La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

MARIE

N o sabía con exactitud qué estaba esperando. ¿Que viniera corriendo detrás de mí al escucharlo hacer tal ridícula confesión que, para nada, cambiaba todo el rumbo de mi vida? Ya, claro.

Una parte de mí había comenzado a ver gestos esporádicos de amabilidad y me preguntaba si, tal vez, Adrien era una persona atormentada que había juzgado mal desde el principio. Me equivocaba estrepitosamente.

Habían pasado días y cada vez mis esfuerzos por ignorarlo se complicaban más.

Si lo veía asomar por la esquina de un pasillo, echaba a correr.

Me había saltado las cenas a las que debía asistir, incluso mis clases de entrenamiento, y los había sustituido por paseos con Specter o más visitas a mi madre.

Otra parte de mí quería respuestas, que se explicara, que hablara conmigo, aunque después le clavara un puñal por ser una persona tan sucia.

Janine y Tahlia tenían la agenda tan apretada en el Tekhné que era imposible llenar mis ratos muertos con ellas.

Mi madre no era una opción. Laurent y Cassian estaban sumidos en el entrenamiento de lo que ellos llamaban el Rito del Umbracero, y yo estaba de los nervios por él.

Cada vez estaba un paso más cerca de convertirse en Umbrae y estaba segura de que me comportaría como una madre orgullosa cuando su hijo se gradúa en el Templete.

Por fin nos habían explicado un poco más sobre todas las pruebas y los riesgos que había.

Decidí probar un poco de esa medicina e irme a entrenar yo sola. También esperaba que cierto Varkai no se dignara a aparecer por allí.

Llené la primera media hora con flexiones, abdominales y unos objetos la mar de pesados que utilizaban para fortalecer músculos. No sabía si esto lo estaba haciendo bien o no, pero estaba intentando copiar la postura de los expertos.

—Lo estás haciendo mal —dijo una voz grave detrás de mí.

Ah, fantástico, así que Don Amabilidad había decidido aparecer por fin.

—¿Qué haces aquí? —pregunté cortante.

—Enseñarte.

Definitivamente, era el maestro de las respuestas poco concisas.

—No necesito que me enseñes —gruñí, alejándome de él.

Me planteé la posibilidad de saltar por la ventana con tal de no tener que verle el rostro.

Pareció leerme el pensamiento porque se echó a reír y yo casi me desmayo.

Era la primera vez que lo escuchaba reírse, lejos de aquellas sonrisas burlonas y demoníacas que te dedicaba para jugar contigo.

Eso era distinto. Era una suave brisa en un día de verano, una risa rasgada y aterciopelada que me hacía perder los sentidos.

—No irás a saltar, ¿verdad? —preguntó entre risas.

Me giré hacia él, con los brazos cruzados y un objeto sumamente pesado en mi mano, que me serviría como amenaza mientras le lanzaba bolas ardientes con los ojos.

—Hay, por lo menos, once metros de altura, Marie.

—Suficiente para mantenerme lejos de ti —declaré.

Aun así, no pude evitar apartar la mirada de él.

Era distinto, y no sabía lo que significaba la oleada de emociones que despertaba en mí. Por la Diosa, que se trataba del hombre que llevaba mintiéndome meses, el mismo que traicionó a todo nuestro pueblo. Un líder arrogante, poderoso y odioso.

—Pégame —pidió, lo que me descompuso todavía más.

—¿Qué?

No había escuchado bien, ¿verdad?

—Te concedo este día para que me dirijas todo ese odio que bulle en tu interior, por mentirte.

—¿Sin peros?

—Sin peros —confesó. Algo en su mirada me indicó que hablaba totalmente en serio.

—¿Cuál es la trampa?

—No hay ninguna.

—¿Y luego me lo explicarás todo? —Asintió—. Vale.

Busqué en lo más profundo de mi ser la ira incesante que había sentido antes, pero no era capaz de encontrarla. Ahora que me había dado permiso para atizarlo, no tenía claro si eso era lo que quería.

Eso fue antes de que me propiciase un puñetazo en la boca del estómago, que casi me dejó inconsciente en el acto.

—¡¿Qué haces?!

—Te lo estabas pensando demasiado.

Vino otro más y mi vista se compuso de millones de puntitos negros. Me barrió al suelo, haciendo que me golpease la cabeza con fuerza.

Ahí estaba. El odio que sentía por él bulló como agua hirviendo en mi interior, pidiendo a gritos que lo estrangulara.

—Sucia rata traicionera. —Me puse en pie de pronto—. Voy a arrancarte las tripas y ahogarte con ellas.

Me dirigí hacia él a paso decidido, sin ningún arma aparte de mí misma. Busqué en mi interior y abrí una puerta ardiente de mi sala del consejo. Una explosión plateada e hilada rondaba a mi alrededor.

Tomé el hilo con fuerza y, cuando mis manos ya estaban imbuidas, le lancé una bola de fuego que apagó decididamente con una cascada de sombras.

—Estoy deseando ver cómo lo intentas —me retó con esa sonrisa estúpida en su rostro que tanto me desequilibraba.

Fuimos una mezcla de patadas, puñetazos y elementos en distintas manifestaciones.

