Capítulo 39
MARIE
M e estaba arreglando para el Día de las Fuentes.
Como había sido habitual en los últimos días, me encontraba rodeada de doncellas que se encargaban de mi pelo y el aspecto de mi rostro.
Odiaba admitirlo, pero me veía bien. Los nervios me invadían por asistir a esta celebración después de tantos años.
No me hacía especial ilusión asistir sin mi madre, pero llevarla conmigo tampoco era una opción dado su estado.
Desconocía cómo sería el tiempo hoy en Avelora, ya que, en Nocturia, como siempre, las nubes tomaban el control del cielo, impidiendo el paso a la luz solar.
Supuse que eso era en parte un efecto secundario de la maldición de Nocturia.
Me había propuesto investigar más sobre la misma, pero había fallado estrepitosamente.
Debería hacerlo en los próximos días, o semanas, quién sabe.
Opté por llevar el pelo suelto, dejando mis ondas rebeldes celebrar conmigo.
Además, estaba segura de que Éloise nos obligaría a crear una de las coronas típicas en este día, un recogido no era lo más práctico.
Cuando llegó el momento de ponerme el vestido, las doncellas se emocionaron por darle su pequeño toque.
Una cadena floral dorada que destacaba frente al degradado de tonos celestes, verdosos y el blanco.
Las marcas de Adrien apenas eran visibles. Se curaron con una rapidez inhumana y las pocas que quedaron me las cubría el vestido o las doncellas las taparon con maquillaje.
No acostumbraba a hacer uso de mi alianza matrimonial, a decir verdad.
Cuando me la entregaron, la guardé en su caja original en un cajón.
Sin abrirla. No me molesté en hacerlo. Sin embargo, si íbamos a hacer acto de presencia frente a otra montaña, debíamos dar la impresión de ser un matrimonio feliz.
La mera idea de volver a ver a Adrien me estremeció, provocándome recuerdos delirantes de unas noches atrás. Intenté borrar esos recuerdos de mi mente, pero ya habían hecho estragos.
Al abrir la caja, casi se me cayó el alma al suelo, era una alianza dorada, con formas de hojas y pequeñas gemas verdosas, que jurarían ser parecidas al color de mis ojos.
En cuanto la alianza se desplazó sobre mi dedo, sentí mil emociones distintas.
Había una parte de mí que me decía que era lo correcto, que había tardado demasiado.
Era la misma que me detuvo el corazón y me robó el aliento.
No obstante, había otra que quería quemar ese anillo y enterrarlo.
Aparte del vestido, llevaba unos zapatos planos de esparto y algodón, que se enrollaban en cintas sobre mi tobillo.
Corrí por los pasillos, deseando no despeinarme ni llegar demasiado tarde. Al llegar a la salida del Valenves, Janine, Tahlia, Laurent, Ewa, Cassian y Adrien ya estaban esperando. Lo único que me hizo cuestionarme es, ¿qué hacía Ewa aquí y quién la había invitado?
Intenté escabullirme entre las gemelas, pero se apretaron tanto entre ellas y agarraron tanto a Cassian y Laurent, que mis únicas opciones eran: arrimarme a Adrien o arrimarme a Ewa.
Si optaba por la segunda, lo más probable es que Ewa terminara corriendo a los brazos de Adrien y terminase sola.
Por lo que decidí comenzar a fingir apariencias y deslicé mi mano sobre la de mi marido, entrelazando mis dedos con los suyos.
Adrien me dedicó una mirada rápida y luego otra a mi escote, para después esbozar una sonrisa descarada y volver a fijar su mirada al horizonte.
Cassian teletransportó al resto del grupo, dejándonos a mí y a Adrien a solas. Pésima idea.
—¿Hoy no hay beso, brujita?
Le atesté un codazo en el estómago que dio como resultado una de sus repentinas carcajadas que lograban descomponerme.
—Imbécil.
Una nube negra y fría nos envolvió, sumiendo mi visión en la oscuridad.
Cuanto más me teletransportaba con Adrien, más me acostumbraba al efecto y menos aterrador me resultaba.
Era irónico, porque la primera vez no confiaba ni un ápice en Adrien y una parte de mi alma me indicaba que, tal vez, el Umbrae no era tan peligroso como yo había decidido creer.
En especial después de que tuviese mi yugular a un bocado de distancia y yo siguiese de una pieza.
Mis pies aterrizaron sobre un campo de hierbas, inundado del sonido del agua brotando de manantiales o corriendo por los arroyos. Mis ojos tuvieron que acostumbrarse al exceso de luz solar y la gama saturada de colores de Avelora.
Las montañas se alzaban imponentes, con largos riachuelos cayendo desde su cima, enredándose en salvaje vegetación de un verde vivo.
Avelora estaba dividida por ríos, separando sus terrenos.
Nosotros habíamos aterrizado cerca de los terrenos altos, donde las cordilleras se alzaban más, casi tocando el cielo.
