Capítulo 33
ADRIEN
M arie estaba gritando en su cuarto, otra vez.
Era una de esas recurrentes pesadillas que le quitaban el sueño día sí y día también.
Esta vez, algo parecía distinto. Era el tipo de grito que alguien profiere cuando está a punto de ser descuartizado.
Era una agonía que, por mucho que tratara de ignorar, se colaba en mi cabeza robándome el sueño.
Eran innumerables las veces que la había escuchado en su cuarto, mientras dormía. Incontables las veces que la había ignorado.
A veces, maldecía el día en el que comencé a poseer estos dotes de audición. Si me concentraba lo suficiente, podía dejar de escucharla. Aunque sus gritos no tardaban demasiado en volver. En rebotar en mi conciencia que algo le estaba haciendo daño, que podría estar en peligro.
¿Qué mierda me importaba a mí?
Era irónico, la cantidad de veces que me había imaginado clavándole una daga en el corazón, rajándole la garganta; ahogándola con mis propias manos, con la almohada para que por fin se callara, en el agua…
Había ideado mil maneras posibles de matarla y, al final del día, todas eran inútiles.
Había algo dentro de mi interior que me tiraba y me obligaba a no hacerlo, me decía que me arrepentiría, me decía estupideces.
Esa noche, la idea de escucharla así me provocaba sensaciones extrañas, como la que tenía cuando alguien intentaba amenazarme de muerte, aunque yo no era fácil de matar.
Me levanté molesto conmigo, con ella por gritar tanto y de esa manera, sobre todo por la idea de que eso me estaba quitando el sueño. Y lo odiaba, joder, demasiado.
Cuando entré a sus aposentos, estaba casi convulsionando en la cama, su brazo estaba lleno de sangre y, joder, cómo gritaba. Gritaba demasiado, tanto que me estaba provocando dolor de cabeza.
El olor de su sangre estaba impregnado por toda la habitación, mezclado con su sudor.
Era tan intenso que me arrebataba la concentración.
Me obligaba a no pensar en nada más. Se metía en mi sistema y me desconcertaba.
Me dije que era por ser un depredador chupasangre, que no tenía nada que ver con el hecho de que, cuando me uní a ella y probé su sangre, algo dentro de mí se descompuso.
Tampoco con el hecho de que no había podido probar trago desde que vi esa mezcla de disgusto y placer cuando me vio alimentarme de Ewa.
Sabía que quedaban días para la luna roja, que mi tiempo se agotaba, que necesitaba alimentarme.
Pero Ewa se había vuelto repelente. No era capaz de alimentarme de ella porque ya no la soportaba.
Tampoco tenía nada que ver con el hecho de que, cada vez que lo había intentado, me había imaginado a Marie en mi regazo.
Me deshice de esos pensamientos tan molestos y la sacudí con fuerza, gritando su nombre mientras la visión se me ponía borrosa. Había demasiada sangre, por todas partes. ¿De dónde cojones venía? Las mujeres no solían menstruar tanto.
Le agarré el brazo, donde tenía varios cortes profundos, muy profundos. No sabía dónde había estado el pequeño torbellino ni tampoco por qué se iría a dormir con semejantes heridas.
Tenía unas palabras talladas irregularmente por todo el antebrazo:
« Navah se na drie ».
¿Qué cojones era eso y por qué lo tenía grabado en sangre?
Estaba perdiendo los nervios, de verdad. Marie no paraba de gritar ni de sangrar y yo no podía pensar, joder. Solo olía su sangre y eso me estaba desquiciando.
Rasgué las sábanas, ya compraría unas nuevas, y ejercí presión sobre las heridas. Las sábanas se empapaban con facilidad y rasgué más tela con los dientes, porque no podía dejar de presionar.
«No te mueras», pensé para mis adentros y me corregí diciendo que, de hacerlo, me estaría haciendo un favor.
Marie siguió temblando y se veía agotada. Estaba perdiendo demasiada sangre.
—¡¡Laurent!! —grité, casi desgarrándome.
Era improbable que me escucharan, ya que nadie había venido a socorrer a esta mujer. Joder, si se moría ahora, serían muchos inconvenientes. No había hueco en mi agenda para problemas.
Seguí gritando, con la esperanza de que viniera alguien a ayudarme. No podía salvarla con una puta sábana y no podía darle mi sangre si seguía gritando de esta manera, se atragantaría y se moriría, algo que estaba tratando de evitar a pesar de que sería de lo más conveniente.
