La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 38 #2
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Capítulo 38 #2

Su boca volvió a tomar control de mí y, en un impulso, Adrien rasgó mi vestido, que ya se había tornado transparente, y liberó mis pechos, para terminar jugando con ellos, mordiéndolos, lamiéndolos y masajeándolos.

Una de sus manos viajó hasta mi trasero, apretándome más contra él, marcando ritmo a mis caderas.

—Oh, por las diosas —jadeé en una súplica.

Mi voz pedía de rodillas que me diera más.

—No pares, preciosa.

Mis caderas tomaron un ritmo desenfrenado, sus manos y sus labios recorrían todo mi cuerpo.

Comencé a sentir que mi cuerpo hormigueaba, unas cosquillas que subían desde mi vientre por toda la columna.

Adrien pareció notarlo, porque aumentó la intensidad de su agarre.

Me sujetaba a sus hombros con fuerza. Cuando me mordía el labio, evitando gemir, Adrien lo capturaba con sus dientes, obligándome a demostrarle cuánto estaba disfrutando de él.

—Por la Sombra, Marie —gruñó en mi oído, provocándome una nueva tanda de escalofríos que se juntaron con los anteriores.

Su mirada encontró la mía, consumida por el placer.

Oscura y anhelante. Y tal vez fue este ligero contacto, o el ritmo delicioso que Adrien me había obligado a adoptar, lo que me hizo descomponerme por completo.

Mi visión se tornó negra y, entre jadeos, encontré mi éxtasis junto a Adrien, que se desplomó en un gutural gruñido.

Mi respiración estaba entrecortada y los latidos de mi corazón seguían acompasados.

Adrien no tardó en capturar mi mentón y dedicarme una pícara sonrisa.

Suponía que mi rostro estaría sonrojado, mis labios hinchados y mi cabello hecho un desastre, pero nada de eso me preparó para lo vino a continuación:

—Felicidades, querida, acabas de tener tu primer orgasmo —añadió con un guiño.

Me alejé enfurecida, dedicándole un golpe en el pecho. Lo último que había deseado al comenzar este día era disfrutar de un encuentro sexual con mi marido, al cual odiaba con todo mi ser.

Necesitaba alejarme de él, pero él mantenía su agarre firme y ¿cómo andaría por el bosque con mi ropa hecha jirones?

No sabía si quería llorar, arrancarle la cabeza o maldecirme a mí misma.

Me había visto sumida en esa situación tan comprometida porque Adrien se había alimentado de mí.

¡Por la diosa! ¿En qué pensaba al permitir semejante cosa?

—Llévame de vuelta —le exigí. Cuando me enarcó una ceja, decidí suplicarle un poco más—. Por favor.

Una nube negra nos envolvió y Adrien me apretó con más fuerza contra él, teniendo en cuenta la postura en la que estábamos, no era una buena idea. Mis piernas seguían entumecidas y el cosquilleo de su contacto todavía palpitaba por todo mi cuerpo.

En cuanto mis pies volvieron a tocar tierra firme, me alejé corriendo del Varkai. Había tenido la decencia de transportarnos hasta mi dormitorio, donde busqué un lugar para esconderme de su oscura mirada.

Adrien se dio media vuelta, dirigiéndose hacia la puerta. ¿Iba en serio a caminar por todo el Valenves con unos calzones empapados? Qué descaro.

Como si me leyera el pensamiento, lo envolvieron un puñado de sombras aterciopeladas, semejando un albornoz de ducha.

—Descansa, Marie —me pidió una vez ya en la puerta—. Hablaremos mañana.

Oh, de eso nada, majestad. Tenía pensado evitarlo por el resto de mis días.

Me dirigí al armario, pensando en escoger cualquier otra prenda más completa para dormir, pero en cuanto vi mi reflejo, no pude evitar chillar del espanto.

Tenía marcas de mordiscos por todo el cuello y una especie de moratones que viajaban desde el mismo hasta mis pechos. Por la diosa, cualquiera que me viese sabría la indecencia que acababa de cometer.

Decidí ponerme un camisón con una bata encima, con la esperanza de cubrirme la mayor parte de piel expuesta posible, porque si aparecía ahora con una bufanda por ahí, la gente me miraría de manera extraña.

Me escabullí por los pasillos oscuros del Valenves, en los que las sombras reflejaban formas tenebrosas sobre los arcos y paredes de piedra. Escuché pasos detrás de mí e intenté acelerar la marcha.

—¿Marie? —me llamó una voz conocida—. Marie, ¿qué haces aquí?

Laurent corrió hasta agarrarme del brazo y obligarme a mirarlo.

—¡Anda! No te había visto —mentí descaradamente—. Me tengo que ir, ¡adiós!

Comencé a andar más deprisa, pero el futuro Umbrae era demasiado insistente.

—¡Marie! ¿Estás bien? —gritó por los pasillos.

