Capítulo 35
ADRIEN
L os días siguientes me dediqué a obligar a medio castillo a investigar y estudiar el idioma antiguo. Todavía rondaban en mi cabeza las palabras que Marie tenía grabadas en la piel y me martirizaba no saber qué significaban.
Todo el tema de Pristia me estaba poniendo de los nervios.
Además, el rechazo que sufrimos en Eldoria me enviaba corazonadas de que algo grande se aproximaba, y no necesariamente bueno.
Nos habían forzado a contraer matrimonio, a firmar un acuerdo en el que se pactaba más implicación por parte de Nocturia y, cuando intentaba acercarme más, conocer el resto de montañas y llevarme a la loca de mi mujer, resultaba que nos daban la espalda, nos tiraban como animales pulgosos a la calle; por si no era suficiente, nos atacaban.
Tenía que admitir que me sorprendió que ese tal James tuviera tantas agallas como para desafiarme.
Cualquier persona en su sano juicio sabía que, si deseabas mantener parte de tu cuerpo, lo mejor era estar callado en mi presencia.
Aun así, fue divertido. Me decepcionó un poco el hecho de ver cómo Marie no controlaba esos estúpidos ataques que le daban a veces y tuve que buscar una solución.
No era la ideal, pero, al menos, funcionó.
Ahora estábamos en la sala de reuniones, Cassian, Laurent, Ewa y yo.
Sí, había invitado a Ewa porque era miembro de otra montaña.
Aunque pasaba la mayor parte del tiempo en Nocturia, se debía a que era una especie de comerciante de armas, nuestra suministradora.
Pensé que, tal vez, ella sería de ayuda.
Había montones de pilas de libros, repartidas por toda la mesa circular, páginas arrancadas, hojas embadurnadas de tinta y velas encendidas por toda la estancia, ya que la iluminación era un poco pobre.
Existían muy pocos escritos sobre el idioma antiguo, ya que era, más bien, una leyenda, al igual que Pristia. Estaba empezando a llegar a la conclusión de que todas esas leyendas eran más que ciertas e iban a suponer una verdadera tortura.
Laurent se había empeñado en estudiar un libro llamado La balada de los caídos , lo que terminó resultando un despropósito.
Las páginas eran tan antiguas que apenas podías leer en ellas, algunas estaban rotas, incluso quemadas, la tinta estaba emborronada y faltaba una considerable cantidad de páginas.
Sea lo que fuere que se narraba en su interior, el dueño decidió que era mejor borrarlo de la historia.
Ewa se marchó. Según ella, recordaba haber visto en la biblioteca una especie de diario con un abecedario que creía que podría servir. Sabía que había accedido a ayudarme con la esperanza de que volviese a pasar algo entre nosotros, pero ahora estaba casado, no podía ir dando falsas expectativas.
En ese momento, me sentía fuera de mí mismo. No era porque llevara días sin dormir, ni semanas sin alimentarme, sino una sensación de incomodidad, como si mi propia piel fuese un traje que queda pequeño y estás encaprichado en encajar dentro.
Por otra parte, el estrés parecía buscar acabar conmigo. Y con «estrés» me refiero a mi esposa. Tenía tantas cosas dentro de la cabeza que parecía un laberinto del que no era capaz de salir y esa mujer no hacía otra cosa aparte de ponerme más obstáculos.
Las horas pasaban mientras me vi perdido entre palabras y hojas de papel, tratando de encontrarle el sentido a cómo cojones Marie terminó dentro de Pristia, enfrente de las puertas, porque no hay archivos que indiquen que alguien haya encontrado la manera de llegar.
Nadie sabía siquiera dónde estaban las puertas, y yo necesitaba encontrarlas.
Unos golpes sonaron tras la puerta y la cabeza rigurosa y plana de Varin asomó.
—Ha llegado una correspondencia, de Avelora, señor Arkenvoss —dijo mientras me tendía el sobre.
La caligrafía parecía fresca, no debería haberse enviado hacía mucho, eso captó mi interés. Tal vez nuestro acuerdo seguía en pie después del incidente en Eldoria. Tal vez fuese una declaración de guerra. Había tantas posibilidades y me planteé todas ellas en cuestión de segundos.
La carta era, ni más ni menos, una invitación formal a Avelora por el Día de las Fuentes.
El Día de las Fuentes era una celebración típica antes del equinoccio de primavera, donde los Fluvii agradecían a los espíritus del agua por la fertilidad de sus tierras y la vida que crecía en ellas, para después renovar los votos con su montaña.
Era una manera de mantenerse en contacto con su elemento, por explicarlo de alguna forma.
La celebración se daría en una semana. Obviamente, había una invitación para mí y otra para Marie, además de un pie de nota que agradecía nuestra asistencia y nos invitaba a llevar acompañantes.
¿Qué acompañante se suponía que debía llevar si mi supuesta acompañante ya estaba invitada? Un sinsentido.
Ewa arremetió en la sala, con un cuaderno antiguo bajo el brazo y miles de hojas sueltas que llevaba en esa bolsa color crema que colgaba del hombro y arrastraba su tirante negro.
—Lo he encontrado —señaló exhausta. Seguramente había recorrido todo el gran tramo desde la biblioteca hasta esta sala corriendo, lo que serían, más o menos, tres pisos de escaleras y muchos pasillos.
