Capítulo 37 #2
Specter me vio y, después de una gran sacudida, se dirigió hacia mí. Se quedó de pie, majestuoso, y le rasqué la barriga, ya que era la única parte a la que podía llegar. Inclinó la cabeza hacia abajo y me pegó un lametazo que casi me mandó de vuelta al Valenves.
—¡Para!
Giré la cara tratando de evitar su lengua y las cosquillas que me hacía, incapaz de contener las carcajadas.
Seguí acariciándole la cara hasta que Specter consideró que me había limpiado lo suficiente.
Se sentó sobre sus patas traseras y se limitó a observarme con sus ojos azules eléctricos.
Cuando Specter parpadeó, decidí imitarlo, lo que terminó en un concurso de miradas fijas y parpadeos entre medias.
—¿Te estás divirtiendo? —preguntó Laurent.
Lo mandé callar, ya que estaba a punto de ganar a Specter. Quien me viera, debería pensar que estaba completamente chalada, compitiendo contra un mamífero por ver quién parpadeaba el último.
Specter dio su brazo a torcer y volvió a la sombra en la que estaba descansando antes.
—¿Por qué no estás entrenando? —me dirigí a Laurent.
—Quería venir a cuidar a estas bestias, me lo paso bien con ellos. ¿Tú cómo lo llevas?
—Bien, supongo. Tenía pensado ir a dar un paseo esta noche.
—¿Esta noche? Estás loca.
—Pero, ¿qué dices? No es la primera vez y...
—Esta noche hay luna roja, Marie. No todos los Varkai saben controlar tan bien su sed de sangre como lo hace Adrien
—¿De qué hablas?
Laurent suspiró, en parte dolido por tener que hablar de la persona que consideraba su hermano, que le había mentido recientemente. Nos dirigimos al cuarto de limpieza a coger un par de herramientas para limpiar el pasto.
—Hoy es cuando se cierra el ciclo, la luna roja es el último día que tienen los Varkai para alimentarse. Si no se han alimentado desde la luna roja anterior, esta noche comenzará su degeneración. Los Varkai más jóvenes e inexpertos estarán desquiciados por encontrar una sola gota de sangre.
—¿Y Adrien está como un loco? Él tiene a esa pelirroja para alimentarse. Además, he estado antes con él y no parecía afectado. —Traté de ocultar esa pizca de celos en mi voz, pero, por la mirada que me dedicó Laurent, no lo había conseguido muy bien. De todas maneras, ¿a mí qué me importaba?
—Supongo que eso es algo de lo que tendréis que hablar en el rollo de marido y mujer.
Laurent giró la cara, intentando ocultar lo gracioso que le parecía ese asunto. No era muy astuto meterse conmigo cuando tenía un rastrillo en la mano. Agarré el mango y lo golpeé suavemente —lo que significa que para nada fue suave— con él.
—¡Eh! —se quejó mientras se frotaba la zona adolorida.
—Eso te pasa por ser un estúpido —le dije dedicándole una mueca que le resultó todavía más graciosa.
—En serio, Marie, piénsatelo dos veces antes de salir esta noche, no me gustaría que terminaras siendo el cebo de un Varkai.
El ambiente se volvió más tenso y no pude dedicarle más que un silencio como respuesta. Supongo que eso tendría que bastar.
—¿En qué te ayudo?
Laurent me dedicó una grandiosa sonrisa y nos pusimos manos a la obra.
Después de una tarde limpiando excrementos de Nyctoru, me dirigí a darme una ducha rápida y a cambiarme, sin ser capaz de borrarme de la mente el hecho de que Adrien no se había alimentado. Eso explicaba un poco su mal humor, aunque su mueca relajada de esta mañana era de lo más desconcertante.
Me puse un vestido blanco, de esos que a Janine le gustaba llamar «camisola».
En el LunaVeritas había normas bastante estrictas en función de qué llevar cuando te sumergías.
Todavía me atormentaban los recuerdos de la última vez que me zambullí en sus aguas, pero una dosis de verdad, por muy dolorosa que fuese, era lo que necesitaba en estos momentos.
El camino por el bosque fue tranquilo y la luna no estaba roja en absoluto. No pude evitar pensar en lo que mencionó Laurent respecto a Adrien. Si era verdad que no se había estado alimentando, ¿qué hacía con Ewa?
Por la Diosa, no podía estar actuando como una esposa insegura. No me importaba lo que mi marido hiciera con otras mujeres, aunque la mera idea de pensarlo me revoloteara las tripas. No debía importarme. Tal vez, el LunaVeritas también podría despejarme respecto a este asunto.
Yvaine rondaba cerca del lago, como una protectora enviada por la Diosa Luna.
Su piel resplandecía como si hubiese sido bendecida por la misma.