Una criada entró por fin a la habitación, alarmada. En cuanto vio toda la sangre que había, casi se desmayó. No estaba exagerando cuando dije que había demasiada.
—¡Señor! Yo... ¿Qué? ¿Y…?
—¡¡¡Búscame una puta enfermera y tráeme a Cassian y Laurent!!! ¡¡¡Ya, hostias!!! —No era habitual que yo le levantara la voz a una criada, hacían muy bien su trabajo y, normalmente, me sentía agradecido. Hoy no.
—¡Me duele! —gritaba Marie entre sollozos y agradecí que recuperase la conciencia.
—Marie —la llamé—. Marie, mírame, despierta.
—Duele mucho. —Siguió llorando y maldije porque nunca me había sentido tan impotente. No sabía qué hacer para que esta cabezota me hiciera caso y no iba a forzarla a que bebiera de mi sangre.
—Lo sé, querida, lo sé —susurré mientras mantenía la presión y ella se acomodaba acostada en mi regazo—. Si me miras, lo puedo solucionar. —Abrió un poco los ojos, a regañadientes, y me miró con esas perlas esmeraldas, brillantes por las lágrimas—. ¿Cómo te has hecho eso, querida?
Me sorprendí por mis propias palabras, asqueado, me pregunté de dónde habían salido.
—Ha sido ella.
—¿Quién es ella, Marie? ¿Quién te ha hecho esto?
—El monstruo de las puertas —murmuró, con la voz rompiéndose en apenas un susurro.
Y eso era lo que estaba haciendo la pequeña bruja. No podía decir que estaba sorprendido, porque no lo estaba. Lo que sí me sorprendió es que decidiese no escuchar a Tahlia.
Me mordí el antebrazo, cerca de mis venas, para que saliera un riego de sangre y se lo acerqué a la boca.
—Bebe —le ordené.
Negó con la cabeza.
—Bebe, Marie, te curará. Después hablaremos sobre lo que has estado haciendo.
Volvió a negar y yo le acerqué todavía más el brazo, esperando a que mi herida no cicatrizase rápido. Marie se apartó y no tuve más remedio que estampar mi muñeca en su boca. Apenas tardó unos segundos en agarrarme y rodear mi herida con sus labios.
«Joder. Joder».
Comenzó a succionar mientras me miraba y parpadeaba como un puto cervatillo.
Recé para que no le afectasen los efectos secundarios de beber de mí, porque si lo hacía, sería hombre muerto.
Comenzó a succionar más fuerte, me agarró con la otra mano y yo apenas podía controlarme. El efecto placebo que suponía compartir sangre iba en ambos sentidos y, en ese momento, era una puta mierda.
Marie gimió y me envió corrientes a mis partes más varoniles. Las mismas corrientes que estaba tratando de evitar.
—Suelta —le ordené. No me hizo caso y siguió bebiendo, gimiendo.
Iba a perder la puta cabeza. Necesitaba que dejara de beber, dejar de escuchar sus dulces gemidos, porque sentirme excitado cerca de ella era lo que menos quería. Mucho menos si ella era la causa.
—Marie, para. —Volví a ordenar, pero sus pupilas ya estaban dilatadas y supe que ya era demasiado tarde.
Cuando me soltó finalmente, su expresión era salvaje, las aletas de su nariz se movían con rapidez y se limpió los restos que le caían por la boca con la lengua. Volvió a gemir. Y yo fui incapaz de apartar la mirada de su boca.
Por la Sombra, ¿por qué me estaba pasando eso?
Le acerqué el pulgar para limpiarla y se lo metió a la boca, sin pestañear, sin dudar.
Su lengua me rodeó el pulgar y gruñí de tan solo imaginarme que rodeaba otra cosa. Esta no era ella. Este no era yo. Éramos unos monstruos creados a partir de la lujuria. Mis ojos estaban fijos en ella, observando cómo se relamía, cómo me miraba parpadeante y se acercaba a mí.
Recordé el beso días atrás. Cómo me había recibido. Cómo sus manos se enredaban en mí. Recordé su sabor. La tortura que me había estado acechando durante días.
«No puedes acostarte con ella», me dije.
«No puedes acostarte con ella», me repetí.
«No puedes acostarte con ella», otra vez.
Escuché un carraspeo en la puerta. No sabía a qué dioses rezaban en las otras montañas, pero gracias.
—¿Qué ha pasado aquí?
—Problemas, Cas, problemas.
Y a pesar de haber puesto metros de distancia entre nosotros, esa noche el recuerdo de sus gemidos fue mi pesadilla más recurrente.