Capítulo 34
MARIE
Unos gritos rebotaban por las paredes de mi cuarto, eran agresivos, rudos, desquiciantes. ¿No había mejor sitio para discutir?
Abrí los ojos y bufé, ¿por qué había tanta gente aquí?
Adrien, Cassian y Janine estaban sumidos en una discusión acalorada, los gritos se repartían sin coste, mientras que Laurent y Tahlia estaban apartados en una esquina, escuchando la conversación y haciendo pequeños aportes que se basaban mayormente en bufidos y gruñidos por parte del aspirante Umbrae.
—¡Deja de ser un capullo! —gritaba Janine a Adrien.
Ay, pequeña, cuando descubras que está en su naturaleza ser tan despreciable…
—¡Pues dejad de ponerla en peligro, joder!
¿Eh? Debía seguir soñando.
—¿Y a ti desde cuándo te importa? —preguntó Cassian y coincidí con él.
—No puede morir, me da igual cómo lo hagáis. No tengo tiempo para sus problemas, tengo suficientes ya.
Y se fue. Abandonó a cinco personas —bueno, cuatro, porque yo no contaba— en medio de una discusión que, aparentemente, iba sobre mí.
—¿Qué está pasando?
Y maldito fue el momento en el que abrí la boca. Todas las miradas se dirigieron hacia mí y las preguntas no tardaron en taladrarme el cerebro.
—Marie —intervino Tahlia—, ¿has seguido investigando Pristia? Me dijiste que…
—No, la verdad es que no.
—¿Entonces a qué viene todo esto?
—Pues eso me gustaría saber a mí.
—Marie… —me suplicó, acercándose a mí.
Me froté la cara y me revolví en la cama.
—Tengo pesadillas con ese lugar casi todas las noches —dije mientras tragaba con dificultad. Recordar ese lugar y lo que pasaba allí no era fácil.
—¿Por qué no has dicho nada?
—¡Marie! —gritó Janine.
—Bueno, desde luego que han dejado de ser pesadillas —comentó Laurent señalando mi brazo.
Estaba vendado y, ahora que me percataba, me escocía un poco al moverlo.
—¿Qué ha pasado?
—¿En serio no recuerdas nada? —preguntó Cassian, incrédulo.
—¿Podéis dejar de responder a mis preguntas con más preguntas?
Me estaba empezando a agobiar todo eso. No saber qué estaba pasando ni cómo mis sábanas se habían cambiado, porque anoche no eran las mismas y…
—Hombres, fuera —exigió Janine.
—Sí, ya —bufó el Umbrae rubio.
—Exacto, ya. —Janine comenzó a hacerles gestos con las manos, indicándoles que era hora de marcharse y acorralándolos contra la puerta.
Una vez que la habitación quedó libre de hormonas masculinas —palabras de Janine—, se giró hacia mí con esa expresión prejuiciosa, lista para echarme muchas cosas en cara y para preguntarme otras muchas más.
—Bueeeeeenooooooo.
—Oh, no —dije mientras me tapaba la cara con las manos.
—¿De qué quieres hablar? ¿De cómo casi practicas sexo con Adrien, o prefieres…?
—¡¿Qué?!
—¿…explicarnos eso que has dicho de tus pesadillas?
Podría haber escuchado mal, ¿no? No era posible. Bajo ninguna circunstancia me acostaría con esa bestia, ¿no? No lo sé, porque no lo recuerdo. ¿Lo había hecho? No. No era posible. ¡Madre mía!
Traté de poner orden a mis pensamientos, ordenando los últimos sucesos. Pequeños fragmentos de una puerta, susurros, frío, mucho frío, heridas, gritos y lamentos comenzaron a perseguirme en mi cabeza. Luego, apareció él.
Recuerdo estar gritando. Él, estar intentando manejar la herida, y recuerdo…
Oh, diosa, dime que no, por favor. No. No. No. No. No. No
Llevé mis manos rápidamente hacia mi boca, palpé mis colmillos. Seguían igual. Gracias. Gracias. Gracias. Aunque no tenía sentido pensar que podría haberme convertido en Varkai. No había realizado el ritual de conversión ni había sido marcada.
