La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

ADRIEN

E staba en la puerta. Lo había escuchado todo. No podía descifrar lo que su mirada me gritaba. ¿Era tristeza? ¿Decepción? ¿Ira? ¿Todas?

Se acercó a mí, con una determinación que veía pocas veces en ella, y me cruzó la cara. Debí haberlo visto venir.

En la sala se escucharon exhalaciones de sorpresa, reprimidos en pequeños ruidos.

Todo el mundo se puso de pie, miraban sorprendidos, les acababa de revelar una información que tenía guardada en el fondo de mi ser durante bastante tiempo, y esta mujer loca acababa de abofetearme. No sabía qué era más intrigante.

—¿Lo sabías? ¿Todo este tiempo? —me preguntó, y pude ver cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos verdes, que ahora brillaban con una intensidad distinta. Y, que la Sombra me perdone, porque estaba a punto de cometer una verdadera estupidez.

—¿Por qué crees, si no, que acepté casarme contigo? —Hice especial énfasis, mostrando un desprecio y asco que nunca antes había hecho, al menos no de una manera tan obvia.

Las mellizas, que acababan de llegar con Marie, y Laurent soltaron suspiros de sorpresa mientras se llevaban a Marie, que le costaba mantenerse en pie. Sus ojos me lanzaban dagas envenenadas.

—No finjas que tú tampoco lo sabías —rugí—. No me digas que nunca lo sospechaste.

Tahlia se acercó a mí, señalándome de manera incriminatoria, y me estremecí.

—¿Sabes? Siento que una parte de ella comenzaba a pensar que, tal vez, eras de fiar, que eras una de las pocas personas que no le había mentido —suspiró mientras negaba con la cabeza, incrédula.

Yo tampoco me creía que de mi boca hubieran salido palabras tan hirientes.

Sin embargo, mi boca se comportaba como una clase de carruaje que bajaba una cuesta. Era imposible detenerme.

—No puedes culparme por su falta de criterio —escupí.

Tahlia resopló, irónica, mientras me miraba sorprendida.

—Un día, te arrepentirás de esto.

—¿De qué exactamente?

—A veces, es mejor quedarse callado y dar la impresión de que eres idiota, antes que abrirla y acabar con toda duda —masculló, y se fue furiosa.

Me sentí como si me hubieran dado otra bofetada. Avergonzado: una sensación bastante nueva para mí.

✽✽✽

Los días siguientes fueron una avalancha de golpes.

Cassian apenas me hablaba y, cuando lo hacía, me mandaba dardos envenenados que no hacían más que herirme el orgullo.

La relación ahora era complicada. Tuvimos que acudir a un asalto en Zephyria de Viltorus, y decir que era peor que un adolescente rebelde era quedarse corto.

Desobedecía mis órdenes, me ignoraba por completo y, cuando decidía hablarme, me llevaba la contraria delante de mí ejército.

Era complejo, porque yo era su líder y, en parte, me respetaban, pero él era su entrenador.

A Janine le faltaba poco por escupirme cada vez que se cruzaba conmigo. Laurent seguía manteniendo el contacto conmigo, pero lo notaba resentido. Tahlia, en cambio, era la más civilizada. Estaba enfadada, sí, pero, por lo menos, trataba de mantener la compostura.

A Marie había elegido no verla estos días.

Una sala de entrenamiento llena de armas, ella descontrolada y furiosa como un brumario.

Además, cada vez visitaba cada vez más a Specter y no me fiaba de que no enviase a su Nyctoru a por mí.

No, gracias. Si ya conseguía ser un completo conflicto sin objetos afilados, no quería imaginármela con ellos.

Iba camino a mi reunión semanal con Laurent, en la que revisábamos su progreso para el Rito.

Cada uno de ellos se celebraría después de cada luna roja, lo que haría que las pruebas se llevaran, más o menos, seis semanas de diferencia entre ellas.

Al llegar a mi despacho, Laurent y Cassian ya habían tomado asiento.

La tensión en el aire cortaba como un puñal recién afilado.

Necesité tomar varias bocanadas de aire para mentalizarme de lo que estaba por llegar.

—Buenos días —dije dirigiéndome a nadie en particular, realmente—. Informe semanal.

Cassian bufó molesto, como si no se terminara de creer que realmente estuviera haciendo esto: fingiendo que no ha pasado nada.

—Laurent ha pasado con éxito las pruebas propuestas, pero sigue faltándole entrenamiento en lo que respecta al laberinto del silencio.

—El laberinto no es una prioridad por el momento, asegúrate de que...

—¿Por qué lo hiciste? —me interrumpió un Laurent furioso.

—¿Perdón?

—¿Por qué me mentiste? ¿Por qué a mí? Pensaba que yo sí era de confianza.

