Capítulo 38
MARIE
L a luna se estaba tornando roja, brillante, y a cada minuto se alzaba más sobre nosotros.
—Deberíamos volver, tienes que alimentarte y...
—Tengo tiempo.
—Adrien —le supliqué, porque sabía que, si me mantenía cinco minutos más allí con él, corría el riesgo de olvidar todo lo que había hecho—. No puedo permitirlo. Si vas a morir, hazlo lejos de mí.
Adrien soltó una repentina carcajada sobre mi hombro y el sonido de su aterciopelada risa me cogió de imprevisto.
—Hace falta más que eso para matarme, querida.
Me permití a mí misma cinco minutos más. Maldije por la tontería que eso suponía. Maldije porque ver una parte más humana de él era un peligro.
La sangre ya había teñido la mitad de la luna y mi inquietud se acrecentó aún más.
—No vas a llegar a tiempo.
—Lo haré —me afirmó en un susurro.
—No, no es verdad, y en caso de que lo hagas, ¿de quién te alimentarías? ¿De Ewa?
Puse inmediata distancia entre nosotros ante el recuerdo de Ewa sobre su regazo, y sus labios sobre su cuello. No pude evitar la mueca de asco que se dibujó en mi rostro.
—Hace mucho que no me alimento de Ewa —declaró, pillándome de improviso. Sus ojos se oscurecieron, como los de un depredador, y mi corazón se aceleró todavía más.
—¿Y por qué sigue aquí?
Joder, no quería actuar como estaba actuando, quería encerrar todos estos pensamientos intrusivos en el fondo de mi ser, pero no podía evitarlo. Puto lago.
—Ewa es comerciante de armas, es la intermediaria entre Ignavar y Nocturia, y ha resultado especialmente útil en nuestras recientes investigaciones.
—Qué oportuno.
Por. Qué. No. Podía. Cerrar. La. Boca.
Adrien se limitó a reírse, pero eso no me tranquilizó más. Una idea loca, suicida y estúpida atravesó mi mente. Apreté los labios, tratando de no hablar, porque sería una pésima idea, y porque era una irracionalidad.
—Podrías...
—No —me cortó, como si me hubiera leído el pensamiento, y su semblante volvió a estar serio y reflejar esta frialdad a la que estaba tan acostumbrada.
—¿Por qué no?
No pude evitar el mohín que apareció en mi cara, la sensación de rechazo me golpeó y, de repente, no pude evitar sentirme miserable.
—No puedo hacerte eso, a ti no.
Me alejé más. En su rostro veía confusión y en el mío estaba segura de que había desconcierto.
—¿Y a ella sí?
—Ya te dije que los celos no te sientan bien, querida.
Bufé, dispuesta a salir del agua, cuando Adrien dijo por mi espalda:
—Ya sabes cómo vas a reaccionar a la saliva de Varkai.
Y tanto que lo sabía, por la Diosa, lo había experimentado cuando me curó, una sensación que tanto me había perseguido.
Lo había visto en la cara de Ewa. Aunque no sabía si estaba lista para experimentar tales…
emociones, supuse que podría hacerlo como un favor.
No me apetecía tener a un Varkai chalado por la sangre en el Valenves.
—Lo sé.
—¿Y quieres correr ese riesgo?
—No lo sé —murmuré.
—Si lo hago, tendré que tocarte.
—Lo sé. Ha sido una estupidez —dije con un regusto amargo—. Olvídalo.
—Ven —me susurró.
Renegada, comencé a ir hacia él, seguía fulminándolo con la mirada y odiaba percibir que una parte de mí sentía celos.
Se trataba de Adrien, por el fuego de Ignavar, no era posible sentir celos por él.
Pero a la vez, era mi esposo. Tampoco me gustaba la idea de que tuviera a otra mujer entre sus brazos.
Se recostó sobre un borde de tierra, entreabriendo sus piernas y flexionándolas ligeramente, como si estuviese sentado en una silla.
Me hice hueco entre sus piernas, y cuando mi piel entró en contacto con la suya, fue absorbente y, al mismo tiempo, peligroso.
Adoraba el calor que emanaba de él, pero había una parte de mí que aún temía lo que ese mismo calor podía desencadenar.
Mi mirada estaba absorta en sus ojos grises, que parecían estrellas caídas del mismo cielo que se cernía sobre nosotros.
Su mano se enroscó sobre mi cabello mojado, atrayéndome hacia él. Estábamos demasiado cerca y eso solo podía significar una cosa.
Su mirada se ennegreció, tornándose casi animal y provocándome una tanda de respiraciones agitadas. Sus labios se acercaron a mi cuello y una oleada de nervios se asentó en mi estómago. Noté su cuerpo temblar, desesperarse por la sangre. Estaba en los brazos de un depredador y no me importaba.
Los recuerdos me azotaban. El sabor de sus labios. El sabor de su sangre. Nada de eso me ayudaba.
No me creía que había dado mi consentimiento para esto. Había sido imprudente. Estúpido. En el fondo no quería hacerlo, ¿no? Aun así, no fui capaz de apartarme.
Su otra mano viajó hasta mi cintura, atrapándome entre sus piernas, como una planta carnívora que acababa de encontrar a su presa.