Recuerdo el regusto de su sangre, los gruñidos que salían de su boca. Mis gemidos. Recuerdo haber deseado más.
—Vaaaale, no hay que exagerar. Adrien dijo que eran efectos secundarios de compartir sangre.
—¿Qué? —Estaba desubicada, ¿qué estaba diciendo? ¿Entonces sí podía convertirme?
—Vuestra excitación y eso… ya sabes.
—Ah.
—Marie —me llamó Tahlia—, no le hagas caso. No hicisteis nada, Cassian llegó justo a tiempo. ¿Podemos hablar ahora de tus pesadillas?
—Qué aburrida —gruñó Janine al mismo tiempo que Tahlia la fulminaba con la mirada.
Mis pesadillas. Claro. No sabía muy bien si quería revivir eso, lo mejor era guardarlo en un rincón oscuro de mi mente, donde terminaría cogiendo mucho polvo y lo olvidaría temporalmente.
Claro está que eso no entraba en los planes de Tahlia, ella era partidaria de eso de expresar las emociones y hablar sobre ellas.
Mientras revivía ese momento, tratando de dar una explicación lo más detallada posible, tuve que tragarme un nudo en la garganta demasiadas veces, aguantar las lágrimas y desviar la mirada a alguna pared para evitar romperme por completo.
Sentía un frío en mis adentros recorriéndome la columna, seguido de mucho calor, sudores fríos y un mareo que me hacía ver doble.
Me destapaba continuamente para volver a taparme, la temperatura estaba volviéndome loca.
El regusto amargo de mi garganta era un indicio de que algo estaba yendo mal.
Luego le siguió la visión borrosa. La lengua la sentía adormecida y las palabras eran demasiado largas para poder formularlas bien. Después, ya no quedó nada.
Solo estábamos yo y mi temerosa oscuridad.
Alguien me llamaba, me estaba pidiendo algo, no lo comprendía. Arrastraba las palabras y las pronunciaba en lo que parecía ser otro idioma. ¿Por qué todo el mundo hablaba tan raro? Una cabezadita no me sentaría nada mal.
Esa vez no hubo sueños dulces, tampoco esos que me obligaban a levantarme agitada, como si el aire entrara por un tubo rajado dentro de mi cuerpo. No hubo sueños. Ninguno, en absoluto.
Era una agonía constante, un dolor febril que me recorría entera, que se desplazaba como corrientes eléctricas, potenciadas por agua.
Mortales, peligrosas y letales. Los colores se saturaron, brillantes y alegres bajo mis párpados, bailaban a un compás rítmico, acelerado, creando distintas formas que se ampliaban y se encogían para terminar deformándose y desaparecer.
Ojalá pudiera ser una de ellas. Ojalá pudiera adaptarme y deformarme. Ojalá pudiera desaparecer.
Me levanté nerviosa, como si un fuego ardiente estuviera arropado junto a mí. El sudor me caía en gotas por toda la frente, llegando hasta mi espalda. Abrir los ojos era parecido a intentar levantar párpados de plomo mientras mi cabeza latía al ritmo de un instrumento roto.
Me costó aclimatarme, recordar dónde estaba, identificar quién estaba a mi lado. Melena pelirroja, ojos azules como un mar abierto, una cara pecosa… Laurent. Su expresión era amable y, por mucho que tratara de evitarlo, podía percibir su preocupación desde aquí. Solo era un poco de fiebre, ¿no?
Laurent me acercó a la frente un paño mojado, por la diosa, estaba tan frío que no pude evitar contener un grito.
—¿Estás mejor?
Gruñí.
¿A qué se refería? Que Aeliana me perdonase, estaba con fiebre, con un brazo completamente vendado, el cuerpo me dolía como si me hubiera pasado semanas montando a caballo y el trayecto hubiese terminado en una caída por un acantilado.
Por si no fuera suficiente, me sentía como si me acabaran de empapar en agua congelada.
