable al saber que alguien compartía mis mismos sentimientos.

—A veces, desearía convertirme en alguien común, con esperanzas mediocres, como alimentar las bocas de tu familia, o aspiraciones menores, como convertirme en, qué sé yo, el mejor herrero.

Exploté en una carcajada sonora, que retumbaba en los árboles que nos rodeaban. Cassian me siguió poco después.

—Sí, la verdad que yo era una de esas, ¿sabes? Mi aspiración en la vida era continuar el negocio familiar con mi madre. Curar a la gente se sentía como mi lugar en el mundo. Una ridícula curandera, sin poderes mágicos, destinada a fracasar en la sociedad.

—Yo nunca te he considerado una fracasada. —Me dedicó un susurro imperceptible.

—Vaya, eso es reconfortante —reí—. Tú tampoco me pareces un fracasado, Cas.

Su mirada se encontró con la mía y, por un segundo, me pareció ver cómo se detenía el mundo.

Dos almas perdidas, atormentadas por ellas mismas, destinadas a encontrarse.

Y aun así, no sentía que fuera Cassian quien debía ayudarme a unir mis pedazos.

Tampoco estaba segura de necesitar ayuda para hacerlo.

El sonido del barullo y el ruido de la hoguera nos obligaron a ponernos en pie e integrarnos de nuevo en la celebración.

Encontré a Janine, Tahlia y Laurent creando pequeños farolillos de papel, que en breve flotarían sobre el agua.

La idea era escribir las cosas por las que te sentías agradecido.

A veces, se trataba de agradecer al agua por evitar que el sol ardiente siguiera su curso implacable y por regalarnos momentos de frescura en un mundo caluroso.

Otras, agradecías a la tierra por su fertilidad, otorgando cultivos abundantes y permitiendo que la magia fluyese a través de ella.

Adrien estaba apartado de la multitud, recostado sobre un tronco, y juré percibir un atisbo de emociones que no sabía descifrar al verme llegar con Cassian. No podrían ser celos, ¿cómo iban a serlo?

Era una emoción más encendida, más impredecible, casi parecía estar enfadado, incluso sentirse traicionado.

Sin quererlo, mis pies se movieron hacia él y le dediqué una tenue sonrisa mientras lo obligaba a venir conmigo.

Sabía que Adrien había hecho un gran esfuerzo al venir hasta aquí, volver a formar parte de una sociedad nunca resultaba sencillo.

«Por eso». Sabía exactamente por lo que me sentía agradecida esta noche.

Cogimos un farolillo cada uno. Al abrirlo, debías susurrarle aquello que agradecías y la magia lo escribiría en sus lados. Una vez listo, flotaría hasta el agua, perdiéndose en ella.

Guíe a Adrien paso por paso y, después de que se cargara varios farolillos, conseguimos montar uno. Cerré los ojos y agradecí:

«Por las segundas oportunidades y los pequeños avances».

Rápidamente, las palabras se materializaron sobre el papel, alzando el vuelo y hundiéndose sobre el agua cristalina.

Me quedé embelesada, observándolo partir, y noté cómo Adrien se ponía detrás de mí, haciéndome el pelo a un lado y susurrándome en el oído:

—Un Varkai no puede amar, Marie. No esperes que lo haga, porque nunca podría cumplir esas expectativas —admitió para después marcharse, con mi corazón en su mano, un poco más roto que antes.

¿Quién se creía? ¿Por quién me tomaba a mí? Pensar que podría haber bondad en él había sido estúpido. Creer que era digno de una segunda oportunidad, más aún. Un traidor siempre es traidor, y un monstruo, siempre permanece monstruo, aunque intentes ver la luz dentro de él.

Me giré hacia donde su sombra todavía acechaba y lo vi marcharse, con las manos en los bolsillos y esa postura de general despiadado que tanto me había perseguido.

—¡Atención! —exclamó Éloise—. Ha llegado el momento —añadió con una sonrisa—. Haced un corro a mi alrededor, por favor. —Cuando la multitud la rodeó, nos obligó a cogernos de las manos. Tahlia y Cassian estaban a cada uno de mis lados. Tras cerrar los ojos, era momento de comenzar el ritual:

Por ser el primer aliento del mundo,

La caricia que modeló las piedras e hizo despertar los bosques.

En tu danza has borrado las cicatrices de la tierra,

En tu espejo has observado a nuestros anteriores.

Has sido ríos y lágrimas, lluvias y tormento.

Por caer desde los cielos, brotando del corazón de nuestra tierra,

Y por llevar la esperanza de todo lo que respira en cada gota tuya.

Por ti, los campos florecen.

Por ti, nuestros cuerpos sanan con tu esencia.

Hasta el alma más quebrada y cansada encuentra consuelo en tu abrazo.

Hoy nos inclinamos nosotros ante ti,

Por lo que das, por lo que eres.

Porque gracias a ti, hay aliento.

Porque gracias a ti, hay recuerdo.

Porque allá donde vayas, hay vida.

El agua brilló, como si hubiera sido recién cargada de vida y magia. Aunque fuese más escasa ahora que años atrás, percibí que en ella corría también la esperanza de que, tal vez, esos pequeños avances trajeran consigo nuevas etapas.