No me había preparado para tener esta conversación ahora. Me pilló de imprevisto, así que solo pude ofrecerle la verdad.

—No se trata de ti. Nunca se ha tratado de ti, Laurent.

—Entonces, ¡¡explícamelo!! —gritó mientras azotaba la mesa con fuerza, haciendo volar decenas de papeles.

Levanté la mirada y vi la misma expresión que vi en los ojos de Marie. Como si me hubiera intentado dar una pizca de su confianza y yo la hubiera quemado a trozos delante de él. Me sentía como un padre que acaba de decepcionar a su hijo, y no me gustaba nada.

—Laurent —le riñó Cassian. Nunca había sido partidario de levantar la voz, ni la violencia, ni cosas de esas, lo cual resulta irónico viniendo de una persona que entrena a un ejército, pero bueno—. Este no es el momento.

—Nunca lo es, ¿verdad? —sollozó—. Nunca lo es cuando hay temas importantes que tratar y yo estoy delante.

—¿Qué dices? —exclamamos Cassian y yo a la vez.

Laurent arrugó el ceño y se cruzó de brazos. Pasó una eternidad hasta que decidió volver a hablar.

—Me seguís viendo como un niño. Todos vosotros. Nadie confía en mí para las cosas importantes.

—Eso no es verdad —repliqué.

Sentí como si Laurent estuviese gritando un secreto reprimido, un poco roto, como si las palabras se agarrasen a su garganta. Parecía que se adherían a mi piel y me quemaban, como una maldición.

—Sí lo es. Nunca llegaréis a verme como un igual.

Y entonces me rompí, como si un rayo de sol entrara en contacto directo con mi piel; como si fuese vidrio en llamas y me acabaran de arrojar al frío suspiro de la muerte.

—Porque nunca serás un igual —murmuré—. Siempre serás mejor que yo. Siempre lo has sido.

Mi voz se rompió en un susurro repleto de veneración, de anhelo, de remordimiento.

—Perdona si decido no implicarte, si te hago a un lado.

Pocas veces se ve un corazón brillar con tanta intensidad a pesar de haber sufrido tanto.

Lo último que deseo es ser la causa de apagarlo.

—Unas zarzas espinosas se me enredaban en el estómago, subiendo hasta los pulmones y el corazón, y apretaban, apretaban tanto que, por un momento, sentí que me moría, a pesar de ser inmortal—.

Si no he dicho nada, es porque no ha sido fácil.

Porque aceptar que mi destino estaba sellado en sangre amenazaba con sumirme en el peor de los infiernos.

No dije nada porque no estaba listo para aceptar eso.

Porque quería estar seguro. Porque, por una vez, tuve la esperanza de que mi padre me hubiese mentido como tanto acostumbraba a hacer.

Porque deseaba encontrar una vía de escape.

Traté de esquivar sus miradas, ocultarme de la luz, respirar para tratar de aliviar esa picazón que se asentaba en mi pecho.

Sin embargo, mi fuerza de voluntad parecía más débil de lo que yo creía.

Me encontré con sus miradas buscándome, como si comenzaran a entenderlo, como si ahora me entendieran a mí un poco mejor.

—Mi padre llevaba años buscando la llave.

No hacía otra cosa que buscar a una chica con poderes extraordinarios.

Imagina su grata sorpresa cuando creyó encontrarla y se dio cuenta de que Marie no tenía poderes.

Imagina la mía cuando me obligó a casarme igualmente. Sin darme razones. Sin explicarme nada.

—Y luego explotó como una bomba de relojería, manifestando todo lo que llevaba años sin hacer —continuó Cassian por mí.

—Exacto.

—¿Cómo? —preguntó Laurent, todavía confuso.

—¿Cómo qué?

—¿Cómo iba a saber tu padre que Marie era la mujer que estaba buscando si todavía no tenía esos poderes mágicos de los que hablaban en la leyenda?

—Estaría bien que siguiera vivo para preguntárselo.

Era una pregunta que llevaba rondándome durante demasiado tiempo, que me obligaba a maldecir en silencio el día que mi padre decidió abandonar el trono.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Mi padre me dejó unos escritos antes de renunciar al trono. Unas cuantas adivinanzas.

—¿Te lo confesó? —inquirió Cassian—. ¿Así sin más? No es típico en él.

Gruñí, porque él era el menos indicado para hablar de lo que era típico en Viktor Arkenvoss.

—Sí, Cassian, estaba en su lecho de muerte, ¿qué esperabas?

Cassian y yo discutimos en silencio, entre miradas hostiles y muecas cortantes. Laurent dio por finalizada nuestra discusión al asentir con la cabeza y murmurar:

—Sigo enfadado contigo.

Y yo no pude evitar sumirme en una estúpida carcajada.