Lo mandé callar después de fulminarlo con la mirada.

—¿Qué te ha pasado ahí? —preguntó señalando a mi cuello—. ¿Ha sido un Varkai? —se escandalizó.

Quise decirle que sí, que no era lo que él creía. Que era peor.

—No —mentí.

—¡Te dije que llevaras cuidado!

Me acomodé la bata, lista para seguir mintiendo.

—No es nada, ¡adiós!

—¡Marie!

Eché a correr por el pasillo, deseando que esta vez Laurent no me siguiera. En cuanto llegué a la puerta de las mellizas, me permití descomponerme.

Tahlia me abrió la puerta y me examinó de arriba a abajo con una expresión de desconcierto.

—¿Marie? ¿Qué...?

—He hecho algo horrible. —Me colé en la habitación, evitando la mirada de Tahlia. Janine se reacomodó en la cama y me miró, desconcertada—. Espantoso.

Me colé en la cama de las mellizas y me tapé con las mantas y las almohadas, deseando desaparecer de la Tierra.

—¿Qué has hecho que es tan horriiiiible y espantooooso? —preguntó Janine, haciéndome burla.

—Acabo de… —carraspeé, sin saber muy bien cómo poner el tema sobre la mesa— experimentar una… —comencé a gesticular, sin saber muy bien qué estaba haciendo, pero esperando que me entendieran— experiencia.

Janine estalló en carcajadas y Tahlia bufó, devolviendo su atención a los libros.

—¿Y esa experiencia qué te ha obligado a experimentar?

—Eeeehunorgasmo —dije a toda velocidad, reduciendo el volumen a cada letra que pronunciaba.

Tahlia se limitó a hacer una mueca de asco, como si mis detalles sexuales no le interesaran, Janine explotó en gritos.

—¡Cochina! ¡Esas cosas guárdalas para tu intimidad! No nos interesa saber lo que haces en tu cuarto cuando estás sola.

—No voy a poder sentarme en esa cama jamás —escupió Tahlia, aún más asqueada.

Volví a enterrarme en las almohadas, deseando que esto fuera lo peor que me podría pasar hoy. Janine emitió un sonido de sorpresa y comenzó a escarbar en mi tumba de almohadas.

—Dime que estabas sola —exigió con los ojos que parecían salirse de sus cuencas.

Volví a coger las almohadas y a encerrarme en ellas.

Janine gritó, como una loca, y Tahlia tiró su libro a la otra punta de la habitación.

—Dime, dime, dime, que no ha sido un precioso general de pelo negro, con ojos grises, que casualmente es el gobernador de Varnath y, por doble casualidad, es tu marido —gritó Janine emocionada.

Bufé, porque no quería decir que sí. Busqué mis almohadas, pero me las habían quitado.

—Sí, sí lo es.

Janine saltó de la cama y se puso a brincar y a chillar como una loca. Yo no pude evitar sentirme más avergonzada que antes. ¿En serio tenía que ser Adrien? Quería morirme.

—No seas estúpida, eso es natural —me animó Tahlia.

—¡Sí! Y dime, ¿quién mejor que Adrien para tener un encuentro sexual? Y a juzgar por el retrato que llevas ahí… —Señaló mi cuello—. ¡AAAAHH! Ha sido increíble, ¿verdad? Sí, sí lo ha sido.

Janine estaba tan emocionada que parecía estar deseando estar en mi lugar.

—Dime, ¿te la metió muy fu...?

—¡¡Janine!! —gritó Tahlia tapándome los oídos.

—¿Qué? Nos tendrá que contar cómo ha sido el sexo. ¡Me muero de ganas de que alguna de las tres por fin tenga una vida apasionante!

Puse una mueca de espanto y Janine se alertó en menos de un segundo.

—Espera, ¿te la meti...?

—¡¡Janine!! —volvió a exclamar su hermana.

Janine volvió a chillar como una posesa.

—¡¡Eso solo es el principio!! Seguro que no tardas en volver a por más.

—¡Idiota! —le reñí—. No va a haber más, nunca, jamás.

—¿Tan malo ha sido?

Tierra, trágame. ¿Qué se supone que tenía que decir? Nunca había tenido uno con anterioridad, no tenía con qué compararlo. Si se suponía que debía decir que había sido una experiencia grandiosa, no podía inflarle así el ego.

—No, no ha sido malo, en absoluto —admití, renegada.

—¿Entonces? ¿Cuál es el problema? —quiso saber Tahlia.

—Simplemente no esperaba que fuese con él.

—Oh, cariño —Janine se tiró a la cama a mi lado—. Es tu marido, en algún momento deberán pasar esas cosas, ¿no crees?

La verdad es que no, no lo creía, tenía pensado odiarlo hasta el fin de mis tiempos. Ahora, cada vez que tuviera que ver su cara, me tocaría recordar este encuentro.

—Ahora, venga. ¡Detalles!