Su cabello ondeaba, etéreo, con esa gama de colores fríos que rondaban desde el morado hasta el azul o el rosado.
Sus prendas flotaban como si estuvieran dentro del agua, en tiras blancas que bailaban al compás de sus movimientos.
—Buenas noches, Yvaine —saludé de manera cordial mientras se dedicaba a revolotear entre los árboles.
—¿Vienes a despejarte?
—Algo así, sí —dije entre sonrisas inseguras.
—¿Necesitas ayuda con algo específico? ¿Una persona? ¿Un vínculo?
Decidí no responder. Había vuelto a sacar el tema y yo seguía sin comprender de qué hablaba.
Me deshice de la capa y me sumergí con mi camisola blanca, que al tocar el agua se tornó transparente.
La última vez que estuve aquí, estaba asustada de mí misma, de lo que el agua pudiese cantarme; tanto que me terminé ahogando en mis peores temores.
Esta vez la temperatura era agradable, el agua no estaba fría ni demasiado caliente; estaba en la temperatura correcta.
Me zambullí y dejé que la magia me rodeara.
Esta vez, en lugar de rehurla, la acepté.
La última vez cometí el error de querer aceptar todo su poder de golpe y terminó saturándome.
Esta no pecaría de nuevo. Dejé que entrara en mi interior, que revoloteara, que destapara mis más oscuros deseos, mis secretos mejor guardados; la acepté como mi igual, como parte de mí.
Cuando esta se cansó, simplemente se limitó a gravitar a mi alrededor, disponible en caso de que volviera a necesitarla.
Una de las ventajas del LunaVeritas era que no te forzaba a ver realidades que tratabas de ocultar, simplemente las guardaba para aquel momento en el que estuvieras listo.
Me resultaba de lo más curioso que, dentro de sus aguas, no permitiese mentir en voz alta.
Te protegía de aquello que tu interior no había aceptado, sin embargo, desvelaba lo que tus palabras querían decir en realidad.
Cerré los ojos y me limité a meditar. Cada día que pasaba, descubría cosas nuevas que amenazaban con destrozar la poca estabilidad que me quedaba.
Iba a necesitar una conversación con mi madre, una bastante larga, y, esta vez, necesitaría ser más concisa.
Solo esperaba ser capaz de poder sacarle las palabras de una vez por todas.
No podía seguir conversando con una demente, ni mirando sus ojos carentes de vida.
Jugué con mis hilos plateados, que pegaban brincos a mi alrededor, impacientes porque tirase de ellos y experimentase. Abrí una puerta ardiente y, cuando mi mano se imbuyó en plata, el agua a mi alrededor comenzó a calentarse.
Seguí probando, experimentando, hasta que una sensación me obligó a abrir los ojos.
Me sentía observada, como si alguien estuviera en las sombras, sin embargo, no fue terror lo que sentí. Fue algo más parecido a la protección.
Como un imán que me llamaba, como una parte de mí incompleta que se hallaba detrás de mí, Adrien Arkenvoss había venido a buscarme.
Era imposible ignorar los latidos desenfrenados de mi corazón, reaccionando a él.
—¿Qué haces aquí?
Le di la espalda, incapaz de aguantar el peso de su mirada.
—Me pediste que viniera a buscarte y eso he hecho.
—No te pedí que…
—Es cierto —me interrumpió—, no lo hiciste. Aun así, yo sabía que era lo que querías.
Me abracé a mí misma, sintiendo cómo el calor de mi alrededor me abandonaba.
—No deberías estar aquí —murmuré.
Adrien chasqueó la lengua, con más irritación de lo normal, y yo me adentré más en el lago con la esperanza de deshacerme de la sensación que me rondaba cuando él se encontraba cerca de mí.
—Para ser una persona que odia a los mentirosos, no haces más que mentirte a ti misma —declaró con un rugido.
—¿Otra vez? ¿Cómo te atreves? —Me giré para hacerle frente y me lo encontré desabotonándose la camisa con las manos temblorosas—. ¿¡Qué haces?! —pregunté alarmada.
—Quieres la verdad y yo voy a dártela —sentenció mientras terminaba de quitarse la camisa, dejando al descubierto sus marcados músculos adornados con volutas de tinta.
—No tienes por qué meterte aquí conmigo, puedo salir y...
—Cállate ya, Marie —me ordenó con fastidio.
Había terminado de desvestirse, quedándose únicamente en ropa interior, y me obligué a no mirar.
Andaba a paso decidido hacia el agua, mirándome fijamente con esos ojos grises que parecían una manifestación de la luna.
Noté cómo el calor comenzaba a subir por mis mejillas y me giré por instinto, tratando de ocultar lo que estaba provocando en mí.
Un lugar muy oportuno, ya que ahora yo tampoco podría mentir.