Pasamos horas tratando de descifrar lo que significaba Navah se na drie .
Lo que pensaba que sería una tarea sencilla, una vez conseguido ese cuaderno, se convirtió en otra tortura más.
Nos repartimos las palabras por orden alfabético.
Laurent se encargaría de Navah , Cassian de se , Ewa de na y yo mismo, de drie .
Laurent se confundió de palabra, por lo menos, quince veces.
Tradujo Narna como árbol, Neva como nieve, Naba como madera o Naveh como fuego.
Cassian llegó rápido a la conclusión de que se significaba «la», lo que nos llevó a más dolores de cabeza, ya que eso implicaba que nuestro orden de palabras no coincidía con el suyo.
Yo descifré rápido que drie significaba morir.
Me gustaba esta palabra, tal vez me venía bien hacer drie a algunos.
Después de varios intentos, Ewa tradujo na como «debe», lo que nos llevaba a la conclusión de: «La algo debe morir».
Eso no me hizo sentirme más tranquilo, al contrario, me estaba llevando a una idea que llevaba tiempo tratando de evitar.
Laurent por fin logró encontrar qué significaba Navah , y la respuesta, no me gustó en absoluto:
«La llave debe morir».
Apreté los puños con fuerza hasta que comenzaron a temblar y respirar se volvió una tarea tediosa. Hasta que el aire se condensó en mis pulmones. Hasta estar al límite de ahogarme.
—¿Qué cojones significa eso? —preguntó Cassian. Me extrañó ver su rostro pálido y unas ojeras que asomaban en él. Parpadeé, pero ya no estaban ahí.
Laurent me miraba como si se le acabara de aparecer la mismísima diosa delante. Me fulminaba con la mirada y supe que lo había entendido, que estaba atrapado y debía confesar. Pero no fui capaz de hacerlo.
—Hay una leyenda, una muy antigua, que habla sobre una llave de las puertas del inframundo y un guardián. —No apartó la mirada de mí mientras se explicaba, podía percibir su enfado incluso a distancias largas. Me enarcó una ceja, esperando que yo continuara la historia.
—Vas a tener que ser más conciso, rojito —intervino Ewa.
—Vigila tu lengua —le cortó Cassian.
—¿O qué?
—O te la arranco.
—Inténtalo. —Ewa le sacó la lengua en un desafío.
Esto se iba a desmadrar más pronto que tarde.
—La leyenda —comencé— se basa en siglos atrás, cuando las montañas no estaban vinculadas.
Existía un lugar divino y un infierno para las almas.
Después de la maldición, el inframundo se selló por las manos de las diosas.
Se creó una cerradura forjada en sombra, tierra, aire, agua, fuego y, obviamente, magia.
—Uhhhh —exclamó Ewa—. Un cuento infantil. Me encanta.
—Me sorprende —masculló Cassian.
—Deberías leer más —le rugió Ewa.
—Callaos —ordené.
Cassian continuó discutiendo entre muecas silenciosas y Laurent me invitó a continuar mi historia.
—Pero no hay cerradura sin llave, y no hay puerta sin guardián.
Se decía que la llave nacería tejida con fuego, bruma, bajo el susurro de las aguas, enredada en raíces malditas, cantaría bajo la melodía del viento y se vería sumida en la oscuridad.
Recorrería las tierras con el alma dividida, siendo llama y sombra; la cura y la destrucción.
—¿Y el guardián?
—El guardián, forjado en la noche, vigilaría las puertas donde la muerte canta.
Condenado a esperar, sin abrir, sin cerrar.
Y una vez que la llave pise Varnath, cuando los seis elementos respiren en su pecho, deberá buscar al guardián y guiarlo hasta las puertas.
Entonces, el sello vibrará —recité de memoria mi propia condena.
—Vale, una historia muy interesante. ¿Qué es eso del sello? ¿En qué nos afecta esa historia para no dormir? —La voz de Ewa retumbaba, irónica e impaciente.
—Si la llave y el guardián fallan, el inframundo devorará la tierra. Si triunfan, se romperá la maldición —me interrumpió Laurent.
—Entonces, si hay una manera de romper la maldición, ¿por qué la llave debe morir? —preguntó Cassian.
—Porque si la maldición se rompe, las puertas quedarán selladas para siempre y lo que sea que está encerrado dentro no podrá salir jamás.
—¿Y no es esa la intención?
—Claro que lo es —reí, frustrado—, pero si Marie hace excursiones secretas a Pristia, encontrándose con el monstruo tras las puertas, van a intentar lo imposible por acabar con ella.
—¿Marie es la llave? —Cassian alzó la voz, mientras su pecho se movía con velocidad inhumana.
Asentí.
—Eso no significa nada, no tenemos al guardián, ¿no?
—Esta Sylvari da más problemas de los que me esperaba —murmuró Ewa.
—Sí, lo tenemos —afirmó Laurent mientras me fulminaba con la mirada.
La sala se sumió en un silencio alborotador, mientras todas las miradas recaían sobre mí.
—Una acusación interesante —musité—. Y muy acertada.
—¿De qué hablas? —gruñó Cassian.
—Claro que es acertada, la bruja es…
—El guardián soy yo —confesé.
Por primera vez, lo dije en voz alta. Como si, al hacerlo, todo lo que temía se volviera real.