—Pues no, Laurent, no estoy mejor. Me duele la cabeza, tengo frío, la espalda me…
Laurent me interrumpió y me estrechó entre sus brazos. Este pequeño adolescente me iba a volver loca.
—Estaba preocupado por ti —admitió y mi corazón se agrandó, por lo menos, tres tallas. Lo rodeé con mis brazos y permití que se me escaparan dos o tres lágrimas rebeldes, quizá unas cuantas más.
Laurent me dio tiempo de despejarme, me brindó su presencia y se limitó a observarme. Sin preguntas. Sin exigencias. Estar a su lado era sencillo.
—Gracias por ayudarme.
—¿Bromeas? —preguntó alegre—. Ha sido una experiencia única, eso de robar registros y demás.
—Laurent, dime, por favor, que los libros que hay en mi cuarto no son robados.
—Bueno, lo eran, pero ya no están en tu cuarto —murmuró, encogiéndose tras la cama. Debía agradecer que apenas podía moverme, de lo contrario, lo hubiera matado de inmediato.
—¿A qué te refieres exactamente con eso de que ya no están en mi cuarto? —pregunté cautelosa.
—Bueeenooo —dijo imitando a Janine—. Puede, y solo puede, que Adrien se pusiera como una bestia indomable y fiera y se llevara los libros.
¡¿Qué?! No.
—¿Podrías explicarte mejor? Me parece que no te estoy comprendiendo del todo.
—Mira, Marie, admiro tu valentía, de veras, pero todo ese rollo es peligroso y más si has terminado herida. Todavía no comprendemos muy bien cómo ha acabado pasando, pero… sería mejor que lo dejaras pasar.
Suspiré frustrada. A ver, sí, tenía razón, en parte. Pero si tenía pesadillas constantes rondándome la cabeza, tal vez debería investigarlo. Esta vez por mi cuenta.
—Descansa un poco más, ¿quieres?
Asentí disgustada, me arropé de nuevo con mis sábanas y me dormí sintiendo la presencia refrescante de Laurent.
Al abrir los ojos de nuevo, la habitación estaba impregnada de un olor salvaje como el cedro, mezclado con el toque ácido que lo caracteriza y, joder, menta. Estaba empezando a cogerle asco.
Parpadeé una vez, dos. ¿Qué hacía aquí?
—Vete —le exigí, todavía adormilada.
No me respondió.
Me tapé con las mantas hasta la cabeza. Trataba de ignorar su presencia, pero era como un imán que gravitaba a mi alrededor, era imposible no prestarle atención.
Cerré los ojos con fuerza y comencé a contar mentalmente. Notaba el peso de su mirada en mi espalda, como unas agujas afiladas.
—Vete —le volví a pedir. Dudaba de que me hubiera escuchado, escondida entre tanta pluma.
No hubo respuesta. Bufé. Me comencé a quitar todas las mantas que estaba usando como protección y lo miré. Maldito el momento.
Estaba recostado en un sillón, con la camisa casi desabrochada por completo. Su expresión seguía impasible, perdida. Fueron los círculos marrones bajo sus ojos los que me llamaron la atención.
—¿Qué haces aquí? —pregunté irritada. No quería escuchar su bronca de emperador.
—Has resultado ser una gran molestia —admitió indiferente, sin apartar la mirada de mí.
Resoplé.
—Mira, no…
—No, me vas a escuchar —me interrumpió—. Vienes a mi casa, alborotas a todo el mundo, pones mi vida patas arriba y luego se te ocurre hacer algo estúpido que casi te mata. Hazme el favor. Si tienes planes de autosabotearte, no te vuelvas importante en la vida de la gente.
—Vaya —añadí, sin saber muy bien qué decir—. ¿No te cansas de detestarme tanto?
—¿No te cansas de darme motivos para hacerlo?
Hubo un gran minuto de silencio en el que me dediqué a maldecirlo mentalmente, una y otra vez, y a inventarme insultos que nunca habían existido.
—¿Qué estás haciendo? —suspiró cansado.