Los rayos del sol brillaban sobre el agua, los pájaros volaban alegres entre las nubes, dispersando el aroma de las cosechas. Adrien volvió a farfullar sobre lo mucho que detestaba la luz solar y buscó cualquier resquicio de sombra en el que protegerse de las quemaduras.
Nos acercamos al centro, donde la gente bailaba al ritmo de la música, los niños correteaban campo arriba, manchándose las ropas del color de la hierba y la tierra.
La residencia de los Duval destacaba desde lejos: una imponente construcción repleta de cúpulas cristalinas azules, ventanas en forma de arco que brillaban en tonos cálidos, distintas torres y alturas conectadas con puentes entre ellas, permitiendo el paso del río que cruzaba entre medias.
A pesar de que el Sol se alzaba alto, el ambiente era fresco y húmedo.
Éloise se acercó a nosotros y me apretó entre sus brazos. Había sido casi una segunda madre para mí.
—Mi niña preciosa —me halagó, continuando el abrazo—. Te veo radiante, querida, más hermosa, más segura —dijo acariciando mis mejillas con una sonrisa radiante en su piel canela—. Supongo que será el amor.
Le dio un par de golpes en el hombro a Adrien, para después estrecharlo en sus brazos. Yo juré atragantarme y a Adrien se le salieron los ojos de las cuencas, estaba quieto como una estatua, como si no conociera el procedimiento para abrazar a alguien.
—Supongo que sí, será el amor —afirmé haciendo un énfasis dramático en esta última palabra.
—El amor —me imitó Adrien, con esa sonrisa problemática y sensual. Yo sabía exactamente a qué se estaba refiriendo, y estaba deseando ahogarlo en el primer manantial que encontrase. Tal vez le permitiría abrasarse al sol hasta quedar reducido a cenizas.
Éloise nos explicó cómo habían distribuido Avelora para hoy, nos invitó a acercarnos a unos talleres para hacerme una corona, puestos de comida local y pequeñas actividades organizadas por los niños.
Me giré hacia Adrien, sabiendo que nuestro tiempo juntos acababa aquí; le ajusté la camisa blanca que se había puesto hoy.
No era tan ceñida como las que solía usar y las mangas eran cortas, dejando al descubierto sus musculosos brazos.
Fingí estar colocándole el cuello de la camisa, para terminar adorando sus antebrazos.
Siempre había visto sus manchas de tinta, pero nunca me había atrevido lo suficiente como para inspeccionarlas.
Me vi absorta por su magnética mirada, sus pupilas dilatadas y la forma que tenía de mirarme. Me asustaba. Era casi como si fuese capaz de ver más allá de todas las barreras que creaba entre nosotros, como si él me viera a mí, y lo hiciera de verdad.
Acaricié sus brazos, llegando hasta su antebrazo, que aproveché para girar y encarar el tatuaje.
Sol lucet omnibus.
«El Sol brilla para todos».
Alcé mi mirada hacia la suya, mientras acariciaba los restos de tinta en él. En mi mirada había mil interrogantes de los que no estaba segura de querer la respuesta. Aun así, Adrien me las dio:
—Es una forma de recordarme a mí mismo que, a pesar de ser el monstruo que todos necesitan en su historia, el Sol sale todas las mañanas también para mí, sin importar lo que hice o lo que soy.
¿Podría ser capaz de borrar estos últimos minutos? Lo dudaba.
Y eso me llevó a preguntarme: ¿Cuándo un monstruo deja de ser un monstruo?
Las mellizas y yo nos dedicamos a crear coronas preciosas de flores acuáticas junto con unas niñas adorables, que no llegarían a más de los ocho años.
Todas estaban vestidas con galanos vestidos blancos.
Corrían descalzas por la hierba, persiguiendo mariposas y a las luminorcas: pequeños ciervos de agua que brillan con la luz del sol.
Una niña, llamada Emma, me explicó que caminaban sobre el agua y ayudaban a mantenerla clara y facilitar su movimiento.
Emma rogó que le hiciese una corona de trenzas, así que eso hice. Me dediqué a trenzar su pelo anaranjado, entrelazándolo con flores que ella misma iba eligiendo.
—Señorita Marie, mis amigas dicen que usted está casada con el señor tenebroso de Nocturia, ¿es verdad?
—Emma se giró, de manera que quedamos cara a cara.
En sus ojos azulados no vi miedo ni preocupación, simplemente curiosidad y una inmensa pureza.
Asentí con la cabeza, mientras le seguía colocando lunacanta en las trenzas.
—¿Y es tan malo como mis amigas dicen?
Pensé la respuesta y me sorprendí a mí misma queriendo responder que no.
Adrien me había abierto las puertas de su hogar cuando lo necesité, me había estado entrenando, rechistando demasiado y, en su mayoría, metiéndose conmigo.
Por no mencionar que me salvó la vida después de aquella pesadilla en Pristia y se había implicado en intentar resolver este embrollo.