Eché un rápido vistazo a la luna, que estaba comenzando a tornarse del color de la sangre, y me pregunté cómo era posible que en Eldoria la luna nunca se viera así.
—¿Has venido a alimentarte de mí?
Si la respuesta era sí, podría terminar de romper mi confianza en mil pedazos.
—Me sorprende que tu trasero no esté celoso de la cantidad de mierda que sale de tu boca.
Lo noté detrás de mí, susurrándome como un espectro. Me llegó su aroma y sentir su suspiro en mi espalda me estaba haciendo un flaco favor. Adrien acarició mi antebrazo, tratando de buscar mi atención, pero estaba demasiado enfocada en mi entrecortada respiración como para poder girarme hacia él.
Recordé lo que mencionó Laurent sobre la sed de sangre.
Aunque Adrien parecía estar más desquiciado que de costumbre, no era la bestia que yo había esperado.
Noté mi corazón galopar en el pecho. Él debió notarlo también, porque me acarició suavemente el brazo, lo que empeoró todavía más la situación.
—Dime qué quieres saber. —Pude notar el tono sincero en él, como si de verdad estuviese dispuesto a darme todas aquellas respuestas que tanto anhelaba. Él seguía jugando con mi pelo, haciéndolo a un lado.
—¿Desde hace cuánto tiempo lo sabes?
—Desde el día anterior a nuestra boda.
Se me hacía extraño hablar con él de nuestro compromiso, como si eso hiciese la situación más ordinaria. Me mantuve de espaldas a él, mientras él continuaba acariciando mi cuerpo.
—¿Por qué no dijiste nada?
Adrien me respondió con una risa seca.
—¿De veras? Querida, llegaste a este lugar odiando a cada persona que respirara demasiado cerca de ti, estabas histérica por encontrar a tu madre. Consideré que lo mejor era corroborar la información antes de decirte nada.
Debía darle la razón. La tenía. No había sido especialmente colaborativa los primeros meses aquí. Aunque, a decir verdad, él tampoco había sido un anfitrión demasiado amable.
—Y, la verdad —suspiró, poniendo algo de distancia entre nosotros—, es que yo tampoco estaba listo para afrontarlo.
Me giré hacia él, su mirada me evitaba y sentía que, en cierta parte, estaba rehuyendo de mí.
—Yo también tenía mis dudas. —Adrien frunció el ceño, dándome pie a explicarme—.
Escuché a mi madre, y a tu padre, hace mucho tiempo.
Hablaban sobre una llave. Al principio, no lo comprendía, pensaba que hablaban de algo más.
.. ambiguo. No fue hasta que comencé a investigar sobre Pristia que comencé a sospechar.
Tenías razón —suspiré, deseando que la tierra me tragase en este preciso instante.
—Siempre la tengo.
—Supongo que, en parte, yo tampoco me sentía lista para aceptarlo, como si mi vida fuese a cambiar por completo en el momento en el que dejara esa verdad entrar.
Levantó su mano, acercándola a mí, dejando un rastro de caricias con su pulgar por mi mejilla.
No estaba acostumbrada a ver su lado amable, preocupado.
Me había acostumbrado a su máscara impenetrable, de indiferencia y frialdad; no se me ocurrió que, tal vez, había una persona con sentimientos detrás de la misma. Y deseé que no estuviera.
—Dime, ¿qué hubiera cambiado?
Lo pensé. Supuse que eso lo cambiaría todo.
—Al final, nuestro matrimonio no es más que una sucia artimaña por parte de nuestros padres, ¿qué más dan los motivos? Te hicieron creer que esto salvaría Varnath. ¿Ha cambiado eso?
No. La verdad es que no. Me limité a negar con la cabeza y dedicarle una mirada piadosa, rogándole que parase.
Sus palabras estaban ahondando más profundas en la armadura que había tratado de construir.
Había intentado crear un escudo a mi alrededor, creyendo que eso me protegería de todo aquello que no estaba lista para asumir.
No tenía derecho a venir aquí y desmontarlo.
—Marie...
Ahora era yo la que rehuía de su mirada, la que intentaba huir de esta conversación, la que buscaba esconderse en una cueva y no salir jamás.
—No.
—Mañana… será un nuevo día. Tendrás que hacerle frente a todo lo que viene, a todo eso que escondes de la luz.
Asentí, mordiéndome el labio, y me permití un momento de debilidad. Donde todo eso ya no existiera. Donde él no fuese una amenaza constante. Donde yo vivía feliz sin conocerlo.
Suspiré, dejando ir todo aquello que me acechaba en la oscuridad. Porque me había cansado. Estaba tan cansada de fingir que era fuerte que me permití recibir consuelo de los mismos brazos que tanto me atormentaban.