Sus ojeras se marcaron un poco más mientras se pasaba una mano por su rostro.
—Maldecirte en secreto —susurré no muy para mis adentros.
Las comisuras de sus labios se levantaron, en un intento de sonrisa, y mi mirada afilada se relajó un poco.
—¿Vas a explicarme qué pasó exactamente?
Estiré la mirada y dudé de si responderle o no. Al final, decidí que su ayuda podría serme útil.
—No es nada. Al principio, solo eran pesadillas poco claras. Unas puertas, un barquero, fuego azul, cuevas que parecían infinitas…
—Tal como lo describes, es Pristia, pero no hay pruebas de la existencia de ese lugar.
—Es un mito, lo sé. Por eso recurrí a Laurent, días atrás me dijo que había leído Historias prohibidas sobre Varnath y sus leyendas. Le describí el lugar y llegó a la misma conclusión.
—¿Desde hace cuánto? —preguntó cortante. Se pasó la mano por la barbilla, pensativo.
—No lo sé. Tal vez desde… —Suspiré hondo, antes de pronunciar las palabras que se amontonaban en mi garganta—. Desde que nos casamos.
Adrien abrió mucho los ojos y me sorprendió que abandonase su máscara gélida de indiferencia.
—Marie, ha pasado más de un mes desde entonces.
—Lo sé —admití.
—¿Y no has dicho nada porque…?
—A ver… —Pensé bien en qué decir a continuación—. Tú no eres muy… —Comencé a hacer muecas y gestos mientras le señalaba—. Ya sabes… —No parecía saberlo por cómo me estaba mirando—. Cercano —dije por fin.
—Ya, ¿y qué hay de Cassian? —Pronunció su nombre como si se le estuviera pudriendo en la boca—. ¿Laurent? ¿Tahlia? ¿Janine? ¿Una puta doncella? ¿Tampoco son muy…? —Comenzó a imitar mis gestos y expresiones con desdén— ¿Cercanos?
Lo fulminé con la mirada. Odiar era un sentimiento grande, y yo juré que lo hacía en ese preciso instante.
Adrien bufó, abatido, como si quisiera dar por finalizada la discusión, o a mí; no lo tenía muy claro.
Pegó un silbido agudo y un mamífero de pelaje negro y azul entró por la puerta, sigiloso, engreído, con la cabeza alta y unos ojos brillantes como gemas.
Se sentó a mi lado, como un guardián majestuoso, decidido a cuidarme.
Llevaba tantos días sin verle que me dolía el pecho de solo pensarlo.
Sabía que los Nyctorus eran criaturas independientes y tendían a aparecer cuando les venía en gana, pero había terminado de acostumbrarme a ello.
—¿Qué hace aquí? —pregunté sin poder esconder mi alegría.
—Specter va a vivir aquí; se quedará en una zona de los jardines junto con Vortex.
Nada de andar por los pasillos ni de ir asustando a la gente, ¿entendido?
—le preguntó al animal con un dedo alzado, señalándolo.
Specter le contestó en un gruñido. No sé si quería saber qué es lo que había estado haciendo este gran trasto—. Te ayudará a entrenar.
—¿Specter?
—Sí, brujita, te vendría bien estudiar sobre el vínculo Nyctoru–humano, son bastante… especiales. —Asentí con la cabeza mientras lo apuntaba en mi lista mental de cosas que hacer.
—¿Por qué haces esto? —le pregunté un poco incrédula—. ¿Por qué me ayudas? ¿Por qué te preocupas de que esté bien?
—El hecho de que te ayude no quiere decir que me importes. Tu muerte sería un inconveniente. Eso es todo.
—Vale.
—Vale —susurró.
La conversación murió con ese susurro, convirtiéndose en palabras que ambos deberíamos haber dicho. Adrien se giró y, cuando la mitad de su cuerpo ya estaba abandonando mi cuarto, sentí un tirón en el corazón que me obligó a susurrarle:
—Gracias.
Continuó su camino, y me dejó con la duda de si llegó a escucharme.