Cada vez que trataba de golpearlo, me bloqueaba perfectamente y, aunque yo no le daba tregua, se las apañaba bastante bien para darme pequeños golpes.

Sabía que se estaba conteniendo, que no buscaba hacerme daño, y eso me daba más rabia.

No necesitaba que me tratara como una muñeca de porcelana.

Fue cuando vi la oportunidad del golpe perfecto. Preparé mi puño y cuando estuvo a punto de golpear su esculpida cara, me agarró del brazo y me giró, de modo que quedé de espaldas contra su pecho.

—La idea de los golpes —dijo en un susurro en mi oído, mientras con la mano libre me colocaba un mechón detrás del mismo, provocándome una corriente eléctrica por todo el cuerpo— es que no sean predecibles.

Oh, alteza, créeme. Este, no te lo verás venir.

Alcé mi pierna derecha y le di una patada en el muslo, porque pegarle en los testículos sería un golpe bajo. Adrien soltó un gruñido y aproveché su descontrol para enviar un codazo en el estómago, desorientándolo. Me giré y le golpeé la mandíbula con mi puño cerrado.

Eso era suficiente. Adrien me miró mientras se limpiaba con la lengua los restos de sangre que le había dejado en el labio. Lo hacía mirándome fijamente a los ojos.

—No te mereces mi tiempo —musité—. Y yo no tengo ganas de perderlo escuchando tus ridículas excusas.

Si le importaba lo suficiente, aunque sea, mantener las apariencias de que todo iba «bien» entre nosotros, vendría a buscarme. Tal vez se esforzaría en contarme alguna mentira más elaborada. De lo contrario, me encargaría de hacer que su vida fuese un absoluto infierno por el resto de sus días.

✽✽✽

Dentro de dos días era el Día de las Fuentes, en Avelora, y estaba tan emocionada como nerviosa.

Hacía muchos años que la festividad dejó de celebrarse debido a la escasez de agua y cosecha.

El hecho de que este año se celebrase me daba un buen augurio.

No pude evitar recordar a mi madre en Avelora, desfilando con sus vestidos extravagantes y con una sonrisa en la cara.

Ahora era una persona completamente distinta, y el hecho de no haber avanzado lo más mínimo con ella me agobiaba, puesto que desde la última conversación que mantuvimos, no había logrado sonsacarle más información aparte de un par de balbuceos incoherentes.

Las mellizas habían venido a mi cuarto, con la esperanza de que las llevara como acompañantes y, obviamente, pusieron una excusa un poco cutre como «déjanos ayudarte a elegir el vestido».

Abrí las puertas del armario y me sorprendió que este diese su brazo a torcer y me sacara cinco tipos de vestido.

En el Día de las Fuentes era habitual vestir de blanco, algunos detalles azules también estaban bien vistos.

Las mujeres se hacían coronas preciosas de flores acuáticas y sus acompañantes debían llevar un brazalete hecho de juncos y cintas verdosas.

Era un día de celebración precioso. Tal vez, me serviría para conectar más con ese elemento.

—¿Qué opináis de este? —pregunté mientras les mostraba un vestido sedoso blanco.

—Me gusta —admitió Tahlia en un gesto de aprobación.

—Eeeeehhhh, no —sentenció Janine—. Ahora eres la reina de Varnath, guapa, no puedes ir por ahí con una camisola.

Tahlia se limitó a suspirar y a volver a poner su atención en una de esas novelas románticas que tanto le gustaba leer.

—¿Y este? —En mi mano llevaba un vestido blanco, un poco más detallado con encaje sobre la tela.

Janine me dedicó una mirada de desaprobación y Tahlia, simplemente, no respondió.

No fue hasta que saqué el último vestido que las dos estuvieron conformes.

Un vestido confeccionado con tela de tul blanca que llegaba hasta mis rodillas.

Estaba adornado con un degradado azul marino que subía hasta la cadera y se complementaba con los pliegues que bajaban a lo largo del pronunciado escote.

—¡¡Ese sí!! —anunció Janine, como una chiflada, mientras se ponía a dar saltos por toda la habitación.

—Me gusta —repitió Tahlia.

—Supongo que ya hay vestido —declaré entre risas.

✽✽✽

Había decidido darme una noche de desconexión de mí misma para volver a conectar con el elemento que debería bendecir en un par de días: el agua.

Antes de partir al LunaVeritas, donde no tenía muy claro si Adrien me daría el privilegio de su compañía, decidí ir a darle una pequeña visita a Specter.

El sol se escondía detrás de las innumerables nubes que acariciaban el cielo.

La primavera llegaría pronto y en Nocturia todavía había una humedad paralizante y un frío que calaba hasta el interior de tu ser.

Los setos se alzaban imponentes por los jardines, en tonos de verde oscuro que añadían algo de vida al paisaje.

Llegué a los terrenos arenosos, escondidos entre zarzas, y encontré a Specter.

Estaba tumbado bajo un imponente árbol de acebo.

Su cabeza estaba levemente levantada, buscando un rayo de sol con el que poder calentarse.

Laurent estaba poniéndole carne fresca a los dos mamíferos, ya que Vortex también rondaba por allí.