Lo que vino a continuación me dejó sin respiración. Sus labios dejaron un rastro de besos por mi cuello, suaves, cálidos, peligrosos. Me mordí el labio ante el contacto, mientras Adrien seguía torturándome.
—¿Qué haces? —jadeé.
Pude notar cómo las comisuras de sus labios se alzaban de esa manera tan letal a la que él estaba acostumbrado.
—No voy a morderte si estás tan nerviosa.
—No estoy nerviosa —mentí para mis adentros de la manera más pésima que existe.
—Mentirosa —ronroneó sobre mi cuello.
Me mordí tan fuerte el labio que juraría estar a punto de sangrar. No iba a darle la satisfacción de emitir tales sonidos placenteros. Él no podía saber lo que estaba generando en mí. Una buena manera de mentirme a mí misma a la vez.
—Relájate —me ordenó.
No podía. ¿Cómo estaba permitiendo esto?
Sus labios volvieron a posarse firmes sobre mi cuello, y cuando sus colmillos acariciaron mi zona sensible, ya no pude reprimirlo más, gemí.
Me sentía avergonzada y, a la vez, era una sensación parecida a flotar en las nubes.
La adrenalina corrió por mis venas ante el peligro inminente y odié estar disfrutándolo.
Sus manos acariciaban mi espalda. Y maldije. Maldije todo lo que conocía. Porque no era posible ser tan embriagador. No era posible que estuviese deseando que continuase.
Sus afilados dientes traspasaron mi carne, provocándome un deleite de sentimientos.
No reconocía los sentimientos que burbujeaban de mi boca, ni tampoco sabía cómo mis manos habían terminado rodeando su cuello, acercándome más a él.
Sentía cómo la sangre abandonaba mi cuerpo con cada succión de Adrien.
Nunca había sentido un gozo similar. Tan cerca de la muerte y a la vez tan lejos. Tan parecido a la gloria.
Sus manos viajaron hasta mis muslos, obligándome a sentarme sobre él, se enredaban en mi pelo, me acariciaban la espalda, y yo no podía ver nada más que estrellas flotando a mi alrededor.
Me agarraba a él con fuerza, como si temiera poder desvanecerme en cualquier momento.
De repente, me pareció que él todavía estaba demasiado lejos y el escaso contacto no era suficiente.
Nada parecía ser suficiente. Sentía millones de deseos oscuros y quería sucumbir a todos ellos.
Adrien seguía succionando. Yo gemía, y seguía gimiendo, porque nunca había experimentado esta clase de placer. Y quería más, lo quería todo.
Sus ojos se encontraron con los míos y no reflejaban ni un atisbo de luz.
Eran pura oscuridad. Incluso entre todas esas sombras que los rodeaban, ellos me pedían más.
Y yo, estaba dispuesta a entregarles todo aquello que me pidieran.
Sin pestañear. A un demonio. A un traidor.
Fue como si otra alma poseyera mi cuerpo.
En el momento en el que sus labios se estamparon contra los míos, todo mi alrededor dejó de existir.
Me sorprendí a mí misma devolviéndole el beso.
Y entonces lo supe, me atizó con fuerza y me sacudió el cuerpo.
Porque la verdad que necesitaba afrontar era que, en ese momento, lo deseaba como nunca había deseado a nadie.
Sus labios tomaron posesión de mi boca, reclamándome, haciéndome suya.
Sus manos exploraron mi piel, dibujando caminos ardientes que encendían mi deseo.
Cada roce era un susurro de promesas, un pacto silencioso que se sellaba con el eco de nuestras respiraciones entrelazadas.
La intensidad crecía y el mundo que nos rodeaba desapareció, dejando solo la conexión electrizante entre nosotros.
Nuestros corazones latieron al unísono, marcando el compás de una danza que solo nosotros parecíamos entender.
Sus dientes atraparon mis labios, provocándome, para después volver a tomar mi boca. Me descubrí acercándome todavía más, y cuando ya estuve lo suficientemente cerca, me percaté de lo duro que estaba entre mis piernas.
Mis manos despeinaban su pelo, se agarraban a él mientras Adrien me devoraba.
Su lengua se metió en mi boca, y me pegó un suave tirón de pelo para besarme más profundamente.
Nada se parecía a este beso. Nunca existió esta pasión desenfrenada entre nosotros.
Aunque lo más probable es que esto fuera únicamente un efecto secundario de su saliva en mí y mi sangre en él, estaba decidida a disfrutar de esto.
Nuestro beso se volvió desordenado. Su mano me pegaba ligeros tirones en el pelo y yo no podía evitar gemir ante tal provocación. Era incapaz de pensar en otra cosa que no fuese la sensación que me provocaba su boca, el contacto de su piel con la mía.
Sus dientes se volvieron a hincar en mi cuello, generándome una nueva oleada de placer de la que nunca quería salir.
—Joder —me susurró en una voz más grave de lo habitual.
Su lengua recorrió mi cuello, limpiándome un reguero de sangre, para después seguir bebiendo de mí.
Me descubrí a mí misma restregándome contra su miembro.
Aunque me sentí avergonzada por tal gesto de valentía, no quería parar, no quería deshacerme del éxtasis que estaba sintiendo por primera vez.
En algunas ocasiones, mi cuerpo reaccionaba con excitación, pero explorarla de esta manera era glorioso, y escuchar el gruñido con el que Adrien había reaccionado me incitó a continuar.